
Caminó hasta que le dolieron los pies. Se sentía furioso y lleno de una ira que no quería reconocer de dónde provenía.
Se imaginaba a Perséfone con Aiolos y su sangre hervía.
¿Celos? Posiblemente.
¿Pero no era acaso una reacción normal? ¡Perséfone era su maestra! Lo había llevado al Santuario para instruirle en las técnicas de combate, no para retozar en la cama con otro compañero mientras él acompañaba a Aioria dando vueltas alrededor del Coliseo.
Milo suspiró al comprobar que, desde que había llegado a Atenas, todo iba mal en su vida. Lo primero, su relación con el León Estelar; Aioria le había dejado entrever con sus palabras que eran simplemente amigos, y lo ocurrido entre ellos en la Casa de Sagitario, algo fortuito. Y ahora Perséfone le demostraba tener más interés en Aiolos que en su propio aprendiz.
La ira fue dando paso a la desolación.
¿Y si Perséfone decidía dejar su entrenamiento de lado para estar con Sagitario?
Meneó la cabeza. No quería ni pensarlo, pero tenía que estar preparado para cualquier eventualidad.
Estaba a punto de cumplir quince años, pronto tendría que pasar las pruebas de la Casa del Escorpión Celeste para llegar a ser un caballero dorado.
Milo se frenó de repente cuando sintió algo en su percepción que le sacó de sus tétricos pensamientos.
En el roquedo cercano a la puerta sur, la que enfocaba hacia el Pireo, estaba un muchacho de unos veintitantos años, con una forma física impresionante.
Le observó con curiosidad. Le recordaba a alguien, pero Milo no supo a quien exactamente.
—¿Entrenando, chaval?— preguntó el aspirante a caballero, dedujo Milo, por la indumentaria que llevaba puesta.
Cuando el joven Escorpión se fijó en sus ojos se quedó helado.
Aquella mirada no era la primera vez que la contemplaba.
—Sí... señor— consiguió contestar, pensando dónde podía haberse cruzado con él.
El joven tenía la cara desemblantada. Parecía haberse enfrentado en combate con alguien recientemente.
En aquel momento, Milo recordó dónde había visto a alguien muy parecido a él:
En la cámara del Patriarca.
Sin embargo, aunque su aspecto era similar, su mirada no parecía encajar en el recuerdo.
No era su mirada, decretó Milo, sino su cosmos. La impronta de aquel joven no se asemejaba en nada a la del otro que abandonaba la Sala de Audiencias cuando él llegó a presentar sus respetos a Shion.
Ciertamente, en su percepción, el joven se vislumbraba como una mancha negra en mitad de un campo nevado.
Sin pronunciar palabra alguna, Milo vio como se alejaba, camino de las Doce Casas, sin despedirse. Y se le heló la sangre cuando reparó en unas finísimas marcas en la indumentaria del otro.
Las marcas de las Agujas Escarlatas.
Shura esperó pacientemente que Shion se dignara a enviar un emisario para concertar una entrevista con él. Sabía que el viejo Patriarca sentía un profundo respeto hacia el poder que poseía el Santuario de la Cabra Montesa sobre la Casa de Aries y sobre él mismo, por lo que sonrió entre dientes.
El poder de saberse conocedor de la verdad, de ser el mayor defensor de la Diosa ante el mundo, y de detectar, para luego juzgar y condenar la corrupción que pululaba como mariposa enloquecida por el Santuario de Atenea, no tenía parangón.
Podría ser el alma ejecutora de la limpieza que pronto se llevaría a cabo. Kanon le había abierto los ojos. El libertinaje de Shion, que permitía que sus caballeros actuaran como libidinosos jovencitos sedientos de sexo entre ellos mismos necesitaba una purga.
¿Cómo se podían llamar a sí mismos Custodios? El celibato en el lugar de entrenamiento, y en los alrededores del templo, era algo impuesto moralmente para defender a una diosa virgen. La depravación que el propio Shion ejercía sobre el cuerpo de Aiolos tan cerca de la estatua de Atenea era, literalmente, repulsiva.
Y además, el custodio de la Octava Casa... era una mujer.
Una meretriz [1] que tenía impulsos sexuales antinaturales.
Algo fuera de lo común.
Shura sintió como la ira se extendía por su pecho.
Perséfone, la asesina del Octavo Templo, se había permitido el lujo de negarse a sus peticiones de cortejo.
La trató de la forma más cortés que sabía: flores, regalos, atenciones... pero ella siempre lo despreciaba. Harto de no ser correspondido, trató de tomarla por la fuerza y al no conseguir su propósito, la deseó aún más.
Y aquel deseo se había transformado en odio con el paso de los años.
Tomó aire y se maravilló con la belleza de la estatua de Atenea entregando la espada mágica al primero de los caballeros de la Cabra Montesa. Incluso acarició el mármol con un dedo, sin prisa, recreándose en la forma.
Perséfone jamás le habría amado, y ahora, en la soledad de su templo, tuvo la certeza de que era obra suya que el emisario se retrasara.
Ella era la favorita de Shion.
Sonrió macabramente. Nadie iría a buscarlo.
Por tanto, sería él el que saldría de su templo para dirigirse a ver al corrupto, pero a su debido tiempo. En aquel momento, sólo deseaba pensar.
Y decidir qué paso dar en su camino hacia la consecución de sus metas.
Kanon no tardó mucho tiempo en llegar al Templo de Capricornio. A medida que iba franqueando las Doce Casas, fue anotando mentalmente cuántas de ellas ya tenían al custodio allí.
Aries, Géminis, Leo, Escorpio, Sagitario...
Shura estaba en mitad del recinto acolumnado cuando él penetró en el templo.
—Los dioses te guarden, Shura— dijo Kanon, con una gravedad inusual en su rostro.
—Igualmente, amigo mío— contestó el otro, invitándolo a pasar.
El aspecto del gemelo de Saga era deplorable. Su rostro lucía demacrado, ojeroso, y tenía rastros del enfrentamiento con Perséfone tatuado en su ropa. Podía haber ocultado tales evidencias al otro, pasando por el recinto de aprendices para adecentarse, pero para Kanon, la apariencia física era algo que no le preocupaba en demasía.
Existían otras cosas mucho más interesantes en las que emplear su valioso tiempo.
—No tienes buen aspecto— musitó el español, mientras hacía libaciones a los dioses para luego ofrecer un pequeño aperitivo a su invitado.
—He tenido un... pequeño percance con... ella— masculló.
Shura se tensó.
—Amigo mío— continuó Kanon, yendo directo al grano— Shion, en su carrera hacia la cima del mundo, ha conseguido hacer creer que la reencarnación de la diosa Atenea está entre nosotros.
Shura le miró atónito.
—¿La reencarnación de la diosa? Entonces... el tiempo de paz ha terminado.
—¿También tú crees en esas estupideces? Te imaginaba más listo que todo eso, las profecías que la mentirosa boca de Shion esparce por el Santuario y alrededores sólo son chismorreos de vieja.
Los ojos de Kanon brillaban de ira.
—Tendrás que reconocer que, aun siendo chismorreos o no, en el Atica [2] se respira un ambiente tenso. Lo noté mientras me encaminaba hacia aquí.
—Lo sé. Shion también tiene que ver con eso. La noticia de la llegada de la falsa Atenea se ha extendido como un reguero de pólvora.
—Entonces, tendremos que tomar medidas. ¿Podemos contar con Saga?
—Por supuesto. El es el más capacitado para tomar las riendas de este lugar y convertirlo en un Santuario al servicio de la diosa, y no en este... antro de perversión que es ahora.
Shura sonrió. Kanon compartía las mismas ideas que él.
—Me causó buena impresión cuando estuve aquí la última vez. Lástima que mis ocupaciones en el Santuario de la Cabra Montesa me privaran de tan grata compañía.
Kanon asintió.
—Entonces, tenemos mucho de lo que hablar, Kanon— finalizó Shura.
—En efecto. Shion está convocando a todos los caballeros dorados con motivo de la aparición de la reencarnación de Atenea, y esa será la excusa perfecta que nos llevará a crear el Nuevo Orden.
Y la sonrisa que mostró, pura e inmaculada a los ojos de Shura, escondía la verdadera naturaleza del juego.
El juego que lo llevaría a conquistar el Santuario, primero, y el mundo, después.
Saga llegó a su templo y se dirigió a la minúscula ducha para asearse. Estaba confundido, lleno dudas y de un hondo pesar.
El recuerdo de su propio hermano enfrentándose a él en combate con el firme propósito de matarle, le quemaba lentamente las entrañas.
El, que se había pasado años entrenándole, con la idea de que si algo le ocurría la Casa de Géminis contara con un nuevo custodio, comprobaba en su propia piel lo buen alumno que había resultado ser su gemelo.
Se fue quitando la ropa lentamente, colocándola encima de la cama doblada con máximo esmero, y desnudo se encaminó hacia la ducha.
El cabo Sunion, bajo el Templo de Poseidón, sería el lugar ideal para encerrar a Kanon, decidió mentalmente.
< Quizás deberías matarlo<
Un sentimiento de angustia le invadió. La voz que trataba de no escuchar, retumbaba nítida en sus oídos.
—No voy a matar a nadie. Que sea el Dios de los Mares quien lo haga, en todo caso.
“Maldita sea, me estoy justificando ante algo que no existe”
< ¿Existir? ¿Qué es existir para ti, Saga? ¿Poseer una materialidad, algo caliente al tacto, con un determinado olor y sabor? Sabes perfectamente que no es necesario. Has obedecido las órdenes de la diosa a través de la boca del Patriarca, y ella no era tangible... no puedes ampararte en argumentos tan pueriles<
Se miró al espejo, y su rostro se presentaba desencajado al reflejo.
< Existo... existes... y yo te haré inmortal<
—No cederé ante ti, ni ante nada. Soy un caballero de Atenea, y lucharé por la Justicia.
< Lucha por la Justicia, Saga. Lucha por lo que es tuyo, que es algo tan justo como lícito. Tuyo es el Santuario, eres el más indicado para suceder al corrupto, eres el más preparado, el más...<
—¡Basta!
Saga lanzó un puñetazo al espejo, quebrándolo en mil pedazos.
Con un feo corte en la mano, se dirigió a buscar el botiquín, para limpiar la herida y explotar su cosmos, acelerando la cicatrización.
Pero no pudo percatarse del extraño cambio en su color de pelo, que brillaba cada vez menos ceniciento en las puntas de su rebelde melena, hasta que volvió a su aspecto original, tan azulado y oscuro como sus propios ojos.
Milo se pasó dos días viviendo en uno de los barracones destinados a los aprendices. No quería volver a la Casa del Escorpión, por lo que mandó un emisario a Perséfone para comunicarle su paradero.
Aún le escocía lo ocurrido con Aiolos.
Aunque, siendo sincero consigo mismo, más que escocerle, le dolía profundamente.
Estaba colocándose las vendas en las muñecas para salir a entrenar cuando sintió un cosmos conocido.
—¿Existe cobijo para el viajero en esta morada?— oyó la voz femenina, recitando la frase de cortesía.
—Eres bienvenido a mi casa, si es que esto se puede considerar así— contestó él con la correspondiente fórmula, sin mirarla.
Perséfone entró en la estancia, llena de camas, y carraspeó.
—Parece que has encontrado un nuevo hogar.
—Sí. Uno en el que no molesto cuando llegan visitas— replicó él, sin darle cara, sellando el elástico en su muñeca.
Se sentía nervioso, pero no pensaba dar su brazo a torcer.
—Milo...
El se giró. Tenía una mueca en su rostro, que a ella no le pasó desapercibida.
Dolor. En su estado más puro.
—Ahora mismo me disponía a dar unas tres mil vueltas por el Coliseo, que es lo único que, por lo que se ve, puedo hacer. Correr y correr.
—La carrera a pie fue uno de los primeros deportes que practicaron los griegos, como bien sabrás— la voz de la mujer carecía de inflexión. Eso significaba que estaba preparándose para enfrentarse a él, pero Milo no estaba dispuesto a ceder. Ya no.
—Lo sé— contestó él, agriamente—. Lo he visto en los libros que me has obligado a leer, cosa que te agradezco, ya que en algo me tenía que entretener mientras te esperaba.
Ella continuaba impasible.
—Ah, y para tu información, por si te interesa— continuó hablando, cada vez más acelerado—, ya he descubierto por fin la manera de enfocar el cosmos para depurar la técnica de las Agujas Escarlatas, así como la Restricción... pero me iré al Coliseo a correr. Como un niño bueno.
—Te estás comportando como un imbécil— masculló ella.
—¿Qué esperabas? Sólo tengo quince años— resopló—. Los cumplí ayer, pero tú estabas muy ocupada para recordarlo, supongo que tendrías cosas más... importantes en las que pensar.
Perséfone suspiró.
—¿Alguna queja más? ¿Algún otro reproche?— el tono empleado por Perséfone era irritante.
Milo sintió la sangre arder.
—He terminado— finalizó.
—Perfecto. Ahora me toca hablar a mí. Siéntate— le ordenó ella.
—Prefiero quedarme de pie.
—¡Siéntate ahora mismo o por Atenea que te hago sentar yo!— gritó ella.
Milo se acomodó en la cama y ella acercó la silla que estaba a la cabecera, para ponerse enfrente de él y dejar la máscara sobre la colcha.
—Escúchame bien, pequeño idiota —le espetó, furiosa—. Lo primero, soy tu maestra y si decido que des vueltas por el Coliseo hasta hacer un surco, lo harás, porque si no realizas los ejercicios de entrenamiento que yo te impongo, me veré en la obligación de retarte públicamente y te aseguro que en combate no seré tan comprensiva como lo estoy siendo ahora mismo. Lo segundo— tomó aire—, sé que estás celoso porque el otro día te mandé fuera para hablar con Aiolos, pero lo que teníamos que discutir era un asunto de caballeros de nuestro rango, no de aprendices.
—¿Celoso? — rió la ocurrencia—. Jamás, escúchame bien, jamás estaré celoso ni de Aiolos ni de nadie— su cara ardía—. Y por Atenea, si querías revolcart...
Perséfone se quedó unos segundos con la boca abierta para, a continuación, cruzarle la cara con la mano.
No fue el golpe lo que más le dolió a Milo, sino la acción en sí. Que Perséfone lo tratara como si fuera un niño era algo que no podía soportar, por lo que saltó sobre la cama e invocó la Aguja Escarlata, colocándose en posición de ataque.
Ella se elevó felinamente y lanzó la silla lejos, encendiendo su cosmos, como un reflejo de él en femenino.
—Vamos, Milo, demuéstrale a tu maestra lo que has aprendido durante éste tiempo...—le retaba sádicamente.
Milo se hizo una composición de lugar en menos de dos segundos sobre sus posibilidades contra ella y comprendió que en aquel lugar poco tenía que hacer. Perséfone bloqueaba la salida, tanto la puerta como la ventana, que estaba justamente a su lado. Podía retroceder, pero eso significaba darle la ventaja psicológica a ella, y sabiendo que, además, era superior en poder... Milo tuvo que reconocerse que la confrontación directa no era buena idea, por lo que terminó por claudicar.
—Has actuado inteligentemente. Aquí no tendrías ni una posibilidad de salir con vida —contestó la mujer, relajando el gesto.
—Lo dejaré para mejor ocasión— gruñó él.
—Ocasiones para poner el práctica tus habilidades las vas a tener, y muchas más de las que desearías, eso puedo garantizártelo— rezongó ella.
Milo suspiró. Estaba tan tenso que le parecía que sus músculos terminarían por desgarrarse.
—¿Tienes alguna cosa más que echarme en cara?— inquirió ella, con una ceja levantada.
—No. La verdad es que no soy nadie para comentar nada sobre tu vida y tus... compañías.
—Es curioso que un mocoso trate de criticar mis actos. ¿Tanto has expandido tu cosmos que ahora me juzgas sin ni siquiera saber el motivo por el que vino Aiolos a verme? —en ese momento, Perséfone fue consciente de que había obviado un pequeño detalle.
Que la conexión mental de Aioria con su hermano estaba completamente desarrollada.
Por eso Milo sabía todo lo que había ocurrido en el Templo del Escorpión.
—No te critico, pero me molesta que me tomes por imbécil.
—No te comportes como un imbécil, y no te tomaré como tal.
—¿Para esto me has traído aquí? —su tono era de dolor, cansado de fingir que estaba bien— ¡Yo era feliz en la isla, junto a ti! Aquí entreno yo solo la mayor parte de las veces, camino por el Santuario sin rumbo, no conozco a nadie excepto a Aioria, y entre él y yo...
—Milo, Aioria es, ante todo, tu compañero de armas.
—Ya lo sé. Es algo que él me recuerda constantemente. Eso y su amistad, que durará eternamente— tenía los puños cerrados y miraba al suelo, los ojos brillantes.
—Oh, Dioses, Milo...
—¡No, no me compadezcas! Como tú bien dices, la compasión me hará débil, vulnerable. Así que asumo que me equivoqué aquel día con él. No debí haber esperado que él y yo...
Se frenó. Le ardía la boca.
Perséfone sabía perfectamente cómo se sentía su discípulo, pero no podía mostrar ningún signo que le demostrara a Milo algo diferente a la inflexibilidad del maestro. La comprensión, la compasión, la pena, la empatía y similares convertirían a Milo en cadáver en el momento en que tuviera que ejecutar las misiones que el Patriarca le asignara.
Perséfone sabía que el lazo que mantenía con Milo no era el apropiado. Ella quería al chico, y ese amor, ese afecto y esa admiración él se las devolvía con creces.
Por eso se veía obligada a cortar todo vínculo afectivo con él, y la única manera que conocía, era tratándolo con frialdad.
Su misión era conseguir que Milo fuera un guerrero, aún a costa de sí misma.
Milo interpretó el silencio entre los dos como una afirmación de ella acerca de su relación con Aiolos, por lo que se decidió a hablar de nuevo.
—Puede ser que tú seas feliz con su hermano mayor, pero para mí aquello constituyó un grave error. Será mi compañero, pero yo...
Tenía ganas de llorar, pero no lo haría ante ella.
—Entre Aiolos y yo no hay nada— le confeso Perséfone, mirándole a los ojos.
—Aioria no dice lo mismo.
—Aioria no tiene idea de lo que pasa por la mente de su hermano. Ni siquiera sabe lo que pasa por la suya... Y no te mortifiques por lo que ocurrió entre vosotros. No había que ser muy sagaz para adivinar que terminaría así.
—Si no me hubieras dejado solo, nunca habría ido al pabellón femenino —replicó, agriamente—, Aiolos no me habría castigado y él no me habría incitado a vaciar las cráteras [3] y al final...
—¡Sé consecuente con tus actos, Milo, y no culpes a los demás de tus fracasos!
Milo se quedó callado, sin argumentos para rebatir.
—¿Cuántas veces te he dicho que el amor te volverá vulnerable? ¡¿Cuántas?!— le gritó ella, manoteando—. Pero tú parece que no quieres hacerme caso. Esto es el Santuario de Atenea, la diosa guerrera, y no un lugar dónde los niños juegan a ser hombres. Tú alcanzarás el honor de convertirte en caballero algún día y tendrás que matar por la diosa, enfrentándote a otros como tú que tratarán de exterminarte, y a veces de maneras poco honorables... ¿Qué pensabas que significaba pertenecer a los cuerpos de elite del Santuario Griego? Nada hay más alto que el rango dorado en la jerarquía, y los caballeros de oro sólo son doce... doce de entre los ochenta y ocho mejores.
—Toda esa teoría ya la conozco. Sé lo que significa filosóficamente ser un asesino— gruñó él.
Perséfone sintió ganas de cruzarle la cara de un manotazo de nuevo, pero se frenó.
—Con tu actitud no llegarás muy lejos. Estás mezclando tus sentimientos personales con lo que se supone que llegarás a ser algún día, el brazo ejecutor de las órdenes del Patriarca.
—Pues si he de morir— la miró con los ojos brillantes— espero que mi hora llegue pronto, porque me siento tan vacío que es posible que ya esté muerto por dentro.
Perséfone se acercó y de un puñetazo le tiró en la cama.
—¡Pues muere, entonces! He perdido el tiempo en hacer de ti un caballero. Sólo eres un niño estúpido con un tremendo ataque de celos que no ve mas allá de su propia idiotez.
Milo se levantó como una exhalación y se abalanzó sobre ella, el mentón le dolía del golpe, aunque eso no le amedrentó. Tenía que devolvérsela, no se merecía ser humillado por ella, él, que tanto la admiraba, y ahora que había descubierto...
...que era también una mujer que se había acostado con otro.
Perséfone le vio venir y saltó encima de la cama, flexionando las piernas.
—Si quieres pelear, haz el favor de salir fuera. No quiero destrozar el mobiliario.
Milo se frenó, y asintió.
—No quiero pelear contigo. Simplemente, me siento decepcionado.
—Perfecto. Así sabrás cómo me sentí yo cuando Aiolos me comentó que os había localizado saliendo del pasadizo bajo el Santuario.
Milo bufó.
—Ten bien presente esto— continuó ella hablando—. Cuanto más dejes que tus emociones nublen tu percepción, más segura estoy de que acabarás muerto en combate. El amor te volverá vulnerable. Y eso es un hecho constatado.
—¿Por qué... —la voz de Milo se sintió quebrada, aunque su cara aguantó la compostura— quieres que me separe de ti? ¿Tanto te molesto?
Ella sabía que el momento de la verdad estaba cerca. La verdad que tanto asco le producía.
—Porque el vínculo afectivo que mantienes hacia mí te está haciendo mucho mal— le contestó, sin inmutarse exteriormente—. Y eso es contraproducente en batalla. No debes sentir nada. Ni piedad, ni miedo, ni deseo, ni pena. Has de ejecutar las órdenes rápida y precisamente. Sin que nada nuble tu percepción. Sin sentir.
—¡Eso me convertirá en una máquina de matar!— replicó él, horrorizado—. ¡Perderé mi humanidad!
—Pero conservarás tu vida.
—¿A costa de mí mismo?
—Eres un servidor de Atenea. Harás lo necesario para cumplir las órdenes del Patriarca. Así ha de ser. Y si no estás listo para esa responsabilidad... entonces la Casa del Escorpión me tendrá a mí como su Custodio hasta que otro te sustituya.
—Me... matarías...—susurró él, vencido.
—Sin dudarlo.
Milo sintió cómo el mundo se hundía bajo sus pies.
—Supongo que no podría esperar otra cosa de ti.
—Has pecado de ingenuo. Y aquí— señaló lo que les rodeaba— sólo se puede cometer un error. Al siguiente, estás muerto.
Milo asintió, con el corazón en un puño.
—Y ahora— finalizó ella, cansada ya de enfrentarse a su maltrecho discípulo— vuelve a tu área. La casa del Escorpión tiene custodio y aprendiz. No dejes que tu estupidez nuble por completo tu inteligencia— bromeó.
—Un estúpido... eso es lo que soy para ti, para él... — murmuró Milo.
—Incluso los estúpidos pueden vivir muchos años— ignoró ella el comentario—. Y ten siempre presente esto, Milo: “No eres una presa, no eres una víctima... eres el depredador definitivo... [4] y tus actos, se convertirán en ley”.
Era la frase que ella tenía enmarcada en su área, en un cuadro colgado muy cerca a la estatua de Atenea Pártenos.
La frase que él recordaría durante toda su vida.
Recogió sus cosas, las pocas que tenía, y se dirigió, delante de Perséfone, hacia su casa de nuevo.
Shion estaba dando vueltas por su estancia privada leyendo varios informes sobre los disturbios en Rhodrios, el lugar de nacimiento de Saga. Deseó que su caballero fuera a investigar in situ qué estaba ocurriendo en el pueblo, pero hacía algunos días que no le veía por el Santuario. La intranquilidad que se despertaba en el corazón de Shion por las desapariciones del joven Géminis era palpable.
Notaba cómo había cambiado de un tiempo a esta parte, cómo cada vez se le veía más sombrío y triste. Shion contaba con él para ayudar a Aiolos en la sucesión de su cargo, aunque aún no se lo había comentado.
Temía el momento de dar la noticia, aunque sabía que demorarlo podría significar crear más inestabilidad en la precaria situación en la que se encontraba como Patriarca. Shura, el que se decía caballero más recto de la orden, estaría en contra de que Aiolos fuera el nuevo líder de la Orden porque, de alguna extraña manera, se había enterado de que Shion estaba enamorado de él y había sacado sus propias conclusiones.
Se lo imaginaba agazapado en el interior del templo de la Cabra Montesa, esperando pacientemente una entrevista con él y no pudo evitar arrugar el rostro.
Era vecino de Casa de Aiolos, y sin embargo... tan diferente a Sagitario...
Se frenó en mitad de la estancia al recordar el rostro de Aiolos. ¿Hasta cuando pensaba mentirle? El, que captaba los cosmos de todos sus guerreros, sentir aquello que le había desgarrado el alma... ¿Por qué? ¿Era por su edad? ¿Por su aspecto? ¿Por su sexo?
Perséfone era arrebatadoramente bella, nadie lo ponía en duda. Comprendía que los demás se sintieran atraídos por ella, pero Shion creyó que Aiolos que estaba por encima de aquello. Sabía el Escorpión y el Arquero eran amigos, camaradas más que compañeros de armas, y que pasaban mucho tiempo juntos, sobre todo después de la ruptura de éste con Saga, cosa que agradaba al caballero de Aries.
Por eso nunca pensó que ellos dieran un paso tan sumamente serio. Perséfone siempre se autoproclamaba seguidora de las doctrinas de Artemisa Cazadora, por lo que el alquimista no tenía conocimiento de que ella se relacionara anteriormente con hombre alguno. Y Aiolos...
Shion pensaba que Aiolos le amaba.
Por eso detectar la explosión de los dos cosmos en unión fue algo tan doloroso para él.
Haber captado aquello no significaba que Shion fuera capaz de sentir todas las relaciones sexuales que ocurrían en el Santuario. Simplemente, con Aiolos tenía un lazo síquico parecido al que poseían los gemelos, con fogonazos de conocimiento en determinados momentos. Sabía que si ese lazo lo mantuviera con todos sus guerreros, ahora mismo estaría completamente loco.
Y sí lo estaba en cierta medida... loco de amor.
Oyó la puerta de la Sala de Audiencias, y les vio entrar, a los dos juntos, con sus uniformes de entrenamiento.
—Caballeros de oro Aiolos y Perséfone, del signo de Sagitario y del Escorpión, para serviros, alteza— recitó él, que tenía más antigüedad como caballero dorado.
—Aiolos, Perséfone, tengo una misión para vosotros— contestó él, acercándose.
Aioria no vio a Milo durante los dos días que estuvo desaparecido en el Santuario. Recorrió los campos de entrenamiento, el comedor de los aprendices, incluso el Templo de Atenea, pero fue inútil. Por último, se dirigió a la Octava Casa, y como imaginaba, la encontró vacía: La cama sin deshacer, el escorpión dentro de su terrario... y todos los libros colocados en su lugar.
Se había marchado.
La punzada de culpabilidad que le atravesó le hizo dejar de pensar con coherencia unos minutos. Más fríamente, estudió el cuarto y, si Milo hubiera desertado, todas sus pertenencias estarían empacadas para ser destruidas inmediatamente.
Sin embargo, allí estaba todo. Libros, apuntes, mapas astronómicos, la figura en forma de “Q” que dividía la estantería en dos, aquel artrópodo en la caja de metacrilato, y sobresaliendo en la composición, la espada.
Colgada en la cabecera de la cama, una espada griega increíblemente bien conservada destacaba sobre todo el conjunto. Con su doble filo, la empuñadura regia, era delicada a la vez que intimidatoria, y Aioria tuvo un gran deseo de tomarla en sus manos para jugar con ella.
“Pero a él le molestaría”, pensó.
Desechó la idea, y se sentó en la cama para mirar a su alrededor. Pasó la palma de su mano por la colcha, de un solo color, al igual que la habitación entera, y sonrió.
—Verdaderamente eres hijo de Esparta, Milo.
Tomó aire para suspirar a continuación. Le echaba mucho de menos. Haberle conocido significó un gran cambio para él. Se había criado sólo, con la única compañía de su hermano, ingresando en el Santuario a una edad tan temprana que ni siquiera recordaba algo que no fueran aquellas piedras milenarias, el Partenón, la estatua de Atenea, los entrenamientos... los gritos de su hermano...
¿Estaría Aiolos satisfecho con él? Lo dudaba. Aioria tendía a saltarse las normas muy fácilmente, casi sin pensar. Era una fuerza de la naturaleza, y confiaba en sus aptitudes físicas de tal manera que, como bien le decía Aiolos, su confianza en sí mismo le acarrearía más de un disgusto.
Su confianza en sí mismo o más bien, su bravuconería fueron cosas que tuvo que tragarse cuando conoció al aprendiz de la Octava Casa.
Cuando vio a Milo se quedó prendado de su belleza, aunque no se lo reconoció hasta que hizo el amor con él. Aioria, que se jactaba de ser el más hombre de todo el Santuario, con sólo quince años, se había enamorado de un compañero.
¿Enamorado? No.
Obsesionado.
Soñaba con Milo todas las noches, y recreaba mentalmente lo ocurrido en la Casa de su hermano. El vino que consumieron, el calor, el hermoso rostro de Milo tan cerca del suyo... Se estremeció al volver a recordar cuando Milo se subió sobre él, cómo se desnudaron, la pasión con la que se besaron y cómo las prisas de Aioria al querer unirse a él, penetrándolo, consiguieron que, en vez de hacerle gozar, Milo sintiera un daño atroz.
Aun recordaba la cara del otro, los dientes apretados y los ojos cerrados, la mueca de dolor, y sin embargo, obligándose a ceder, haciendo fuerza con los muslos, moviéndose torpemente, demostrándole que se entregaba a él sin importarle el precio.
Aioria se sentía tan culpable que no quería volver a repetir aquello de nuevo. Deseaba hacerle el amor a Milo, conseguir que se sintiera feliz, pleno, dichoso, amado... pero sabía que si volvía a acercarse y Milo le volvía a besar, el León Estelar se dejaría llevar por sus instintos y terminaría haciéndole daño de nuevo.
Y la mera idea de pensar en aquello le destrozaba.
Cuando se sentaban juntos, Aioria tenía que contenerse para no ponerse a jugar con el pelo del otro; aquella melena que tantas veces criticó fue lo que más le gustó del espartano cuando le vio. Ensortijada, lujuriosa, cayendo por aquel cuerpo moreno y musculado... sólo eran dos adolescentes pero estaban completamente formados ya, gracias a los duros entrenamientos que sus maestros les obligaban a realizar.
Y si se acercaban más, Aioria sentía que su cuerpo ardía en deseos de colocar a Milo sobre él y hacerle el amor hasta consumirse en la pasión que lo inundaba.
Pero sabía que si le tocaba, si le insinuaba que le deseaba, el otro accedería y volvería a sufrir aquel dolor.
No quería ver una mueca así de nuevo en la cara del Escorpión; era la misma cara que muchas veces mostraba su hermano, en la época en que Saga y él aún mantenían una relación.
Aioria odiaba a Géminis y parecía que el sentimiento era recíproco. Saga lo veía como una máquina de dar golpes sin otro fundamento que no se basara en la violencia, juzgándolo por impresiones que no tenían nada que ver con la realidad. Era cierto que Aioria se consideraba un hombre de acción, muy diferente a lo que pudieran ser Virgo o Aries, pero era capaz de hablar de cualquier tema sin parecer un analfabeto.
Porque Aioria no era un analfabeto. Era el discípulo de Aiolos, el caballero más admirado del Santuario.
Hasta Perséfone había sucumbido ante él.
¿Y si Milo había desaparecido porque él le dijo que Perséfone se había acostado con Aiolos?
Maldijo su estupidez. Aioria sólo sentía admiración y cariño por Aiolos porque era su hermano. Sin embargo, Milo podía sentir más cosas por Perséfone porque entre ellos dos no había vínculo de sangre, añadiendo que Perséfone era la amazona más atractiva que poblaba el Santuario.
Y aquel pensamiento lo sumió en la desolación más absoluta. El había hecho el amor con Milo pero, lejos de que el otro disfrutara, el dolor eclipsó el acto. Y ahora su desaparición, bien podía tener como causa la aventura de Perséfone.
Nunca había pensado que quizás Milo no correspondiera al amor que Aioria sentía por él.
Se levantó, y quiso darse con la cabeza contra la pared por ser tan ingenuo. ¿Cómo podría competir con Perséfone, siendo él un simple muchacho y ella un caballero de oro? Jamás podría tener el corazón de Milo.
Era posible que ellos acabaran retozando en la casa de Aiolos por los efectos del alcohol y no porque se amaran con la intensidad con la que Aioria lo hacía en aquellos instantes.
El impulso de golpear la pared fue muy fuerte, pero se contuvo. Era la pared de Milo. Cuando volviera, querría tenerla tan impecable como siempre.
El León tragó saliva. No quería dar crédito a que Milo y él se hicieran el amor de aquella forma tan arrebatada sin que el Escorpión sintiera algo muy fuerte por Aioria.
Recordó una conversación, al poco de lo sucedido en la Casa de Sagitario, y la voz de Milo se tornó clara en su mente. El espartano le confesó que había interpretado mal lo ocurrido entre ellos aquel día, confundiendo amistad con amor, y que no volvería a sacar el tema.
¿Por qué en ese momento Aioria no le dijo la verdad? ¿Por qué se tuvo que callar cuando lo que le gritaba el cuerpo era que le amaba, que era la primera vez que se sentía así, que le deseaba y que quería decirle a todo el mundo que Milo, aparte de su compañero, era su amante?
Porque su estupidez era mayor que su fuerza física.
Quería salir a buscarlo, y cuando lo tuviera delante, besarle en la boca hasta que el otro le suplicara que le dejara respirar.
Luego, lo llevaría a su Casa y lo recostaría sobre su cama, y le recorrería el cuerpo con sus ojos, con sus dedos y con sus labios.
Y Milo sonreiría y le miraría con aquellos ojos tan hermosos, aquellas turquesas impresionantes y llenas de vida, y todo sería maravilloso.
Qué iluso era.
Salió del templo y se dirigió hacia el de su hermano. Le apetecía verle y estar un rato con él.
Cualquier cosa para tratar de olvidar que no vería a Milo aquel día.
Shion envió a Aiolos a comprobar in situ los disturbios en Rhodrios y una vez le vio salir por la puerta, intentó entablar una conversación civilizada con Perséfone, pero no lo consiguió.
Deseaba empotrarla contra la pared, por cínica, por manipuladora y por traidora.
Notaba el cosmos de ella, intranquilo, y se permitió sonreír bajo la máscara.
Le hizo una seña para pasar al pequeño despacho donde siempre los recibía y la invitó a sentarse, mientras él preparaba el té.
Quería que todo fuera como siempre... hasta cierto punto.
—Perséfone del Escorpión— atronó, llamándola por el nombre y el rango, de la manera más marcial posible—, tu misión consistirá en ir a los lugares de entrenamiento situados en Suecia y en Italia, para atraer a los caballeros recién nombrados de Piscis y de Cáncer.
Ella asintió.
—¿Crees que hay algo extraño en la elección de esos caballeros en cuestión? Según tengo entendido, en Suecia hubo una especie de motín, y en Italia... aparecieron varios cadáveres.
—A eso irás. Quiero un informe exhaustivo de todo lo acontecido desde que los dos caballeros ingresaron como aprendices hasta que consiguieron la armadura dorada.
—Como ordenéis. Así se hará.
Shion sintió una honda pena al tratarla así, ella era la más obediente de todos sus caballeros, diplomática y muy eficaz en sus misiones.
Pero se había acostado con Aiolos, aún sabiendo que él le amaba, pasando por encima de todo lo sagrado, riéndose de los sentimientos que el viejo corazón del Patriarca era capaz de...
Ahora ya no importaba.
Se echó el té en su taza, dejando a Perséfone sin servir.
Ella seguía sentada, púdicamente cubierta con la máscara, las manos en el regazo.
Las manos que habían acariciado el cuerpo de Aiolos.
Shion se quitó la máscara para beber un sorbo de la infusión, y cuando ella se dispuso a quitarse la suya, él levantó una mano.
—La ley Amazona obliga a que te cubras el rostro ante un hombre. No quisiera tener que ejecutarte o que me ejecutes tú a mí— contestó, visiblemente enfurecido.
Perséfone se quedó helada.
Se levantó, lentamente, y le hizo una reverencia al Patriarca.
—Cumpliré las órdenes con eficacia, como corresponde al guerrero custodio de la Octava Morada, sin que sentimientos que no sean de amor hacia la diosa entorpezcan mi misión— recitó la antigua frase, con la rodilla clavada en el suelo, y en posición de sumisión total.
Luego, se giró y con gran pesar, abandonó la estancia.
No sabía cuanto tiempo estuvo durmiendo. Su mano parecía completamente restablecida del corte, por lo que pudo comprobar una vez retiró las vendas. Sin embargo, se sentía cansado.
Agotado, más bien.
Al acercarse al pequeño cuarto de baño, vio los restos del espejo en el suelo y arrugó el rostro.
—Kanon...
Expandió su cosmos y rastreó el de su hermano gemelo.
—La Casa de Capricornio... qué estará tramando tu mente retorcida...
Suspiró. Era evidente que Kanon rayaba lo inhumano al haber planeado tomar el Santuario, y más aún, al intentar involucrarlo a él en aquella empresa.
< No te mientas. Sabes perfectamente que eso es lo que hay que hacer<
La angustia volvió a apoderarse de él.
< No reniegues de ti mismo. Tú y yo somos uno. La dualidad de los gemelos, la comedia y la tragedia, esas dos caras que llevas en el casco, la Cabeza de Jano [5]... Saga... yo te haré inmortal, si me escuchas<
—¡No!— gritó—. ¡No pienso escucharte! ¡Cállate de una maldita vez!
Elevó la vista al techo de su templo, necesitaba tomar el aire, tratar de no pensar en nada más que no fuera el paisaje que rodeaba las Doce Casas.
Cuando se disponía a salir de su templo, un cosmos apareció en su percepción.
—Aiolos...— susurró.
El joven Sagitario se anunciaba para cruzar su Casa, ya de vuelta de Rhodrios. Su caminar era cansino y por la expresión de su cara, la misión no debió ir nada bien.
—¡Saga!— exclamó el otro, a medida que iba caminando por el pasillo acolumnado—. ¿Dónde te habías metido?— su rostro moreno estaba perlado por gotas de sudor—. Estuve buscándote para ir al pueblo, parece que la noticia de la llegada de...
Cortó la frase al reparar en el rostro del otro.
—¿Te encuentras bien? No tienes buen aspecto.
—Es el calor, excesivo para estas alturas de año— contestó secamente Géminis.
Aiolos se frenó ante Saga, quedándose muy cerca de él.
—Ya sé que no hace falta que te lo diga, pero— sus hermosos ojos castaños reflejaron su agotamiento— si necesitas algo, sólo tienes que pedírmelo.
Saga entornó su mirada para, a continuación, levantar una ceja y sonreír socarronamente.
—Por supuesto, Aiolos. Si necesito cualquier cosa, tú serás el primero a quien acudiré.
Sagitario se quedó boquiabierto por la forma de expresarse de su amigo.
—He de irme. Mañana le daré el informe a... Shion. Que los dioses te guarden, Saga— musitó, continuando su camino.
Saga lo vio cruzar lentamente el Templo, erguido ante sus aposentos privados.
—¡Aiolos!— gritó.
El Arquero se giró, extrañado.
—¿Alguna vez... te arrepentiste de haber estado conmigo?—preguntó quedamente Saga.
Desde la lejanía de la puerta sur de su templo, Aiolos negó con la cabeza, sin ningún tipo de duda o de resentimiento en su hermoso rostro.
—No, Saga. Jamás me arrepentí del tiempo que pasé a tu lado.
El joven Géminis asintió cono la cabeza.
—Buenas noches, Aiolos— finalizó— Que Atenea te guíe.
—Y a ti, Saga. Que así sea.
Una vez Aiolos desapareció de su campo de visión, Saga suspiró. Las puntas de sus cabellos fueron tornándose cada vez más grises, y una sonrisa macabra se dibujó en su rostro al notar un cosmos residual enredado al del Arquero.
Aiolos y Perséfone se habían unido recientemente.
—Eres un mentiroso... y a los mentirosos... se les corta la lengua.
Y se adentró en el templo. Si Kanon quería jugar a formar una guerra Sagrada, era su problema. Cuando se cansara de las ansias de poder de su gemelo, se desharía de él.
Era lo lícito.
Su propia ley.
La del Patriarca.
—Y ahora me dirás que tú no tuviste nada que ver con lo que ocurrió con esa mujer, ¿verdad?— Aristeo hervía de rabia, mientras caminaba en círculos por la pequeña cabaña.
—Sólo había cruzado con ella dos palabras en toda mi vida, maestro. Nunca le di a entender nada que supusiera que yo... —el francés le miraba, sabiendo con certeza que, hiciera lo que hiciera, ya estaba condenado.
—Camus, te recuerdo que estamos en Siberia— cortó el otro, muy enfurecido—, pero me siento cómo si paseáramos por la Riviera Francesa. Tú, yo y un cortejo de lascivas jovencitas arrojando pétalos de rosa a tu paso.
El joven Acuario bajó la cabeza, pesaroso. No era la primera vez que se encontraba en una situación parecida.
Realmente, solía ocurrirle a menudo. El motivo real por el que Aristeo y él abandonaron anticipadamente uno de los campos de entrenamiento situados en suelo francés fue por la fascinación que Camus ejercía en el resto de mortales que le rodeaban.
En todos, excepto en Aristeo de Acuario.
—Mi comportamiento no varió en absoluto al mostrado en estos años, maestro— contestó, educadamente—. Recogí el pedido semanal, como siempre, hasta que ella— tomó aire— se abalanzó sobre mí. Sin mediar palabra.
—¡Palabras, precisamente, no quería mediar contigo, Camus!— gritó Acuario, agitando las manos—. Y con esta afrenta, pueden perfectamente no volver a suministrarnos más comida— continuó hablando, ignorando a su aprendiz—, y nos veríamos obligados a cazar, como si fuéramos salvajes, y no caballeros de Atenea.
—Lo siento muchísimo, maestro— musitó con enorme pena.
—Me estás dando la razón, aún creyendo que no la tengo, y no te consiento que me tomes por idiota— Aristeo se encaró con Camus mientras éste le miraba, pacientemente, esperando el castigo—. Tendré que ir al almacén y disculparme con su padre, y rogar para que nos sigan atendiendo.
—Yo no la ataqué— recalcó— fue ella la que se tiró sobre mí.
—Camus... en verdad que a veces...
Y dejó la frase en el aire, mientras meneaba la cabeza.
—¿No te das cuenta que en el futuro vestirás la sagrada armadura de Acuario y te convertirás en caballero de Atenea Pártenos, la diosa virgen? ¿Cómo crees que se lo tomaría su reencarnación, si algún día tienes el privilegio de conocerla, el que tú andes retozando como una bestia con...
—¡Yo no he retozado ni con esa mujer ni con nadie!— gritó vehementemente—. Mi pureza está fuera de toda sospecha— gruñó—. Tengo quince célibes años, maestro. Es un insulto que penséis que yo he mancillado mi cuerpo en prácticas libidinosas.
Aristeo le dio la espalda, mientras Camus suspiraba. Le había dicho todo lo que su maestro quería escuchar de su boca. “Celibato”, “prácticas libidinosas”, y demás frases indicadoras de una rectitud moral intachable.
Camus pertenecía a la Casa de los Caballeros de los Hielos, y sus cuerpos debían permanecer, según Aristeo, puros como la nieve.
En mitad de Siberia y con aquel siniestro acompañante, poca cosa más se podría hacer.
Y aunque Camus obedecía las órdenes de su maestro con prestancia, en aquellas ocasiones donde alguna mujer se le insinuaba, el caballero de Acuario condenaba a su aprendiz antes incluso de que el joven pudiera exponer la auténtica realidad de lo ocurrido. No era la primera vez que pasaba por aquel trance, por lo que, aunque no conseguía acostumbrarse del todo, el francés aceptaba su destino con una fingida sumisión.
El joven aprendiz reconocía que como maestro, Aristeo no tenía rival. Era metódico, constante, con un apasionamiento extremo y muy persistente.
Como hombre... sólo una palabra le encajaba a la perfección: injusto.
Si alguien miraba a Camus más de tres segundos, parecía como si las Furias camparan por el pecho del caballero de la Undécima Casa.
La inquina que Aristeo sentía hacia las mujeres era enorme; si estas se fijaban en Camus, rayaba lo extremo y, si esa mujer era la Custodio de la Octava Casa... podría decirse que el odio era totalmente irracional.
Aristeo no volvió a abrir la boca, dejando a Camus sumido en sus propios pensamientos, que volaron raudos hacia Atenas. Se descubrió pensando en Perséfone e imaginando qué tipo de aprendices tendría allí. ¿Serían como ella, amazonas poderosas con golpes devastadores? ¿O por el contrario, muchachos esbeltos y con ataques fulgurantes?
A su debido momento lo sabría.
Si Aristeo lo permitía, por supuesto.
Subió cansinamente las escaleras hasta llegar al templo del Escorpión. Allí, ya bien entrada la noche, Aiolos notó los cosmos de Perséfone y de Milo, el de ella en alerta, el de él algo más apagado. Por la impronta que Aiolos recibió en su percepción, Perséfone debía estar comunicándole a Milo la naturaleza de su misión.
Perséfone... se figuraba que haber estado con ella le acarrearía más problemas que otra cosa, aunque no se arrepintió en absoluto de compartir su cama, sabiendo además que, para ella, había sido el primero.
De entre todos los hombres que podía haber elegido, Perséfone deseó estar con él.
Respiró hondamente al pensar en Shion... y en Saga.
“¿Alguna vez... te arrepentiste de haber estado conmigo?” recordó la pregunta, con un viso de amargura.
—Aún a sabiendas del dolor que sufrí, volvería a entregarme a ti sin dudarlo, Saga... —susurró.
La noticia de que Saga tenía un hermano le había dejado perplejo. Jamás se habría imaginado que Kanon y él compartían algo más que su devoción a Atenea.
Aunque lo más doloroso fue descubrir que, a pesar de que Saga y él habían sido amantes, éste ni siquiera tuvo la confianza suficiente para comunicárselo.
Sentía el ardor en el pecho, los recuerdos de Saga agolpándose en su mente: su primer beso, la primera vez que Saga le hizo el amor...
Meneó la cabeza, tratando de olvidar. Al entrar en su templo, notó una presencia conocida. Anunciándose, supo de quien se trataba.
Aioria.
El joven Sagitario se quedó bastante sorprendido al encontrar a su hermano allí, aún despierto a aquellas horas de la noche, Desde hacía bastantes meses, Aioria se había instalado en el Templo de Leo, y aquello era signo inequívoco de que el joven se estaba preparando para su labor de Custodio de la Quinta Casa. Pero en aquel momento, ante él estaba un adolescente con cara de tristeza, sentado apocadamente en una de las sillas del cuarto privado de Aiolos y con evidentes ganas de hablar con él.
—Dime, cachorro, qué te preocupa... —susurró en la puerta, sonriendo a su hermano.
Sabía que Aioria le contaría pelos y señales si él le preguntaba. Era muy directo, cosa que a Sagitario le encantaba.
—Aiolos...
Aioria caminó desde donde le había estado esperando y se acercó al otro, dándole un abrazo.
—Tiene que ser muy grave para que muestres esta efusividad— sonrió, mientras le devolvía el gesto.
—No bromees.
Aiolos se puso serio y le invitó a sentarse en una de las sillas de la cocina de su Templo. Preparó una cena rápida, y le sirvió a su hermano un plato de suculento aspecto.
Este rechazó la comida.
—La gravedad de lo que te ocurre ha de ser extrema si se te ha quitado el apetito— musitó.
Aioria tomó aire.
—Quiero saber— comenzó a hablar el León— toda la historia de Milo. La de su familia.
Aiolos levantó una ceja.
—¿Para qué quieres saberla exactamente?— inquirió—. ¿Te ha hablado él de...?
Cerró la boca. Miró directamente a su hermano, y suspiró.
—¡Por Atenea! ¡Te has enamorado de él!— finalizó, meneando la cabeza.
—Se me está yendo de las manos, Aiolos— la mueca de Aioria era de dolor.
—Maldita sea— rezongó—. Una cosa es retozar con un compañero y otra muy diferente, entregar el corazón. Cuando entres en batalla, y él luche a tu lado, estos sentimientos te estorbarán, y no serás capaz de cubrir tu flanco porque estarás más ocupado protegiéndole... ¿No te das cuenta? El eslabón de la cadena que tú representas se volverá endeble y la máquina de guerra flaqueará.
—Lo sé, me lo has repetido muchas veces— replicó el otro, desolado.
—Y sin embargo, ha sucedido lo que me temía. Que tú estás cometiendo mis mismos errores.
—No te entiendo.
—Milo y tú... Saga y yo... Dioses, Aioria... tanto traté de inculcarte que no confiaras en nadie para que ahora hayas dado este paso con un... asesino...
—¡Milo no es un asesino, al igual que Perséfone tampoco lo es!— gritó.
—Perséfone mató a una compañera— replicó el otro.
—¡Pero fue un accidente!
La vehemencia de las palabras de Aioria dejaron al Arquero algo perplejo, aunque no lo demostró.
—La Casa del Escorpión está maldita. No lo olvides.
—Maldita o no, los dos nos hemos acost...
No terminó la frase.
—Tu lazo psíquico... está totalmente desarrollado— masculló Aiolos con acritud, comprendiendo que el cachorro de león sabía lo que había ocurrido con Perséfone.
—Noté la... explosión— Aioria tenía la vista clavada en el suelo.
—Yo también noté la tuya. Os vi en el pasillo, ebrios de mi vino— sonrió de medio lado.
—Menuda estupidez cometí aquel día, Aiolos— se sinceró el joven.
—No te arrepientas, ya es tarde para dar marcha atrás. Estás involucrado con él de tal manera que ahora, si os separáis, sufriréis lo indecible. Y eso vuelve a convertirte en un eslabón frágil en la cadena.
—Estoy hecho un lío— dijo Aioria—. No quisiera que Milo se convirtiera en otro Saga para mí.
—Saga es tu compañero— le recriminó—. Un dorado igual que Milo, alguien con quien combatir. Lo ocurrido entre nosotros no tiene por qué afectarte.
—Me ve como si yo fuera un animal. No se digna ni a mirarme a los ojos siquiera.
—Es su forma de protegerse. Al romper los vínculos conmigo, eso te salpicó a ti... lamentablemente para todos.
Aioria bufó.
Aiolos le miró dulcemente. Si su hermano quería embarcarse en una aventura donde su corazón estuviera en juego, él le daría los datos disponibles para que nada le llegara de sorpresa. Así que carraspeó y comenzó el relato.
—Milo apareció ensangrentado y abrazado a una espada griega, en el suelo donde reposaban los cadáveres de sus padres y su hermana. Tenía cinco años.
Aioria abrió unos ojos como platos.
—¿Quién los mató? ¿Y... Por qué?
—Es un misterio. Y aunque el Santuario aún mantiene el caso abierto, dudo que ahora alguien sea capaz de conseguir esclarecer todo lo que ocurrió— tomó aire, y se sirvió una copa de vino, dispuesto a contarle al joven león la totalidad de la trágica historia—. El padre de Milo, Giorgos Alkaios, era investigador de Historia Antigua. Trabajaba aquí, en Atenas, traduciendo manuscritos y gestionando los fondos del Museo Nacional. Pero su residencia estaba fijada en la isla de Milos, donde tu amigo nació. Allí, en varias excavaciones arqueológicas se encontraron hallazgos de cuantioso valor e interés para el museo. Como buen historiador, el padre de Milo se pasaba todo el día en el lugar de los descubrimientos. Entre lo que se encontró, se podían contar armaduras, cascos, espadas, y varios manuscritos en griego antiguo, datados en la época de la Guerra del Peloponeso. Posiblemente, escritos por algún contemporáneo de Tucídides.
El León levantó una ceja, suspirando a continuación.
—Giorgos— continuó hablando Aiolos—, guardaba todas esas reliquias en su propia casa, esperando para llevarlas a Atenas. En la zona donde vivían, calificada de tranquila, no solían cometerse robos, por lo que el Museo ni siquiera pensó en instalar un perímetro de seguridad... Hasta que encontró un pergamino en concreto: Las profecías del Advenimiento de Atenea Pártenos. El padre de Milo lo colocó junto al resto de material que facturaría al museo, pero que jamás llegó a su destino.
Aioria le apremió a que continuara con su relato.
—Sabemos que encontró el pergamino porque anotó el descubrimiento en su diario. Aquella misma noche, un comando asaltó y saqueó su casa, matando a la familia. Milo, milagrosamente, sobrevivió. Las pruebas psicológicas dictaminaron que su mente había borrado sistemáticamente el recuerdo del ataque, por lo que no es capaz de rememorar nada de aquel fatídico día. La espada que tiene en su poder, a pesar de que no debería unirse al pasado de esa manera, fue la que encontraron entre sus brazos, y la conserva desde entonces.
Aioria sintió unas fuertes ganas de llorar.
—Milo fue adoptado por una familia de pescadores de la zona. Su padrastro, Estagiros, murió al poco de llegar él, tragado por el mar, y su madrastra, Androstea, se volcó en sus hermanastros. Ella siempre le culpó indirectamente de la muerte de su esposo, y no había día en que no le repitiera que era “portador de la mala suerte”. Respecto a los hermanos, Anterón, cuatro años mayor que él, se presentó a las pruebas para caballero, pero fue rechazado. Calíope, que tiene dos años más que Milo, está casada en la actualidad con un armador de la isla de Creta, residiendo en la capital, Iraklión, y por nuestros datos, espera un bebé. Niklas, el pequeño, tiene ahora unos diez años y Milo siente una gran debilidad por él. A pesar de las rígidas normas del Santuario, en lo que concierne a los lazos familiares, Milo tiene establecidos unos vínculos afectivos muy fuertes con Calíope y con Niklas. Demasiado fuertes para un caballero de Atenea.
Aioria levantó una ceja, gesto que Aiolos interpretó como apremio para seguir hablando.
—El vínculo afectivo es tan fuerte que Perséfone, en sus informes de adiestramiento, explicó detalladamente el por qué esa dependencia hacia sus familiares adoptivos podía ser contraproducente en su instrucción como caballero. En una convocatoria extraordinaria, el Patriarca ordenó que fueran destinados al Santuario para finalizar su entrenamiento. De esta manera, se aseguraba de cortar los lazos de una manera drástica, pero rápida y eficiente.
—Pero eso es... horrible...
—Aioria, tú y yo no tenemos más familia que nosotros mismos.
—Yo te tengo a ti, y tú a mí. Pero él... está solo.
—Te equivocas— contestó—. Tiene a sus compañeros. Te tiene a ti.
—Lo sé, pero no es lo mismo. Yo me he criado contigo. Siempre has estado cerca de mí.
Aiolos asintió, finalmente.
—Por eso me dijo que todos terminaban por abandonarle. Porque siempre se ve obligado a romper con su pasado.
Lo sé, y lo siento de verdad, pero yo...
—Estás enamorado de él. Hasta la médula.
—Le amo, es cierto, pero ¡No quiero sufrir tanto como tú cuando estabas con Saga!
Aiolos levantó una ceja de asombro.
—Te oía llorar, cuando volvías de su templo... por eso me marché a la casa del León Estelar. Me destrozaba verte así... oh, Dioses, ¿Y si Milo se encuentra en ese estado por mi culpa? ¿Y si está enamorado de otro, o de otra, y lo ocurrido entre nosotros...?
—Cálmate, Aioria. Lo pasado, al pasado. Ahora tienes que centrarte en el futuro. Y si tu futuro es estar al lado de tu compañero, pues que así sea.
—Entonces, ¿Lo aceptas?
—Si no lo hubiera aceptado, os habría matado a los dos, cuando os vi... en el pasillo... bebiendo de mi vino y retozando sobre mis baldosas— y rió cuando notó las mejillas de su hermano tiznarse de rubor.
—¿Puedo... quedarme aquí esta noche?
—¿Cómo cuando eras pequeño?— preguntó dulcemente Aiolos.
—Sí. En tu cama.
Aiolos sonrió.
—No sé si ahora cabremos los dos. Has crecido mucho.
—No me moveré demasiado— Aioria le miraba con ojos trémulos.
—Está bien. Vete quitando la colcha y abriendo la cama. Me doy una ducha rápida y vuelvo. ¿De acuerdo?
—Gracias, Aiolos.
El Arquero sonrió.
—De nada. Soy tu hermano, aparte de tu maestro. S’agapo [6], Aioria.
—S’agapo, Aiolos.
Y sintió su corazón algo más tranquilo. Ahora ya sabía toda la verdad sobre Milo, y podía comprender su dolor.
Aunque era terrible no poder evitárselo.
—S’agapo, Milo— dijo entre dientes, esperando a su hermano.
Cuando Aiolos llegó a la cama, Aioria ya estaba dormido.
—¿Tienes que irte otra vez?— le preguntó, desolado.
—Sí. Esta misión me llevará a Suecia y luego a Italia. Iré a conocer a los caballeros de Piscis y de Cáncer.
Milo la miró. Ella también parecía triste.
—¿Entrenaré con Aioria de nuevo?
Ella se levantó de la silla y caminó por la estancia. Sintió el cosmos de Sagitario, cruzando el pasillo.
—Sí. Entrenarás con Leo, pero no por mucho tiempo. Está aún pendiente el castigo por vuestra excursión. No te creas que se me ha olvidado— respondió Perséfone, después de un momento de silencio.
—Entonces, tendré que aprovechar la oportunidad. Hace mucho que no corro por el Coliseo— bromeó él, tratando de comenzar la conversación. Ya pensaría cómo ver a Aioria, una vez estuvieran castigados.
Pero su ironía no surtió efecto. Ella parecía ausente.
Milo supuso que los pensamientos de ella se centraban en Aiolos. Arrugó el rostro, y una honda pena le invadió. Deseaba mostrarle que sentía muchas cosas por ella, tantas o más que el Arquero, por lo que pensó que aquel era el momento propicio para hablar con su maestra de forma más directa, e incluso más íntima.
—Ya sé que no es de mi incumbencia— susurró Milo, tras carraspear—, pero me gustaría saber qué te ocurre.
Perséfone le miró, levantando una ceja.
—Estoy perfectamente.
Milo insistió.
—Y no lo dudo, pero desde que estuve “de recogimiento” en el barracón de aprendices, siento que nos hemos distanciado mucho, maestra.
—Son tiempos difíciles, y las misiones son lo más importante para la estabilidad del Santuario.
—No digo que debas anteponer a tu aprendiz sobre las órdenes del Patriarca, pero...
Ella meneó la cabeza, apremiándolo a que terminara la frase.
—Echo en falta las conversaciones que teníamos en Milos.
Perséfone sonrió tristemente.
—Esa etapa de tu entrenamiento ya ha terminado— le contestó con dulzura, algo inusual en ella—. Ahora hay que prepararte para convertirte en caballero de oro.
—Habrá terminado, pero yo sigo echándolo de menos. Tanto a las conversaciones... como a ti.
Ella se tensó.
—Milo, soy tu maestra, nada más— le espetó fríamente.
Milo la miró, furioso, y supo que había llegado el momento de sincerarse con ella.
—Tú, que me has obligado a comprender la historia de la tierra que me vio nacer, que te has vanagloriado de tu ascendencia cretense, y que has sembrado en mí el orgullo espartano, no me vengas ahora con que he de verte solamente como mi maestra— manoteó, apasionadamente—. ¿He de recordarte el sagrado vínculo que poseían los maestros con sus discípulos en la Esparta del siglo de Pericles? ¿Has olvidado la figura del pedónomo [7]?
—Eres un caballero de Atenea Pártenos, no un hoplita [8], Milo— replicó ella—. Un pedónomo era el hombre que controlaba la educación de los pequeños espartanos, y que incluso fomentaba las relaciones entre estos y los guerreros ya consagrados, así que no sigas por esa línea de razonamiento. Soy una mujer, no podría ser tu pedónomo ni tu erasta [9] aunque me lo propusiera.
—Me da igual que no seas un hombre. No creo que Aiolos y su hermano, o Shion y su aprendiz realicen todo lo que conlleva la palabra en sí— suspiró—. La cuestión es que quiero que sepas que eres muy importante para mí, y te guste o no, lo serás siempre. Y ya puedes decir lo que quieras, mis sentimientos son míos, y nadie puede arrebatármelos.
Ella le miró, exasperada, ante el arranque de sinceridad de su aprendiz.
—Los lazos que forjes te harán vulnerable.
—¡Los lazos que forje me darán la fuerza necesaria para combatir!
Ella se quedó asombrada ante aquel torrente de confesiones.
—¡Eres un necio, Milo!— finalizó, gritándole.
—No puedo dejar de sentir, ni de amar, y eso te desespera, lo sé. ¡Pero es que tengo un corazón, y no un pedazo de roca aquí dentro!— se señaló al pecho, sus ojos mostraban una pasión desmedida—. No consigo ver a la gente en términos de víctimas, de presas, de objetivos. ¡Son personas, maestra!
—¡Morirás!— replicó ella, enfurecida—. ¡Cambia tu perspectiva o serás un cadáver!
—¡No quiero hacerlo!. No puedo olvidar lo que soy, lo que significa ser un caballero de una diosa de la Cultura.
La cretense bufó.
—Milo, cuando te enfrentes a las Agujas Escarlatas, tendrás que vencerme y no vacilaré en ejecutarte, si no das la talla en la prueba.
—Y no te lo reprocharé. Si merezco morir, espero que sea de tu mano. Sería un honor. Eres lo más importante que existe en mi vida.
—¡Maldita sea, Milo!— manoteó ella, fuera de sí—. ¡No debes verme como otra cosa que no sea tu maestra!
—¿Y cómo podría verte?— Miraba a Perséfone con los ojos desnudos, con la verdad de sus sentimientos en ellos—. Me he criado contigo, llevas años entrenándome. He luchado, peleado, discutido, comido, cenado y dormido a tu lado— enumeró, con la voz dulce, sincera—, te admiro... he llegado a sentirte tan cerca de mí...
—Milo— suplicó ella—, no sigas, por favor...—estaba desarmada ante las palabras de su alumno.
—He llegado a quererte tanto a mi hermana— clavó sus ojos en la pared, lejos de los de ella—. Mi hermana— recordó—, casada con un hombre treinta años mayor que ella, que cuando sus negocios no salen como espera, le mide las costillas con una vara de avellano— miró al techo, con el rostro contraído—, la misma persona que me dijo por primera vez que me quería y a la que mi madrastra separó de mí porque tenía miedo que yo le aguara un matrimonio de conveniencia... Dioses...
Dejó la frase morir. Perséfone se quedó sorprendida ante la revelación de su aprendiz, ante aquel secreto que ahora compartían.
—Eres mi referente— concluyó Milo, mirándola a los ojos—. Si algún día llego a ser caballero del Escorpión, espero ser como tú. Y será gracias a ti.
—Dioses, Milo— Perséfone se sintió vulnerable ante su aprendiz—. Tu humanidad... será tu tumba.
El suspiró, abatido.
—Pero, si muero, al menos sabrás que alguien te tuvo en alta estima. Sabrás que alguien... te quiso mucho.
—Milo— ella se acercó a él—. Tu testarudez te va a hacer sufrir lo indecible.
— Ya llevo mucho tiempo sufriendo — contestó él, con los ojos brillantes—. Pero tú no te has dado cuenta.
Ella casi se dejó caer sobre la cama, al lado de su vehemente alumno, y abrió los brazos para rodearle con ellos. Él hizo lo mismo y se fundieron en un cálido abrazo, el primero que los mostró mutuamente tal y como eran, dos personas totalmente atadas a sus deberes, pero que en aquel instante se daban un respiro de sus obligaciones, para concederse el premio del contacto, de la calidez, del amor.
Ella le enredó los dedos en la melena de él, y Milo dejó reposar su cabeza en el hombro de ella, mientras se aferraba a su cintura, suspirando y dejándose llevar por un torrente de emociones largamente oculto.
Y mientras Perséfone sentía el calor del muchacho en su propio cuerpo, tuvo que reconocerse que lo quería con locura.
Pero no se lo diría.
Al menos, no en aquella ocasión.
Durante el trayecto hacia a Suecia, Perséfone tuvo tiempo para pensar en todo lo ocurrido. Vestida con ropas de calle, el tren que cruzaba Europa era un lugar de lo más idóneo para hacer un repaso a los hechos acontecidos desde la llegada de Milo a Atenas.
Lo que al principio le pareció una buena idea, separar a Milo de su familia adoptiva para así controlar totalmente los vínculos emocionales del espartano, no resultó como esperaba. En Milos, el aprendizaje les absorbía todo el tiempo, pero en el Santuario Milo se pasaba largas temporadas solo o en compañía de Aioria, a causa de las misiones que le encomendaba el Patriarca.
Sabía que su aprendiz estaba enamorado de Leo y eso le produjo una honda preocupación. Si Milo se permitía amar, se volvería vulnerable, y eso sólo podía significar una cosa: morir en combate.
Se levantó de su asiento y salió al pasillo del tren. Necesitaba caminar.
Lo cierto era que el cosmos de Milo se había expandido hasta llegar a un altísimo nivel en apenas cinco años de entrenamiento. Dominaba a la perfección las técnicas de las Agujas Escarlatas, y la Restricción no tenía ya secretos para él. Aiolos se lo había comunicado, después de haber...
Arrugó el rostro.
Se había acostado con el amante del Patriarca. Con el hombre del que Shion estaba enamorado.
Y lo peor del caso es que no se arrepentía en absoluto. Las caricias de Pallas fueron dulces y apasionadas pero el calor del cuerpo de Aiolos... le dio un placer que ni siquiera imaginó que existiera.
Se estremeció con aquel recuerdo, y cruzó los brazos sobre su pecho, rodeando instintivamente su propia cintura.
No debía extrañarse por lo ocurrido. La mayor parte de los caballeros eran bisexuales, ella no tenía por qué ser una excepción, aunque se hubiera mentido pensando que sí lo era.
Sabía que el recuerdo de Pallas terminaría borrándose, y con Aiolos a su lado...
—Es el amante de Shion— susurró para sí misma—. Lo que pasó entre nosotros fue un error.
Un error muy grave, a decir verdad. Shion había detectado la unión de cosmos del Arquero y del Escorpión, y en su estancia privada le dejó muy claro que ella ya no era persona de su confianza.
—Mejor me había acostado con Kanon— se reprendió con acritud.
El mero hecho de pensar en Kanon le generó una serie de sentimientos que finalizaron en una repulsa atroz. Aiolos se había comportado con ella con dulzura, delicadeza y mucha ternura.
Kanon solo conocía la violencia, además de dominar el arte de la mentira. Kanon y Saga eran gemelos, y nadie lo había ni siquiera sospechado.
¿Por qué ocultaría el ático algo así? Pensándolo fríamente, Kanon era un joven de extraordinarios poderes, pero con una gran tendencia a la maldad. Si Saga hubiera confesado que Kanon era su hermano, siempre habría sido juzgado por los actos del otro. Era comprensible que nunca dijera nada de su...
Saga había sido amante de Aiolos y Kanon la había retado en combate.
¿Tendrían una unión cósmica?
—Me estoy comportando como una paranoica— trató de calmarse, suspirando hondamente—. Debo sopesar los hechos fríamente para luego sacar una conclusión meditada.
De todos los caballeros dorados, sólo Shura había expresado públicamente que odiaba que Perséfone estuviera en su misma categoría. Saga jamás manifestó ni repulsa ni admiración.
Sólo se pronunciaba cuando el caballero en cuestión no era griego. Y ella procedía de Creta, por lo que...
—Saga...
No podía sacarse al Géminis de la cabeza. Veía una conexión entre Saga, Shion y Kanon, pero no detectaba su naturaleza.
Perséfone era uno de los caballeros con más intuición de la orden del Zodíaco. Los poderes de su Casa, potenciados hasta el paroxismo con entrenamiento, la hacían poseedora de un nivel de conocimiento que utilizaba para la diplomacia.
—Saga, Shion, Kanon... —musitó—. ¿Qué conexión hay entre vosotros que no logro comprender?
Suspiró de nuevo. Obcecándose no llegaría a ninguna parte.
Miró por la ventana. El paisaje pasaba a gran velocidad ante sus ojos.
—Milo...
Y de nuevo, la imagen de Kanon en su mente.
—Conoce demasiado bien el funcionamiento del Santuario, quienes son los caballeros dorados, incluso la llegada de Atenea no le produjo la más mínima sorpresa, al contrario, parecía...
Abrió los ojos.
—Parecía... conocer... la profecía...
Se agarró a la ventanilla del tren. Una tremenda nausea la hizo estremecerse de asco.
—Conocía la profecía... ¡oh, Atenea Pártenos...!
Meneó la cabeza.
—Puedo estar equivocada— miró hacia todas partes. El pasillo del vagón estaba vacío—. No hay evidencia de...
El rostro de su hermoso aprendiz apareció en su mente.
—Milo... ¿Qué ocurriría si tuvieras al asesino de tu familia a tu alcance pero sin pruebas que lo incriminen?
Y esa frase le ardió de tal manera en la boca que apretó los labios hasta hacerse daño.
Si Kanon tenía algo que ver con lo ocurrido en la infancia de Milo, ella lo descubriría aunque dejara la piel en el empeño.
Se lo debía a su discípulo.
Y con estos pensamientos, el tren siguió camino, acercándose cada vez más al lugar donde Afrodita de Piscis obtuvo su armadura dorada.