Mü se levantó temprano, se aseó, y vistiéndose con su mejor túnica, se dirigió hacia los aposentos de su maestro. Llevaba días sintiendo una gran perturbación en su cosmos, y necesitaba respuestas.
De todos los aprendices, Mü era el que menos tiempo pasaba con su maestro Shion, y era algo, cuanto menos, contradictorio. La mayor parte de los guerreros de alto rango, entre los que se encontraban los Doce Elegidos, tenían la sagrada misión de compartir sus enseñanzas con el máximo número posible de aspirantes, aunque una gran cantidad de ellos se quedaba en el camino, desertando o muriendo en las pruebas por la armadura. En esos grupos solía destacar un aprendiz o un reducido número de ellos, y el caballero elegía de entre éstos al que sería su sucesor. Pero la Casa de Aries era diferente: sólo tenían la obligación de entrenar a un único discípulo, que además ostentaba, desde tiempo inmemorial, la capitanía de la Orden del Zodíaco.
Aparte de ese hecho distintivo, tanto Shion como Mü poseían otro rasgo característico: su falta de cejas, sustituidas por un par de manchas de color diferente al de su cabello, que los identificaba como los alquimistas del Santuario.
Nadie se había atrevido a preguntarle a Shion si Mü era hijo suyo, y él no daba explicaciones al respecto. Mantenía una distante relación con el joven Aries; el muchacho se pasaba muchas horas en la soledad de su taller, y el Patriarca, aunque intentaba ver a su discípulo todos los días, se veía apartado de tan sagrada misión por sus muchas ocupaciones.
Pero aquella mañana, Mü no se contentaría con una carta entregada por un emisario. Necesitaba ver a Shion y lo haría, de una manera u otra.
Miró al cielo y supo que aquel día sería aciago. Había soñado de nuevo con sangre, y los presagios no le mostraban luz en la oscuridad que se cernía sobre el Santuario.
Salió de su Casa y comenzó a caminar, intentando levantar protecciones psíquicas para que el murmullo de conciencias que poblaba el Santuario no hiciera eco en su percepción.
Carraspeó, disponiéndose a cruzar los diferentes Templos. En todos ellos podía leer la impronta de su morador, y lo que podrían ser sus ilusiones, miedos, deseos... pero cuando pasó por Géminis, Mü sintió un fuerte dolor que resonó en su cosmos. Era como si una sensación de ruptura se hubiera apoderado del tibetano.
Comenzó a correr, cruzando a toda velocidad, y en el resto de las casas notó emociones similares: en Escorpio la de la soledad, en Sagitario la de la pena, en Capricornio la de la soberbia, en Acuario la de la incomprensión...
Irrumpió en el Templo de Atenea, justamente donde estaba Shion con la pequeña en brazos.
—Mü— susurró el caballero de Aries—. No son estas las formas que debes emplear para presentarte ante mí. Eres mi aprendiz. La etiqueta y el protocolo son temas que hemos estudiado en repetidas ocasiones.
—Maestro— contestó el otro— siento una gran desazón, y los sueños han vuelto a repetirse. Necesito respuestas a mis preguntas.
El espigado alquimista no le contestó.
—He vuelto a ver la tablilla de Atenea Pensativa con manchas de sangre, y la leyenda que anteriormente no era legible, ahora la puedo distinguir con claridad.
Shion alargó los brazos y dejó que el joven Aries tomara a la chiquilla en su regazo. Sonrió tristemente al observar cómo éste la acunaba con su cosmos.
—¿Percibo miedo en tu interior, Mü?— preguntó—. Observa a la diosa, y dime: ante la belleza de Atenea, ¿No parece que todo pierde sentido? Pero es tan humana como nosotros, por lo que sus necesidades han de ser cubiertas.
Mü miró hacia la cómoda y, mentalmente, hizo que el biberón volara a su mano. Shion movió la cabeza, asintiendo.
—He tenido que redoblar mis refuerzos mentales para que los gritos psíquicos no me destrocen, Maestro— comenzó a hablar, mientras comprobaba que la leche estaba a la temperatura idónea—. Los guerreros se desangran, no tienen ilusiones, no tienen metas. Los caballeros de plata pelean por trozos de terreno dentro del propio Santuario, quieren crear grupos donde ellos sean sus propios Patriarcas. Los de bronce no tienen otras aspiraciones que el reconocimiento. Las amazonas no desean continuar adelante. Y los de oro... gritan. Es el caos.
Shion le contemplaba gravemente.
—¿Por qué lo permitís? ¿No es acaso la venida de la reencarnación de la diosa un motivo de gozo? Aquí está, entre nosotros, y aunque las casas del Zodíaco casi están completas, ¡Sólo siento dolor en ellas!
—Mü— le tomó del hombro, indicándole que se relajara—, la pequeña necesita comer sin aspavientos— mostró una tenue sonrisa—. Así que no la interrumpas en ese sagrado acto.
El joven Aries le miró, extrañado.
—¡Maestro, lo que os comento es importante para mí!
—Y la alimentación de Atenea, importante para todos. Céntrate en lo que estás haciendo ahora mismo, y no te demores en su cumplimiento. Aún tenemos tiempo para despejar tus dudas, Mü.
El tibetano suspiró, cansado.
—Sé por lo que estás pasando. Los gritos mentales, las sensaciones de los demás mezclándose con las tuyas... pero todavía es pronto para que establezcas fuertes defensas psíquicas, necesitas desarrollar todo tu potencial antes que esto ocurra. Verlo todo sin máscaras, enfrentarte a la esencia, para luego dilucidar sobre lo que está bien y lo que mal, para emitir auténticas y verdaderas resoluciones. Decisiones justas, Mü.
Mü dejó el biberón en el aire, y colocó a la niña con la cabeza en su hombro, dándole suaves palmadas en la espalda. Sonrió al comprobar que reencarnación de diosa o no, seguía siendo humana.
—Serás un buen maestro, Mü. Mejor que yo.
—No digáis eso, es fácil cuidar de un recién nacido cuando el conocimiento se transmite de la forma que lo hacemos nosotros.
Shion se levantó y miró por el ventanal, hacia los campos de entrenamiento.
—Nuestro tiempo se termina. Las profecías del pergamino hablan de un gran derramamiento de sangre.
Mü dejó a la pequeña en su cuna, que balbuceaba y meneaba sus manitas, demandando atención.
—¿Y no es posible detener la inminente batalla?— Mü se frotó las manos, intranquilo—. Siento que no estoy preparado para una confrontación, aún no.
—La casa de Aries tiene un digno sucesor, estoy seguro de ello— Shion le miró y alargó sus dedos hacia los puntos en la frente de su aprendiz—. Mü, escúchame bien, porque esto sólo podré decírtelo una vez— carraspeó, nervioso—. Cuando ocurra lo inevitable, Dohko de Libra será tu maestro.
—¿Inevitable?— abrió los ojos, dando un aspecto macabro a su rostro—. ¿Es que... vais a morir?
El enlace no se hizo esperar. Mü viajó a través del conocimiento de su maestro, sus artes de alquimia fueron pasando a él como el agua a través de la arena. Técnicas milenarias de restauración, conocimiento tan antiguo como la propia Tierra, como los dioses.
Como la Casa de Aries.
—Eres capaz de captar la esencia de los Templos, de los guerreros, de los hombres. Sólo un caballero del Carnero Sagrado en plenas facultades psíquicas será digno de tal proeza. A partir de este momento, te nombro mi sucesor. Estarás listo para dirigir a la siguiente generación de caballeros de oro.
—¿Os... estáis despidiendo de... mí?
Shion acarició la textura de las marcas faciales de Mü, recreándose en su tacto.
—Los lazos afectivos generan dolor, Mü. Lo sabes tan bien como yo. Por eso no mantengo los hábitos de adiestramiento que siguen los demás caballeros. La casa de Aries ha sido siempre la que ha portado el estandarte de la capitanía de la Orden. Y se ha mantenido así porque nuestros poderes mentales son capaces de leer más allá de las palabras y de los hechos. Tus compañeros, los— recalcó la frase— soldados a tus órdenes, te seguirán hasta el final, cuando estén listos para volver a enfrentarse a Hades.
—¡La batalla definitiva! —exclamó el otro.
—La última batalla que yo libraré.
—No acepto esa responsabilidad— contestó tajante el joven Aries.
—Es tu destino, Mü. Junto al de Aioria, al de Milo, al de Shaka... al de Aldebarán, Camus, en definitiva, a la nueva Orden de Caballería.
—Sólo habéis nombrado a cinco, media docena conmigo... ¿Habrá confrontación interna?
—Las profecías hablan de un rey derrocado, de un dios enfurecido, de las Artes de la Guerra. De una diosa caída en desgracia, de la sangre de sus guerreros, de inocentes envueltos en batallas cruentas.
—En tu nombre asesiné y ahora las manos manchadas de sangre tengo. ¿Existe la Piedad para alguien como yo?— recitó, lleno de pesar.
—Y el Alma del Asesino, sollozando arrodillada ante la diosa que verá su transformación.
Los dos guerreros se quedaron callados, como si no tuvieran más que decirse.
—Dohko sabe que eres un gran alquimista y un excelente combatiente. El te guiará, si es que necesitas apoyo o consejo.
—Maestro...
—Mü, está decidido ya. En el Monte Estrellado solo soy capaz de ver confusión, incluso los aparatos que indican la Precesión de los Equinoccios están desvirtuados... y el no haber encontrado el segundo pergamino, donde nos dice los nombres de quienes serán los ejecutores en la batalla, juega en nuestra contra.
—El asesinato de los padres de ese joven— musitó Mü.
—Sí, el melio. El aprendiz de... Perséfone.
No pudo ocultar el disgusto en su voz. Mü miró hacia otro lado.
—Ese— se justificó—, es otro motivo para no mantener lazos entre guerreros, aunque a veces es imposible luchar contra nuestros propios sentimientos.
El joven Aries asintió, con la pena ya visible en su rostro.
—¿Tendré que recluirme en la Torre?
—Sí. Sólo Dohko y yo sabemos su ubicación, y así ha de continuar.
—Pero... se puede buscar el pergamino, y encontrar a los culpables antes que se derrame...
—Mü— le agarró por los hombros, y le miró fijamente—. Estaríamos yendo contra la corriente de la propia vida al jugar a ser dioses. Acepto mi destino, como tú tendrás que aceptar el tuyo. No sé quien desencadenará esta guerra, no sé tampoco si será inminente. Pero de lo que estoy seguro es que pronto dejaré de ser Patriarca. Y que posiblemente, con el cambio, tu vida corra grave peligro.
El joven alquimista asintió, lleno de pesar.
—Entonces, intentaré estar a la altura de las circunstancias que me sean exigidas, Maestro.
—Y así será, Mü de Aries.
Y los dos caballeros se quedaron en silencio, mientras Shion comenzaba a desplegar antiguos manuscritos y estudiaban el plan de defensa a realizar para cuando se produjera tan esperada rebelión.
Estaba solo, en la cabaña, preparando la comida para toda la semana. Camus había recogido el cuarto tal y como Aristeo le había ordenado, y ahora entrenaba en la nieve, cumpliendo las directrices impuestas por su maestro.
El alemán miraba de vez en cuando por la ventana, de reojo, comprobando que el espigado francés seguía las instrucciones tal y como se las había dado. Y allí estaba, con la melena al viento, formando una auténtica ventisca.
El caballero de Acuario sonrió, complacido. El joven tenía una característica propia del signo de la Vasija: la obstinación. Y ése era un atributo con doble vertiente. Podía significar la victoria o la derrota en una batalla.
Se separó del fogón y contempló la armadura dorada, sintiendo como un gran orgullo hinchaba su pecho. Él era el último guerrero de aquella sagrada Casa, la que cumplía un voto no exigido a los demás caballeros del Zodíaco.
Aries era conocido por sus artes de alquimia, Tauro por su fortaleza física, al igual que Leo. Cáncer por su pasión en combate, Géminis por su poder de liderazgo. Virgo por su espiritualidad, Libra por ser el armero de la Orden, Capricornio por su rectitud, Sagitario por su honestidad, Piscis por su elegancia y destreza...
Y Escorpio por ser lo más ruin del Zodíaco.
No podía olvidarla. Lo había intentado centenares de veces, incluso inflamando su cosmos para obligarse a no maldecirla cada vez que su nombre retumbaba en su cerebro, pero todo era vano. La odiaba. Era su compañera y la aborrecía de tal manera que su mente se nublaba cuando la tenía delante.
Cuando apareció en la puerta de la cabaña para entrevistarse con Camus y con él, se quedó de piedra y tuvo que hacer acopio de voluntad para no saltar sobre su cuello y partírselo en dos. Algo tan sencillo como entregar una carta del Santuario había sido una dura prueba para él, ya que era ella quien la portaba. Si hubieran estado solos la habría estrangulado con sus propias manos.
Y hubiera sido lo idóneo, ya que Perséfone, para Aristeo, seguía siendo una asesina.
Meneó la cabeza, como tratando de expulsar los recuerdos clavados en su mente, pero no lo consiguió. Y es que, para el recto caballero de Acuario, enamorarse de Pallas le supuso enfrentarse a todas las convicciones con las que se había criado, porque significaba violar los preceptos de la Orden. Fue conocerla y interesarse al instante, sin comprender el motivo. Su risa, su sensualidad, su inteligencia... una gran cantidad de razones al tiempo, o cada una de ellas por separado consiguieron que, una vez ella se mostró sin máscara ante él, Aristeo sintiera un horror indescriptible campando por su pecho, inflamado por el deseo de besar aquella cara de diablesa.
Y ese deseo se vio transformado en la felicidad más grande imaginada cuando le hizo el amor en la propia Casa de Acuario.
Aristeo se sumió en una profunda duda trascendental. Se miraba al espejo y no se reconocía, ya que tenía la sensación que éste le devolvía la imagen de un cínico. Había fallado y, ante aquel error, hizo lo que debía: dejar su armadura ante los pies del Patriarca.
Tenía pensado marcharse de Grecia, después de renunciar a la Casa, pero Shion se lo impidió.
Tomó aire, nervioso, mientras observaba a Camus ejecutar las técnicas que él mismo le había enseñado.
El fuego crepitaba y el olor a comida inundó la cabaña. No se le daba nada mal vivir con el chico en completa soledad, si no fuera por la fascinación que éste ejercía en todo lo que le rodeaba, incluido él.
Porque Aristeo reconocía que Camus era hermoso, el más hermoso de los que había conocido, más incluso que Syla de Piscis.
Piscis, el amigo de Escorpio.
Se recriminó mentalmente. ¿Por qué tenía ahora aquellos recuerdos? Miró el calendario y comprendió. Hacía ya ocho años que Pallas había muerto.
Era el aniversario de su asesinato.
Y Perséfone seguía con vida.
Rememoró aquel fatídico día, después de sentir una perturbación en su cosmos y comprobar que el de Camus era cada vez más poderoso. Con el joven parecía que estaba haciendo un buen trabajo, ya que su poder crecía cada día más y más. Al menos como maestro no era tan inútil que como hombre.
Tosió, aclarándose imaginariamente la voz y ante sus ojos volvió a pasar todo de nuevo: la voz de Pallas, caballero de plata del signo del Pez del Sur, diciéndole que todo había terminado, en su Templo. Luego, él, arrastrándose como un perro, llorando, pidiéndole otra oportunidad, suplicándole, para escuchar por boca de ella que había otra persona en su vida.
Otra mujer.
Cerró los puños hasta que los nudillos se le quedaron blancos.
—Los preceptos de la Casa de Acuario dejan bien claro que hay que borrar todo sentimentalismo— pronunció.
Pero seguía viéndola, mientras Aristeo la tenía agarrada por el brazo, y ella se zafaba de él, para correr escaleras abajo, y dirigirse hacia el lugar de entrenamiento de las amazonas donde Perséfone estaba practicando lanzamiento de jabalina.
Era la que más pericia tenía en cuestiones de tiro, con el arco no tenía rival, y en el salto con pértiga pocos la superaban. Pero algo ocurrió.
Pallas cruzó corriendo el campo, sin avisar, aún a sabiendas de la prohibición, mientras Aristeo la perseguía, rogándole que no le abandonara, implorándole, pidiéndole una segunda oportunidad.
Y la jabalina la atravesó.
Todo ocurrió a gran velocidad. Aristeo sintió cómo el cosmos de Pallas se extinguía, los gritos de Syla mientras trataba de reanimarla, los sollozos de Perséfone, que no dejaba de llorar, mientras la sostenía entre sus brazos, llenándose de su sangre. El Segador le recriminó que corriera como un perro en celo tras una lesbiana, y Aristeo recordó la pelea, entre Cáncer y Capricornio, que se aliaron para reducirle y recluirlo en su Templo.
El Segador y Melkart, el maestro de Shura, no querían que Aristeo se pusiera en más evidencia de lo que ya estaba.
No se lo agradeció. Lo único que hizo fue distanciarse hasta que el dolor desapareció de su rostro para alojarse en su alma.
—Los preceptos de la Casa de Acuario dejan bien claro que hay que borrar todo sentimentalismo— volvió a repetir.
Relajó los músculos, y acarició la tiara de Acuario y el rostro de la armadura, ensamblada en una esquina de la cabaña.
—Diosa del Hielo, del Agua y del Aire. Atenea Victoriosa, Atenea Misericordiosa, guiadme en esta empresa, no abandonéis a vuestro devoto caballero...
Otra explosión de cosmos y los cimientos de la cabaña se movieron.
—Pero tú no fallarás donde yo fallé— musitó, pensando en Camus.
Se miró las manos, y recordó los golpes del Segador. Hubieran llegado a mantener la batalla de los Mil Días si Melkart no se hubiera metido por el medio.
Cansado ya de recuerdos, salió al exterior y se acercó a su alumno.
—Camus, he sentido la expansión de tus poderes desde el interior de la cabaña— le dijo, tranquilamente—. Me has impresionado.
El joven francés le miró, atónito.
—Pero no debes dormirte en los laureles— replicó, antes que el otro dijera nada—. Aún falta mucho trecho para enfrentarte a mí en combate.
Camus asintió. Una palabra amable, para variar.
—Continúa, Camus. Quiero ver qué tal te desenvuelves en un enfrentamiento directo.
—¿Va usted a luchar contra mí?— preguntó, emocionado.
—Sí— contestó el otro.
—¿Voy a por las protecciones, entonces?
—Sí, y ponte también faldilla y grebas. La confrontación será más dura, quiero que aumentes de nivel.
—Gracias, maestro.
Le vio alejarse, a toda velocidad, con la melena, cada vez más larga, ondeando al viento siberiano.
—No fallarás— volvió a musitar—. Porque si fallas, te mataré.
Y el gélido viento azotó el rostro del alemán, guardando el secreto que el caballero de Acuario le acababa de confiar.
Saga se incorporó en la cama. No sabía exactamente en qué momento había llegado a su templo, ni lo que hizo después de haber estado con Aiolos. Sólo sentía el sabor de éste en su boca, y la sensación de poder que le recorrió al humillarle le hizo sonreír.
Se lo merecía.
El Arquero había osado rechazarle por un viejo de doscientos años, así que era justo que Saga le dijera ahora que no le interesaba volver con él.
Una pequeña risa se escapó entre sus labios.
<Perverso. Esa es la palabra que mejor te va, Saga>
La voz volvía de nuevo a su mente.
—¿Perverso? Kanon es perverso. Yo soy justo.
<Kanon es exactamente igual que tú>
—No. Yo tengo una clara distinción entre el bien y el mal, y de éste último— recalcó— estoy completamente separado.
<A mí no puedes mentirme. ¿Has observado últimamente el casco de Jano?>
Saga se quedó callado.
<Tu silencio me indica que has visto una parte de él llorar. ¿No es así?>
—Suele hacerlo con frecuencia. Desde que tengo estas... jaquecas.
<Soy yo quien te las produce>
Saga apagó la luz, y se quedó en penumbra.
—¿Por qué? ¿Qué quieres de mí?
Se quitó la ropa y comenzó a bajar hacia el subterráneo, justamente donde una de las ramificaciones del río Eridano llenaba una impresionante terma de agua.
<No quiero nada de ti. Al contrario, deseo hacerte inmortal>
—Soy Saga de Géminis. Ya soy inmortal.
Se desnudó y se metió en el agua templada. Allí, dejó que las gotas recorrieran su cuerpo perfecto, y se sentó en las escaleras, apoyando la espalda contra una columna de las muchas que rodeaban la instalación, cubierto por el cálido líquido hasta el pecho.
<No, no eres inmortal aún. Lo serás cuando mates a Shion>
—¿Matar al Patriarca?
<El elegirá a Aiolos como su sucesor>
Se levantó como una exhalación, mojando gran parte de las baldosas.
—¡No puede hacer eso! ¡Es un pusilánime!
<Pero tiene una boca maestra, y cuando abre las piernas es mejor que la más cara de las putas del Pireo>
—¡Cállate!— gritó—. ¡Aiolos me ama a mí, no a él! ¡A mí!
<Pero tú no le amas a él. Simplemente te divierte jugar con sus sentimientos. Te alimentas de su dolor y por eso lo buscas. El te da sufrimiento y tú te conviertes en el Triunfo de la Creación [1]>
—No quiero seguir con esta conversación. ¡Sal de mi cabeza! ¡Ya!
El cabello de Saga era ceniciento, cada vez más pronunciadamente.
<Imagínate, Saga, un ejército de Aiolos para alimentar tu ansia de poder. Sin Kanon, serías el único portador de Géminis, la armadura más compleja del Zodíaco. La que juzga, la que sentencia, la que ejecuta. Una vez convertido en Patriarca, no tendrías más rivales que los propios dioses. La nueva generación de caballeros moriría por ti, y el Santuario sería, por fin, un lugar único, y no esta dispersión que existe ahora. Bajo tu mando, Saga, seríamos invencibles>
—¿Seríamos?— inquirió con una sádica sonrisa.
<Por supuesto. Tú y yo. Castor y Pollux. Tú y yo somos los Dioscuros, y tú y yo llegaremos a lo más alto en la cima del poder>
Saga asintió, y los dolores de cabeza comenzaron a remitir.
—La cima del poder será mía.
<Pero no le hagas daño a Aiolos. El me ama>
—No. El ama a Shion, te dejó por él, Saga. Ahora yo tengo el control y haré que seas el caballero más poderoso del planeta, aunque tenga que matar a media orden. Esto necesita una purga y por todos los dioses que utilizaré los medios a mi alcance para conseguir que tu fortaleza y mi inteligencia, unidas, nos lleven a la inmortalidad.
<Inmortalidad...>
—Sólo te pido que me dejes actuar— hablaba Arlés—. Que me sigas en el camino que luego tú utilizarás para pasear en la cima del éxito.
Los ojos del Géminis brillaban. El cambio se había producido.
—Pero ahora, antes de eso, creo que voy a satisfacer un deseo que lleva varios días rondándome por la cabeza.
Salió desnudo, goteando, y se asomó por la puerta de la Tercera Casa. Era apuesto, de belleza tal que la amazona que llevaba el correo a las casas se quedó mirándole, con la boca abierta.
Arlés sonrió, retirando el cabello húmedo de su cuerpo, dejando que la muchacha le contemplara en todo su esplendor.
—Quítate la máscara— le ordenó.
Ella no pudo negarse durante demasiado tiempo. Utilizando el Puño Diabólico, el caballero de Géminis hizo desaparecer de la mente de la mujer los prejuicios y la arrastró a la cama, arrancándole la ropa, besándola con ferocidad y haciéndola gritar de placer mientras la penetraba violentamente, con las columnas de su casa como mudas espectadoras de tamaña transformación.
El cuerpo de Saga disfrutaba, colocado sobre ella, embistiéndola salvajemente, mientras el casco de Jano, la parte física de la dualidad de Géminis, volvía a verter lágrimas de nuevo. Lágrimas de dolor.
Lágrimas de dorada sangre.
Shura asomó la cabeza por la puerta que enfocaba a Sagitario y suspiró, observando el cielo griego, azul y falto de nubes. No se parecía a su nubosa España, y aunque la zona de Meteora estaba plagada de montañas, echaba de menos el Santuario de la Cabra Montesa y, sobre todo, su idioma materno. El griego sería una lengua adecuada para las grandes tragedias clásicas, pero Shura añoraba la forma de comunicación de sus compatriotas. La mayor parte de caballeros y aprendices que pisaban suelo sagrado eran de origen hispano, y como bien decía Melkart, el anterior caballero de Capricornio, así debía ser.
No era apropiado que los secretos escondidos en aquel recóndito lugar de los Pirineos salieran de los confines del Santuario de la Cabra Montesa.
Shura reconoció en aquel momento que había pensado muchas veces en Melkart y en todos los planes que éste tenía en mente para la Casa de Capricornio. Por suerte para todos, el español le había retado y vencido en combate, y como se venía haciendo desde los tiempos de la creación de la Orden de Atenea, Melkart fue ejecutado para pasar a formar parte de la leyenda que inició el general griego al que Atenea concedía la espada, postrado ante ella, en la estatua que adornaba el pasillo principal de la Décima Casa.
Estiró el brazo y Excalibur brilló en su máxima expresión. Aún sentía en sus manos el calor de la sangre de su maestro, el rival más duro contra el que había peleado jamás, una vez le segó la vida cortándole el cuello.
A sangre fría. Mirándole a los ojos. Como debía ser.
Era una muerte honorable y digna. La muerte de un héroe.
La muerte de un traidor.
No le costó segarle el cuello, e incluso estuvo un buen rato mirando su cabeza, separada de su tronco, para cerciorarse que Melkart estaba realmente muerto. Los demás se quedaron helados ante la falta de compasión de Shura, pero éste replicó que Melkart odiaba la falsedad, y que había sido sincero tanto a la hora de pelear como a la de ajusticiarlo.
Porque para Shura, aquello había constituido una ejecución en toda regla.
El combate fue desigual durante bastante tiempo. Melkart era tan letal y mortífero como Shura, pero cometió el error de subestimar su juventud. Y aunque las heridas que Melkart le infligió en la confrontación le sumieron en un estado de inconsciencia que duró varios días, la armadura de Capricornio le reconoció como su legítimo dueño y le veló el sueño en su pequeño cuarto, hasta que despertó y se ensambló sobre él una vez Shura pudo mantenerse en pie.
Y, como caballero de Capricornio, no dudó en presentarse ante el astur, obligarlo a postrarse ante él, retirándole todos los emblemas de máximo mandatario de la Décima Casa, para luego ejecutarlo, rápida y eficientemente, adornando sus labios con una sonrisa cuando la cabeza rodó por el suelo.
“Capricornio jamás se abrirá al Santuario. Jamás confraternizará con él”
Melkart quería imprimir un giro al Templo de la Cabra Montesa acorde con los nuevos tiempos. Permitió que las mujeres entraran en la Orden. Consintió que se mezclaran con los guerreros.
Como primer hecho significativo tras la muerte de Melkart, justo al día siguiente a su entierro, las amazonas desaparecieron sin dejar rastro.
Shura no vaciló al decidir que fueran entregadas al proxeneta del pueblo. Tampoco tenía remordimientos por saber que habían sido tratadas como putas, ya que para Shura, así debía ser.
Sólo una mujer tenía cabida en su Santuario, y esa era Atenea. La virgen.
Antes de viajar a Grecia, Shura visitó por primera y única vez la tumba de su maestro, ya que necesitaba dejar constancia física de su manera de llevar el Santuario Español. Así que se colocó la armadura con parsimonia, dejando que lamiera su cuerpo lentamente, como lo haría cualquiera de las rameras del pueblo arrodillada ante él y su aura de poder, su halo de Justicia. Y una vez ante la tumba de su maestro, esbozó una mueca de desaprobación mientras colocaba la máscara ensangrentada de una de las amazonas sobre la lápida.
“Esta es mi respuesta, Melkart”
El ejecutar a un caballero una vez había sido derrotado, era duramente criticado por el Santuario de Grecia, pero Shura mantenía la tradición porque así se había obrado desde que Excalibur estaba con ellos. Jamás un general griego que hubiera caído en desgracia continuaba con vida para revolcarse en la falta. Su muerte era un tributo a los dioses y a sus propios compañeros.
A Shura aquello le reportó más placer que el mayor de los orgasmos. Fue el último que luchó contra Melkart, y también el último al que Melkart vio antes de morir.
Jamás había tenido un enemigo más poderoso que ese. Incluida Perséfone.
Perséfone... la asesina.
Cada vez que pensaba en ella, sentía cómo su excitación escapaba a su control, y se daba asco a sí mismo por una reacción tan humanamente natural. ¿Era amor lo que sentía por ella? Lo dudaba. El solo tenía ojos y corazón para la diosa, aunque reconocía que el sexo era algo que solía practicar con asiduidad fuera del recinto de Capricornio.
Siempre lejos del sagrado lugar.
Recordar la confrontación con Perséfone en la zona de entrenamiento, le hizo estremecerse. Era una mujer obstinada y poderosa, y tremendamente atractiva.
La deseó al instante, como a tantas otras, pero el caballero del Escorpión era su compañera, por lo que realizó lo que en España se denominaban “peticiones de cortejo”.
Y, sorprendentemente, ella no accedió. Es más, lo rechazó de plano, por lo que el orgullo de Shura quedó gravemente herido.
Que Perséfone estuviera en su Santuario, con el consiguiente revuelo de aprendices y maestros, y que se atreviera a negarse a satisfacer sus deseos era algo que Shura no podía soportar, así que entró en la habitación de ella y se lanzó encima, como un animal enfurecido, arrancándole la máscara y parte de la ropa. La visión del cuerpo de la mujer, de una musculatura delicada pero firme, y la blancura de su piel lo enloqueció de tal manera que ni los ruegos primero ni los gritos después consiguieron calmarle.
Al contrario, le enervaron mucho más.
Sonrió al tocarse el pecho, donde ella le había marcado con su Aguijón. Lo hizo más ampliamente cuando pensó con qué aguijón le encantaría marcarla a ella.
Bajó las escaleras con parsimonia, y cruzó la casa del Arquero con tranquilidad. Era una sólida construcción, con pilares cuadrados y paredes lucidas, de claro estilo clásico. Al contrario de su Casa, que tenía dos plantas, la de Aiolos sólo poseía una, por lo que era evidente que el suelo que ahora mismo estaba pisando ocultaría un sótano donde Sagitario almacenaría los tesoros de su Signo Guardián, o algo más interesante.
Quizás cuando tuviera tiempo se dedicaría a saber qué escondía Aiolos allí debajo, pero no era aquel el momento idóneo.
Tenía más cosas que hacer.
Al entrar en el Templo del Escorpión, se detuvo.
—Perséfone...
En aquellos momentos, la testaruda mujer estaría en los dominios del Segador.
¿Por qué era tan necia? El no era mal partido. Respetado, inteligente, atractivo... en España tenía mucho éxito con las mujeres, en el pueblo cercano al Santuario incluso una de las muchachas que servía en la tasca había tenido un hijo suyo, pero Perséfone se negaba a estar con él.
Merecía la muerte por su testarudez. Debió haberla drogado para poseerla luego a placer. Hasta hartarse.
Entró en el recinto de ella y se sentó en su cama, para acariciar con el dorso de su mano las sábanas y oler a continuación la almohada.
Deseó masturbarse sobre aquel pulcro lugar, y dejar su semen marcando el territorio que él consideraba suyo, pero se contuvo cuando sintió a alguien acercarse.
Se escondió detrás del armario, rebajando su nivel de cosmos a cero. Cuando vio de quien se trataba, se quedó de piedra.
Era Aiolos.
—Perséfone— dijo éste, con un aspecto deplorable—. ¿Dónde estás? Necesito hablar contigo, y escuchar tus consejos. Sólo tu presencia es capaz de reportar un poco de paz a mi alma en estos momentos...
Shura sentía como su estómago se encogía de ira. Se apoyó en la pared, incluso hundiendo su estómago para evitar que el otro lo viera, pero parecía que estaba imbuido en sus propios pensamientos. Aiolos carraspeó, y comenzó a hablar en lo que pensaba era una soledad total.
—El me ha rechazado, ¿lo sabías?— deambulaba por el cuarto, con la mirada perdida—. Tú estás enamorada de Kanon pero luchas contra él, y yo de Saga y me llama puta... puta, Perséfone, a mí me llama puta y a ti meretriz, ¿cómo no iba a terminar haciéndote el amor, si realmente eres la única que me comprende?
Shura estaba a punto de estallar cubierto por las llamaradas del odio. Aquella información daba un giro a toda su percepción de la realidad del Santuario.
—Quiere que nos vayamos los dos y tú estás lejos, en misiones y yo aquí estoy más solo que tu aprendiz, he hecho que se vea con Aioria..., sé que no lo aprobarías pero no me importa— parecía querer sollozar, aunque la voz tembló durante pocos segundos, continuó hablando, cada vez más difusamente—. Si nosotros no podemos ser felices, que al menos lo sean ellos. Mi hermano adora a Milo, y tu discípulo siente lo mismo por él. Hubiera sido todo más fácil si tú y yo... nos amáramos..., pero no me arrepiento de haber estado contigo, Perséfone... no me arrepiento y si ahora estuvieras aquí te suplicaría que me tomaras en tus brazos... y me hicieras el amor de nuevo... dioses, qué solo me siento...
Acariciaba la estatuilla de Atenea Pártenos, sentado en el suelo y con la espalda recostada en una columna.
—Pero no me volveré a lamentar, sino que afrontaré mis errores. Aunque te deseo, y algo en mi pecho está creciendo cada vez que pienso en ti..., no te involucraré en más problemas. No te amo, pero el respeto y... el compañerismo que me inspiras se parecen demasiado a lo que siento por Shion. Saga... está loco y temo que algo terrible pueda ocurrir. Quizás debería hablar con Shion y confesárselo todo, quizás...
Shura le oía ahora entrecortadamente, pero captando toda la esencia de aquella inesperada confesión.
Saga había rechazado a Aiolos, Perséfone estaba enamorada de Kanon y ella y Aiolos...
Aiolos se había llevado la virginidad que le pertenecía a él.
Deseaba abrirlo en canal, mutilarlo, dejarlo secar al sol.
Matarlo.
Todos retozaban en aquel santo lugar, y él ahora tenía los datos precisos para poner en funcionamiento el plan de Kanon. La purga era necesaria, quemar los rastrojos para que todo floreciera con más fuerza, con más vitalidad.
Esperó a que Aiolos dejara de lamentarse para dirigirse a su templo y luego salió a ver a Saga.
No había vuelta atrás. El tiempo de paz había finalizado.
La barca los llevó a la zona donde se encontraba el Santuario de Cáncer, situado en una isla muy cercana a Sicilia. Hacía calor, y Perséfone tuvo que colocar una mano sobre los ojos para mostrarle a Afrodita el lugar por donde debían subir.
—¿Segador de Vida?— preguntó el sueco, extrañado—. Es un extraño nombre para un caballero.
—Un seudónimo, al igual que el tuyo, contestó ella, atando el bote a una roca—. Colócate la armadura e investiguemos el lugar.
—Disculpad mi ignorancia, señora Perséfone pero— preguntó educadamente Piscis—, ¿No deberíamos anunciarnos? No somos ladrones.
La amazona sonrió bajo la máscara.
—El Segador ya sabe que estamos aquí.
—¿Nos espera?
—Oh, sí, nos espera. Debemos entrar en su guarida, es parte de su juego.
—No entiend...
Perséfone sintió cómo algo la empujaba a lanzar a Afrodita al suelo, y luego rodar por la ruda superficie. De un manotazo, desestabilizó al caballero de Piscis, y eso evitó que fuera traspasado por una flecha.
Afrodita miraba atónito el proyectil.
—Maldito cabrón...— masculló Perséfone, mientras leía la nota que venía pegada en la flecha.
“Ven a buscarme si tienes agallas, Escorpión. Y respecto a la belleza que va contigo, no la dejes sola o mis chicos la devorarán”
El sueco abrió los ojos, atónito.
—¿Belleza?— exclamó desconcertado—. ¿No sabe que soy un caballero dorado?
—Date por satisfecho. A mí no me llama tan delicadamente.
Otra flecha, seguida luego por varios centenares de ellas, comenzaron a surcar el cielo.
—¡Maldito seas, Segador!— gritó Perséfone—. ¡Muéstrate!
Afrodita la empujó ligeramente y lanzó una Tormenta de Rosas, que fueron interceptando las flechas y las hicieron caer al suelo. Expandiendo su cosmos, dejó el ambiente regado con una suave fragancia, y Perséfone se quedó gratamente sorprendida.
—Nos está juzgando por nuestro aspecto— dijo tranquilamente el sueco—. Hagámosle tragarse su error.
—Conoce mis técnicas y yo las suyas— musitó la cretense—. Sabe que yo no bromeo.
—Pero está riéndose de los dos. De dos caballeros dorados, y eso es inconcebible. Mi mayor poder es mi aspecto— la miró a los ojos, incluso con máscara, las azules pupilas de Afrodita parecían clavadas en las de Perséfone—, y el mayor error de mis contrincantes es creer que mi belleza es sinónimo de fragilidad. Déjale confiarse. Entre las sombras verá que no somos lo que aparentamos y que sus prejuicios serán su desventaja.
Perséfone asintió, y cuando oyó la voz del Segador, sonrió.
—Los dioses han recreado en ti a Artemisa Cazadora y a Atenea Victoriosa, Perséfone. La fuerza de las mujeres, y la obstinación de los guerreros.
—Y Ares ha regado tu boca de palabras que no se acomodan a tus tácticas en la batalla, Segador.
—Me alegra que reconozcas en mí al Señor de la Guerra. Tú, la hija de la tierra de Minos, el más vándalo de los reyes cretenses, el padre de la promiscua... Ven a mí, Perséfone. Búscame, y hablaremos.
—¿Dónde... está?— susurró Afrodita, escrutando el ambiente—. Sólo hay un gran acantilado, es imposible esconderse aquí sin ser visto.
—Nos habla desde allí— le enseñó un altavoz—. Nos reta a entrar en las cuevas del Cangrejo y sacar al carroñero de su cubil.
—Y supongo que estará situado en lo alto de la montaña, con una infinidad de arqueros que nos harán la ascensión dura y complicada, ¿verdad?
—Exactamente.
—Somos sus compañeros. Syla no le recibiría así.
—Syla— se giró para mirarle— no fue exiliado del Santuario por haberse enfrentado abiertamente a Aries.
—Entonces, Cáncer— susurró— es un sátrapa.
—Y tiene su propia ley.
—Podemos perder la vida intentando entrar en sus dominios— dijo, tomando una cuerda del bote.
Perséfone sonrió.
—No nos matará. Nos utilizará como amantes, y cuando deje de divertirse con nosotros, entonces quizás nos deje marchar.
Afrodita abrió los ojos, sorprendido.
—¿Amantes?— levantó una ceja—. Eso será si accedemos a serlo.
—Tiene una multitud de fármacos que nos obligarían a realizar sus más bajas fantasías.
—¿Tú...?— Afrodita carraspeó.
—Nunca ha conseguido vencerme. Y no será esta vez cuando Perséfone del Escorpión sea obligada a realizar algo que no desee hacer.
El sueco sonrió.
—Hagámosle comer las flechas. Demostrémosle que no somos lo que parecemos.
Perséfone asintió.
—En la batalla de las Termópilas, un grupo de trescientos espartanos fue capaz de hacer frente a las huestes de Jerjes, el rey persa— susurró Afrodita, sonriendo.
—Pero fueron traicionados por unas monedas— contestó Perséfone, sorprendida por la cultura del caballero de Piscis.
—No soy griego, pero conozco la historia de Grecia. Es lo mínimo que debo hacer si voy a proteger a la diosa de la Justicia y de la Guerra. A la personificación de la Sabiduría.
—Atenea Pártenos— sonrió la mujer, cuando le enseñó un lugar a su compañero por donde escalar hacia la cima de aquella fortaleza inexpugnable.
En aquella parte del Santuario no había casi aprendices. El se había encargado de deshacerse de las visitas inesperadas, utilizando la Ilusión de Géminis. Ya hacía mucho tiempo que Saga no le entrenaba, y cada vez estaba más sumido en su propia dualidad.
El, por el contrario, tenía perfectamente perfilado lo que quería para su futuro: regir el Santuario primero, y el mundo después.
Comprobó que estaba solo, y después de cerrar la puerta levantó varias tablas del suelo, y sonrió.
El pergamino estaba allí, con todos sus secretos a su disposición.
Kanon sintió un estremecimiento de placer. Aquella sensación no se asemejaba a nada que hubiera experimentado durante toda su vida. Ni el sexo, ni el alcohol... nada era comparable a saberse conocedor del destino del mundo.
Acarició la cuerda milenaria que rodeaba el pergamino, y la desató. Extendió la tela por el suelo, una vez limpio, y leyó entre susurros.
—Rey derrocado... dios enfurecido... diosa caída en desgracia... sangre de guerreros... el alma del asesino...
Kanon suspiró, tratando de calmarse. Leyó algo que le generó una gran intranquilidad
—Castor y Pollux serán los instigadores de la gran matanza. El lado oculto de la Luz, una sombra generada por las expectativas de un guerrero custodio de una casa que no es suya, hará que la cara doble vierta lágrimas de oro.
El estaba siendo entrenado por Saga para sustituirle, si a éste le ocurría algo.
—Y el Alma del Asesino, sollozando arrodillada ante la diosa que verá su transformación.
Se mesó el cabello. Odiaba las profecías por su inexactitud.
—Puede ser cualquiera— musitó—. Milo, Aioria, Saga, Shura, Camus, Aristeo, Perséfone... sin contar con los demás de rangos inferiores. Puede incluso no haber nacido siquiera.
Continuó leyendo y sonrió al llegar a un punto determinado.
—El enviado de Artemisa para terminar con Orión será la parte sangrienta del Zodíaco. Se separará de su mentor, y abrazará la terrenalidad en su vertiente más depravada. Bañado con la sangre de los inocentes que murieron a su lado, su capacidad para luchar hará de él un pilar fundamental en el Orden Establecido.
Por lo que estaba deduciendo, Milo conseguiría ser el caballero del Escorpión. Y dejaría a Perséfone fuera de combate.
Sintió una explosión en su cosmos, fruto del enlace de gemelos que tenía con Saga y meneó la cabeza, sonriendo.
Géminis estaba fornicando.
—Has dejado la espiritualidad y ahora descubres lo felices que son los demonios, ¿verdad, hermano?— miró al techo, y arrugó el rostro al detectar aprendices por los alrededores—. Ahora solo falta que tomes las riendas de tu vida y reclames lo que es tuyo por derecho.
Rió someramente.
—Tuyo no. Nuestro.
Y una gran sonrisa pobló su rostro.
—Mío, más bien.
Y guardó el pergamino, para dirigirse al exterior.
Aiolos oyó sollozos, y expandió su cosmos para anunciarse y no disgustar aún más a su inesperado invitado.
—¿Qué... ha pasado?— preguntó, preocupado.
Nadie contestó.
—Puedes... confiar en mí, y salir de ahí, tu espalda te lo agradecerá— susurró, mirándole.
Aioria estaba, literalmente, encajado entre la cama y la pared, hecho un ovillo, con la cabeza escondida entre sus brazos y apoyada en las rodillas.
Aiolos sintió cómo se le partía el corazón.
—Te has peleado con el melio.
El León Estelar hizo acopio de fuerza para hablar.
—Sí...
—Ven, y cuéntamelo todo, cachorro...
Aioria meneó la cabeza.
—La piedra ha chocado contra la piedra— musitó, mirándole.
El joven ateniense seguía allí parapetado, sin alzar la vista siquiera
—Vamos, Aioria, sal de ahí.
—No... no...
—No seas testarudo. Esa cabezonería tuya te va a traer más de un disgusto.
Aioria se levantó y miró a su hermano, lleno de rabia.
—¡No debiste dejarme ir!
El moreno caballero abrió la boca, estupefacto.
—¿Me... estás culpando de tu propia discusión? ¡Esto es inaudito!
Aioria le dio la espalda.
—Está bien. Ya que no quieres seguir los consejos de un hermano, entonces tendrás un maestro. Milo y tú estáis castigados. Intenté que os vierais, pero sois tan necios los dos que preferís pelearos a hacer otra cosa, por lo que el castigo continuará adelante.
—Aio... los...
El cachorro miró a su hermano y reparó en lo horrible de su aspecto.
—Voy a ducharme. Haz algo de comer y deja de lloriquear. En el fondo... nadie merece la pena. Nadie.
Aioria intentó acercarse a él, pero se contuvo.
—Y no llores más. Las lágrimas nos hacen humanos, pero ante todo... somos sirvientes de Atenea, y ésta, no llora... jamás.
Y desapareció tras la puerta que daba al pequeño cuarto de baño. Aioria no dijo nada sobre lo sucedido y guardó silencio durante el tiempo que estuvo en el Templo de Sagitario. Porque eso, la discreción, el recogimiento y la meditación era lo que se esperaba de un caballero de Atenea, en realidad.
A pesar del dolor. A pesar de la pena.
Aunque se autodestruyeran por el camino.
—Sujeta con fuerza por ahí, y lanza tus rosas hacia aquel parapeto. Creo que esta vez subiremos más rápido que mi anterior visita.
Perséfone estaba sudando copiosamente, y Afrodita mostraba un aspecto mucho menos elegante que cuando llegaron a la isla. El Segador les estaba poniendo la ascensión tan difícil que ambos caballeros tuvieron que emplearse arduamente para no ser atravesados por la lluvia de flechas, rocas y demás elementos susceptibles de ser arrojados montaña abajo por los sirvientes del Caballero de Cáncer.
—Syla jamás me había hablado de este... lugar— susurró, mientras volvía a lanzar su Tormenta de Rosas.
—No creo que supiera todo lo que ha conseguido amasar este cabrón desde que trasladaron su Templo a esta parte de Italia. La verdad, es que cada vez tiene más sistemas de...
Se apartaron a la vez, esquivando una roca.
—Esta ha pasado cerca— dijo Afrodita.
—Cuando llegue a la cima, le voy a machacar— gruñó Perséfone.
Estaban suspendidos por cuerdas, en escalada vertical. Si la ascensión era complicada por lo abrupto del lugar, el Segador la convertía en un infierno por la cantidad de impedimentos que les estaba poniendo en el camino.
Tenían que pararse con frecuencia, cobijándose de las flechas y de las rocas que caían sobre ellos. De vez en cuando, el Segador les gritaba, arengándoles a medirse con él en el interior de la Montaña del Cangrejo, insuflándoles ánimos para que llegaran a la cima y así entrar en sus dominios.
En su Cueva.
Perséfone sabía que lo conseguirían. Afrodita no era un caballero débil, al contrario, era poseedor de unas técnicas tan perfectas como las suyas.
Y su aspecto era lo más llamativo. Nadie le tomaría en serio a primera vista. Y eso era un error fatal.
—¡Restricción!
Se empujó con las piernas y se quedó colgando, para partir una roca en dos y generar un nuevo parapeto.
—Aquí estaremos a salvo de momento— comentó el sueco—. He visto a otro arquero allí, voy a ver si soy capaz de reducirle.
Una rosa apareció en sus manos, que fue lanzada con gran precisión. En un momento, el joven caía desplomado pared abajo.
—Buena puntería— dijo la cretense.
—Lástima de jóvenes. Es una pérdida estúpida. Una absurda exhibición de poder.
Perséfone asintió. Y sonrió, bajo la máscara, cuando vio la cima de la montaña.
—Ya casi estamos arriba...
Y el sueco correspondió con otra sonrisa y una mirada pícara que pusieron a la mujer en alerta.
Era tan hermoso que eclipsaba con su aspecto. Y en aquel lugar, donde el Segador era el rey, y sus deseos la ley impuesta... estaba segura que aquel joven daría más problemas que otra cosa.
Miró a su hermano, en la cuna, y luego hacia la puerta. Estaba muy asustado. Aquella niña, con el Universo en sus brazos le había dicho que se lo arrebataría, pero él consiguió que el pequeño se quedara a su lado.
Juró protegerle, a pesar de ser un niño de muy corta edad. Por eso estaba oculto allí, en aquel lugar, muerto de miedo por saber que él era la única esperanza que le quedaba a Shun de continuar con vida, con la responsabilidad de cuidar de un bebé cuando él era casi otro que también requería de cuidados.
El pequeño de blanca piel gorgoteó y el sonido de su voz hizo que Ikki sonriera.
—Nadie te apartará de mí— dijo gravemente.
Lo tomó en brazos con una destreza que no se correspondía con su edad.
—Ellos han muerto, pero me tienes a mí. Y yo jamás te abandonaré. Jamás.
No parecía que tuviera cuatro años, sino cuarenta. Su mirada era dura, su forma de actuar, segura de sí misma.
—Iremos a ver a Mitsumasa Kido. Ese nombre estaba en las pertenencias de nuestros padres. Y allí, estaremos seguros. ¿Qué te parece?
Shun sonrió, mientras jugueteaba con su colgante.
—Tuyo, para siempre— dijo Ikki, mirando la inscripción. No sabía leer pero comprendía aquellos caracteres. Y eso también le asustaba.
Pero no podía permitirse tener miedo. Su hermano le necesitaba y él había jurado protegerle. Aunque tuviera que enfrentarse con el propio Diablo, él le protegería o moriría en el intento.
Porque era su hermano y ese, era su deber.
Salió del área privada de Perséfone y sintió el cosmos de Milo, hirviendo de rabia y de pesar. No pudo evitar mirar hacia la estancia del aprendiz con una pizca de curiosidad. ¿Ese era el joven que tanto tiempo había pasado con Perséfone? Esperaba alguien más refinado, del estilo de Syla, y no aquel individuo... tan exótico.
Cuando Kanon le habló de Milo y de su ascendencia espartana, Shura no le había creído, pero al verle entrenar comprendió que el joven griego podría haberse mezclado con las falanges hoplíticas en la batalla de Salamina y nadie habría jurado que fue alumbrado unos 3000 años después. Era, a los fríos ojos del caballero de Capricornio, un Leónidas de los tiempos modernos, con una fortaleza física destinada al combate cuerpo a cuerpo, y un orgullo propio de su raza.
Igual que ella.
En el esquema que Kanon le había mostrado sobre la composición del Santuario, Milo sería, evidentemente, uno de los Ejecutores al servicio de la diosa, al igual que el caballero de Cáncer. Eran los carroñeros, los individuos que mantenían limpio de rastrojos aquel jardín en que se convertiría la orden cuando el corrupto desapareciera.
Shura caminó hasta el templo de Géminis y en su cosmos sintió la reverberación que había captado en Escorpio. Evidentemente, Aioria y Milo habían tenido un enfrentamiento hacía pocos minutos, y meneó la cabeza al comprobar que ellos también habían caído en el juego de promiscuidades que tan bien dominaba Shion.
Estaba claro. O el caballero de Aries cambiaba de táctica o sería ejecutado, como lo fue Melkart en su momento.
Porque Melkart murió no por haber sido derrotado por Shura, sino porque, a los ojos de éste, no llevaba con rectitud el Santuario de la Cabra Montesa.
Nadie, y bien recalcaba la palabra en su mente, nadie debía mantener relaciones sexuales inmorales en un recinto sagrado. Ni en España, ni en Grecia.
Y hacerlo tan cerca de la estatua de Atenea Pártenos, la diosa virgen, era una abominación.
Entró en el templo de Géminis, y se frenó al sentir la unión de dos cosmos. Se anunció mediante su aura, y se quedó esperando en la puerta de la entrada, hasta que la amazona salió, cubriéndose el rostro, llena de magulladuras.
Le lanzó una mirada lujuriosa al caballero de Capricornio, y este hizo una mueca de desaprobación, al comprobar la osadía de la mujer.
—Shura— oyó la voz de Saga, invitándole a que penetrara en sus estancias privadas—. Bienvenido a Grecia.
—Bienhallado, Saga— contestó éste, esperando a que el griego terminara de vestirse—. Veo que has estado... entretenido.
—Sí. Cuando se olvidan los prejuicios, no hay fruta más sabrosa que esa— indicó con la vista hacia la cama, revuelta.
Shura frunció el ceño.
—Sé lo que estás pensando— sonrió Géminis, colocándose el peplo—. Que yo también he caído presa de los juegos sexuales. Que soy igual que ellos. Que no hay salvación para mí.
—Soy el que más devoción mantiene hacia Atenea, Saga— replicó el otro, ofendido—. Me limito primero a observar y después, a juzgar.
—Mas... no eres el caballero de Libra, si no el de Capricornio. No eres el maestro armero de la orden, sino un dorado más. Como Tauro, como Leo... como Escorpio.
Shura hizo una mueca de molestia.
—Pero créeme que te comprendo mejor de lo que puedas imaginar— alargó la mano y vertió vino en dos copas, sirviéndole una al español—. El Santuario está podrido. En los pueblos lo saben, especulan, cuchichean... los viejos del lugar están intranquilos, pero yo les daré paz. Y felicidad.
El cabello de Saga era completamente ceniciento.
—¿Y cuales son los planes, Saga?
—Son sencillos. Esperaremos a que todos los caballeros de oro estén convocados. Luego, estudiaremos detenidamente la trayectoria de Shion, y si continúa fornicando como un animal con Aiolos, o deja que Perséfone se mantenga como caballero del Escorpión aún a sabiendas de su desviación inmoral, entonces habrá que tomar medidas.
—¿Esperar? ¿Después de todo lo que ha ocurrido? ¡Shion continuará insultando a la diosa con su forma de actuar! ¡Saga...!
—¡Silencio!— cortó el otro, mirándole fijamente—. El Patriarca tiene que elegir sucesor. Y en esa elección, sólo hay dos candidatos: Aiolos y yo.
Shura se enervó al oír el nombre del Arquero.
—Pero he de confesarte...— caminó por la estancia con calma y parsimonia, estirando las palabras—, que Aiolos es un pusilánime que no sabe mantenerse en su lugar. Yo puedo dominarlo cada vez que me venga en gana. Tiene un pequeño... punto débil— sonrió al recordar cómo se retorcía mientras él le masturbaba—. Y ese punto débil será su perdición en la carrera hacia la capitanía de la orden.
—Mü de Aries casi está preparado para sustituir a su maestro.
—Mü aún es un niño, Shura. ¿Quién le seguiría en combate? Como alquimista no tendrá precio, pero sus técnicas están aún sin pulir.
—Cuenta con la ayuda de Dohko. El caballero errante.
Saga le miró a los ojos para luego asentir.
—Tú mismo lo has dicho. Errante. Y como esa palabra indica, no está entre nosotros. Mü no será el próximo Patriarca.
—Aiolos es el favorito de Shion— escupió el español, con asco.
—Sí, y no sólo de Aries, sino de algún caballero más. Hasta la cretense se abrió de piernas ante él.
Shura se giró y miró hacia la puerta de entrada, la que daba al Templo de Cáncer. No quería que Saga intuyera la desazón que se generaba en su interior cuando oía el nombre de Perséfone.
—Sé de tu... pecado, Shura— susurró Saga, comprensivamente—. Lo sé y lo comprendo. Es tan hermosa como manipuladora. ¿Cómo podría explicarse que haya llegado a ser caballero de oro, si no? Pero la suerte se le ha terminado. O claudica a nuestros propósitos o colocaré su cabeza en una pica y adornará el sillón de Audiencias de la Cámara del Patriarca.
El español le miró, con los ojos muy abiertos.
—¿Pecado, dices? El amor que siento hacia la diosa es incuestionable. ¿Entiendes? ¡Incuestionable!
—No te estoy juzgando— caminó de nuevo por la estancia, con su elegancia habitual—. Pero has de comprender que necesito saber quienes estarán a mi lado, y quienes contra mí. Estamos en una época de hechos cruciales, y es en este momento cuando se decide el destino del Santuario y de la Orden de Caballería de Atenea.
Shura suspiró.
—Yo estoy contigo. Bien lo sabes.
—La Casa de los Dioscuros y la de la Cabra Montesa siempre han estado unidas, así como la de Acuario, amigo mío. La mía, la tuya y la de Aristeo, que pronto tendrá nuevo sucesor.
Shura volvió la vista a la estancia privada de Saga, y levantó una ceja de perplejidad.
—¿Camus está preparado para ser caballero?
—Los informes dicen que sus progresos son... espectaculares. Mucho más poderoso que Aristeo, ha sido educado en la más estricta de las soledades por el alemán. Además, no habrá Pallas que se cruce en su camino, de eso puedes estar seguro.
—Qué hecho más vergonzoso— masculló el español.
—Cierto. Pero eso forma parte del pasado. Su labor con Camus es digna de elogio. Acuario será una de las Casas con mayor poder del Zodíaco.
—No conozco a su aprendiz.
—Yo le he visto. Es como un glaciar. Impenetrable y mortal.
Shura sonrió. Era la hora de comprobar qué tenía Saga en las venas.
—Igual que tu hermano.
Saga le sostuvo la mirada, desafiante.
—Mi hermano, como tú bien dices, es mortal, pero dista mucho de ser impenetrable. La palabra que mejor lo define es... osado— ofreció una nueva copa de vino al español, que éste aceptó—. Muestra mucho atrevimiento, y a veces no recuerda que no viste una armadura dorada como yo. Sé que te has entrevistado con él, pero has de recordar que soy yo, y no él, el que tiene el honor de custodiar un templo. Yo, mal que le pese, soy el que posee uno de los rangos más altos de la Orden, mientras que él es un simple advenedizo.
Shura se quedó sorprendido con la afirmación.
—No, no me mires de esa manera. Conozco sus planes y sus manipulaciones. No en vano, lleva la misma sangre que yo. Pero... ¿Nunca te has preguntado por qué yo visto una armadura de oro y él ni siquiera es caballero de menor rango? ¡Ah, Shura! ¡Qué fácil es sembrar la semilla de la discordia en nuestra Orden! Palabras suaves, promesas de futuro halagüeño y hasta un pequeño aprendiz de brujo es capaz de generar dudas en los más fieles a la diosa.
Shura carraspeó. Estaba furioso.
—¿Me estás diciendo que Kanon ha intentado manipularme?
—En efecto— Saga colocó su copa ya vacía en la mesa, y se acercó al español, que ardía de ira—. Pero no le culpes. Yo soy, de los dos, el que fue entrenado para liderar huestes. El que fue cultivado en las artes de la palabra y de la espada. El que tiene mayor potencial para brillar en la Orden. El solamente es... la parte inservible de los Dioscuros. Por eso ha intentado escalar, a base de falacias, de rumores, de falsos testimonios.
Los puños de Shura se cerraron, estaba literalmente hirviendo de rabia.
—Pero tú y yo, Shura, le demostraremos que con los caballeros de oro no se juega. Tú y yo— le clavó su triste mirada, ahora inyectada en sangre— le enseñaremos que ha llegado la hora en que la jerarquía del Santuario demostrará su poder. Y no sólo sobre él, sino sobre todos los que aquí viven.
El aura de Saga comenzó a brillar, dándole aspecto de inmortal. Shura se quedó completamente fascinado ante aquellas palabras.
—Y tú, Shura de Capricornio, me ayudarás. Como mi compañero y mi apoyo, limpiaremos este lugar y la Orden renacerá de sus propias cenizas.
Sonrió y su rostro parecía esculpido por el propio Miguel Angel.
—¿Estás conmigo, Shura?
El español flaqueó ante aquella muestra de poder. Era como ver a los propios dioses, recubiertos en su halo de divinidad, mostrando su porte y su esencia.
—¿Estás... conmigo?— repitió Saga.
Shura clavó una rodilla en el suelo.
—Contigo, Saga. Junto a ti... Siempre.
Y el Casco de Jano, cuando sintió la reverberación del poder del caballero de Géminis y la promesa de Capricornio de asistirle en su macabro plan, comenzó a llorar de nuevo.
Pero esta vez... fueron lágrimas de sangre.
Del alma de Saga.
—Le he dicho que abandone la casa, señora.
—¡Pero yo quiero verle! ¡Es mi hijo! ¡Mi hijo!
—¡Ya le he dicho que el señor Kido no va a recibirla! ¡Salga de los recintos de la Fundación o me veré obligado a llamar a las fuerzas de seguridad!
Mitsumasa Kido contemplaba la escena desde una de las ventanas del segundo piso de su mansión, y meneó la cabeza, dejando caer la cortina y caminando hacia la puerta. Tenía mucho trabajo que hacer, y otro más de sus hijos había llegado.
Otro más.
¿Cuántos eran ya? ¿Quince? ¿Veinte? Aquellas mujerzuelas no se cansaban de reclamarle dinero o su propio apellido. El solo había estado con ellas una noche o dos, de la mayoría ni siquiera se acordaba. Sólo una, Natassia, le había llamado la atención. Y consiguió que entrara en el Bolshoi, que cumpliera su sueño, por pasar una noche con ella y quedarse encinta.
No sabía qué iba a hacer con tantos niños. Educarlos en la estricta moral japonesa y luego darles puestos de responsabilidad en sus empresas. O quizás dejarlos donde los encontró, en la calle.
No le importaba.
Llamó al orfanato “Niños de las Estrellas” y se interesó por la situación de una pareja de niños que habían sido internados allí recientemente. El pequeño, de nombre Seiya, era obstinado y con apenas dos años, se había enfrentado a patadas con las enfermeras que trataron de desparasitarlo. Su hermana, llamada Seika, contaba con siete, y sólo su mano fue capaz de tranquilizar al pequeño.
Miró las fichas, y suspiró. Debería dejarlos allí, para que se pudrieran.
—Señor— un joven sirviente se anunció y le colocó una bandeja de plata sobre la mesa de su despacho—. Los billetes para Grecia.
Kido no se giró. Con un movimiento de su mano, le despidió sin más.
Volvió a suspirar.
—Grecia...
Y comenzó a hacer su equipaje. En aquella tierra tenía mucho que visitar.
Milo se negaba a llorar. No quería darle esa victoria a Aioria, y si eso significaba que tenía que arder en el Infierno de la Soberbia, sólo esperaba que las llamas terminaran pronto con él. Milo no comprendía qué le ocurría a Aioria cada vez que estaban juntos, por lo que dedujo que el León realmente no sentía nada hacia él. Se le había insinuado obscenamente, suplicándole que le tomara, como si fuera una vulgar ramera, pero Aioria decidió que el dolor, algo que a él no le importaba, era más importante que su propio placer.
—Eres un maldito egoísta— masculló, entre dientes.
Sintió a alguien pasar por el pasillo central pero estaba tan destrozado que se escondió dentro de su área, esperando que nadie se aventurara a penetrar en ella. Miró hacia el techo, tirado en su cama, y aunque los ojos le ardían, Milo no quería permitirse llorar.
—Egoísta— volvió a repetir.
¿Por qué tenía Aioria a aquellas alturas de su relación ese ataque de protección absurda? Milo se agarró la cabeza con las manos al deducir que era evidente que el ateniense no tenía intenciones de continuar adelante. Le había estado engañando con estupideces sobre estar juntos, sobre amarse, sobre...
Cerró los puños y a la vez, sus párpados.
—No... no voy a llorar... ¡No quiero llorar por ti!
Pero las lágrimas no escucharon su plegaria. Bajaron ardientes por sus mejillas, y dejaron rienda suelta a la desolación que inundaba el alma de Milo. ¿Eso era el amor? ¿Eso? Pues entonces no quería amar a nadie. Quería tener el corazón de piedra, para no sentir, para no padecer el tormento que ahora le asolaba.
Perséfone tenía razón. El amor le volvía vulnerable.
—Ma... estra...
Se hizo un ovillo, rodeándose las piernas con los brazos y apoyando las rodillas en su pecho, para amortiguar el sonido de sus propios sollozos. Terminó al final por tirarse en la cama y por taparse con las sábanas, totalmente avergonzado, esperando que nadie detectara su aura, la cual estaba combada de dolor. No podía evitar sentir aquel ataque de abandono y de pena, por lo que trató de calmarse, pensando en otra cosa.
“Hasta los idiotas pueden vivir muchos años, Milo”
Oyó la voz de Perséfone, y una trémula sonrisa apareció en su rostro. Ella siempre sabía lo que había que hacer en todo momento. Siempre preparada para cualquier eventualidad. Como amazona era temible, y como mujer...
“Creo que Aioria y tú deberíais ir a dar unas vueltas por el Coliseo”
La sonrisa se le congeló en el rostro. El recordar aquellas palabras, y aún más, el saber qué estuvo haciendo exactamente con el divino Aiolos una vez lo instó a abandonar el área acompañado del León Estelar, le produjeron un dolor tan agudo que le impedía hasta respirar. El Arquero y su manto de divinidad, el mismo que poseía su hermano, la tenían tan hechizada que Perséfone había olvidado todo lo que ella y Milo compartieron en Milos y se había apartado de él, dejándole solo.
Solo.
Como todo el mundo le hacía.
Solo.
Se levantó, impulsado por un resorte imaginario, y se limpió los ojos con el dorso de la mano. No quería seguir mortificándose. No merecía la pena.
“Sabes perfectamente que has venido a Atenas para convertirte en uno de los Doce Elegidos”
Suspiró, recordando las palabras de Kanon.
“Aiolos no necesita permiso para estar con ella. Tú si”
Entornó los ojos, y la desolación dio paso a la rabia.
“Ella olvidó que el día ocho cumpliste quince años”
—Lo olvidó... es cierto, es cierto— gruñó, con los dientes apretados.
Kanon tenía razón. Los dos debieron estar riéndose de él y de sus sentimientos. De sus deseos. De su vida.
No pensaba seguir llorando. Aioria no merecía ni un minuto más de su tiempo. Ni Aioria ni su hermano, el Rey de la Perfección.
“...puede solicitar al Patriarca ser sometido a las pruebas de la Casa”
Se dirigió hacia el armario donde tenía sus útiles de entrenamiento y tomó un par de grebas, para dirigirse a continuación a lavarse el rostro con agua fría. Tenía la intención de correr hasta quedarse exhausto, y luego ir a destrozar todas las piedras que se encontrara a lo largo de la senda suroeste, la que desembocaba en el Pireo.
El puerto donde desembarcó, hacía meses ya.
Pensó en el día de su llegada, y en todo lo que dejó atrás para convertirse en caballero. De haberlo sabido, jamás habría abandonado Milos.
Jamás la habría dejado a ella.
—Calíope... espero que estés bien...—susurró.
No habían pasado tres minutos cuando un joven aprendiz penetró en el Templo.
—¿Caballero del Escorpión?— oyó Milo la asustada voz del niño.
—Mi maestra no está. ¿Es algún comunicado del Patriarca?— preguntó él, saliendo desde su estancia, y mirando al aprendiz fríamente.
—En realidad, es una misiva para Milo de Escorpio, aprendiz de la Octava Casa. Lleva los emblemas de este Templo.
Milo vio la carta y su estómago se encogió. Se abalanzó sobre el muchacho, y casi se la arrancó de las manos, una vez le aseguró que él era el que buscaba.
Aquello significaba que en su familia las cosas no iban nada bien.
Entró en el Templo, con manos temblorosas. La carta tenía una nota aparejada, y estaba redactada a toda prisa. Colocó el salvoconducto sobre la cama, y pudo comprobar que era idéntico al que le había dado a Niklas, antes de partir hacia Atenas.
—Dioses, Calíope, espero por su propia seguridad, que te encuentres bien...
El labio inferior le temblaba, y su corazón se encogió cuando reconoció la letra.
“Ha sucedido algo que debes saber. Espero que me dejen entrar para hablar contigo. No me marcharé hasta que me hayan dejado verte.”
—Atenea... —susurró.
Era la caligrafía de Anterón.
Se mesó el cabello y con el alma en un puño se dirigió a la puerta Sur, donde probablemente habían retenido a su hermano. Corrió como un poseído, cruzando las casas sin anunciarse, notando cosmos y sensaciones que en ese momento, no le importaban lo más mínimo.
Las imágenes de su familia se agolpaban ante sus ojos, como si de un macabro anuncio se tratara.
No le costó llegar, como tampoco le costó convencer a los guardias para que le permitieran franquear la entrada. La Aguja Escarlata era un método disuasorio perfecto. Pudo distinguir a Anterón, que le estaba esperando en un descampado, ya dentro del Santuario.
El rostro del hermano de Milo era serio y grave. Al ver al melio, le saludó con una inclinación de cabeza, y el otro hizo lo mismo. Jamás se habían llevado bien, pero ahora las asperezas parecían limadas. Anterón lucía más viejo que la última vez que le vio.
Milo le indicó un lugar para hablar, y el joven pescador le siguió silenciosamente.
—Este— comenzó a hablar el griego— es el salvoconducto que le di a Niklas por si Calíope tenía problemas con el armador—no quería ni decir su nombre, del asco que le producía—. ¿Ella se encuentra bien?
—Sí— contestó el otro, con una mueca en su rostro.
—¿Entonces, qué, qué ha pasado?— le apremió.
Anterón se echó a llorar.
Milo elevó las cejas de puro asombro. No recordaba haberle visto derrumbado jamás. Ni siquiera flaqueó cuando su padre desapareció, tragado por el mar.
—¡¿Qué, qué?! ¡¿Qué ha ocurrido?!— manoteaba, dudando en agarrarlo por los hombros o no. El joven pescador jamás había sido partidario de las muestras de afecto en público.
—Fue... un accidente, Milo— dijo el otro, entrecortadamente—. Calíope está bien, es... Niklas, Niklas...
El corazón de Milo quiso paralizarse.
—¡¿Qué le ha pasado a mi hermano?!— gritó, fuera de sí.
—Lo... siento, Milo... lo siento mucho...
Y Anterón se abrazó al aprendiz de Escorpio, fundiéndose con él, desesperado. Milo, con los brazos colgando y los ojos perdidos en el horizonte, sintió como algo se partía en su interior una vez más, y sólo dos lágrimas cayeron por sus mejillas, las primeras de una larga serie de ellas, mientras los suspiros de Anterón le indicaban que Niklas... lo más puro que él había conocido jamás, no podría demostrar a todo el mundo que sería un hombre de provecho.
Era un cadáver más en la historia de Milo.
En la historia del Asesino.
—Caballero de oro Shura, del signo de Capricornio, a vuestro servicio, Patriarca— pronunció el español, clavando la rodilla en el suelo, en señal de sumisión—. La Casa de la Cabra Montesa agradece vuestro regalo, y presenta sus respetos ante el mandatario de la Orden de Atenea.
Shion arrugó el rostro tras la máscara. Habían pasado más de dos semanas desde que Shura llegara al Santuario, y hasta aquel momento, no se había dignado a presentarse ante él. Se comportaba como si las normas impuestas hacía más de cuatro mil años no importaran, y sólo su razón, la que esgrimía a través de Excalibur, fuera la que debiera imperar en toda la Orden.
Shion suspiró al pensar que Melkart debía estar revolviéndose en la tumba. Recordaba nítidamente cuando el astur concertó una entrevista con él para presentar, en las salas privadas de Aries, las ideas que había madurado para modernizar el Santuario español, concernientes tanto a métodos como a instalaciones, y lo mucho que le habían agradado al caballero del Carnero Dorado.
Ideas que fueron truncadas por causa del trágico final que había tenido a manos del hombre que tenía ante sí. El que, al morir Melkart, hizo que las cosas volvieran al camino establecido por los anteriores guerreros de la Décima Morada.
Parecía imposible que Shura fuera el discípulo más aventajado de Melkart. Su mirada conseguía intimidar al caballero de Aries hasta tal punto que Shion daba crédito a la leyenda negra de la desaparición de las amazonas en los montes Pirineos.
El comportamiento del caballero de Capricornio era, además, insultante: No solicitó cobijo, como era la costumbre, realizó labores de investigación sin permiso en la Magna Biblioteca del Santuario, y se entrevistó con caballeros y aprendices sin pudor alguno, actuando como si deseara desafiar el poder de Aries en el Santuario Griego.
El alquimista reconoció, con gran disgusto, que Shura no era ni por asomo parecido a Melkart.
Este jamás habría obrado de tan rastrera manera.
Y como si fuera poco la sombra de sedición que la actitud de Shura generaba en Shion, la sonrisa de Saga mientras le custodiaba el flanco derecho le hizo estremecerse.
Shion clavó los ojos en Géminis mientras le veía firmar un parte a uno de los soldados que esperaban al lado de la puerta y pensó en lo ocurrido con él en su anterior entrevista. En ésta, le exigía a Saga que le explicara qué tipo de relación era la que le ligaba a Kanon, y si realmente eran hermanos, los motivos por los que le había ocultado esa información. Parecía como si todo el mundo deseara enfrentarse abiertamente al Patriarca, cuestionando su mandato.
Si realmente Kanon era hermano de Saga, tal y como mandaba la tradición, Géminis debería estar entrenándolo para sustituirle como caballero custodio del Tercer Templo. Y si esto era así, habría, como mínimo, dos personas en el Santuario que tendrían conocimiento de esta situación.
Dos caballeros dorados: Aiolos y Perséfone.
Un gran dolor traspasó su pecho.
Aiolos le mentía. Los dos le traicionaban.
¿Por qué a él? Sólo había cometido el pecado de enamorarse, después de doscientos años de servicio a una diosa ingrata.
Solo deseaba sentirse vivo una vez más antes de caer víctima de la profecía.
De las artes de la guerra... el alma del asesino...
La sonrisa de Saga era tan reveladora que Shion comprendió en aquel momento que la Casa de Géminis era el vórtice principal en la guerra interna que estaba a punto de desatarse.
Se sentía acorralado. Miró hacia la puerta de nuevo, pero sólo vio a Saga cerrándola tras de sí. No había rastro de Aiolos.
Se intentó enlazar mentalmente con él, suplicándole que se presentara en la reunión, pero no tuvo contestación alguna.
“¿Por qué me has abandonado?”
La plegaria murió en su mente. Jamás mostraría ese acceso de debilidad ante Sagitario. El era el Patriarca, a fin de cuentas.
—Bienhallado, Shura de Capricornio— contestó solemnemente, tratando de mantener la compostura—. Un caballero de vuestro rango no debería postrarse ante un compañero— se dirigió hacia él y le obligó a alzarse, tocando su hombro—. Contadme, Shura. Quiero conocer todos los detalles del Santuario que dirigen mis hermanos españoles.
—Por supuesto, Patriarca— siseó Saga—. Todos los detalles serán expuestos ante vos. Pero, ¿No sería más idóneo dirigirnos hacia las estancias privadas? Ya que somos del mismo rango los tres, la biblioteca sería un lugar… más… tranquilo.
Shion se envaró. Allí recibía a Aiolos y solía hacerle el amor. Saga había disparado una certera saeta hacia su pecho.
—Es una excelente idea, muchacho— dijo, mientras se dirigía ya hacia la puerta auxiliar.
Saga elevó una ceja, sardónicamente, mientras su aura se inflamaba de puro placer. Sabía que Shion no le interrogaría sobre Kanon, no ante Shura. Esperaría a estar a solas, y hacer gala de su poder mental ante el caballero de Géminis.
Saga sabía que esta vez todo sería diferente.
El español miró al griego y luego al tibetano. Se mascaba la tensión entre los dos, y no pudo evitar pensar que él era el convidado de piedra en esa representación. Mas, si Saga se erigía en Patriarca, su posición cambiaría. Le exigiría la completa autoridad en el Santuario de la Cabra Montesa, tanto para reclutar aspirantes, como para administrar el lugar. Grecia no le interesaba, era España el lugar donde la diosa había decidido que debía estar el Santuario de Capricornio y allí era donde él quería vivir.
Saga pareció, por su mirada, leer sus pensamientos, y asintió. Shion caminaba ante ellos, y aunque su envergadura era impresionante, Shura sabía que el viejo Patriarca no era invencible.
Ya no.
—Estamos muy cerca de la estatua de la diosa— susurró el español—. Supongo que este lugar será de recogimiento y meditación.
El Patriarca les invitó a pasar a la biblioteca, haciendo oídos sordos. Sabía perfectamente a qué se estaba refiriendo el caballero.
—Me sigue pareciendo una excelente idea que las mujeres lleven los rostros cubiertos, así como que los campos de entrenamiento estén separados— recalcó—. Una diosa virgen ha de hacer mantener la compostura entre… sus tropas.
—Tus consejos serán seguidos con atención, Shura— musitó Saga, dulcemente—. El... Patriarca se encargará.
Shion se sentía literalmente acorralado. Había dedicado demasiado tiempo a la consecución de las metas administrativas de la orden, delegando un exceso de funciones militares y estratégicas a sus dos caballeros más poderosos, que ahora sentía cómo la diplomacia era un arte que ya no dominaba. El que Aiolos se hubiera acostado con Perséfone era un error imperdonable, pero lo que estaba ocurriendo con Saga rayaba… la propia locura.
—Patriarca— dijo Shura, viendo como el tibetano preparaba té—. He visto en el pueblo que se masca un ambiente de fatalidad y desesperanza. Me gustaría saber si Capricornio puede hacer algo para remediarlo.
—Vuestro compañero Sagitario— dijo Shion, con voz firme— se está encargando del tema. Pero la llegada de Atenea ha tenido repercusiones que no fuimos capaces de prever, ya que su advenimiento no se esperaba hasta dentro de algunos años. Sin embargo— se sentó, alargando una taza a cada uno— el asunto está en buenas manos.
—Aiolos debería estar aquí, no todos los días el máximo exponente de la Cabra Montesa visita suelo griego.
—Shura— le miró a través de la máscara—. Ya sabéis lo mucho que cuesta mantener el orden en un lugar así. Y Aiolos está inmerso en esa tarea. Cada vez tiene más obligaciones, al igual que Saga, para que el Santuario continúe funcionando como debe hacerlo.
Saga no contestaba. Y aquel silencio incomodaba a Shion de una forma abrumadora.
—No dudo que el trabajo que desempeñan Aiolos o Saga sea duro y complicado de ejecutar, más somos caballeros, no administradores. Nuestra misión es proteger a Atenea, tanto a su reencarnación como su legado.
—¿Legado?— Shion se quedó quieto, mirándole.
—Sí. El Santuario está en crisis. La formación de caballeros, estancada. Su educación, manipulada. Necesitamos mano férrea para que las nuevas generaciones nutran con su fuerza este santo lugar. Santo... Shion.
Clavó los ojos en el caballero de Aries, y este le devolvió la mirada a través de su máscara.
—Shura, tus palabras tienen visos de acritud. ¿Cuestionas mi mandato?
—¿Cuestionar?— el caballero de Capricornio se levantó, y se acercó a Shion, para darle la taza ya vacía—. Somos Doce Elegidos, y vos sois nuestra cabeza visible. No estoy de acuerdo con algunas de las cosas que aquí suceden, tanto vos como yo lo sabemos. Y no he venido desde España a perder el tiempo. Quiero saber qué pasará con la niña que está tan bien custodiada en la Torre de Alastor [2], y si realmente se ha comprobado que es la auténtica reencarnación de Atenea. Quiero estar presente en las convocatorias de los restantes caballeros dorados, y conocer si éstos tendrán la misión de custodiar las Doce Casas del Zodíaco. Quiero saber también si las armaduras doradas que no tenían sucesor, ya tienen todas dueño, y si dejaremos de ser un lugar donde las palabras y... otros sonidos... llenen el ambiente para convertirnos en un ejército al servicio de la diosa.
Shion se quedó helado. Shura conocía todos sus pasos, la información que manejaba el español era de excelente fiabilidad.
Y la sonrisa de Saga era, literalmente, la de un depredador.
Se levantó y tuvo que hacer una gran fuerza de voluntad para no enfrentarse a él en combate.
—Shura— dijo enfurecido—. Como ya te he dicho, no es fácil dirigir un Santuario. Tú, desde la muerte de Melkart, has tenido la oportunidad de comprobarlo, y así como no es fácil dirigirlo, a veces es necesario tener que tomar ciertas decisiones que se podrían tildar de arriesgadas bajo la responsabilidad de uno mismo. Luego de este tipo de acciones, es cuando hay que informar al resto de caballeros y de aprendices. Y hay que hacerlo acompañado de la Prudencia y de la Diplomacia. Sucesos que a veces escapan a nuestro control pueden generar un gran desconcierto en un lugar de estas características.
—Bonitas palabras, Shion. En efecto, dominas las artes de la diplomacia al igual que las de la alquimia, pero te prevengo: tiempos nuevos generan nuevos problemas. Las casas están siendo tomadas por nuevos caballeros, y la orden ha tenido que evolucionar con el paso de los tiempos. Estamos en el siglo XX, tenemos una historia de cuatro mil años de antigüedad en nuestro haber. Y creo que es hora de preguntarnos si nos hemos apartado de nuestra misión original. Y si esa respuesta es afirmativa, quizás— estaba tan cerca que Shion casi tuvo que parapetarse en la silla—, deberíamos plantearnos el cambiar de líder.
—Ese tema está más que discutido— contestó el otro a gran velocidad—. A su debido tiempo os informaré. A todos.
Shion se levantó, dando por finalizada la reunión. Volvió a intentar contactar con Aiolos pero éste ya no se encontraba en suelo santo. Vio cómo Saga y Shura salían de la biblioteca charlando amigablemente, y la pena que albergaba en su pecho, se convirtió en un gran pesar.
“Aiolos…”
Y con el eco de Sagitario en su mente, se desplomó en la silla donde tantas veces le había adorado. Sin el Arquero, Shion no quería seguir adelante. Y si eso significaba dejar el liderazgo de la Orden, lo haría.
Porque ese, realmente ese, era su destino.
Aunque en aquel momento, ya no le importara.
Llegó de nuevo a su templo, con el aura combada de desesperación, y se quedó mirando la pared, pensando en lo estúpido que había sido al preocuparse por lo ocurrido con Aioria. Lo que hacía unas horas le parecía un suceso digno de una gran tragedia griega, en aquel momento carecía de importancia.
Sólo podía escuchar las palabras de Anterón detallando la muerte de Niklas.
—¿Para esto... sirve ser caballero?— musitó, con el corazón en un puño.
Había dejado de importarle que las lágrimas surcaran sus mejillas, así como que los sollozos se oyeran por toda la estancia. Se sentía tan solo que creyó que la cabeza le reventaría, ya que su cosmos buscaba en quien apoyarse sin conseguirlo: El León Estelar no estaba en su templo, Aiolos había ido al pueblo de nuevo y ella, su maestra, estaba en misión.
Por tanto, Milo volvía a estar solo.
—Y... no he podido ayudarte... dioses...
Suspiraba mientras elegía qué ropa de la poca que tenía en el arcón metería en el pequeño petate. Iba de un lado a otro, con el corazón encogido, olvidando su entrenamiento, con su aura hecha un completo nudo.
Un nudo de dolor.
Miró a la puerta y deseó por todo lo sagrado que alguien conocido le preguntara qué le ocurría, pero nadie pasó.
—Siempre... termino solo...
Notaba un cúmulo de energías cósmicas en la Cámara del Patriarca, y supo que aquel era el momento idóneo. Una única bolsa, con su espada, sería su equipaje.
Se alzó sobre la cama, y la descolgó. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, furioso porque le nublaban la visión, y trató de pensar en otra cosa. Al bajar, tropezó con el terrario y el escorpión cayó sobre el colchón.
Milo se quedó mirándolo, ausente.
El animal abrió las pinzas y las cerró, elevando su cola, enseñándole su aguijón.
Tratando de intimidarle.
El melio levantó una ceja, y lo observó, con los ojos entornados. Alargó un dedo y el Escorpión se frenó en la cama, espectante.
—¿Sientes... miedo? ¿Alguna vez te ha molestado... estar solo?
El artrópodo avanzó sobre la cama, con el aguijón en alto. Milo elevó su cosmos y la Aguja Escarlata apareció en su dedo.
—Soy igual que tú— siseó—. Un Escorpión. Con tus mismas armas.
En ese momento, el animal estaba muy cerca de Milo. Con su arma en posición, dibujó un arco imaginario y clavó el aguijón en la mano del griego. Este sintió un gran dolor en la zona del picotazo pero, en vez de tratar de curar la zona infectada, explosionó su cosmos con tal violencia que un aura dorado—rojiza le rodeó y agarró al animal, aplastándolo con su mano.
—¡Maldito cabrón!— alzó la voz, hasta oírse gritar— ¡El único Escorpión aquí soy yo! ¡Yo! ¡YO!
Milo, con su cosmos expandido hasta el paroxismo, lanzó un alarido de dolor y enfocó todo su poder al lugar de la herida. No sabía qué estaba haciendo con exactitud, pero vio cómo su mano brillaba y el veneno del animal pasaba a su torrente sanguíneo, marcándole en el cuerpo las catorce estrellas de su constelación. La ira y la desesperación le hacían hervir, y gracias a eso, unido a la expansión de su cosmos hasta alcanzar y mantener activo el Séptimo Sentido, el organismo de Milo consiguió asimilar la composición mortífera del veneno del escorpión.
Lo tomó por la cola y lo tiró al pasillo, para luego salir corriendo, hacia el lugar donde le esperaba Anterón sin mirar atrás.
Hacia Milos.
—¿Qué? ¿Estás seguro? ¡Esto que me estás comentando es de una gravedad extrema!
—Sí— contestó el otro, tratando de no tartamudear—. Llegó su hermano con un salvoconducto, se entrevistó con él, y luego se marchó por la puerta suroeste, hacia el Pireo.
El Arquero se quedó mirándole, y meneó la cabeza de pura estupefacción.
—¡Maldita sea, Aioria! ¿Por qué no lo detuviste? ¡Será acusado de desertor!
—¿Detenerlo? ¡Claro que quise detenerlo! ¡Mira el resultado!
Se levantó la camisa y le enseñó a su hermano la ráfaga de Agujas Escarlatas que tenía tatuadas en su pecho. Aiolos abrió los ojos, sorprendido.
—Y no es que su poder sea despreciable, en absoluto. Pero es condenadamente esquivo, y no pude alcanzarlo con el Rayo de Plasma. Además, se diferencia del de Perséfone en que sus aguijonazos... escuecen. Tienen veneno, Aiolos.
—¿Veneno? ¡Oh, Atenea... entonces... él es el Heredero del Escorpión, y ya está listo ya para pasar la prueba de la armadura!
Aiolos comenzó a caminar por la habitación, abriendo cajones y puertas, intentando preparar un pequeño equipaje, mientras su hermano le taladraba a preguntas.
—¿Heredero? ¿Preparado?— Aioria caminaba detrás de él, ayudándolo con la muda—. ¿Qué quieres decir con preparado? Ella no está, y él tendrá que esperar a que vuelva, y si ahora él deserta entonces...
—¡Cierra el pico y cálmate!— le gritó—. Nadie sabrá que ha desertado porque lo traeré de vuelta.
Aioria suspiró.
—Si lo mantenemos en secreto, nada ocurrirá, entonces.
—No pareces ser consciente de la magnitud de la estupidez que ha cometido tu amigo el espartano— siseó—. Si por una casualidad alguien, y te digo bien, alguien, descubre esta excursión, Milo será acusado de desertor y por extensión, a Perséfone la ajusticiarán.
—¡Pero ella está en Italia!
—¿Y qué? ¿Dónde demonios creéis que estáis viviendo los dos? ¡Esto es un ejército, uno de más de cuarenta siglos de antigüedad! ¡Un ejército que ha combatido contra los propios dioses! ¿Cómo crees que se lo tomará el Patriarca si descubre que ella no es capaz de conseguir que su alumno no se escape cuando no está en el Santuario? Evidentemente, decretará que su labor como maestra deja mucho que desear y la muerte será la única manera de pagar esa falta.
—¿Y piensan ajusticiarla? ¡No puedes estar hablando en serio! ¡Es como si hubiera leyes diferentes para los diferentes Santuarios, Aiolos! ¡Sé lo que pasó en Suecia y en Italia! ¡No pueden, no pueden hacerle eso!
El Arquero meneó la cabeza.
—Es cierto. Las hay. Y en Atenas, están las más severas.
—Oh, Atenea... Milo, te juro que no volveré a pelearme contigo, por Atenea, vuelve...—musitó, desesperado.
El pequeño ruego de Aioria enterneció a su hermano.
—Volverá. Aunque tenga que traerlo a trozos. Nadie sabrá que ha desertado. Nadie.
El joven Sagitario sentía la conexión mental de Shion, suplicándole que se presentara en la Cámara del Patriarca, pero le hizo oídos sordos. Debía ir a buscar a Milo y traerlo de vuelta antes que Perséfone regresara de su misión o sería el fin de ambos. Y bajo ningún concepto quería perderla.
No sabía qué le diría cuando la viera, pero necesitaba hablar con ella.
—¿Puedo... ir contigo?
Aiolos lo taladró con la mirada.
—No. Ya tengo bastante con ocuparme de un niño, como para ir acompañado por otro.
—¡No soy un niño!
—Pues te has comportado como uno desde que os habéis peleado, así que no me vengas ahora a decirme que no te tome como tal. En cierta medida, esto es culpa tuya, porque si no hubieras discutido con él, no se sentiría desplazado y solo. Porque eso es lo que le pasa a Milo. Tiene pavor a la soledad. Y ahora, está metido en un lío del que no sé cómo lo voy a sacar.
Aioria agachó la cabeza.
—Lo siento mucho.
—Deja de sentirlo y ruega por que no ponga impedimentos para volver. Trataré de regresar lo antes posible. Si el Patriarca o cualquiera pregunta por mí, diles que no tienes idea de dónde estoy.
Pensó en Saga.
—Mejor, diles que me he ido al pueblo y que volveré en dos días. Tres como mucho. Que tenía algo importante que hablar con los Popes.
Aioria asintió.
—Aiolos... —musitó.
El Arquero volvió a mirarle, con la armadura a su espalda y una pequeña bolsa en su mano.
—Dime, cachorro.
—Gracias por ser mi hermano.
El Arquero se acercó a él y lo abrazó.
—Le traeré de vuelta. Vete con los otros aprendices. Pronto llegarán más caballeros dorados. Intenta aparentar normalidad, como si no tuvieras idea de lo que está ocurriendo. ¿De acuerdo?
Y dicho esto, se marchó, dejando a Aioria sumido en una profunda pena y preocupación.
Literalmente, desolado.