
En los brazos de Shion, la pequeña reencarnación de Atenea parecía aún más frágil. El antaño custodio de Aries la tomó del suelo, y con el himation [1] que llevaba sobre la túnica, la cubrió lo mejor que pudo. Acompañado por todos los caballeros de oro que estaban en el Santuario en aquel momento, se dirigió al receptáculo contiguo a su templo, y allí improvisaron un pequeño cuarto, a la espera de acondicionar un lugar más digno para la diosa.
Entre Perséfone y Saga construyeron una sólida cuna que instalaron en el centro de la iluminada habitación, y alrededor del bebé que dormía plácidamente, Aiolos colocó unos asientos para poder atenderla con más comodidad.
Había caído la tarde en el exterior, y tanto Perséfone como Aiolos se encontraban, como venía siendo habitual ya, en la estancia dedicada a la diosa, ella vigilando desde la ventana, y él deleitándose con la belleza de los rasgos de la niña.
—Es tremendamente hermosa— susurró.
—Sí— contestó ella, perceptiblemente nerviosa.
—Vuelvo a notar tu intranquilidad, Perséfone. Y ni siquiera he encendido mi cosmos.
—No te preocupes por mí— replicó ella—. Simplemente, soy persona que ama las costumbres. Durante los días que he estado fuera, han sucedido muchas cosas y presiento que muchas más van a ocurrir. Vientos extraños que no alcanzo a ver a qué puerto nos llevarán— apuntó hacia la joven Atenea, y suspiró.
—Tu alumno ha tenido mucha suerte— comentó Aiolos, tratando de relajar a la mujer—. Pensaba hacerle morder el polvo.
—Milo...— musitó ella—. Tiene la palabra "problemas" tatuada en la frente y además, si ahora está con tu hermano, arderán los dos, consumidos por el fuego de ambos.
—Quizás les vaya bien, después de todo— le quitó importancia—. Ya sé que Aioria puede llegar a ser desquiciante, pero Milo parece comprenderlo a la perfección.
—Aiolos, no seas inocente— ella se giró, y miró por la ventana—. Milo es tan audaz como Aioria si no más, y su testarudez es igual de imponente. Es cuestión de tiempo que se destrocen el uno al otro.
—Perséfone, ¿Por qué tienes siempre esa tendencia a verlo todo negro?— Aiolos la miró, compasivo.
—Porque esas cosas nunca salen bien. Son dos aprendices, serán dos caballeros dorados. ¿Has visto a alguno de nosotros conocer la felicidad en este santo lugar? Excepto tú, yo no conozco a nadie.
—¿Yo?— se acercó a ella, y suspiró hondamente.
—Shion te ama, Aiolos. Daría la vida por ti.
—Lo sé, y eso me aterroriza. él es nuestro capitán. La cabeza visible del Santuario. Sin embargo...
—Nunca has podido olvidar a Saga.
Aiolos se quedó petrificado.
—¿Tanto... se me nota?— preguntó, con dolor en su voz.
Ella le miró, y tras la máscara que tanto odiaba, sonrió.
—Yo capto ondas caloríficas, Aiolos, igual que los escorpiones. Lo percibo en mi cosmos cuando estás cerca suyo. Sigues estando tan enamorado de él como cuando tú y yo nos conocimos.
—Fue un gran error— Aiolos bajó la mirada al suelo, y dibujó con la punta de su pie las baldosas, distraídamente—. Saga ha llegado a convertirse en mi mejor amigo en estos años, pero... no está preparado para entregar su corazón de esa manera.
—He notado una parte de su cosmos lleno de oscuridad— afirmó ella, sin atreverse a mirarlo a los ojos.
—Yo también. La misma oscuridad que he captado en el de Kanon.
Ella dio un respingo al escuchar su nombre.
—Perséfone, sabes que puedes confiar en mí.
—Sólo he sido capaz de amar a Pallas. Lo que siento por Kanon únicamente puede llamarse atracción física. Nada más que eso— respondió, a la defensiva.
Aiolos se quedó algo sorprendido al escuchar aquella afirmación tan rotunda de boca de la mujer.
—¿El... lo sabe?— consiguió articular.
—¡Por supuesto que no!— exclamó ella, escandalizada.
—Perséfone, creo que no deberías seguir mortificándote por la muerte de Pallas. Además, tu cuerpo tendrá necesidades físicas. Deberías darte algún placer de vez en cuando, aunque sea pequeño.
—¡No hay tiempo para placeres, y menos ahora, que la pequeña Atenea está aquí, y hemos de velar por su seguridad! —gritó la mujer.
El bebé, sobresaltado, se removió en su cuna y comenzó a llorar. Aiolos la tomó en brazos, dulcemente, mientras Perséfone la cubría con una pequeña manta. Aiolos la acunó, haciéndole arrumacos, hablándole tiernamente, y Perséfone supo que, si en algún momento de su vida decidía hacer caso a Aiolos y aceptar algún placer carnal, debía ser con él y no con Kanon con quien realizarlo.
Con la pequeña en brazos, la belleza de Aiolos refulgía por toda la sala.
Colocado sobre la cama, Milo contemplaba el escorpión, que caminaba sobre la blanda superficie, con el aguijón en alto y las pinzas amenazadoras, abiertas. Con el libro de zoología ante él, estudiaba a su pequeño amigo, hasta que sintió algo en su cosmos.
Una punzada en su estómago fue la respuesta.
Tomó aire y se levantó para colocar al escorpión en su cajita de metacrilato.
—¿Estás ocupado?— oyó la voz, desde la puerta.
—No demasiado— contestó, tratando de disimular su desazón—. Estaba dando de comer a Sting. Pasa, Aioria.
El joven entró y se quedó mirando a Milo.
—¿No quieres sentarte?— le ofreció la única silla que había en el cuarto.
—Para lo que he venido a decirte, prefiero quedarme de pie— contestó, serio—. Quisiera pedirte disculpas.
Milo arrugó el rostro.
—Suponía que te avergonzarías de lo que pasó entre nosotros. Olvídalo— musitó—. No tiene importancia.
Aioria se acercó a Milo y se atrevió a sentarse en el extremo de la cama.
—¿Olvidarlo?— le miró a los ojos, aquellas turquesas brillantes que tanto le gustaban, y meneó la cabeza—. No puedo olvidarlo, Milo.
—Si te incomodo de alguna manera, yo...
—Por Atenea Pártenos , Milo... no me incomodas ni lo harás jamás. Me gustas desde que te vi por primera vez— el rostro de Aioria estaba rojo como una tea—. Y lo que ocurrió en la Casa de mi hermano fue...
—Tú también me gustas mucho, Aioria— contestó, con el corazón desbocado.
—Quisiera preguntarte una cosa— cortó el otro.
—Adelante— susurró Milo, bastante emocionado.
—Dijiste que habías dejado... que ya no eras... no sé cómo preguntártelo— Aioria suspiró nuevamente, y miró a Milo a los ojos, el cual estaba bastante sonrojado.
—Estuve con chicas. Nunca con chicos— confesó, mirando al suelo.
—Quizás lo que ocurrió no era lo que deseabas realmente —Aioria necesitaba proteger al jovencito espartano de todo dolor con sus palabras.
—Aioria—, Milo elevó su mirada hasta el hermosísimo rostro del León, y quiso acercarse a él para darle un suave beso en los labios aunque no se atrevió—. Si no lo hubiera deseado, jamás habría aceptado, tenlo por seguro. No me hiciste daño, aunque lo pareciera —se encogió de hombros—. No te preocupes más. ¿De acuerdo?
—Yo...
—Por el Escudo de Atenea, Aioria, ¡Me estás empezando a poner nervioso con tantos rodeos!
—No quiero que lo que sucedió entre tú y yo nos separe— los verdes ojos del otro refulgieron.
Milo se quedó callado.
—Nada me separará de ti— afirmó con rotundidad—. Confía en mí.
Aioria se acercó a Milo, le besó apasionadamente, y le dejó, boquiabierto, para después levantarse de la cama y acercarse a la puerta.
—Luego trataré de verte— le dijo comenzando a caminar hacia su templo, sin que el otro tuviera tiempo a replicar.
Cuando salió de la casa del Escorpión, miró hacia la puerta principal y su rostro se entristeció.
"Confía en mí"
—No puedo... confiar en nadie, Milo...
Y dicho esto, continuó con su camino.
Mü era un joven con un aspecto diferente al del resto de los caballeros del Zodíaco. Lucía una larguísima melena de color claro, y carecía de cejas. En su lugar, dos puntos brillaban sobre su pálida piel, y su tranquilidad y visión de la vida eran también sustancialmente opuestas a las de los otros aprendices.
Residía en la casa de Aries, aunque no solía estar allí. Su maestro, Shion, le mantenía ocupado en el taller de alquimista que se encontraba bastante alejado templo del Patriarca, donde Mü aprendía las técnicas milenarias de reparación y construcción de armaduras.
Había aceptado su destino con resignación, como todo lo que hacía. Shion le recalcaba constantemente que él sería el nuevo capitán, una vez todas las casas del Zodíaco tuvieran custodio, pero Mü no estaba convencido. Demasiadas variables, demasiadas interrogantes sueltas.
Sin embargo, una parte de su tiempo la dedicó a investigar sobre los que serían sus compañeros, y de entre los perfiles, había dos que llamaron poderosamente su atención: Shaka de Virgo y Milo del Escorpión.
Sobre Shaka, de origen hindú, los informes hablaban excelencias. Un hombre con un extraordinario poder mental, de quien decían era la reencarnación del Buda. Mü estaba seguro que sería un buen caballero, un guerrero preparado para la batalla.
Respecto a Milo, de origen griego, los informes no comentaban gran cosa, excepto que era el aprendiz de la Casa del Escorpión. Milo había sido uno de los últimos en llegar al Santuario.
Pero lo que realmente impresión a Mü fue su aspecto:
El aspecto de un dios arcano de la guerra.
Se limpió el sudor. Llevaba mucho tiempo trabajando sobre la armadura, así que decidió salir a dar una vuelta para tomar un poco de aire fresco.
El ajetreo del Santuario era algo que Mü no comprendía, aunque aceptaba como normal. Muchos deseaban proteger a la diosa, y ahora que la pequeña reencarnación se había manifestado, eran momentos de enorme tensión.
No había dado ni dos pasos cuando vio cómo un par de guardias se dirigían a buscar a Aiolos, y suspiró. A su lado, Perséfone les acompañó a la cámara del Patriarca. Daban sensación de tener mucha prisa.
Se quedó un buen rato observando la situación. Perséfone, la tutora de Milo, parecía frágil pero no lo era en absoluto. Decían de ella que sólo su mano izquierda en las negociaciones diplomáticas superaba su poder como caballero dorado.
Era la única mujer caballero de oro, y como tal, tenía vetado mostrar su rostro en público.
Aquella prohibición le parecía una estupidez descabellada propia de los tiempos medievales, ya que la orden del Zodíaco se jactaba de manifestar que todos los dorados eran iguales entre sí.
Una premisa de igualdad ampliamente ignorada.
Perdido en el limbo de su propio pensamiento, no se percató que tenía a Saga ante él.
—Mü —le dijo el espigado guerrero—. ¿Shion te ha dejado salir de tu retiro espiritual? —La pregunta no tenía ningún viso de acritud.
—Necesitaba tomar un poco el aire— miró al cielo, azul y resplandeciente—, pero volveré a mi area en breve.
Mü dio un respingo. Sentía en su cosmos la pequeña oscuridad que parecía crecer en el interior de Saga.
—Estoy buscando a Aiolos— contestó el mayor, con aquellos ojos tristes y casi carentes de vida—. ¿Le has visto?
—Sí. El Patriarca le ha mandado llamar. Iba a toda velocidad hasta su templo. Supongo que estarán encerrados un buen rato, por la prisa que llevaba. Dos guardias y Pe...
Saga elevó una mano, cortando la conversación.
Su rostro parecía una máscara mortuoria.
—Gracias— contestó mientras se giraba.
Mü se encogió de hombros y continuó con su camino. No tardaría ni diez minutos en regresar al taller.
Se encontraba cómodo compartiendo su espacio con la soledad.
Se alejó de la zona poblada del Santuario, odiándose por haber sido tan estúpido. Necesitaba estar solo y el Monte Estrellado le pareció una buena opción. Mientras caminaba a buen paso en aquella dirección, la contestación del tibetano retumbaba en su cabeza.
"Estarán encerrados un buen rato".
Se imaginaba por qué estarían encerrados.
No había que ser muy sagaz para comprender que él estaba ya fuera del tablero.
Las palabras de Kanon volvieron, como ascuas, a quemarle las entrañas.
"Si dejaras tus aires de santidad, como ya te he dicho, y observaras lo que está ocurriendo a tu alrededor, te darías cuenta que en la carrera por el poder del Santuario te estás quedando el último".
Imágenes pasaban ante sus ojos mientras corría.
Aiolos sobre Shion.
Aiolos debajo de él mismo, jadeando, gimiendo, suplicando que aquello no terminase, para luego abandonarlo por un estúpido ataque de moralidad.
Sacudió la cabeza. Deseaba pulverizar algo. Deseaba pulverizar a alguien, pensándolo mejor.
Invocó su poder más devastador. "Explosión de Galaxias".
Cuando su cosmos comenzaba a expandirse violentamente, se detuvo. Algo brilló en su percepción. Algo conocido.
Se giró, intrigado. Kanon estaba justo ante él, como salido de la nada.
El joven le sonreía, como una réplica macabra de sí mismo.
—Ya has descubierto que él no piensa en ti para su sucesión, ¿verdad?
Saga se quedó mirándole, atónito.
—Kanon... tu osadía no tiene fin. Eres perverso.
—Soy tú mismo. Tu gemelo. Tu sangre... El día que te atrevas a mirar en tu interior, comprobarás que yo solo expreso en palabras lo que tú sientes y te niegas... Saga, tú y yo podríamos...
Y en ese momento, el interior de Saga se quebró. Una luz brillante oponiéndose a una gran oscuridad, que amenazaba con devorarle.
Meneó la cabeza, mientras veía cómo su hermano gesticulaba ante él, sin oírle.
["¿Quién soy yo?"]
Su alma se rompió en mil pedazos. Una voz, claramente perceptible, le hablaba.
["¿Quién eres tú?"]
Estaba dividido en dos.
Saga no pudo aguantarlo más. La voz que le gritaba en su interior, la que exigía tomar lo que le pertenecía por derecho, era cada vez más nítida, más clara, más fuerte.
["El Santuario te pertenece, Saga de Géminis"]
—Shura viene hacia aquí. Con más poder que nunca, Saga— susurraba Kanon, ajeno al conflicto interior de su gemelo.
Géminis le miraba, los ojos vidriosos, la sonrisa una mueca grotesca.
—Nunca sabrán que somos hermanos. Podríamos... —continuaba hablando.
Saga abrió un portal dimensional y lanzó un ataque a Kanon.
—¡Saga!— gritó el otro—. ¡No soy yo tu enemigo! ¡Tu enemigo es Shion! ¡Y Aiolos! ¡Yo soy el único que ha permanecido a tu lado, en la sombra! ¡Soy parte de ti!
Saga rió.
—Reniego de mi sangre... hermano —escupió, y sus ojos se inyectaron en sangre— ¡Reniego de ti!
Kanon tuvo que hacer explotar su cosmos para evitar ser engullido por el portal dimensional creado por Saga. No deseaba que en el Santuario se enteraran de la pequeña disputa familiar que se estaba desarrollando cerca del Monte Estrellado, pero estaba seguro que la invocación de Saga no pasaría desapercibida.
—¡Basta!— Kanon manoteaba mientras trataba de escapar de los ataques de su hermano— ¡Estoy de tu parte! ¡Si miras en tu interior, verás que soy el único en quien puedes confiar!
—No confío en nada... ni en nadie... —le perseguía, fuera de sí, tratando de atrapar con su portal dimensional a un Kanon que se escurría como si fuera una anguila. Sus ojos, rojos, su pelo, cada vez más gris, le daban un aspecto demoníaco.
Aspecto de poseído.
Kanon trató desesperadamente de dar esquinazo a su hermano, pero no lo logró. Decidió entonces hacerle frente, invocando el mismo ataque que el joven Géminis, para luego tratar de escabullirse entre la escarpada orografía del lugar. Haciendo explotar su cosmos, abrió otro portal dimensional que chocó contra el de Saga, lanzándolos lejos uno del otro.
La colisión de ambos cosmos, que generó una energía similar a la producida por una Exclamación de Atenea en pequeñísima escala, le dio la oportunidad que estaba esperando. Se levantó de donde estaba, aturdido, y antes de comprobar si Saga se encontraba bien, se ocultó entre las rocas, para de esa manera conseguir despistar a su hermano.
Apoyó la cabeza contra la dura pared que le servía de parapeto, y miró al azulado cielo griego. Mordiéndose el labio inferior, Kanon trató de pensar con frialdad en su siguiente paso. Sabía que Shura era un aliado poderoso para la causa que él había tomado como suya: adueñarse del Santuario y purgarlo de los virtuosos cínicos que les impedirían llevar a cabo la sagrada misión de conquistar el planeta, pero los demás se opondrían férreamente.
Sobre todo... ella.
La sintió en su cosmos. Estaba rastreándole, como un depredador en busca de su cena.
Arrugó el rostro. No tenía armadura que colocarse, y ella llevaba puesta la de su Casa.
Maldijo haberla conocido.
—¿Quieres jugar, insecto? Yo te daré un juego que no puedas manejar— sonrió socarronamente.
Saltó sobre las rocas y la vio.
No conseguiría esconderse durante mucho tiempo. Así que se enfrentaría en combate contra ella.
Perséfone sintió en su cosmos un grito desgarrador: la colisión de dos poderes idénticos. Ante Shion y Aiolos, flaqueó visiblemente cuando supo lo que había ocurrido. Saga y Kanon estaban luchando el uno contra el otro. Se agarró al quicio de la puerta privada del Patriarca y una sudoración fría la recorrió.
—¿Te encuentras bien?— susurró Aiolos, mientras apoyaba su mano en el hombro de ella.
La mujer le miró, para luego colocar sus ojos, velados por la máscara, sobre los de Shion.
—He de irme— musitó.
—Ten muchísimo cuidado— dijo el Patriarca, gravemente.
—Iré contigo— contestó Aiolos, mientras tomaba a la pequeña Atenea en sus brazos para trasladarla a su nuevo dormitorio.
—No es necesario. Me ocuparé personalmente del problema y lo resolveré.
Dicho esto, se dirigió a la Casa del Escorpión, vistió la armadura y se dispuso a buscar a Kanon.
Mientras caminaba hacia dónde había sentido la colisión de cosmos, varios recuerdos se agolparon en su mente.
Imágenes de Kanon entrenando, de él apostado en las rocas cercanas a la entrada norte, observando el horizonte.
—Maldita sea, Perséfone, ni siquiera has cruzado dos frases con él y pareces una colegiala. Por Artemisa Cazadora— susurró—. Pallas, ¿Por qué tuve que lanzar aquella envenenada jabalina?— se lamentó, intranquila.
Con esos pensamientos no llegaría muy lejos. Se detuvo, se hiperventiló para obligarse a mantener la mente en blanco... y sintió el cosmos de Kanon.
Una oscura mancha de perversidad en medio de la luz que representaba su percepción.
—Por Atenea Pártenos— gruñó entre dientes.
Oteó con su poder mental y le descubrió. El ya la estaba esperando.
Esperando... para combatir contra ella.
Se detuvo, en mitad de una pequeña explanada, muy cerquita de la falda del Monte Estrellado permitiendo que él saliera de su escondrijo y llegara a su altura.
—¿Qué estás haciendo aquí?— sonó la conocida voz de él a su espalda.
—Detenerte— contestó ella, sin girarse.
—Has venido con la armadura. Tus palabras tienen visos de amenaza, aunque tu voz no lo revele así.
—No es una amenaza— se encaró a él— sino una petición. Un ruego.
—No me hagas reír. Los escorpiones no saben rogar.
—Yo soy mujer antes que guerrero. Y te ruego, Kanon, que...
Se frenó. Había dicho la palabra "mujer" antes que "persona". Su subconsciente la había traicionado.
—No necesito plegarias, mujer— contestó con ironía, recalcando el sexo de Perséfone—. Sé que tú lees en mí, al igual que yo lo hago en todos vosotros, y que has visto en mi interior sentimientos que yo no deseo explicar. Por eso... voy a matarte.
Ella se estremeció al escuchar aquellas palabras.
—Estás desarmado ante mí. Tu uniforme no tiene nada que hacer contra mi armadura— replicó ella.
—Sé que no me atacarás en inferioridad de condiciones. No sería... honorable— la sonrisa de Kanon era tan hermosa que por un momento, Perséfone tuvo un sentimiento de culpabilidad.
Ante Kanon, era capaz de olvidar a Pallas.
Con los brazos realizó un pequeño movimiento, y haciendo explotar su cosmos, la armadura se ensambló mágicamente en la figura metálica de un escorpión, a sus pies.
—Ahora ya estamos igualados. ¡En guardia!
Perséfone utilizó la Restricción para tratar de inmovilizar a Kanon, pero se dio cuenta que el joven era un bocado enorme para digerirlo de una sola vez. Agil, elegante y mortífero, escapaba de los ataques y hacía gala de una técnica muy depurada.
Tan depurada como la de Saga.
¿Cómo no se había dado cuenta? Saga y él se parecían físicamente. Sus técnicas de combate eran casi iguales.
La casa de Géminis, la de los Dioscuros Cástor y Pollux, representaban la dualidad de los gemelos.
Gemelos...
Kanon y Saga eran... hermanos.
Maldijo su propia estupidez. Estaban tan absortos utilizando los ojos del cosmos, que habían olvidado que tenían otros ojos que también servían para mirar.
Aquel descubrimiento hizo que relajara la guardia una fracción de segundo.
—¡Otra Dimensión!
Perséfone salió volando hacia el portal dimensional que Kanon había creado.
Kanon descubrió para su propia desgracia que Perséfone era rápida, elegante en sus movimientos y además, muy poderosa, mientras trataba de conseguir que ella cayera en el área de influencia del portal dimensional para así hacerla desaparecer. Su ira lo hacía temible, pero no era suficiente. Que Perséfone del Escorpión hubiera decidido enfrentarse a él a plena luz del día le parecía una enorme broma de algún dios desaprensivo.
Perséfone del Escorpión, menudo desperdicio. Sabía que él no era el único que se había fijado en ella. No en vano era muy atractiva, y se imaginaba que bajo el peplo que usaba para tapar su figura femenina se escondía un cuerpo fibroso y muy deseable.
Además, el saber que ella no había tenido relaciones con ningún hombre le excitaba más aún.
La idea que, para su compañera dorada, él podría convertirse en el primero era seductora. Mucho.
Volvieron a su memoria los obscenos comentarios de Shura acerca de Perséfone, y eso consiguió aumentar su nivel de odio hacia el Santuario, ya que incluso Shion se encontraba entre los íntimos de Perséfone.
El Patriarca perfecto...
A medida que se desarrollaba el combate, Kanon descubría que Perséfone no era fácil de derrotar. La agilidad de la mujer impedía que cayera dentro de las trampas creadas por él.
Apretó los dientes y maldijo en silencio. Utilizó la técnica de la Ilusión de Géminis, convirtiendo la zona en un espejo de sí misma, doblando hasta el infinito los planos temporales, tratando de marear la percepción de la mujer. Kanon nunca la había usado en recintos abiertos, y se preguntó si aquello conseguiría engañar a tan astuta contrincante. No tardó mucho en saber que su ardid podría dar resultado.
Perséfone comenzaba a no ser tan rápida en sus evasiones.
"Atenea Pártenos... si no tengo cuidado terminará por alcanzarme"
Hizo un par de requiebros y comprendió que su percepción de la realidad se estaba combando en sí misma, por lo que ya no podía confiar en lo que sus ojos registraran. Una infinidad de Kanons aparecieron ante sus perplejas narices. El desfiladero se multiplicó ante ella, en todas direcciones, lo que le hizo deducir que la Ilusión de Géminis había sido invocada.
"Tengo que clavarle todas las Agujas o me matará"
Torció el gesto. No deseaba hacerle daño.
"Milo se reiría si me viera mostrar tantas dudas en combate", pensó con acritud.
Sus dedos se pusieron en tensión. Era la hora de contraatacar, así que rastreó mediante ondas caloríficas la posición de su enemigo.
Demasiado tarde.
El deseo de no dañar a Kanon le estaba dando a su contrincante una ventaja enorme sobre sí misma. Esos pensamientos dieron como resultado que Perséfone saliera volando hacia un portal dimensional y sólo la explosión de su cosmos y su agilidad impidieron no ser engullida por él.
Cayó sobre una zona abrupta, lastimándose una pierna. Quiso comprobar su estado antes de volver a saltar y escabullirse pero fue demasiado tarde. Sintió un doloroso pinchazo atravesando su mente.
Era el Puño Diabólico, el poder más letal de la Casa de Géminis.
La posesión de su alma...
Kanon la había alcanzado.
—Tu estúpida compasión me ha dado la victoria en esta batalla, mujer— Kanon se acercó a ella, que estaba tendida en el suelo, y la agarró por el cuello, hasta elevar su cara a la altura de la de él, asfixiándola, mientras la apoyaba contra una de las paredes del desfiladero a donde el fragor de la batalla los había llevado.
Perséfone boqueaba con la máscara puesta. Sudorosa, el Puño Diabólico le impedía moverse si Kanon así lo deseaba. Y por la cara que él mostraba, así la dejaría durante un buen rato. Inmóvil.
Indefensa.
—Ahora ya no pareces tan dura— bromeó—. Voy a quitarte esta absurda máscara para ver qué rostro tienes. Lo cierto es que llevo siguiendo tu trayectoria desde que te conozco— confesó—. La muerte de tu novia, el odio de Aristeo, el día en que conseguiste tu armadura, cuando llegaste con tu amiguito, el pequeño Milo... Perséfone, eres tan interesante, que podrías ser mi reina en el Hades en que voy a convertir este maldito lugar— iba recitando mientras le arrancaba la máscara y la dejaba caer al suelo. Ella boqueó de nuevo, tenía el rostro desencajado y los ojos casi en blanco.
—Eres muy hermosa... el rostro de un asesino... el rostro de una diosa... —susurró él, impresionado.
Kanon deseó besarla. La ira y la adrenalina generada por la batalla, dieron paso a un torrente de sentimientos desbocados hacia su víctima. Ella no se podría oponer. Su cuerpo le pertenecía gracias al Puño Diabólico.
Se pasó la lengua por los labios mientras notaba cómo se iba excitando al imaginarse la escena. Relajó la guardia al creer que ella estaba completamente a su merced.
Sin embargo, cuando la oyó hablar se desconcentró unas décimas de segundo.
Un gran fallo, por lo que pudo comprobar.
—Tienes... mucho... que... aprender... para... llegar a mi nivel... Kanon...
Ante el confiado Kanon, ella elevó las dos manos, le miró fijamente y de sus dedos índices aparecieron las Uñas Escarlatas. Enfocó los finos haces de su poder hacia el pecho del joven y de dos certeros golpes en el corazón, lo hizo tambalearse hasta conseguir que cayera al suelo, liberándola de su control mental.
Perséfone tosió, agarrándose el cuello, y se apoyó con una mano para conseguir ponerse de pie. él estaba inmóvil, con los ojos cerrados y dos marcas de pinchazos a la altura del pecho.
Daba la sensación de estar muerto, aunque su cosmos indicaba lo contrario.
Perséfone se sentía desbordada. Una parte de ella deseaba colocar la cabeza de Kanon en su regazo, esperando que despertara, mientras la otra le gritaba que lo rematara en el suelo. Suspiró y se examinó la pierna. La rotura era limpia, por lo que explotó su cosmos para comenzar la recuperación de su cuerpo.
Cerró los ojos y se concentró en la herida.
Un golpe seco en la cabeza la hundió en las sombras.
—Jamás... —dijo él, agarrándose el pecho— des la espalda a un depredador.
Y la dejó allí tirada, hundida en su propia estupidez, mientras se iba desfiladero abajo.
Saga abrió los ojos y estudió el lugar. ¿Cómo había llegado allí? Carraspeó y lo recordó todo de golpe.
Kanon.
Su gemelo había tratado de matarle.
—Kanon es un peligro para el Santuario— susurró quedamente.
Se levantó y descubrió que su cuerpo estaba lleno de moratones. Arrugó el rostro, al rememorar la batalla contra el hombre que compartía su misma sangre.
—Kanon no merece portar ningún tipo de armadura.
¿Por qué tenía que haberse comportado así? ¿Por qué llegaron ambos a esos extremos? Saga lo entrenó duramente durante años para que, en el caso de que él falleciera, la armadura de Géminis tuviera un portador digno.
Meneó la cabeza. Estaba dispuesto a tomar medidas contra él. Pero, ¿qué podría hacer él, un simple caballero de oro? Si recurría al Patriarca, tendría que explicarle que Kanon y él eran hermanos gemelos, y Shion le interrogaría sobre por qué le había ocultado esa información.
Shion... cada vez que Saga pensaba en él le hervía la sangre.
—Debería recluirlo en el Cabo Sunion— decretó.
["Quizás lo que deberías hacer es escuchar sus palabras, en vez de juzgarlo"]
Saga se quedó helado. Había alguien cerca de él que le susurraba al oído.
Miró a todos lados. No encontró a nadie.
—¿Quién...?— susurró.
["Tu hermano tiene razón. Deja tu santidad y toma lo que es tuyo"]
—No...— le ardía la cabeza.
["Toma lo que es tuyo... toma lo que es tuyo... toma lo que es tuyo..."]
—¡Basta!— se tapó los oídos con las manos, arrodillándose en la tierra para evitar escuchar aquella voz que tanto miedo le producía.
¿Miedo? No, no le producía miedo, sino otro tipo de sentimiento.
Angustia.
Detectó en su percepción un cosmos conocido.
Se levantó y gateó a una roca. Una figura se acercaba a gran velocidad por el desfiladero, y se paraba, al descubrir a otra en el suelo.
Aiolos.
Saga sintió una opresión en el pecho al verle.
El caballero de Sagitario había descubierto a alguien inmóvil en el suelo y parecía inquieto por su estado.
Más que inquieto, preocupado.
La persona que en aquel momento era el centro de atención de Aiolos era Perséfone.
Saga ocultó su cosmos para evitar que el Arquero le descubriera. Desde su inesperado palco, el joven Géminis divisaba todo el desfiladero, y a los dos caballeros.
—Perséfone... despierta, Perséfone... oh, Atenea, no permitas que le suceda nada malo...
Saga le escuchaba perfectamente desde el lugar donde estaba.
Le hubiera encantado sacarlo de la faz de la Tierra. Jamás, en el tiempo en que estuvo con él, Aiolos demostró ese tipo de dulzura ni de dedicación.
Parecía que su preocupación sólo la mostraba con los demás, y que Saga no merecía ese tipo de atenciones.
Sentía como su ira crecía hasta inundarlo por completo.
Saga vio cómo Aiolos tomaba a Perséfone en sus brazos cuidadosamente, y comenzaba a caminar con ella hacia las Doce Casas. El dolor de comprender que él no había significado nada para el Arquero le hizo desear que, cuando Aiolos muriera, fuera el rostro de Géminis lo último que Sagitario contemplara.
Porque Saga se encargaría de ser su ejecutor.
Abrió los ojos y vio cómo dos hermosas turquesas veladas de preocupación la escrutaban.
—Mi... lo...
—Maestra, ¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras? Estaba muy pre...
Ella elevó con dificultad una mano, indicándole que guardara silencio.
Milo pidió disculpas.
—Estoy... bien. No te... preocupes.
El joven asintió, aunque no las tenía todas consigo.
Perséfone sintió un cosmos acercándose a la puerta, y le indicó a Milo que le acercara la máscara.
—Un día te vas a buscar un buen problema— sonrió él mientras se la alargaba.
Cuando ella descubrió que era Aiolos el que estaba entrando en el Templo del Escorpión, dejó la máscara sobre la cama. Trató de incorporarse, y aunque Milo quiso ayudarla, ella se negó.
—Sólo necesito descanso— gruñó dolorida.
Milo se sintió ligeramente desplazado cuando vio el rostro de Aiolos, visiblemente consternado. Decidió colocarse en un segundo lugar, dejando que el caballero de Sagitario tomara una silla y se sentara muy cerca de la cabecera de la cama de Perséfone.
—Milo— susurró ella—, creo que Aioria y tú deberíais ir a dar unas vueltas por el Coliseo.
—Entendido. Iré al templo del León a buscarle, me lo llevaré y daré dos mil... o dos mil quinientas vueltas, por si te interesa conocer mi paradero— contestó, apesadumbrado—. Con vuestro permiso, me retiro.
Y se marchó, ligero de pies, pero pesado de alma.
Aiolos lo oyó cerrar la puerta de la estancia privada y miró a Perséfone.
—Creo que está celoso.
La cretense replicó, molesta.
—Nada más lejos. Milo no alberga ese tipo de...
—Perséfone— cortó él—. El chico se ha entrenado a solas contigo durante muchos meses, y ahora casi tiene que solicitar un permiso para verte durante cinco minutos. Es lógico que se sienta celoso y desplazado.
—Pero ahora puede entrenar con Aioria— contestó ella a la defensiva—. Por el momento, tiene a Aioria.
—¡Por la Egida de Atenea! él bebería los vientos si su maestra se lo pidiera, y tú te dedicas a expulsarlo de tu lado. Perséfone, ¿Qué te está ocurriendo?
La mujer se incorporó en la cama.
—Tiene una gran dependencia de mí. Y tengo bien presente que si ama, se volverá vulnerable. Descuidado. Una víctima.
—¿Milo, una víctima?— Aiolos manoteó—. Dioses, Perséfone, que el golpe en la cabeza...
Aiolos cerró la boca tratando de comprender.
—Tu enfrentamiento... fue con Kanon. Ese es el cosmos que noto mezclado con el tuyo. Peleaste con él— dedujo al final.
Ella giró el rostro hasta encararse con la pared. No soportaba la mirada de Aiolos.
—Son hermanos— musitó llena de pena.
—¿Hermanos? No te comprendo.
—Kanon y Saga. Gemelos.
—¿Estás segura?
Ella le miró a los ojos, y sintió un estremecimiento. Bajó la vista a la cama, pero él le levantó el mentón.
Perséfone no rechazó el contacto.
—Piénsalo bien— replicó—. Sus cosmos, sus ataques, ¡Sus técnicas!— enumeró, apesadumbrada.
Aiolos estaba atónito. Comenzó a apretar los puños, para luego relajar las manos y agarrarse la cabeza con ellas, apoyando los codos en la cama de Perséfone. Ella se acercó y le tomó del hombro.
—¿Cómo he podido estar tan... ciego?
—Porque hemos estado mirando demasiado tiempo con los ojos del cosmos, olvidando lo que significaba ver.
—Dioses... hermanos... hermanos... ¿Cómo? ¿Cómo pude pasarlo por alto? ¿Cómo?
—Tenemos un estigma con los Dioscuros, ¿verdad?
Aiolos levantó la cabeza. El rostro de Perséfone estaba muy cerca del suyo, con una tenue mueca parecida a una sonrisa.
—¿A qué te refieres?— susurró.
Perséfone tomó aire.
—Saga en tu vida... Kanon, que ni siquiera está en la mía, y míranos...
Aiolos se acercó aún más.
—Parece que sólo nos une el dolor, Perséfone.
Perséfone se quiso perder en sus ojos. Los tenía limpios, puros, sinceros, como los de Pallas cuando la conoció.
Y ella se sentía atraída por Kanon, mancillando el recuerdo de su primer y único amor.
Una lágrima resbaló por el rostro de la cretense, cosa que a Aiolos le pareció de una belleza extrema.
—Nunca nos permitimos llorar. No es algo que se espere de un guerrero— trató de mantener el gesto compuesto pero no lo consiguió.
El dibujó la mejilla de Perséfone, asintiendo.
—No me extraña que Aioria desee perderse entre las sombras de este templo— dijo en un susurro, apenas audible.
—¿No te extraña?— consiguió preguntar ella, presa de una creciente emoción.
—Ya no hay asesinos en esta Casa— contestó él, mientras le acariciaba el rostro.
—Aiolos, jamás dejará de haberlos. Es nuestro destino.
—Ahora mismo sólo veo una mujer ante mí... y yo...
Ella se estremeció. Nunca el contacto de una mano le había parecido más cálido.
—... y tú...— quiso que él continuara.
—... desearía borrar a los gemelos de nuestros recuerdos. De nuestras vidas.
Perséfone cerró los ojos.
El contacto con la boca de Aiolos no se hizo esperar. Y la comunión de los cuerpos, tampoco.
Shura llegó al Santuario al anochecer. Recibido con el mínimo boato, como era de esperar, tomó posesión de su casa y allí se instaló. Excalibur, la mortífera técnica de ataque que todos los caballeros de la Cabra Montesa estudiaban hasta dominarla, y su representación en metal, brillaba sobre su pedestal, casi al final del pasillo acolumnado del Templo. La espada se encontraba engarzada en las manos de la estatua de Atenea Victoriosa, y la diosa se la concedía al primero de los caballeros que perteneció a la Casa de Capricornio.
Sonrió socarronamente al desempacar su equipaje y colocar en lugar seguro la daga que Perséfone le había llevado a España como regalo.
Shura le buscaría otra utilidad mucho más interesante que la de formar parte de una vitrina de regalos.
Perséfone... notó su cosmos al pasar por la casa del Escorpión, al igual que el de su joven pupilo. que la acompañaba. Podría dedicarse a investigar sobre el muchacho, pero quiso dejarlo para otra ocasión. Se sentía cansado del viaje, y tenía que preparar la entrevista con Shion.
Pero antes de eso, le gustaría hablar con Kanon. El joven Géminis se había convertido en un conversador muchísimo más interesante que Saga.
Tenía varias dudas que disipar, y Kanon era el más idóneo para ello.
—Pareces triste, Milo— Aioria le pasó un par de higos, robados del Templo de Virgo, que el otro rechazó.
—Es por mi maestra— confesó—. Creí que estar aquí sería lo más importante en nuestras vidas, pero lo único que noto es que cada vez estoy más alejado de ella.
—Perséfone tiene muchas atribuciones en el orden jerárquico del Santuario. Recuerdo que incluso, cuando entrenabas con ella en Milos, a veces venía al Santuario para ejecutar las misiones que Shion le encomendaba.
—Cierto— Milo removió su melena, resoplando—, pero no estaba fuera más de dos semanas. Aquí sólo la veo cuando me tiene que instruir, y eso que cada vez estudio más veces yo solo, o cuando me comunica que ha de ausentarse— agachó la cabeza—. La echo muchísimo de menos.
—Al menos— contestó el otro— no nos han separado, después de nuestra aventura fallida—Aioria se encogió de hombros—. Tienes que aprender a ver el lado positivo de las cosas.
—Si además de perderla a ella, te pierdo a ti también... —Milo cerró la boca, y notó cómo su rostro se encendía.
Aioria no contestó, dejando que entre los dos cayera un pesado silencio.
Milo tomó aire y quiso mirar a su amigo.
—Aioria, me gustaría que me contestaras a una pregunta.
—Adelante, espartano.
Milo esbozó una pequeña sonrisa.
—Tú y yo...
Aioria se tensó. Sabía qué le iba a preguntar el otro, y era algo que no estaba preparado para afrontar.
—Somos amigos. Muy buenos amigos— recalcó—. Los mejores amigos que puedan existir. Pase lo que pase, eso no cambiará.
—Desde que estuvimos en mi Casa, después de lo de Sagitario, te he notado extraño. Como si te arrepintieras de haber dado ese paso— confesó Milo sus temores.
Aioria clavó su vista al frente. La arena del coliseo parecía brillar, y las gradas estaban ardiendo, aunque ellos no parecieron darse cuenta.
—Soy demasiado joven, y tú más que yo— le miró a los ojos y sintió un escalofrío al comprobar que tenían un viso de dolor.
—Lo entiendo. No hace falta que me digas más, Aioria. Creo que he confundido amistad con otra cosa. No volverá a pasar— se replegó el otro.
Aioria se encaró con el joven melio, que tenía los codos apoyados en las rodillas y jugaba con las piedrecitas de las gradas.
—Milo, me cuesta mucho no dejarme llevar por mis instintos cuando te tengo delante. No quisiera que pensaras que soy un animal, pero te veo y siento que yo...
Los ojos de Milo atravesaron a Aioria. Aquellas turquesas desafiaron con su brillo al León Estelar, aunque parecían perdidas dentro de sus propios recuerdos.
—Tú también te alejarás de mí. De una manera o de otra, terminarás por dejarme solo, como hacen todos— escupió, con un profundo dolor.
Aioria se quedó boquiabierto.
Aquella frase tenía mucho que ver con el pasado de Milo.
—¡Escúchame bien, imbécil!— le contestó, lleno de ira—. No sé qué te ocurrió en Milos, sé que algo terrible tiene que ver con esa espada que guardas celosamente en tu cuarto privado, pero yo no soy como los demás. Soy tu compañero, tu amigo, y no pienso, ¿me oyes bien? ¡No pienso dejarte solo!
Las aletillas de la nariz del León se abrían y se cerraban rápidamente.
—Dicen que estuve implicado en el crimen de mi familia. Por eso en el pueblo me llamaban asesino.
Aioria se quedó mudo ante aquella confesión.
—Creí que lo sabías— susurró con una falsa tranquilidad—. La espada apareció al lado de los cadáveres, llena de sangre. Al igual que yo.
—Milo, si estás tratando de intimidarme, tengo que decirte que no me dan miedo los asesinos— sentía una enorme empatía por el Escorpión en aquel momento—. Yo...— dejó los ojos en blanco. Había sentido algo en su cosmos.
—¿Tú...?— Milo se imaginaba que la frase quedaría cortada a la mitad, como siempre.
—Oh, dioses— Aioria se estremeció. Su percepción cada vez estaba más desarrollada. Y el enlace psíquico con su hermano, también.
—¿Qué has visto? ¿Qué has sentido?
El León Estelar sonrió.
—Yo— comenzó a hablar mirando al frente— dejé de verte como el aprendiz de un asesino en la Casa de mi hermano, y Aiolos... lo ha hecho en tu templo con Perséfone.
Milo abrió unos ojos como platos.
—¿Quieres decir que tu hermano y ella...?— no terminó la frase
Aioria asintió.
Milo se levantó, como impulsado por un resorte imaginario.
—¡Milo!— gritó Aioria—. ¿Adónde vas?
Se giró, y la mirada que le dedicó a su estupefacto amigo lo dejaba bien claro.
—Soy un escorpión. Necesito estar solo.
El León estiró el brazo, tratando de retenerle, pero la contestación de Milo, replegándose al contacto, le dejó bien claro que éste no tenía intención de permanecer allí.
—El estigma de mi casa, Aioria— contestó, con los ojos encendidos.
Y el joven Leo tuvo que soportar que el otro se alejara, y se permitió observarlo durante un buen rato, deleitándose en su paso orgulloso, y destrozándose por no poder evitarle el dolor que, evidentemente, campaba enloquecido por aquel indómito, apasionado y despedazado corazón.