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El Alma del Asesino

4. DESEO

Perdido entre las montañas de China, se encontraba un desolado paraje llamado “Los Cinco Picos”, cuyo mayor tesoro a los ojos de los pocos viajeros que se habían atrevido a adentrarse en tan misterioso lugar era una cascada de cristalinas aguas. Los más ancianos comentaban que allí habitaba un hechicero y que mediante sortilegios había conseguido que un dragón de verde piel durmiera bajo la imponente caída de agua.

Y no se equivocaban. Dohko de Libra tenía allí su morada. Y la armadura del Dragón reposaba en el fondo del lago.

El pequeño guerrero, de piel cetrina y ropas anticuadas, se pasaba día y noche ante la catarata, sentado al borde de un precipicio y con los ojos perdidos en, según pensaban los habitantes del pueblo vecino, brujerías y pactos con los demonios. Pero no era ese su cometido realmente. El viejo maestro custodiaba la Montaña Maldita, donde habían sido encerrados los espectros de Hades, muertos en la batalla sagrada acontecida doscientos años atrás.

Atenea había salido victoriosa de la confrontación con el Rey de los Infiernos, pero las bajas fueron cuantiosas. De la Orden del Zodíaco, sólo Dohko y Shion sobrevivieron a tan cruento enfrentamiento. Ochenta y seis caballeros de Atenea murieron en la contienda. Ciento ocho espectros les acompañaron en el último viaje.

Por eso la eficacia del sello de Atenea sobre la Montaña Maldita debía ser comprobada con minuciosidad. Sólo de esa manera se evitaría que los espectros escaparan de su encierro y una nueva guerra sagrada estallara.

Dohko no podía moverse de aquel lugar porque sabía que su misión era tan delicada como importante. Expandiendo su cosmos, se cercioraba de lo estricto de su soledad, que mantenía a base de fomentar habladurías y rumores, y de la magnitud de su cometido. Era una tarea ingrata, pero la prefería a la de Shion, el caballero de Aries, al que le había sido encomendado el restablecer la Orden de Caballería de Atenea. Dohko sonrió al pensar en él y admitir que su labor iba por muy buen camino; en menos de cien años, el atractivo guerrero había conseguido tener bajo sus órdenes a un pequeño ejército, entre los que destacaban una docena de caballeros con el rango más alto: los caballeros de oro del Zodíaco.

Poco a poco, las doce Casas del Zodíaco fueron teniendo morador, y la docena de caballeros dorados iban transmitiendo sus enseñanzas a sus discípulos y futuros sucesores. Con un enlace mental, el tibetano le informaba de sus progresos a Dohko, y éste se alegraba al comprobar la vitalidad del alquimista de la Orden.

Estaban muy unidos. Shion, además de su compañero de batalla, era su mejor amigo. Y vivir más de doscientos años haciendo realidad un proyecto surgido de las cenizas de la guerra le hacía sentir cosas que no deseaba entrar a valorar.

A veces, buscaba con su cosmos el de Aries para paliar la soledad que le embargaba en aquel lejano y recóndito lugar. Este le contestaba con ánimos y con esperanza, y le recordaba que el tesoro que escondía Rozan muy pronto tendría dueño. Y es que aquella cascada custodiaba una reliquia de la que muy pocos tenían conocimiento de su existencia. De un meteorito se había ido creando, tallada por la luz de las estrellas, la armadura del Dragón, y su escudo era el más sólido de los jamás imaginados por el ser humano. Shion tenía la certeza de que algún día un joven de enorme valor y cualidades morales vestiría tan increíble armadura, y que Dohko sería el hombre que le ayudaría a conseguirlo.

Y el caballero de Libra asentía, agradeciendo el apoyo de su amigo.

A pesar de su anciano aspecto, Dohko poseía una mirada vivaz y un sentido del humor muy particular, y entre sus imágenes mentales más divertidas estaba la de él portando, con su estado actual, la sagrada vestidura de la Balanza.

Dohko de Libra no solía utilizar armadura porque su cuerpo había ido envejeciendo a medida que los años pasaban, y estaba seguro que no podría soportar el peso de ésta, si llegara el caso de entrar en combate. Así que la había mantenido oculta en su Casa, la Séptima del Zodíaco, bajo las baldosas del pasillo principal.

Ya no era un muchacho. Shion aún conservaba su aspecto espigado y altivo, pero él lo había perdido cuando aceptó custodiar el sello y lo que contenía. Atenea sabía que la edad de Dohko podía ser un contratiempo si llegara el momento de volver a empuñar las armas de Libra, por lo que le concedió en la más estricta de las intimidades, el Misopheta Menos. Sólo la Pártenos y él conocían la vastedad de aquel regalo, y como tal, había sido relegado al recuerdo, y ni Shion alcanzaba a adivinar lo que significaba.

El agua caía cristalina ante sus ojos, algo cansados en aquel día, y la tranquilidad que reinaba le hizo relajarse, aunque esa sensación fue truncada por un destello en su percepción. Algo que no debía estar en aquellos parajes, por su fragilidad, le hizo expandir su cosmos.

No hizo falta indagar mucho para descubrir de qué se trataba.

El llanto de un bebé retumbó por todo el bosque.

Cerró los ojos y se concentró. En efecto, una niña lloraba en una zona arbolada donde la población de zorros era bastante abundante.

¿Sería buena idea dejar la vigilancia por unos momentos? El estaba allí por un motivo mucho más importante del que nadie pudiera imaginar, y su misión estaba por encima de cualquier eventualidad, pero la indefensión de aquel bebé le comenzó a preocupar.

Se levantó y tomó su bastón. No le costó encontrar al recién nacido y mucho menos alzarlo del suelo, para llevarlo a su cabaña.

—¿Qué tenemos aquí?— sonrió al calmar con su cosmos a la diminuta chiquilla—. Una hermosa flor entre tanto espino— utilizó sus poderes y la mantuvo en el aire para abrir la puerta de la choza donde guardaba sus pocas pertenencias— que quizás alegre mis últimos años de vida.

La pequeña lanzó un alegre gorgoteo, probablemente producto de la excitación al sentirse suspendida en el aire, mientras Dohko de Libra levantaba su anciana mano y ensamblaba, mágicamente, varios maderos para utilizarlos como cuna.

—Shunrei... la dulce flor del jardín... serás mi apoyo y el de mis aprendices— musitó, mirándola a los ojos.

La niña le correspondió con unas risas despreocupadas, y Dohko se permitió regocijarse con aquella mundana sensación, para volver, a continuación, a velar el sello.

—Sigues teniendo un marcado acento francés— Aristeo movió la cabeza, mirando fijamente a su aprendiz.

—Es algo que trato de evitar a toda costa, maestro.

—Quizás sean demasiados idiomas para alguien tan joven— el caballero de Acuario se giró hacia la ventana y comprobó que seguía nevando en el exterior.

—Puedo conseguirlo. Sólo necesito un poco más de tiempo. Igual que con la Ejecución de la Aurora— contestó el otro, vehemente.

—Eres muy obstinado, Camus— Aristeo no se dignó en darse la vuelta para contestar.

—Mi mayor deseo es convertirme en caballero, maestro. Mi sueño, mi meta, es llegar a ser como usted— Camus permanecía en pie, moviendo sus puños, enfatizando así sus palabras.

Aristeo se giró y levantó una ceja. Camus no era especialmente prolífico en halagos, y mucho menos a la hora de expresar sus sentimientos. El se lo había inculcado. Como guerrero de los Hielos, las demostraciones de afecto en público eran algo impensable. Así se lo enseñó su maestro y de esa manera seguiría siendo, porque así estaba establecido.

Aunque, siendo sincero consigo mismo, él había fallado. Se enamoró de Pallas cuando llegó a Grecia, violando uno de los preceptos de la Orden, y llegó más allá al declararle sus sentimientos.

Y ella traspasó la barrera de lo prohibido al corresponderle.

—No has de lograr ser como yo— replicó tratando de pensar en otra cosa—, sino más que yo. La armadura de Acuario no acepta ser vestida por mediocres. Tu deber es superarme.

Camus le miró con sus oscuros ojos azules y Aristeo sintió una punzada de odio al comprender que estaba ante el hombre más atractivo de la Tierra.

—No sé si sería capaz de enfrentarme a usted. Le debo demasiado.

—Lo harás sin dudar, ya que así ha sido siempre. Te repito que es lo establecido. Yo reté en combate a mi mentor, y le vencí, y éste al suyo, anteriormente. Es el precio a pagar por ser el Custodio de la Undécima Casa. Por ser uno de los Doce Elegidos.

—Si es por el honor de vestir la sagrada vestidura, entonces lo haré. Pero no porque lo desee. Usted— bajó la mirada al suelo, con tal elegancia que Aristeo incluso se sintió desarmado ante aquel joven tan perfecto—, es lo más parecido a un padre que he conocido jamás.

—¡Los guerreros de los Hielos no tienen vínculos afectivos, Camus!— le espetó, levantando la voz—. ¡No lo olvides nunca! ¡Nunca!

Camus se envaró y volvió a mirarle.

—Atenea nos exige implicación para conseguir los fines que nuestra sagrada misión nos imponga. Es la diosa de la Guerra, y en los ejércitos nosotros...

Aristeo levantó una ceja, inquisitivo.

—Veo que has estado leyendo a Tucídides [1]... de nuevo— gruñó, mientras Camus bajaba la vista al suelo—. ¡Estás obsesionado por la Grecia Clásica!

—¿No soy acaso un caballero de Atenea?— se permitió preguntar—. ¿Y no eran los griegos clásicos los que contribuyeron a su mayor gloria?

—En efecto— Aristeo caminó por la pequeña cabaña, tratando de hacerle comprender—, pero eso no significa que tengas que tomar al pie de la letra todo lo que ocurría en los ejércitos al servicio de la diosa. Nosotros hemos de permanecer puros, célibes. Así se ha establecido en nuestra Casa desde tiempos inmemoriales.

—Siempre pensáis, maestro— replicó Camus—, que lo único que me importa es el lazo emocional entre los hóplitas [2]. Su entrega al combate y a sus compañeros. Sus amistades... especiales— tragó saliva ante lo que iba a pronunciar—, como las del Batallón Sagrado de Tebas.

—Es lo primero que llama la atención a un joven inocente como tú, Camus. Lo más...

Dejó la frase en el aire. No quería hablar ni siquiera de eso. Era tal la repulsa que le daba, que hasta su rostro se ensombreció. Por su parte, Camus tuvo que asentir. Sabía que en aquel lugar apartado de todo, poca cosa más se podría hacer que no fuera escuchar las teorías de Aristeo. Aunque no entendía aquel fervor por la pureza del cuerpo, no le quedaba otra opción que aceptarla como directriz a seguir. Bien era cierto que, en los ejércitos sobre los que Camus había leído, los de la época dorada de Pericles, los guerreros establecían vínculos sexuales entre ellos para demostrar una entrega más allá de la camaradería, un auténtico lazo irrompible. Pero para Aristeo, eso era tan abominable como matar con sus propias manos a inocentes, y no dejaba de repetírselo.

Y entre aquellas ideas desmadejadas, el voto de celibato que Camus tuvo que pronunciar con sólo doce años tendría que ser renovado en un breve espacio de tiempo.

Pero no estaba seguro de dar ese paso. Las dudas asaltaban su cabeza.

No quería morir sin probar la tibieza de otro cuerpo al lado del suyo, pero sabía que si Aristeo descubría aquel anhelo, lo haría correr por la nieve medio desnudo, como había hecho en más de una ocasión.

Necesitaba hablar con alguien y despejar aquellas dudas. Algunas noches se despertaba bañado en sudor, producto de sueños que a Aristeo no le harían ninguna gracia, donde jóvenes como él practicaban gimnasia desnudos, con los cuerpos bañados en aceites, brillando bajo la luz del sol.

Si Aristeo intuyera su desazón, lo haría volver a nadar bajo el hielo como la última vez, cuando le descubrió entregándose a un conato de masturbación en la ducha de la cabaña.

“Te voy a arrancar ese tipo de calor interno, Camus. ¡Y por Atenea que conseguiré que seas tan puro por fuera como por dentro!”

Le encantaría tener a alguien para compartir todo aquello que comenzaba a atormentarle. Pero no podía confiarle a su maestro sus secretos, y tampoco en el pueblo había nadie con quien conversar.

Así que se lo guardaba todo bajo aquella fachada de frialdad. Una fachada que cada día estaba mejor construida, y que, aunque iba contra su propia naturaleza, era lo que mejor podría protegerle, tanto de Aristeo... como de sí mismo.

—Caballero de Oro Perséfone, del signo del Escorpión, se presenta ante vos, Syla de Piscis, solicitando entrevista— recitó la mujer, rodilla derecha y puño izquierdo clavados en el suelo.

Syla la miró y alargó el brazo, invitándola a levantarse.

—Perséfone... ha pasado muchísimo tiempo.

Ella se elevó elegantemente, y ambos se observaron durante breves instantes, para luego fundirse en un abrazo.

—Demasiado, Syla. ¿Siete años, ocho quizás? Parece que tengas un retrato tuyo escondido en alguna parte, por lo bien que te conservas— bromeó, recordando la historia de Dorian Gray—. Tu aspecto sigue siendo... tan impresionante como cuando éramos aprendices.

—Y tu manera de retorcer la realidad con las palabras tan sibilina como siempre, Milady—contestó él, con un pequeño asentimiento de cabeza.

Perséfone lanzó una carcajada y Syla la tomó del hombro, cariñosamente, agradeciendo la falta de boato por parte de ella. Con un leve movimiento de su mano, le indicó el camino hacia el edificio administrativo, mientras le comentaba las diferentes obras que habían acometido durante el tiempo que llevaban instalados en aquella zona de Groenlandia. Perséfone le siguió, deleitándose con la decoración de estilo vikingo que adornaba el lugar: Tanto el edificio principal, donde estaban ambos en aquel momento, como los adyacentes, estaban totalmente construidos en madera, y la estructura y distribución transportaban al visitante a lugares anacrónicos, lejanos tanto en tiempo como en espacio.

Perséfone sentía que, en cualquier momento, aparecerían dos valkirias para invitarles a beber hidromiel en el salón del Valaskjalf [3].

Aunque primeramente fue Suecia el lugar establecido para construir el Santuario de los Peces Dorados, Syla decidió ubicarlo en un emplazamiento bajo condiciones mucho más severas. Así, era en Estocolmo donde se recibían las órdenes del Santuario de Grecia, pero el lugar real de entrenamiento de los caballeros de Piscis estaba situado en una helada planicie muy cerca de Nuut, la capital de Groenlandia.

Syla fue mostrando a Perséfone las diferentes instalaciones, y comentándole detalles sobre los materiales empleados, el coste de las obras, y el tiempo que tardaron en crear aquel lugar, enclavado en un paraje de belleza agreste, aunque con unas condiciones de vida extremas.

Syla, el espigado y elegante Caballero de Oro de Piscis, antiguo maestro de la Orden de los Peces, invitó a su compañera a un suculento caldo, una vez instalados en su cabaña privada.

—Recuerdo que te gustaba la carne de ballena, confío en que eso no haya cambiado, Perséfone.

—No, mi gusto culinario es algo que aún se mantiene. Eso y bastantes cosas más. Soy persona de costumbres, ya lo sabes— sonrió ella, bajo la máscara.

El apuesto caballero realizó los preparativos para servir una suculenta comida a su invitada.

—Puedes hablarme del motivo de tu viaje mientras preparo nuestro pequeño banquete—. Syla era tan seductoramente galante que Perséfone comprendía porqué no encajaba en el Santuario. Rubio, de ojos claros y mirada inteligente, exudaba sensualidad. No la sensualidad de Milo, salvaje y arrolladora, sino parecida a la de Camus, tibia, inocente, como si desconociera los efectos que su devastadora presencia producía en los demás.

—Syla, aparte de venir a buscar a tu aprendiz, que creo ya se ha convertido en tu sucesor, desearía que me contases qué ocurrió en el campo de entrenamiento.

El semblante del joven cambió por completo.

—Las noticias vuelan— le espetó, casi furioso—. Da igual estar en Atenas o en mitad del desierto del Gobi, el Patriarca termina por enterarse de todo.

—Es la voz de la diosa, y ahora más que nunca— replicó ella, vehementemente.

—Entonces es cierto— él se giró, con un cucharón en la mano, mirándola, penetrando con sus ojos a través de la máscara de ella—. La reencarnación se ha presentado.

—Sí. La he visto y no cabe duda. Es Atenea.

El volvió a girarse para remover el contenido del perol.

—Son tiempos difíciles para todos. La violencia inunda los santuarios, así como las mentiras y los dobles entendidos— dijo, tristemente—. Aquí estaba todo bajo control, hasta que llegó un joven con el que tuvimos serios problemas.

—Parece como si los nuevos discípulos supieran que los tiempos que vivimos están en perpetuo cambio— comentó ella, con evidente disgusto.

—Eso parece —La voz de Syla era hechizante, y Perséfone se acomodó en su silla mientras él comenzaba a relatar lo acontecido lentamente—. El joven del que habrás oído hablar era el más poderoso de los reclutados para mi sucesión como dorado, más incluso que el actual propietario, pero su poder le corrompió.

Perséfone asintió, indicando que continuara.

—No acataba las órdenes, no obedecía a los instructores... odiaba el frío, los entrenamientos... era ese tipo de discípulos que están tocados por los dioses, pero que entienden la filosofía de la Orden del Zodíaco de una manera... especial.

—Sé a qué te refieres. En el Santuario tenemos a algunos de ellos.

—No quiso pasar las pruebas de Piscis, y se enfrentó en combate a muerte con el joven que ahora porta la sagrada vestidura. El revuelo que se armó fue tan espectacular, que derribaron varios edificios, y él terminó por marcharse— continuó relatando Syla.

—¿Fue expulsado de la Orden?— preguntó ella.

—No fue necesario. Cuando ya estaba preparado el tribunal para juzgarle, él ya había abandonado el lugar— suspiró, apoyando sus manos en la meseta de la cocina—. Creo que se dirigía a una Isla, llamada “la Isla de la Reina Muerte”, aunque no hay evidencia de ello. Como ya te he dicho— y le sirvió un suculento plato humeante—, odiaba el frío.

—Pero... —musitó ella— ¿Mandasteis patrullas de búsqueda? Se trata de una deserción en toda regla.

—Por supuesto— contestó el otro, mientras se sentaba ante ella, y comenzaba a degustar la comida—. Y sólo encontramos una palabra, escrita con sangre, en la nieve.

—¿Una palabra?

El la miró, con tristeza en los ojos.

Guilty.

Perséfone se retrepó en la silla, dejando que el silencio los inundara.

—El mundo se ha vuelto loco— pudo pronunciar ella, girándose y quitándose la máscara para probar el contenido de su plato.

—No, Perséfone. El mundo ya está loco, ya que nos obliga a comer de espaldas porque alguien ha establecido que el rostro de las mujeres no merece ser contemplado.

Y ella asintió, dándole muda razón a tan sabias palabras.

Comieron en silencio, y una vez ella terminó, Syla la invitó a dar un paseo por el campo de entrenamiento.

—Has conseguido mucho con pocos medios, Syla— comentó ella, mientras observaba a los aprendices desarrollar diferentes técnicas de combate en medio de los parajes helados—. Lo cierto es que este lugar parece funcionar muy bien.

—Ya me conoces. No me gusta la pompa del Santuario, y mis métodos no son comprendidos por la mayor parte de los caballeros. Si no, fíjate en nuestro común amigo Aristeo...

Ella arrugó el rostro bajo la máscara.

—Parece que os habéis entrevistado hace relativamente poco tiempo, por lo que puedo deducir en tu cosmos— ironizó Syla.

—Sí, tuve que ir a informarle de varios temas. Sigue siendo igual de cortés.

—Los dos deberíais caminar hacia el futuro, en vez de anclaros a ese pasado.

Perséfone se frenó, y se agachó para tomar un poco de nieve.

—Es imposible— contestó, mientras dejaba que la nieve se escurriera entre sus dedos— le veo y la siento entre mis brazos, muriendo poco a poco. Y él también lo recuerda, lo sé, y es algo que jamás se borrará de mi memoria.

—Fue un accidente. Yo estaba allí.

—¡Todo el mundo estaba allí!— replicó ella, furiosa—. ¡Dioses! ¡Yo debí morir aquel día!

Syla se encaró con ella, le quitó la máscara y la miró, furioso. La reacción de Perséfone no se hizo esperar, pero la velocidad del antiguo caballero de Piscis bloqueó el ataque, y ambos se quedaron enfrentados, decidiendo rebajar sus cosmos en señal de tregua.

Durante unos breves momentos, sólo sus respiraciones agitadas competían contra el sonido de la brisa glacial.

—Perséfone— rompió él el silencio, mirándola a los ojos—, todos tenemos pecados que siguen torturándonos, algunos de ellos duran años, otros sólo minutos... —ella le miraba, atónita por el atrevimiento de él, que la agarraba ahora por las hombreras de la armadura—. ¡Pero hay que seguir adelante! Tienes a un aprendiz poderoso y con un gran carisma. ¿Crees que los dioses desean verte así? ¿Completamente torturada? Sé que soy uno de los caballeros menos apreciados de la Orden, y que cuando conozcas a mi discípulo, sabrás que éste seguirá mis pasos. Pero, ¿Acaso importa, si soy consecuente conmigo mismo? ¿Acaso alguien está en posición de criticarme? ¿Y yo permitirme que sus críticas puedan afectarme?

—Me impongo tal ritmo, que a veces no tengo tiempo ni para respirar— contestó, desarmada.

—Y es comprensible. Ellos son un grupo de hotentotes y tú la única caballero dorado de la Orden. Shura te ama y te odia a la vez, Shion te utiliza como diplomática cuando realmente adoras la lucha, y los demás...

Sonrió abiertamente.

—No hay nada entre él y yo, Syla— espetó ella, sabiendo lo que pensaba su compañero.

—Dioses, Aiolos tiene tal encanto que hasta tú has sucumbido ante él— afirmó, mirándola.

—Utilizas tu belleza para conseguir que los demás bajemos la guardia. Eres un ser maléfico— ella se colocó la máscara de nuevo, una vez él se la tendió.

—El poder de las flores— contestó el otro, quitándose importancia.

—Sí, el de las sarracenias y las droseras— gruñó ella—. Las plantas que con su olor hipnotizan a los insectos para luego utilizarlos como cena.

—Olvidaba que no estoy ante un caballero normal, sino ante el Escorpión... bélico y culto a partes iguales.

—No me adules, Syla... tu poder es mortífero, bien lo sé.

El rostro del caballero era de una belleza tal que desarmaba cuando se le miraba.

—Ven, Perséfone, te presentaré a mi sucesor.

—Caballero de oro Saga de Géminis, a sus órdenes, Patriarca.

—Saga de Géminis— susurró Shion, levemente—. Tengo una misión para ti.

El imponente ático elevó la cabeza y sus ojeras brillaron en su cansado rostro. Shion se percató de ello, y despidiendo a los guardias, se acercó al griego y le indicó que le siguiera.

—Pareces cansado, Saga— le dijo mientras el otro le seguía por los pasillos que comunicaban con la biblioteca.

—Lo estoy, Patriarca— contestó él, mirando distraídamente a su alrededor, una vez llegaron a la regia sala.

—¿Una infusión?— preguntó el tibetano, señalando al griego un lugar donde tomar asiento.

—Gracias— finalizó el otro, acomodándose en la silla.

Shion se dispuso a realizar el ritual del té mientras el joven caballero lo observaba atentamente. A pesar de sus muchos años, la altura, el porte, y la agilidad de movimientos lo hacían temible.

<Temible, pero no invencible>

La voz. Aquel sonido que no sabía de dónde provenía, le martilleaba los oídos cada vez que él pensaba en algo.

Shion se quitó el casco y la máscara, y su pelo largo cayó en cascada por la espalda. Le alargó la taza y un par de azucarillos.

—A tu gusto, Saga.

—Muy agradecido, Patriarca.

Se extrañó al escucharse hablar. Normalmente lo llamaba Shion, pero ahora necesitaba fijar unas barreras psicológicas. ¿Por qué?

<Porque es tu enemigo>

“¡Maldita sea!” se gritó mentalmente.

<El te arrebató a Aiolos. El, su poder, su ostentación en la capitanía de la Orden, te arrancó, con su prepotente forma de tratar a los caballeros, lo único que has amado>

“¡Es mentira!, Aiolos me abandonó porque...”

<Porque desea ser el nuevo Patriarca>

Crispó los dedos alrededor de la taza. Empezaba a sudar, su nerviosismo era palpable.

—Saga, creo que no estás en condiciones de ejecutar misión alguna— hablaba el Patriarca, los labios moviéndose ante el caballero de Géminis.

—Me encuentro... bien.

—No tienes buen aspecto, y tu cosmos...

—¡Estoy bien!— le espetó el joven griego.

“Estoy perdiendo el control”

<Mátalo>

—Saga, por favor, no creo que...

—Discúlpeme, han sido días muy difíciles para todos.

—Lo sé y lo comprendo— se levantó y le tomó del hombro, para reconfortarlo.

<Así debe tocar a Aiolos, primero se levanta y luego se postra ante él, para meterle la cabeza entre las piernas, imitando la posición que Aiolos adoptaba mientras su boca te adoraba a ti, Saga, mientras su boca te...>

Se levantó de repente, y la taza terminó estrellada en el suelo.

Shion le miró, en sus ojos había un brillo de confusión y duda.

Destello que fue sustituido por otro de determinación.

—Cuando descanses, y esto es una orden, preséntate ante mí. Quiero hablarte de la armadura de Géminis y de Kanon. De tu hermano gemelo Kanon.

Saga se quedó petrificado.

—Tu silencio confirma mis sospechas. Retírate y cuando estés en condiciones de explicarme porqué ocultaste que Kanon era tu hermano, conciertas una nueva entrevista. Te atenderé al instante.

Saga no pudo despedirse siquiera.

<Lo sabe. ¿Qué más cosas sabrá? Tienes que averiguarlo, Saga>

“Maldito seas, Shion”

Caminó hasta la puerta principal del Templo.

“Maldito seas, Kanon”

Oteó el horizonte y suspiró. Necesitaba calmarse antes de ponerse a buscar a su gemelo. El destino ya había sido decidido.

Y la armadura de Géminis sólo tendría un portador.

Milo corrió por el Coliseo hasta que le ardieron los músculos. Perséfone llevaba ya algunos días fuera de Grecia, y él se sentía más solo que nunca.

El Patriarca les había convocado a él y a Aioria a la Sala de Audiencias para decretar que debían entrenar separados, como resultado de su excursión por los subterráneos del Santuario.

El León Estelar estaría bajo la tutela de su hermano, mientras Milo era adscrito temporalmente al grupo más destacado de aprendices. Parecía que tanto Shion como Saga habían esperado la ausencia de Perséfone para castigar a ambos jóvenes, ya que fueron ellos dos los que dictaminaron la separación de Milo y Aioria. Aiolos trató de rebajar la pena, alegando que era excesiva, pero Shion se mostró implacable, por lo que al espartano no le quedó más remedio que intentar amoldarse al ritmo de los futuros caballeros de plata.

Pronto se dio cuenta que su nivel era muy alto, demasiado para que los otros le siguieran. Les sobrepasaba en todos los aspectos, tanto teóricos como prácticos, así que decidió entrenar solo.

Solo...

Desde que Aioria irrumpió en su vida, se había centrado en él, descuidando sus relaciones con los demás. Ahora se arrepentía, aunque tampoco había tenido muchas opciones, ya que llevaba poco tiempo en el Santuario como para hacer amigos de su edad. Excepto Mü de Aries y Aioria de Leo, los demás entrenaban para ser caballeros de rangos inferiores, y la gran mayoría de ellos morirían antes de llegar a conseguir la armadura en cuestión.

Y respecto a los dorados, los caballeros de Aries se le antojaban a Milo distantes, quizás por su arcano conocimiento de alquimia, o por sus poderes psíquicos.

Sólo con Aioria sentía que estaba con un igual.

Era curioso lo que experimentaba cuando pensaba en él. El dolor en su cuerpo tardó varios días en irse, después de haber hecho el amor con él en la Casa de Aiolos, y fue sustituido por el dolor en su alma.

Le atormentaba verlo, hablar con él y comprobar, en silencio, que Aioria no deseara continuar con la relación que nació de unas cráteras de vino.

Milo estaba seguro que, para el León Estelar, lo que ocurrió entre ellos había sido un pasatiempo. No había nadie más allí, Milo tenía su edad...

Se frenó y meneó la cabeza. No quería creer que las palabras del otro fueran falsas. En la Casa de Escorpio le confesó que le seguía deseando.

Se estremeció al recordar aquel atardecer. Colocado sobre Aioria, podía escuchar perfectamente en su mente los gemidos del León, mientras él sentía cómo su cuerpo se desgarraba, a la vez que un calor interno le consumía lentamente.

Soñaba con que ese momento se repitiera infinitas veces, pero no habían vuelto a tener ningún tipo de contacto. Es más, cada vez notaba a Aioria más alejado de él.

La desesperación le inundó por completo.

Continuó corriendo, hasta llegar a un promontorio cercano a la puerta suroeste del Santuario. Se concentró ante una roca, y de catorce golpes certeros la pulverizó. Solía dibujar la constelación de Escorpio, para luego invocar a Antares y destruir su obra de arte.

No satisfecho con aquella descarga de poder, utilizó la técnica de la Restricción y un par de remolinos generados por su cosmos le revolvieron la melena. Adoptó la posición del Escorpión Celeste, los brazos extendidos y su pierna derecha elevada hacia atrás, imitando al Aguijón del artrópodo, y las rocas comenzaron a salir disparadas hacia todas partes.

En cuestión de minutos, la zona empedrada estaba completamente limpia. El poder de Milo cada vez era más devastador.

—Puedes fijar un objetivo concreto o asolar un entorno— susurró, imitando las palabras de Perséfone.

—En efecto— escuchó una voz a su espalda—. Eres la máquina de guerra perfecta.

Milo se giró, asustado, con los dedos índices listos para atacar.

—No soy tu enemigo— le dijo el otro— sino un compañero más.

—No sé tu nombre para que me llames compañero— Milo se sentía extraño ante aquel individuo. Ya había hablado con él en otra ocasión, y todos sus instintos le gritaban que no confiara en el desconocido.

—Kanon— sonrió.

—¿Y cual es tu constelación?

—¿Mi constelación?— se estiró ante él, perezosamente—. No tengo constelación. Algún día seré guardián de una Casa, pero de momento, no me han asignado ninguna.

Milo sabía que el otro estaba mintiendo. Al tener más edad que el espartano, de no tener asignada constelación, Casa y maestro, no le permitirían moverse por el Santuario de la forma que lo estaba haciendo.

—Tú y yo, Milo— continuó hablando el ático— somos muy parecidos. No, no me mires así, sé tu nombre, y el de tu maestra, y bastantes cosas más. También conozco... tu historia.

—¿Quién eres, Kanon?— le preguntó el otro, a la defensiva.

—Conozco la existencia del pergamino que encontró tu padre.

Milo abrió unos ojos como platos. Encendió su cosmos y se colocó en posición de defensa.

—¡No sé de qué pergamino me hablas, y esta conversación se va a terminar ahora mismo!

Kanon no se inmutó, ignorando al aprendiz.

—El, que se denomina “Padre de Todos”, ha emponzoñado con su forma de dirigir el Santuario a la propia Orden de Atenea. Se dedica a utilizar a tu maestra como diplomática, a Saga de Géminis como pacificador de disturbios, a Aiolos de Sagitario lo tiene como amante personal y a tu amigo, Aioria de Leo... ni siquiera lo tiene en cuenta. Y tú, Milo de Escorpio, podrías llegar muy lejos cuando Shion decida elegir sucesor. Te prometo que serás su mano derecha, su hombre de confianza, que tendrás poderes para dar y quitar la vida, como el ataque de tu constelación, Antares. Todo eso está escrito en las profecías del pergamino, Milo.

—No... no te creo... —balbuceó, atónito.

—Vamos, no te hagas el idiota. Sabes perfectamente que has venido a Atenas para convertirte en uno de los Doce Elegidos. Que si has entrenado con dos dorados, es porque tu camino ya está decidido, y que realmente mereces el privilegio de vestir la armadura de oro.

—Es Perséfone de Escorpio quien ahora ostenta ese honor— contestó, casi temblando.

Los ojos de Kanon le taladraban.

—Hasta el momento. Se pasa tanto tiempo dialogando con sus compañeros, y... acostándose con ellos... —recalcó la frase—, que casi ha olvidado cómo ha de combatir.

—¡No te consiento que hables así de ella!— Milo le lanzó una ráfaga de aguijonazos, que Kanon rechazó con cierta dificultad.

—Estoy en lo cierto— el gemelo de Géminis no se amedrentó—. Desde que llegaste, has estado solo. Primero, misiones, luego, entrevistas con el Patriarca. Más misiones, más entrevistas... Aiolos no necesita pedir permiso para estar con ella. Tú sí.

Milo estaba petrificado ante las implicaciones de la confesión de Kanon. Aquel desconocido lo sabía todo, desde sus más íntimos deseos, hasta los más recónditos temores.

—Incluso tu aniversario... ella olvidó que el día ocho cumpliste quince años, ¿verdad?

Milo miró al suelo, desolado.

—Cuando un maestro deja de lado a su aprendiz, y éste consigue dominar el Séptimo Sentido, cosa que tú ya has logrado, puede solicitar al Patriarca ser sometido a las pruebas de su Casa.

—¡Ella no me ha dejado de lado!

Kanon lanzó una carcajada al aire.

—Yo no la veo por aquí. Estará con Syla, riéndose de todos nosotros. Riéndose de ti, Milo.

—No... no puedo creerte... yo...

—La duda en tu corazón me indica que sí me crees. O si no, piensa cuando se partió la pierna... quien estuvo consolándola en la intimidad.

Y Kanon se marchó, tan sibilinamente como llegó, dejando al joven griego solo con sus pensamientos. No había recorrido cien metros cuando sintió una explosión de cosmos devastadora. Se parapetó entre varias rocas y rió silenciosamente al caerle encima una lluvia de piedrecitas.

La Restricción era un arma mortífera, de destrucción total.

No hacía falta una segunda entrevista con Milo. La próxima vez que lo viera, ya sería el Escorpión Celeste.

No tenía ganas de ver a nadie aquel día, por lo que invocó la Ilusión de Géminis para evitar que nadie le molestara en su Casa. Shion conocía la existencia de Kanon como su hermano gemelo, y eso le había producido un enorme disgusto.

¿Quién se lo habría confesado? ¿Perséfone? ¿Aiolos?

<Deberías matarlos a los dos>

Meneó la cabeza. Le dolía de tal manera que pensaba que terminaría por estallarle.

<Aiolos... ¿Cuántas veces te dijo que te amaba? ¿Cuántas? Te suplicaba que le tomaras, que lo que tenías con él no debía terminar jamás. ¿Lo recuerdas, Saga? ¿Recuerdas cómo se retorcía mientras le penetrabas? ¿Recuerdas cómo te arañaba la espalda mientras te movías sobre él?>

Se sentó en una silla de su cuarto privado, completamente a oscuras.

<Sabe mentir mejor que una serpiente. Con su candidez, ha conseguido engañaros a todos>

—Me amó. De eso no me cabe duda.

<¿Amarte? Igual que ama a Perséfone. No dudó en acostarse con ella>

—Perséfone es una mujer muy atractiva. Yo también la habría tomado, si hubiera tenido interés en hacerlo.

<Por supuesto, Saga. Habría sido muy reconfortante para tu ego ver cómo te rechazaba>

Se levantó, y se fue quitando la ropa poco a poco hasta quedar completamente desnudo ante uno de los múltiples espejos que poseía.

—Tengo un cuerpo perfecto, al igual que mi rostro. No sería capaz de decirme que no.

<Es posible que, si llegara a probarte, luego comparara sobre quien sería mejor amante, si Aiolos o tú... o Shion... parece llevarse muy bien con Shion>

—Shion...

El cabello de Saga comenzó a cambiar paulatinamente de color. Su moreno habitual, cayendo en cascada por aquella espalda perfecta, se convirtió en un gris ceniciento, y sus ojos comenzaron a inyectarse en sangre.

—¿Y a quien le importa quien sea el mejor amante?— le dijo al reflejo de su espejo, mientras se dirigía a las termas que existían bajo el piso de su templo—. Ella morirá, al igual que Shion y ese traidor llamado Aiolos.

<No, Aiolos no, yo le amo>

—Saga, tú no sabes amar— se dijo, y se vio allí, atrapado en el espejo—. Te encantaba meterlo en la cama para luego hacerlo padecer una y mil torturas mentales, viendo como chocaba contra tu frialdad y tu oscuridad... eso era lo que realmente te gustaba... alimentarte con su sufrimiento.

<Aún siento algo por él...>

—Sí. Sientes algo muy propio de tu ascendencia ateniense. Algo que los antiguos denominaron “El sabor de la Venganza”. Ya lo dicen los escritos que tantas veces has leído... La Sintagma Griega no retrocede... avanza, y a su paso... sólo deja la Desolación.

Y se introdujo en el agua, dejando que ésta limpiara algo que ya era imposible de purificar.

—¡No! ¡No, por favor, no! ¡Son reliquias!— gritó, medio desnudo, mientras su maestro quemaba los libros en el exterior.

—“Batallón Sagrado Tebano”— gruñó el otro—. “Erastas y Erómenos”, “El Satiricón”—se quedó mirando al libro y luego a Camus, alucinado— ¡“El Satiricón”!— tenía tal enfado que cuando enfiló al aprendiz de Acuario, con los ojos entornados por la ira, éste se quedó petrificado.

Sabía que Aristeo no cedería, por lo que tuvo que cerrar la boca, y completamente en silencio, observó con gran pesar cómo se consumían las hojas en aquella hoguera fruto de la incomprensión.

—Quiero saber qué vas a hacer con tu voto, Camus— rompió el alemán el silencio.

El francés levantó la vista, y asintió amargamente.

—Prepararé los juramentos— finalizó con pesar, disponiéndose a entrar en la cabaña.

Aristeo le tomó del brazo, impidiéndole avanzar.

—Camus— le espetó, con un velado tono de amenaza— Nos marchamos de Francia, lejos de tu familia, porque los guerreros de los Hielos tenemos prohibido mantener relaciones fuera de nuestra Orden. Pero eso a ti parece darte igual, ya que aquí, en mitad de la estepa siberiana, dos mujeres trataron de seducirte y sé que en el pueblo, uno de los bibliotecarios de Novorosisk ha estado preguntando por ti —comenzó a levantar la voz—. ¿No te das cuenta que tu belleza es una maldición para tu condición de caballero? —meneó las manos ante el atónito francés—. No podemos sentir otra cosa que devoción hacia la diosa. Nuestro cuerpo ha de estar puro porque ella es pura, es virgen— le recordó—. Caballeros célibes para una diosa pártenos, la diosa guerrera y sin rastro de unión con varón alguno.

—Lo sé, maestro, y perdonadme por todo— contestó Camus, con la cara llena de hollines, y dos marcas en su piel generadas por el camino que recorrieron las lágrimas—. Sé que buscáis lo mejor para mí y para la Orden. Seré un buen caballero. Me olvidaré de todo esto— suspiró, mirando las ascuas—, y renovaré los votos. No me permitiré pensar en tonterías. Lo siento mucho.

Volvió a tener los ojos llenos de lágrimas.

—Deja de llorar, Camus. Libérate de todo sentimentalismo.

El joven francés asintió.

—Y entra en la cabaña— finalizó Aristeo—. Terminarás por congelarte.

Camus sonrió tristemente.

Se aseó y se dispuso a dormir, pero no lo consiguió. Cerró los ojos y apaciguó su cosmos, tratando de olvidar lo ocurrido, aunque en su memoria, una frase tomaba forma clavándose en su alma, como si un cordel de espinos recorriera su corazón.

“En Tebas, cuando un joven llegaba a la edad de enrolarse, era su erasta quien le regalaba su equipo militar completo. Los hóplitas de este ejército estaban ligados entre sí por amistades especiales, aumentando considerablemente el valor guerrero y la homogeneidad de la tropa” [4]

¿Alcanzaría algún día la dicha de conocer a otro como él, de entregarse a caricias, a besos, a la calidez de otro cuerpo colocado sobre el suyo? Abrió los ojos y miró a Aristeo, durmiendo cerca de él.

Deseaba que le hicieran el amor hasta volverle loco.

Con un gran esfuerzo consiguió dominar la erección que pugnaba por asomar entre su ropa.

“Tu cuerpo pertenece a Atenea, Camus. Por ella morirás, y por respeto a los caballeros de los Hielos, lo harás virgen”

Se imaginó haciéndole el amor a una mujer y de inmediato arrugó el rostro. En su fuero interno, sabía que por mucho que disimulara, al caballero de Acuario no conseguiría mentirle en aquello: Las mujeres nunca lo habían excitado y el auténtico deseo del francés era encontrar a un igual que no lo mirara con desprecio como hacía su propio maestro, sino con la complicidad del amigo especial. Del compañero.

Del amante tebano.

Sintió a Aristeo removerse en su cama, por lo que se giró y le dio la espalda.

—Camus, duérmete ya— se oyó la voz del alemán.

—Tengo... dudas— carraspeó.

—Deshazte de ellas— espetó el otro— o te tiro en la nieve otra vez.

La violencia con la que le hablaba era cada vez más acusada.

—¡No puedo deshacerme de ellas!— gritó—. ¡Necesito respuestas!— se incorporó en la cama, jadeando.

Aristeo encendió un quinqué, y le miró. Tenía el pelo revuelto, y lucía atractivo ante los ojos del francés. Camus se reprendió mentalmente.

—Escúchame bien —dijo Aristeo—. Lo que te está pasando ahora es propio de tu edad. Piensas en sexo constantemente. Muchachos, muchachas, poco importa la persona, lo que interesa es el acto en sí. Pero recuerda que con disciplina, esta etapa quedará en el olvido. Renueva tus votos y todo irá como debe ir.

—Pero yo...

—A no ser, que realmente tu deseo no sea conseguir la armadura de Acuario en completo celibato y me vea obligado a dejarte abandonado aquí, en mitad de Siberia, por no cumplir los preceptos de la Casa— Aristeo parecía un depredador, por la manera en que sonreía—, ya que no voy a permitir que alguien que se toca obscenamente comparta mi mesa y mucho menos la comida que Atenea, la diosa virgen, tiene la misericordia de proporcionarnos.

—¡No he vuelto a tocarme desde...! —en ese momento, se dio cuenta de lo astuto que era su maestro.

Le había preparado una trampa y él había caído, con todo el equipo.

—¡¿Desde...?!— gritó el otro, levantándose como una exhalación y agarrando a Camus del cabello.

Y dos horas después, tiritando de frío, comprobaba lo inflexible del carácter de Aristeo, al escucharse tocar a la aldaba de la cabaña, suplicándole el perdón, mientras el otro le gritaba que se tumbara en la nieve para evitar que su calor corporal volviera a jugarle otra mala pasada.

...Por lo que te pido que no vuelvas a intentar escapar de mí jamás. Yo te di lo que querías, así que tú deberás cumplir tu parte del trato. Te dejaré al niño para que lo eduques en tus creencias, pero cuando haya cumplido la edad de ocho años, le acompañarás a Japón para que me conozca y así completar su formación...

Natasha arrugó la carta y la lanzó al fuego. Dirigió su mirada hacia la cuna, y un pequeño de rostro hermoso abrió los ojos, clavando sus azules pupilas en las de ella. La mujer se estremeció al tomar al pequeño en sus brazos y pensar que debería entregarlo cuando llegara su octavo cumpleaños. Pero ese había sido el pacto: la fama efímera como primera bailarina de ballet de la Opera del Bolshoi, durante un periodo demasiado corto de tiempo, y el dolor de saber que su hijo, Hyôga, sería arrancado de sus brazos, para ser educado en las tradiciones japonesas.

Aún faltaban seis, pero Natasha había empezado a sentir que le arrebataban una parte de su vida. La fama, lo que siempre había anhelado, no significaba ya nada para ella. Y por más que tratara de esconderse, él siempre la acababa encontrando. Tenía multitud de espías en todas partes, y por eso se adelantaba a los movimientos de la mujer.

—Hyôga— musitó.

El pequeño elevó los brazos, reclamando su atención. Su pelo, rubio y encrespado, le daba aire de querubín, su belleza era solo comparable a la de su madre.

—Es un precio demasiado alto, mi ángel.

Pero sabía que no existía escondite posible ante el poder de Mitsumasa Kido. Ella había aceptado darle un hijo a cambio de la fama, y ahora él reclamaba su premio.

—Y por más que me esconda contigo, mi amor, él nos encontrará.

Meneó la cabeza, preocupada, pero sonrió al observar al pequeño, que volvía a reclamar la atención de la bailarina.

—Ven, ven aquí— le acogió entre sus brazos y Hyôga se refugió en ellos, enredando sus pequeños deditos entre los cabellos de ella.

Natasha sonrió y le llenó de besos, mientras una parte de su corazón se quebraba al contemplar a su amado hijo, al que perdería en un futuro próximo, al igual que sus ilusiones.

Shaka, el frágil aprendiz de la Casa de Virgo, había nacido, criado y comenzado su adiestramiento a orillas del Ganges. Era oriundo de la India, aunque su aspecto no era el habitual: rubio, de piel blanca y ojos azules, con una lacia melena cayendo por su espalda. Solía descansar en la posición del loto bajo una higuera en el campo de entrenamiento, y allí estaba, cuando una voz sonó cerca de él.

—Shaka...

Tenía los ojos cerrados y así los dejó, ante la voz.

—Shaka... ¿Sigues estando triste?

No se inmutó.

—Veo que ya no queda rastro de lágrimas en tu rostro. ¿Acaso los cadáveres flotando en el Ganges han dejado de atormentarte?

El joven siguió respirando acompasadamente, cuando la figura que le hablaba se materializó en un pavo de hermosa cola, que le miraba, inquisidor.

—Shaka— susurró enigmáticamente la voz—. Yo podría darte todo lo que deseas, desde comida— y ante ellos apareció una innumerable cantidad de alimentos— hasta sexo—. El animal se transformó en una odalisca de ondulantes formas y velos transparentes.

Shaka se removió en el suelo, ligeramente.

“Romper el ciclo eterno de las reencarnaciones... alcanzar el Nirvana, la identificación de lo Absoluto...”

—Tu pueblo ya no pasaría más hambre, Shaka. No tendría que privarse jamás.

El joven hizo un pequeño mohín, molesto.

—Y tú tampoco te privarías... yo te daría comida, bebida, sexo. Mírame Shaka, abre tus ojos...

La mujer comenzó a desvestirse ante él, senos turgentes, caderas prominentes, caminar lujurioso.

Shaka no rompió su concentración.

“La piedad, los sacrificios y las creencias no estorban, pero no conducen al Fin Supremo...”

—Shaka... tómame, Shaka... —rogaba ella.

De largos cabellos oscuros, tez morena y una belleza arrebatadora, la mujer se masturbaba ante él; sabía que aunque sus ojos permanecieron velados, él notaría el calor que su cuerpo emanaba. Y así era. El rostro del joven se contrajo, y su marca de la Iluminación se movió, al notar las manos de la mujer acariciando su cuerpo.

Arrodillada ante él, pecaminosamente desnuda, besaba su abdomen, mientras sus pezones rozaban la blanquecina superficie de las piernas del budista.

Recorría con ansia la superficie sin cubrir por el manto de Shaka, dejando estelas de saliva, ardiente y húmeda, tratando de romper el trance del joven.

“La recta moral constituye una excelente preparación para alcanzar el Nirvana”

—Aléjate— ordenó.

Ella sonrió, y abrió las piernas, para colocarse sobre él.

—¡Aléjate!— gritó él.

Shaka sintió el olor de la mujer, su aroma salvaje y excitante. El cuerpo del joven deseaba tomarla, tocar sus pechos, acariciar su vientre.

Penetrarla y gozar de ella.

Pero aquello formaba parte de la prueba, y no podía permitirse caer en la tentación.

La odalisca sonreía, mientras se acomodaba sobre él, ahora su pubis muy cercano al de Shaka.

La virilidad del Virgo comenzaba a responder ligeramente al estímulo.

“Domínate sin la menor debilidad y prueba tu Yo; así, en profunda reflexión y en guardia contra ti mismo, llegarás, monje prudente, a lograr la verdadera felicidad”

—¡Te he dicho que te alejes!— la voz sonó enfurecida.

Ella le miró, sorprendida, para luego sonreír. La piel de la mujer se tornó azulada, y sacó su lengua, larga y puntiaguda, para rozar la nariz del joven, mientras de su costado comenzaban a salir otras mujeres como ella, tan hermosas como letales.

Shaka mantenía los ojos cerrados, pero su oído registraba perfectamente la escena que estaba ocurriendo ante él.

Se besaban entre ellas, y la que estaba colocada sobre el aprendiz de Virgo, acariciaba el pecho de este, con el pubis tan cerca de su pene, que cada pequeño roce conseguía desestabilizar su concentración, sumiéndolo en un mar de voluptuosidad.

Cuando sintió las lenguas de las tres por diferentes partes de su cuerpo, y la mano de una de ellas colocada en su entrepierna, se levantó.

Había llegado la hora del enfrentamiento.

—¡Caída a los Infiernos!

En clara posición de combate, con su marca de la Iluminación brillando a través de su cabello, Shaka de Virgo lanzó su cosmos hacia las tres odaliscas.

No necesitó elevar sus párpados para sentir como dos de ellas se convertían en demonios, con enormes colmillos saliendo de sus fétidas bocas, y cuerpos cubiertos con reptiles sibilantes. Cubrieron los flancos de Mara, la tentación que trataba de seducir a Shaka, y ella, cubiertos ahora sus senos y sus caderas con flores de loto y armada con dos cuchillos, las tres se enfrentaban a él, con golpes rápidos y contundentes.

Aún nublada su percepción por las caricias de las hermosas mujeres, éste contraatacó con otra de sus técnicas.

—¡Tesoro del Cielo!

La mujer rió grotescamente, contraponiendo el sonido de su voz a la dulzura de su rostro. Aunque veía cómo se iba combando el espacio y el tiempo, nada parecía afectarle. Su piel aturquesada mutó, dejando entrever una blancura que podría haber competido con la del budista.

—Shaka... no eres partidario de la guerra. ¿Será posible que lo seas de la Justicia?

Mara elevó una mano y apareció una pequeña figurilla alada en ella. En la otra, un escudo y un casco con tres caballos de claro estilo griego cubrió la cabeza de la mujer.

—Virgen... como tú, Shaka.

Relucía, tanto ella como su vestimenta compuesta de serpientes, que movían sus cabezas y sacaban sus lenguas bífidas mordiéndole la piel, haciéndola sangrar.

—Justa, como tú, Shaka...

Donde habían estado los demonios de afilados colmillos, un grupo de aqueos tomaron su lugar. Griegos, con brillantes armaduras, equipados con escudos y lanzas.

Hoplitas.

—Inalcanzable, como tú, Shaka.

Y los guerreros no se dejaron amedrentar y combatieron con saña. Desplegándose en formación de cuña, con Atenea en el centro, los seis atacaron al budista, el cual se zafaba de los golpes como una pantera. Sinuoso y elegante, de perfectos movimientos, Shaka abrió los ojos en esta ocasión, y fue privando de los sentidos a sus contrincantes. Solo la encarnación de la diosa pártenos fue capaz de evitar el Tesoro del Cielo, y era ésta la más difícil de vencer.

—¡Morirás bajo los arboles de Sal!—gritó, fuera de sí la tentación—. ¡Tus propios hermanos de armas te asesinarán, confabulándose contra ti, superándote en número!

Shaka se empleó a fondo, tratando que las palabras del demonio azulado no le afectaran, y así fue. Con su impecable estilo de batalla, la derrotó y cuando se dispuso a lanzarle su ataque final, la armadura de Virgo se ensambló en su cuerpo.

Que la Virgen le reconociera como portador de su armadura fue una sorpresa que hizo que la falsa diosa tuviera una cierta ventaja psicológica sobre él, aunque de poco sirvió. Shaka lanzó el último de los ataques de su Tesoro del Cielo y la égida de ella se volatilizó en el aire.

Shaka estaba agotado mentalmente, y respiraba con dificultad.

—Enhorabuena, muchacho.

Shaka hizo una reverencia al anciano que tenía ante él.

—Gracias, Maestro.

—Has dudado en batalla. ¿Borrarás de tu mente alguna vez las dudas?

—Aún no he alcanzado la Iluminación, maestro.

El anciano sonrió, y acarició el rostro del otro.

—Eres joven, aún tienes tiempo para comprender la extensión de toda esta doctrina.

Shaka asintió, sentía dolor en aquellas palabras.

—Pero es día de alegría hoy— musitó el anciano—. Toma— le dijo, extendiéndole un manto—. Tu premio, para un día especialmente espiritual.

—Las necesidades materiales son efímeras, maestro. El Buda...

—Y los premios, y las alegrías, los dos lo sabemos— caminaron hacia una pequeño sembrado— pero pronto irás al Santuario y quiero que te lleves algo propio de nuestra tierra, Shaka. Los griegos no son como nosotros, están apegados a sus objetos de valor, y la Casa de Virgo tiene allí sus instalaciones sagradas. Este manto no te producirá mal, y a ellos les demostrará que el caballero de Virgo tiene hondas raíces, como las suyas.

Shaka abrió los ojos y le miró.

—También quiero que lleves esto— y le alargó un paquete, que contenía una pequeña higuera.

El joven Virgo contempló la planta, y sonrió.

—El árbol de la iluminación, maestro.

—En efecto, hijo mío.

Shaka se estremeció al escuchar aquellas palabras.

—Lo plantaré y cuidaré para que crezca alto y robusto.

El maestro asintió, y le abrazó fuertemente.

—Buena suerte, hijo.

—Gracias, Maestro.

Y se alejó, con la planta en la mano y la armadura ensamblada en su cuerpo, para preparar su viaje y enfrentarse a su destino.

Cuando Perséfone conoció al caballero de Piscis, estuvo un rato sin saber qué decir. Al principio, intentó recriminar a Syla por permitir que una mujer se mostrara por el campo de entrenamiento sin máscara, pero al reparar mejor en sus rasgos, vio que se trataba de un joven.

Si Camus la había dejado asombrada por su belleza, aquel al que llamaban Afrodita lo hacía por su candidez y fragilidad.

Tenía la piel blanca como la nieve, el cabello claro y ensortijado, la voz modulada y un rostro hermoso, el más hermoso de los que había visto. Era andrógino, y para Perséfone, poseía lo mejor de los dos sexos: la fortaleza del hombre, y la belleza de la mujer.

Una combinación terriblemente peligrosa.

Syla se mostraba literalmente encantado de tener a Afrodita como aprendiz. Hablaba maravillas de su capacidad en combate al igual que de su integridad como caballero, aunque Perséfone se sentía extraña ante aquel individuo. Era cierto que Piscis la miraba directamente, de igual a igual, sonreía cándidamente, y su educación era exquisita, pero la intuición del Escorpión le indicaba que aquella fachada escondía algo. Algo que no tardaría en descubrir.

Y así fue.

Estaba en la cabaña de invitados, recogiendo sus pertenencias. Tenía varios edelweiss sobre la cama, recién cortados para llevárselos a Milo, así como un pequeño hueso de ballena listo para ser tallado y otras bagatelas conseguidas en el mercado del pueblo, cuando lo sintió.

Una explosión de cosmos, muy tenue, pero imposible de esconder para sus agudizados sentidos.

Soltó todo lo que tenía entre manos y cerró los ojos, dejando que su poder calorífico detectara variaciones de temperatura por los diferentes lugares del edificio. Su cosmos, uno de los más empáticos de la Orden, consiguió darle datos fiables en una fracción de segundo. Sin dificultad, pudo sentir lo que había sospechado inicialmente: un aura conocida, unida a otra.

Abrió los ojos de golpe. ¡Syla estaba acostándose con su aprendiz!

Estupefacta, cerró los puños instintivamente, tratando de romper el enlace con los dos amantes, que en aquel momento tenían sus defensas completamente desactivadas, y se estaban entregando mutuamente en cuerpo y alma.

Syla sabía que lo que estaba haciendo estaba penado por la ley de Atenea, ya que prohibía las relaciones íntimas entre maestros y aprendices.

Aún así, Perséfone era un mar de dudas. ¿Debía informar al Patriarca de aquello? Su compañero había abandonado el Santuario hacía mucho tiempo, pero seguía estando bajo la bandera de la diosa.

Se sentó en la cama, disgustada. Apretó los labios, y se retorció las manos de puro nerviosismo. Expandiendo su cosmos, trató de avisarles que sabía su secreto, pero se frenó.

No podía inmiscuirse en un asunto tan personal.

¿Qué habría pasado si cualquiera de sus compañeros se hubieran enlazado con ella o con Aiolos cuando éste estaba en su templo, haciéndole el amor? Sólo pensar que Saga, Aioria, Shura, Kanon o el propio Shion interfirieran en algo tan suyo le pareció, literalmente, despreciable.

Trató de calmarse, y de pensar con frialdad, pero el enlace síquico aún seguía mandándole información de la escena que estaba teniendo lugar en la habitación del Caballero de Piscis. Con un hondo suspiro, Perséfone decretó que aquello debía quedar en la estricta intimidad del pabellón. Afrodita, subido sobre su maestro, se estaba entregando a éste por última vez, y en su cosmos aparecía una mancha oscura, probablemente engendrada por un gran sentimiento de culpabilidad y de pena.

No tuvo que agudizar los sentidos para oírle llorar, los susurros mezclados con los gemidos, y la pena empapada en sudor.

Intentó pensar en otra cosa, por lo que continuó empaquetando los regalos, y al mirar de nuevo el hueso de ballena, sonrió.

—Milo...

Evocó el olor de la melena del joven espartano, y un escalofrío la recorrió. Bloqueó las percepciones de cosmos y dejó que Afrodita se despidiera de Syla y comprendió que, de no haber sido criada y entrenada en las estrictas maneras del anterior caballero de Escorpio, aquella forma de despedirse, merecía considerarse la entrega más absoluta que un alumno podría demostrarle a un maestro.

Aunque su mente no fue capaz de extrapolar la situación. Quería demasiado a Milo, demasiado como para tomarlo y luego... dejarlo ir.

El Patriarca hizo cumplir su voluntad y los dos aprendices fueron castigados a entrenar separados por un periodo de, al menos, seis meses. Aioria intentó por todos los medios convencer a su hermano para que no le separaran de Milo hasta que Perséfone volviera de su viaje, pero sus esfuerzos fueron en vano. Aiolos se vio obligado a ejecutar las órdenes del Patriarca, y lo hizo con la misma prestancia con la que solía cumplir hasta el más mínimo mandado, por lo que Milo fue destinado al grupo de aprendices y Aioria no lo vio durante varios días.

Aún recordaba el rostro de Milo, cómo se mordió el labio inferior al escuchar aquella sentencia, y el dolor que reflejaron sus ojos al tener que despedirse de Aioria, mientras era acompañado por dos guardias del Santuario.

Sólo la intervención de Aiolos impidió que la casa del Escorpión Celeste fuera cerrada, y Milo podría dormir allí, en vez de en los barracones.

Los días pasaban lenta y dolorosamente para Aioria. Deseaba ver a Milo con tal intensidad que cuando pensaba en él sentía una enorme opresión en el pecho, y una tristeza tan grande que, de haber conseguido levantar la prohibición enfrentándose a su hermano, no hubiera dudado en cubrirle a golpes.

Pero aquella situación había sido culpa de ellos dos, por lo que sólo debía calmarse y esperar.

Al quinto día, le vio correr por el Coliseo, y ejercitarse ante las rocas de uno de los descampados de la zona noroeste del Santuario. Aioria notó cómo se le encogía el corazón, por lo que dejó de escuchar a su hermano, y hasta que éste no le dio un sonoro golpe en el cuello, no fue consciente de lo abstraído que estaba.

Se giró, sorprendido, y el otro sonrió, con sus ojos castaños mostrando compasión hacia su hermano.

—Vete a ducharte— le dijo, revolviendo su rebelde cabellera—. Y hazle una visita. Creo que el castigo impuesto por el Patriarca es desmedido. Además, debe sentirse muy solo.

Aioria le miró, algo perplejo.

—Yo también he estado enamorado— murmuró el Arquero— y me las ingeniaba para verle, cuando éramos aprendices.

—Gracias, hermano— musitó el otro, casi fuera de sí.

—Pero no te demores. ¡Y cierra la puerta de tu templo!, no se te ocurra quedarte en el pasillo, como la otra vez, cachorro.

Aioria le devolvió la sonrisa y asintió, para dirigirse hacia donde estaba Milo.

Aiolos le vio alejarse, a gran velocidad, y meneó la cabeza tristemente, mientras se sentaba en el suelo para ajustarse las rodilleras. Sabía exactamente lo que pasaba por el corazón de su hermano, y también los sufrimientos que estaban por llegar a la vida de Aioria. Él, que amó a Saga hasta desear dar la vida por él, recordó con nostalgia sus días de aprendiz con el de Géminis, las risas, las bromas, las carreras, las luchas... los besos robados, las primeras caricias.

Arrugó el rostro y oteó el horizonte. Nubes negras presagiaban tormenta.

Distinguió en la lejanía la figura de Saga, que caminaba hacia el Monte Estrellado, y decidió quedarse un buen rato observándole en la distancia.

Saga... tenía un porte tan majestuoso que Aiolos sintió aún un escalofrío al espiarlo desde el promontorio donde estaba sentado. Aguantó en aquella relación lo que jamás pensó que soportaría por alguien, y sabía que, si Saga le pedía que retomaran su relación sentimental, él no tendría fuerza para negarse.

Seguía tan enamorado de Géminis como el primer día.

Cuando descendía por el desfiladero, se quedó un rato contemplando cómo ejecutaba Saga sus mortíferas técnicas allí.

Este se giró y le miró, con la misma intensidad de antaño, sus ojos azules resplandeciendo como gemas preciosas.

—¿Saga?— musitó—. Me alegra verte entrenar, como cuando éramos aprendices.

—Hola, Aiolos— contestó el otro, empapado en sudor—. Estaba ejercitándome un poco. ¿Te apetece acompañarme?

El Arquero se quedó gratamente sorprendido.

—Por supuesto. ¿Grecorromana [5]?

Saga sonrió, y para Aiolos, las nubes dieron paso a un radiante sol primaveral.

—En tres tiempos. El que primero se ría, pierde.

Esa era su consigna. Sagitario era de risa fácil, y Saga conseguía arrancarle auténticas carcajadas cuando aún luchaban por sus armaduras.

Se colocaron en posición, y se lanzaron uno contra el otro, enredándose brazos y piernas. Varias llaves, y algunos movimientos no permitidos por las dos partes hicieron que ambos terminaran rodando por el suelo.

Se emplearon más de lo estrictamente normal, ya que eran dos caballeros dorados. Su fuerza era muy superior a la del resto, y aunque las carcajadas de Aiolos no tardaron en oírse, no dejaron de pelear.

Saga terminó sentado a horcajadas sobre Sagitario, sujetándole las muñecas con las manos. El ateniense forcejeó, pero tuvo que rendirse a la evidencia: Géminis había vencido.

—El ganador... se lo lleva todo— musitó Saga, jadeando.

—Sí... todo— Aiolos sentía un calor espantoso, a pesar de que estaba empezando a llover.

—Y entre todo lo que se lleva el ganador— Saga le miraba, entornando los ojos, con el pelo cayendo por sus hombros sobre el cuerpo de Aiolos— está el perdedor. Tú, Sagitario —susurró, sensualmente.

El otro se estremeció.

—Saga... yo...

—No te he olvidado, Aiolos. Lo he intentado con todas mis fuerzas, pero no lo he conseguido— susurró, levantando una ceja y mostrando una sonrisa muy atrayente.

La firmeza de su agarre era cada vez más férrea.

—Yo a ti tampoco— el Arquero desvió la mirada, el peso de Géminis sobre su cuerpo estaba consiguiendo que se excitara.

—Quiero que vuelvas conmigo. Como antes.

Aiolos le miró, sorprendido.

—¿Vol... ver?— balbuceó, sintiendo cómo su cuerpo gritaba, apasionado.

—Dijiste que no te arrepentías de haber estado conmigo.

—Y es cierto— intentó soltarse pero no pudo.

—No forcejees, Aiolos— movió sus caderas, rozando el vientre y la entrepierna del Arquero con el movimiento, excitándolo.

—No... forcejeo, Saga. No...

—Te noto nervioso— Géminis sonreía, y aquel rostro perfecto fue tornándose en una máscara sádica, su pelo mojado cambiando a un oscuro gris.

—Estoy...

—¿Estás...?— Saga volvió a moverse, y rió macabramente ahora que la excitación de Sagitario era notoria.

Se acercó a Aiolos y abrió la boca lentamente, hasta quedar a escasos centímetros de él. El Arquero sentía la respiración de Saga en sus propios labios, y le quemaba, a pesar de la lluvia que estaba cayendo sobre los dos.

—Saga...

Aiolos elevó la cabeza y las bocas se unieron en un beso lleno de deseo. Saga no soltaba las muñecas de su compañero, y seguía restregándose sobre él, provocándolo, incitándolo, estimulándolo.

La pasión que demostraba el Arquero era desmedida. Su cuerpo gritaba exigiendo una compensación, aunque su mente estaba bloqueada. No entendía por qué ahora Saga decidía volver, no sabía qué pasaba por la mente de Géminis...

No le interesaba el motivo.

Solo le importaba que el griego al que amaba hasta la desesperación estaba colocado sobre él y le besaba con la misma pasión de siempre. La pasión que le hacía sentirse vivo.

Le deseaba hasta tal punto que si Saga le hubiera ordenado que se arrancara el corazón, las manos de Aiolos se hubieran convertido en palas para extraérselo y colocarlo en una bandeja, listo para entregárselo a su amante.

Saga le levantó el uniforme y comenzó a besarle el pecho. La lluvia era casi torrencial, pero parecía que a ninguno de los dos caballeros les importara. Continuaba teniendo apresadas las muñecas de Aiolos, con una sola mano, mientras con la otra le acariciaba, deleitándose con su cuerpo, dibujándole la musculatura, marcando a fuego el cuerpo de su amante con sus dedos.

—Sigues... siendo mío, Aiolos...

El Arquero tenía los ojos cerrados y se mordisqueaba el labio inferior, lleno de deseo.

—Nunca... dejé de serlo, Saga... —consiguió musitar, entre jadeos, una vez Saga lo despojó de la ropa.

Estaban en el suelo, resguardados de miradas por altas rocas, completamente solos. La tormenta arreciaba, y el agua los bañaba, pero ellos estaban rendidos a su propia tormenta, la de sentimientos, la de anhelos.

No tardó en eyacular, la boca de Saga consiguió que Aiolos se retorciera de placer en la mezcla de agua y barro donde estaban, vaciándose completamente, inundando de gemidos el lugar.

Le miró, velados sus ojos, y elevó las piernas, colocándoselas al otro en los hombros, incitándole a que le penetrara, a que volviera a llenarle con su ser.

Saga meneó la cabeza, y le rechazó despectivamente.

—Eres como las putas, Aiolos.

Aiolos se quedó helado.

—La puta del Patriarca— su pelo, totalmente empapado, era ahora ceniciento, detalle que a Aiolos le pasó completamente desapercibido.

—No... no me hables así, Saga— dijo, con los ojos muy abiertos, tratando de no llorar como si fuera un niño.

—La puta que se acuesta con cualquiera. La ramera que se ha follado a Aries, a Escorpio, y que ahora se abre de piernas ante Géminis. ¿Cuantos más están en tu lista, Aiolos? ¿Acaso desconoces el significado de la palabra “no”?

—¿Por... por qué me tratas así?— Ahora sí sentía cómo las lágrimas pugnaban por salir—. Si aún quieres, podemos volver a intentarlo...

—¿Intentarlo?— Se levantó y le tiró la ropa, con desprecio, para que se vistiera—. ¿Para luego sentir cómo te acuestas con cualquier otro? ¿Con cualquier otra?

Saga era el propio reflejo de la maldad.

—¡Siempre te fui fiel!

—¡Mientes!— Saga gritó y el eco retumbó por todo el lugar—. ¡No fuiste capaz de ser fiel ni a tu propio capitán! ¡Eres peor que una perra en celo!

—Lo... daría... todo por ti... —replicó, entre sollozos, destrozado por lo que estaba escuchando.

—Si quieres hacer algo de provecho con tu patética vida, deja tu armadura y márchate de Grecia. Y llévate a la meretriz de la Octava Casa contigo. Yo me haré cargo de su aprendiz y conseguiré que sea lo que debe ser, un Ejecutor al servicio de Atenea.

Aiolos no daba crédito a lo que estaba oyendo.

—Estás... loco.

Saga se giró, riéndose.

—¿Loco? Oh, si, me encantaría descubrir cómo tratas de demostrarlo. Ardo en deseos de ver cómo le dices al Patriarca lo ocurrido aquí hoy— clavó sus ojos, inyectados en sangre, en los del Arquero—, porque yo besaré su decrépita boca para mezclar el sabor de tu semen con su saliva. Estoy seguro que le encantará saber lo fiel que le eres. ¡Lo mucho que le amas!

Aiolos lo miró con pavor.

—Sagitario, te amé pero decidiste abandonarme, presa de un ¿Ataque de moralidad?— se carcajeó sádicamente—. Pero yo sentía algo muy fuerte por ti, y quise enmendar mis errores, aunque cuando traté de acercarme a ti, tu estabas demasiado atareado abriéndote de piernas ante él. Ahora, siento decirte... que ya es tarde.

El otro se vestía, las ropas empapadas, el pelo lleno de barro.

—Y cuando quise hacer el último intento, estabas dentro de ella— escupió—. Demos gracias a Atenea que es griega, porque sería demencial que encima, fuera extranjera.

—Saga...

—Cierra la boca, Sagitario. No me interesa escuchar tus lamentos.

Se limpió los labios con el dedo, para luego lamérselo obscenamente.

—Ha sido un placer. Cuando quieras, repetimos.

Y le dejó, allí solo, completamente destrozado.

Estaba lleno de barro, las gotas caían dispersamente por su cuerpo, pero no quiso detenerse en su Templo. Le había visto en la zona noroeste y se dirigió hacia allí, a toda velocidad.

No había tiempo que perder. Aiolos le había concedido unas horas para estar con Milo, y no pensaba desperdiciarlas.

Necesitaba verle, hablarle, mirarle... sentirle junto a él.

Llegó jadeando, y ni siquiera comprobó si el otro estaba solo. Le llamó a gritos, tratando de captar su atención.

—¡Milo!— la voz de Aioria hizo que el Escorpión se girara, mostrando una gran sorpresa al verle.

Aioria se estremeció cuando el espartano le sonrió, asombrado.

Subió con gran rapidez hacia donde estaba el León Estelar, y se quedó enfrente, observándole, casi sin resuello.

—¿Y tu hermano?— consiguió preguntar—. ¿Sabe que estás aquí?

Aioria no le contestó. Le agarró por la mano y lo hizo dirigirse a toda velocidad al templo de Leo.

Milo sentía un revuelo de emociones campando por su corazón. Deseo, anhelo, emoción, turbación, inquietud, amor... todo junto, todo mezclado.

—¿Y si nos... vuelven a sorprender?— la voz se perdía, entrecortada.

Aioria no contestaba, sino que corría más y más rápido, obligando a Milo a imprimir mayor velocidad a sus pasos, y así fueron cruzando las casas con asombrosa rapidez, hasta que llegaron al templo de Leo. Una vez allí, Aioria cerró la puerta, firmemente, y miró a su amigo, con ojos desnudos.

—Te he echado muchísimo de menos.

El melio le miró, sorprendido, para terminar sonriéndole.

—Y yo a ti, maldita sea...

Se abrazaron, la melena de Milo estaba empapada, y Aioria se separó para acariciársela, y devolverle la sonrisa.

—Voy a dejar correr el agua de la ducha— musitó, sin dejar de contemplarlo—, y así podemos quitarnos el barro.

Milo elevó una ceja y sintió un pinchazo en la entrepierna.

Se sonrojó al comprobar que se estaba excitando, pero lo hizo aún más cuando reparó en que Aioria comenzaba a estar en la misma situación que él.

Quiso mirar hacia otro lado, pero cuando el León Estelar se quitó el uniforme y dejó su cuerpo al descubierto, no pudo sino acercarse para examinar las marcas de las Agujas Escarlatas.

—Aún... tienes las heridas que Perséfone te hizo— musitó, tocándolas.

—Sí— contestó el otro, volviéndose—. En la espalda y el pecho— le mostró un par de impactos.

—Las leyes del Santuario son estúpidas, como sus prohibiciones— comentó—. Mujeres con la cara cubierta, separación de hombres y mujeres en los campos de entrenamientos... No pude hablar con ella sobre su pierna rota, ni a ti sobre el castigo en el Coliseo...

—Y la peor de todas— contestó el León, elevando su mano y colocándola en la mejilla de Milo— la imposibilidad de amar a un compañero.

Milo se estremeció.

—Ley que yo violo cada vez que te veo, espartano— añadió gravemente.

El Escorpión sonrió, con el rostro totalmente ruborizado.

—Ley que violamos, Aioria.

El León le condujo a la ducha, y allí le despojó de su uniforme.

Milo sintió como su corazón estallaba de placer dentro de su pecho al sentir los labios de Aioria sobre los suyos.

S’... agapo— susurró Aioria.

Milo intentó responderle, pero no pudo. La pasión del León se lo impidió.

Shura había estado meditando en su Templo durante días. Era normal que el de la moral más estricta, el poseedor de la Verdad, ejemplarizada por la espada que Atenea Pártenos entregó al primero de los Caballeros de la Cabra Montesa hacía tantos siglos, se dedicara a la labor de velar por el cumplimiento de los preceptos de la Orden, y hacer que la voz de la diosa fuera escuchada dentro y fuera de su recinto sagrado.

No había visitado aún a la reencarnación de Atenea porque la vehemencia con la que Kanon le habló en su templo le había generado una fuerte duda en sus convicciones. Sabía que Shion se acostaba con Aiolos, pero que mintiera al respecto de algo tan importante para todos como era la llegada de la diosa, le parecía literalmente inconcebible. Y durante días estuvo recopilando información en los archivos del templo, sopesando, juzgando, decretando y dictaminando sobre la verdad o mentira de las palabras del Géminis.

Shura sabía que Kanon y Saga eran gemelos. Sólo era necesario verlos. Su cabello, su porte, su forma de hablar, su mirada... tan magníficos que Fidias [6] no sabría qué dios representar en piedra si los tomara de modelo, tan inteligentes como el más sabio de los que habían existido durante siglos en Grecia...

Y manipuladores.

Cuando conoció a Saga se quedó fascinado por su saber estar y su forma de comportarse. Parecía talmente hijo de príncipes, y no un humilde cazador ático. Su mirada, triste, melancólica, perdida en sus propios pensamientos daban sensación de fragilidad, que contrastaba con su altura. Rayaba el metro noventa de estatura, y unos noventa kilos de peso completaban su humanidad. Su excelsa y hermosa humanidad.

Porque Saga era hermoso.

Y igual que hermoso, taciturno era la palabra que mejor le iba a su personalidad.

Al contrario, Kanon desprendía una seguridad en sí mismo aplastante. Sabía qué quería, cómo conseguirlo y a quién utilizar para llegar a sus metas.

Y Shura estaba seguro que él estaba incluido en el plan.

Carraspeó, rompiendo el silencio en su templo. Acarició de nuevo la espada Excalibur de la estatua, realizando el proceso como si fuera un fetichista ante su objeto de deseo, y miró hacia la puerta. Más allá, el templo circular de Acuario, permanecía vacío. Sabía que Aristeo, tan recto de moral como él, aún no había vuelto de Siberia, y que el francés al que entrenaba era uno de los más poderosos de la Orden. Confiaba en que Aristeo no tuviera su enfrentamiento con su maestro Melkart en la memoria. Sería una lástima que Acuario no entrara en el Nuevo Orden.

El Nuevo Orden... una triada de palabras que Kanon repetía con frecuencia.

¿Qué lugar ocuparía Shura en el plan que Kanon había trazado? Suponía que el de juzgar, sentenciar y ejecutar al culpable, como siempre había sido, pero no estaba demasiado seguro. Existían una multitud de variables que Shura no conocía, en parte porque no estaba de continuo en el Santuario, en parte porque Kanon no se las había mostrado.

Ocultaba la información porque si Shura poseía todos los argumentos para conseguir deducir una respuesta razonada y meditada, una conclusión, ya no le necesitaría.

Sonrió macabramente al deducir la simplicidad del plan del griego. Kanon trataba de ser el nuevo Patriarca.

Y la idea le hizo reír. A carcajadas.

Le deseaba de tal manera que creyó que reventaría cuando Aioria comenzó a acariciarle. El rostro, el cuello, el pecho... bajo el agua, los dos aprendices ardían en el fuego que desprendían sus cuerpos, mojados, adornados con algunas cicatrices y velados por el ansia de ser parte del otro.

Milo deseó gritar pero sólo salían gemidos por su boca. Estaba de pie, con la cabeza apoyada en los azulejos, los ojos entornados, mientras el León Estelar, de rodillas, le besaba con vehemencia, comprobando con sus dedos la textura de su piel, recreándose en los músculos, torturándole lentamente.

el joven espartano sentía cómo el cielo se abría ante él y rasgaba el silencio lanzando suspiros entrecortados, dejando que su cuerpo tomara la iniciativa, dejándose llevar.

S’agapo... Aioria...

El ateniense se incorporó, y cortando el paso del agua, le acercó a continuación una gran toalla, que Milo utilizó para secarse torpemente.

—Vamos a la cama, allí... estaremos más cómodos...

El aprendiz de Escorpio sonrió, sorprendido, y asintió. Deseaba sentir a Aioria, y parecía que a este le ocurría lo mismo.

Le gustaba dejarse llevar. El León Estelar era más fuerte que él, su personalidad más arrolladora, su carácter más vivaz. Milo se sentía protegido, en cierta manera, caminando junto a aquel torrente de vida. Sabía que si Aioria se metía en problemas, él lo seguiría. Que si Aioria necesitaba cualquier cosa de él, se la concedería.

Incluso si le pedía su propia vida, Milo no vacilaría en dársela, sin siquiera preguntar.

Por eso no dudó al colocarse sobre la cama de Leo, tembloroso y presa de la excitación. Tenía la melena, el símbolo espartano por excelencia, totalmente mojada, pero a Aioria no debió importarle en exceso ya que se colocó sobre él y siguió con su ritual de besos y caricias. Besos por toda la piel, caricias por todo el cuerpo.

—Por... Atenea... te he echado tanto... de menos... —consiguió articular Milo, vencido ante el otro.

—Atenea no existe... sólo tú, sólo yo, melio... sólo tú y yo...

Y la boca de Aioria continuaba con su recorrido, cada vez más abajo, más íntimamente.

Milo abrió las piernas totalmente, permitiendo a Aioria colocarse entre ellas. Él, por su parte, seguía de rodillas en la cama, explorando el cuerpo de Milo, tatuándoselo con las yemas de sus dedos, con sus labios, con su lengua.

—No... podré aguantar...

Aioria sonrió al escuchar la queja de otro.

—No te pido que aguantes, espartano...

El Escorpión elevó la cabeza y creyó morir de placer al ver la mano de Aioria rodear su pene, la punta de su lengua en éste, y los ojos verdes del León clavados en los suyos, desafiándole.

Se dejó caer en la espiral de deseo y gimió, clavando la cabeza en la almohada, arqueando la espalda felinamente, mientras el otro le recorría con su boca la entrepierna, con frenesí, inflamándolo, haciéndolo enloquecer.

—Ai...oria...

Le apartó antes de eyacular. No quería hacerlo en su boca; por algún extraño motivo, la visión le produjo una gran repulsión. Aioria le miró extrañado, una vez el cuerpo de Milo decidió quedarse relajado, sin moverse involuntariamente.

—¿Por qué...?

—Quiero... tenerte dentro de mí— le contestó el otro, con los ojos suplicantes.

Aioria se quedó quieto.

—La otra vez... —comenzó a decir el León, sentándose en la cama.

—Olvida la otra vez, no me harás daño.

Aioria le miró fijamente, recostándose a su lado.

—Te destrocé, Milo. No me mientas.

—Mírate, no puedes quedarte... así... —le miró hacia la entrepierna, su erección desafiante.

—¿Estás... seguro?

Milo sonrió.

—A tu lado... ateniense... a tu lado...

Y tiró de él, para colocarlo encima de su cuerpo.

Pasó por el Templo de Géminis a toda velocidad. Las palabras de Saga retumbaban en su interior, intentando entender del cambio que se había producido en el caballero de la Tercera Casa.

Jamás imaginó, desde que lo conocía, que Saga pudiera odiarle de tal manera.

La Casa de Cáncer estaba ante él, y Aiolos tuvo que sentarse a descansar unos minutos, intentando calmar la orquesta de gritos que anidaban en su cabeza. Sentía tal dolor que creyó que su corazón se desangraría internamente, para luego quedar seco y vacío.

Aquella era la impresión que tenía de sí mismo en ese momento.

Si Saga le aborrecía de tal manera, Aiolos de Sagitario no tenía ilusión por seguir viviendo.

Se apoyó en las columnas del templo, y un estornudo inundó con su sonido la impecable construcción. La neblina que cubría el suelo no permitía ver el embaldosado, y la reverberación de las propias piedras indicaron al Arquero que ya había un nuevo caballero de Cáncer listo para incorporarse a las órdenes de Atenea.

—Segador de Vida— musitó.

Conocía al maestro de Cáncer. Muchas veces se había enfrentado con Shion, muchas más instigó revueltas en el seno de la Orden de Caballería.

Por eso fue enviado al exilio, y desde allí, dirigía su propio Santuario.

Un escalofrío le recorrió.

—Perséfone... ten mucho cuidado.

Y continuó avanzando, esta vez, hacia su propio templo.

—Sé que te estoy haciendo daño...

Milo no contestaba, le besaba cada vez más apasionadamente, rodeándole con las piernas, intentando vencer la resistencia de su cuerpo.

—No me importa... el dolor...

Jadeaba, Aioria le estaba obsequiando con caricias de fuego, cada toque en su piel era un suplicio que sólo tenía una forma de terminar, y era con el León dentro de él, unidos completamente.

—Milo, yo no quiero que tú...

El Escorpión le miró, furibundo.

—¡No me estás haciendo daño!— le gritó, agarrándolo por los hombros, obligándole a que le penetrara—. ¿No te das cuenta que... no me importa el dolor si eres tú... el que me lo...?

Aioria no le dejó terminar.

—¡No es así como debe ser!— Se incorporó, quedándose de rodillas, con las manos en los hombros del melio, presa de una gran agitación. Miró a Milo, boca arriba, con el cuerpo perlado en sudor, restos de semen en su abdomen, y se quedó maravillado ante la perfección que mostraba su aspecto. Había tenido mucha suerte, era el aprendiz más hermoso, el más destacado, el más divertido... y además, le correspondía.

Por eso no soportaba la idea de hacerle daño.

—Aioria... ¿Es porque ya... no te gusto? —preguntó el otro, con la voz quebrada.

El León meneó la cabeza, con hondo pesar. Milo no quiso mirarlo a los ojos, y suspiró cuando Aioria se tumbó a su lado.

—Al contrario. Me gustas demasiado, Milo. Tanto que no quiero hacerte sufrir.

—Yo— se giró, encarándole— quiero que me hagas el amor, y que nada nos separe.

Aioria abrió los ojos, atónito.

—Parecemos una pareja— bromeó, quitando hierro a la situación.

—¿Acaso... no lo somos?

Aioria clavó sus verdes pupilas en las increíbles turquesas del Escorpión. Este tenía la mirada trémula, como si deseara llorar.

—Somos compañeros, Milo.

—Com... pañeros... —El espartano cerró los ojos. Una lágrima resbaló por su mejilla.

Aioria intentó limpiársela, pero Milo rechazó el contacto con un manotazo.

—Compañeros... eso somos. ¡Sí! ¡Compañeros! —le gritó—, ¡Buenos compañeros, los mejores compañeros, los que follan en la Casa de Sagitario, borrachos como cubas, para luego seguir siendo compañeros! —Milo tenía los ojos inyectados en sangre, y escupía las palabras a gran velocidad—. ¡Pues yo no te quiero como compañero! ¿Entiendes? ¡No te quiero como compañero!

Se levantó como una exhalación, dejando al León Estelar boquiabierto.

—¡Para ti habrá sido un pasatiempo pero yo te amo! ¡Te amo, pero por todos los dioses que voy a tratar de exterminar este sentimiento!— estaba fuera de sí, tan furioso que casi no se reconocía a sí mismo—. ¿No quieres corresponderme? ¡Perfecto, quédate con tu compañerismo y púdrete con él!

Aioria se levantó y le interceptó, antes de que el otro recogiera su ropa.

—¡Estás completamente loco!— El León Estelar temblaba, presa de la ira y del miedo, dos sentimientos que ahora tenían una nueva dimensión para él—. ¡Shion nos separará de nuevo si nos comportamos como otra cosa que no sea ser compañeros! ¡No soportaría saber que tú y...!

Milo se quedó en la puerta del cuarto privado de Aioria, con la ropa en la mano.

—No quieres que nadie me toque, pero tú tampoco deseas tocarme. ¿Es eso?— preguntó—. ¡¿Es eso?!

—Yo... no quiero hacerte daño— bajó la cabeza, apesadumbrado.

—Escúchame bien, Aioria— le dijo, en un tono grave—. Me haces más daño con tu rechazo que acomodándote— su cara se ruborizó— dentro de mí. Pero eso parece que no te importa demasiado, por lo que creo que debo irme a mi Casa, a esperar la vuelta de mi maestra. Quédate con tu sobreprotección. Tu... compañero... —recalcó la palabra— no la necesita.

Aioria le cortó el paso.

—¡¿Adónde crees que vas?!— le gritó.

—No... es de tu incumbencia— espetó el otro, colocándose la casaca, para luego tratar de franquear la puerta.

—¡Milo!— volvió a gritarle, con la cara tensa—. Si cruzas el umbral de este Templo, ¡Te vas a arrepentir!

El Escorpión sonrió sardónicamente, fijando los elásticos de los pantalones.

—Aioria, si conoces la palabra “orgullo” sabrás que si los atenienses la dominan, fueron los espartanos quienes la inventaron.

El León no le contestó. Tenía los dientes apretados.

—No voy a suplicarte— finalizó, con determinación—. No es algo que vaya conmigo. Y mucho menos, por acostarme con alguien.

Aioria suspiró, alejándose de la puerta.

—¿Es tu última palabra, Milo?

El alma de Milo se partió en pedazos.

“No, imbécil, suplícame que no me vaya, por Atenea, demuéstrame que me amas, que todo esto no es un maldito error...” pensó con una terrible angustia.

Pero la pose de Aioria era clara. No había vuelta atrás.

—Sí.

Milo sintió cómo el mundo se hundía bajo sus pies.

—Entonces, hasta la vista... Escorpio— pronunció el León, girándose, y dejando la puerta libre.

—Hasta la vista... Leo.

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