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El Alma del Asesino

6. USURPADOR

Cumplía estoicamente con las férreas costumbres del pueblo donde residía, ya que eso era, según las palabras de su madre, lo que se esperaba de una mujer decente. Originaria de Milos, Calíope vivió allí hasta los quince años, y sólo su matrimonio había conseguido separarla de sus hermanos para llevársela a Creta. Según Androstea, su madre, aquel compromiso era un regalo de los dioses, ya que Alexandros se jactaba, y razones no le faltaban, de ser uno de los armadores más poderosos de Grecia, pero para Calíope el enlace constituyó un infierno del que sólo ahora podía considerarse liberada.

Con la excusa de proporcionarle a Niklas una educación mejor que la que pudiera obtener en Milos, Calíope había conseguido que su hermano pequeño se trasladara a su casa en Iraklión, lugar donde Alexandros tenía el grueso de sus negocios.

De haber sabido que aquella decisión se saldaría con tan nefasto resultado…

Era capaz de soportar, en completo silencio, que Alexandros la humillara, ya que en la letanía que se vio obligada a escuchar hasta la saciedad, la instaban a aguantar cualquier exceso de su marido dentro del matrimonio, porque a eso se reducía el espíritu de la decencia y la discreción. Incluso llegó a entender que el rudo armador espetara la comida contra la pared y que la insultara, gritándole que era una nulidad como esposa y como amante. Pero cuando se ensañó con el cuerpo de su hermano, tirado en el suelo de su cocina, inerte, después de haberlo reducido a golpes, no pudo resistirlo más. Tomó la escopeta de caza que tenía como adorno sobre la chimenea de la sala de estar, la cargó y disparó, a bocajarro, sin pensárselo dos veces. Niklas yacía muerto, con el cuello en un ángulo imposible, y Alexandros, fuera de control, no habría dudado en matarla a ella también, ya que nadie osaba levantarle la mano a un griego sin recibir su justo merecido.

En el parte policial se reflejó que Calíope había actuado en legítima defensa.

La joven, presa de un ataque de nervios, intentó buscar consuelo en Androstea, pero esta le recriminó duramente su comportamiento. No quiso ver que Calíope sufría de continuos tratos vejatorios por parte de su marido y que el único que salía en su defensa era su propio hermano, de diez años de edad, tratando de protegerla de los golpes. Se negó a aceptar que Alexandros tuviera un serio problema con la bebida, y con insistencia, quiso que Calíope mantuviera oculta, con su silencio, una situación, por otra parte, insostenible.

El colmo de su obsesión por las apariencias llegó cuando Androstea se enteró que, a través de Anterón, Milo asistiría al velatorio. Sin importarle el dolor de su hija, la increpó gritándole que el joven sólo deseaba acostarse con ella, y que por su culpa Estagiros, su marido, había muerto, ya que el espartano era portador de mala suerte.

Calíope no pudo seguir callando más y la expulsó de la sala, para luego desaparecer entre las calas.

El feto se removió, inquieto y ella necesitaba relajarse.

Caminó por el pueblo, obviando los comentarios, con su piel morena y su ondulada melena cubiertas pudorosamente por las vestimentas negras del luto. Aunque sus ojos almendrados habían perdido la luz de la inocencia, a causa de todos los acontecimientos vividos, en ellos no se asomaba ni un atisbo de culpabilidad.

De haber sabido que por su pasividad, Niklas moriría defendiéndola de los golpes de aquel borracho con el que estaba casada, lo habría matado mucho tiempo antes, sin dudarlo.

Pero ahora ya era tarde para lamentaciones. Caminó entre las rocas, ágilmente, y se encontró en mitad de una cala paradisíaca, oculta de miradas curiosas, donde pudo dar rienda suelta a su dolor.

En aquel lugar había besado a Milo por primera vez, después que éste le confesara que la amaba.

Acarició su vientre, y observó el Egeo. Nada conseguiría devolverle a su hermano, era cierto, pero aquel lugar era el único donde podía dejar volar sus recuerdos, y el color del mar, aturquesado, le recordaba el brillo de los ojos del griego.

De su hermano. De su primer y gran amor.

Suspiró, intentando tranquilizar al pequeño que llevaba en su vientre. Calíope era espigada, pero gracias al “estado de buena esperanza”, como denominaban las viejas del lugar al embarazo, sus formas femeninas, rotundas, resaltaban bajo la austeridad de sus ropajes, haciéndola a los ojos de los demás, una mujer tremendamente deseable.

Se soltó el pañuelo que cubría su cabeza y una ondulante melena cayó en cascada por su espalda. Intuía que, cuando volviera al velatorio, dedos incriminatorios la señalarían, pero su conciencia estaba tranquila. El saber que el joven Escorpio se dirigía hacia el lugar donde se realizaría el sepelio, a pesar de los problemas que esto pudiera ocasionarle, era lo único que conseguía preocuparla.

Y, sin saber cómo, presintió que Milo ya estaba cerca, muy cerca de ella.

Volvió al pueblo, y penetró en la sala de plañideras por la puerta de atrás. No comprendía cómo aquellas mujeres, por una módica cantidad de dinero, se rasgaban las vestiduras taladradas por el dolor de la pérdida de personas a las que ni siquiera conocían.

Pero esa farsa, como muchas otras, había sido idea de su madre.

—Calíope...

Se giró al escuchar su nombre de los labios del aprendiz del Escorpión, y no pudo contener el llanto cuando la abrazó. Milo la arropó con sus musculosos brazos como si fuera un pajarillo, y lloró con ella mientras le acariciaba la sedosa cabellera, intentando apaciguar con su cosmos el dolor de la muchacha.

Estuvieron unos minutos fundidos el uno en el otro, y cuando ella recuperó la calma, le regañó dulcemente, después de dibujar con sus dedos los surcos brillantes que las lágrimas habían dejado en el rostro del joven.

—Te has escapado.

—No voy a volver. Mi lugar está aquí, contigo.

Calíope frunció el ceño, sus ojos de garza clavándose en los de él.

—Tu lugar está en Atenas. Eres un elegido para servir a los dioses, Milo.

—Ya no creo en dioses ni en nada parecido. Comencé a entrenar para protegeros a ti y a Niklas. Para demostrarle a Anterón que podía llegar a ser mejor que él. En el fondo— suspiró—, jamás me ha importado la Orden.

Ella se envaró.

—No puedo creer lo que estoy oyendo. Tu padre debe estar revolviéndose en la tumba.

Milo se giró, furibundo, dándole la espalda.

—Ya sabes lo que pienso de todo eso, athelfos [1]— susurró Calíope, colocándose detrás de él, acariciándole la espalda, calmando así su reacción—. Me hace muy feliz verte aquí, pero quieres tomar un puesto que no te pertenece.

—Puedo trabajar, y criar al niño como si fuera mío.

—Pero no es tuyo— las palabras de Calíope le hirieron profundamente.

—Yo... siempre te quise— trató de rebatirle él la afirmación—. Nunca te vi como una hermana, fuiste mi primer amor.

Ella bajó la mirada, y una pequeña sonrisa alegró su sombrío rostro.

—Milo... sabes decir exactamente lo justo para hacer feliz a esta pobre aldeana—musitó, con la frente apoyada en la espalda de él—, y recordaré nuestro primer beso como el mayor de mis tesoros— los ojos le brillaban, alejándola en el tiempo—. Pero aquello pasó, hemos crecido, tu serás un valiente guerrero y yo... una mujer griega como tantas otras. Estaré bien sabiendo que tú proteges nuestra patria y a sus ciudadanos.

—No volveré a pisar el Santuario— dijo él, agachando la cabeza—. No me admitirán, he desertado.

Calíope le tomó de los hombros y le hizo girarse.

—Mírame, Milo. Los dos sabemos que siempre he tenido un sexto sentido para estas cosas, ¿verdad?

El joven griego asintió.

—Llegarás a caballero dorado. Te enfrentarás en combate a ella y la vencerás, y estoy segura que tu maestra se sentirá orgullosa de haberte entrenado.

Milo se quedó mirándola, estupefacto. Parecía que Calíope leyera en su interior, descubriendo sus anhelos.

—Pero... hay algo que te está carcomiendo. Habla, Milo.

—No puedo ocultarte nada. Tengo la certeza que— sonrió, bajando la vista al suelo— si te hubieras presentado a las pruebas, ahora mismo estarías compitiendo con otras amazonas.

—Es posible— se acarició el vientre, y suspiró al notar una patada del pequeño.

Milo la observó, con una sonrisa triste en el rostro, dejando que el silencio sólo fuera roto por el sonido de sus respiraciones.

Calíope volvió a insistirle con la mirada, y Milo se sintió desarmado ante la intuición de la melia, confesando a continuación.

—Hay... alguien en el Santuario. Un compañero.

—¿Un... chico?— ella abrió los ojos, sonriendo intrigada—. ¿Y qué tal es? ¿Te hace feliz? ¿Es bueno contigo?

Se acercó a Calíope y le indicó que se sentara, para hacerlo él a continuación.

—Su hermano... se acostó con Perséfone— escupió—. Y respecto a él y a mí... no nos van las cosas bien. Nada bien.

—Tu carácter es demasiado explosivo— dijo Calíope, obviando la relación sexual de la cretense—. Apuesto a que eres especialista en sacarlo de quicio.

—Me siento perdido— contestó él, dejando claro que no deseaba hablar del tema—, desarraigado. Calíope— comenzaba a desmoronarse de nuevo—, te echo de menos, y a él... dioses, cómo le voy a extrañar, antes sabía que estaba aquí, pero ahora... ahora...

Se tapó la cara con las manos. La muchacha se acercó a él y volvió a abrazarle, y Milo la rodeó, comenzando a sollozar.

—La milos [2] dorada por los rayos del sol... —comenzó a canturrear, acariciándole el pelo, como si fuera un niño desvalido.

—No... no quiero volver, no quiero... quiero estar contigo... déjame estar contigo... Calíope...

Alzó la cabeza y buscó el rostro de ella, para besarla. Ella no rechazó el contacto, sino que correspondió al beso, de forma dulce y sincera. Volvió a abrazarle y dejó que Milo llorara entre sus brazos, hasta que ambos no tuvieron más lágrimas que derramar.

—No funcionaría, ¿verdad?— preguntó él, con pesar, rompiendo el silencio.

Ella sonrió tristemente, acariciándole el rostro.

—Eres el hombre más maravilloso que existe, Milo, pero tanto tú como yo sabemos que nuestro momento pasó, y aunque te amo, una relación sería imposible.

El asintió, besándole las manos.

—Y es porque te amo por lo que te tengo que dejar marchar. Protege a Atenea, Milo. Sé un caballero dorado, el más valiente. Lleva el estandarte de Grecia alto y con dignidad. Esparta se sentirá orgullosa de ti, como me siento yo. Como se sentiría tu padre. El soñó con eso, Milo. Con la estirpe guerrera. Y tú... eres la prueba viviente.

El Escorpión la miró, emocionado.

—Anterón me comentó en el viaje que volviste a mi casa. Al lugar donde me encontraron.

Calíope asintió.

—Buscando pistas— dijo él, serio.

—Pero nada ha quedado de aquella noche— le confesó ella, mirándole a los ojos—. Por eso has de seguir adelante. Para Niklas— tomó aire, suspirando hondamente— eras el ejemplo a seguir. No le decepciones, Milo.

—No mereces la vida que te ha tocado vivir, Calíope— musitó el joven, impresionado con la madurez de ella.

—No me quejo, a fin de cuentas. He tenido un hermano maravilloso que velará por mí junto a los dioses hasta que me reúna con él, y ellos mismos te han puesto a ti en mi vida. Además— un brillo extraño surcó su mirada—, mi situación económica, derivada de mi estado de viuda me ha colocado en una posición social altamente envidiable.

El joven asintió.

—Aunque nada me devolverá a mi hermano.

Milo vio como una lágrima surcaba el rostro de ella.

—No te olvidaré, Calíope.

—Yo tampoco a ti, Milo. Pero es hora de partir, él ha venido a buscarte.

—¿Le... has sentido?

Ella sonrió.

—Sí. Está en la entrada del pueblo, esperándote.

—Eres... increíble.

—Tú también— musitó, acariciando su melena—. Vamos. Los demás hace tiempo que nos aguardan.

Y salió detrás de ella, mezclándose con los asistentes al velatorio.

Asomó la cabeza, elevándose desde el parapeto, y le hizo una seña a su compañero para advertirle de la presencia de dos enemigos. Afrodita se alzó sobre las punteras de sus botas y con un movimiento de su mano, lanzó una Tormenta de Rosas, cayendo los dos arqueros fulminados. Perséfone hervía de rabia, aquella demostración de hostilidad era desorbitada, incluso para alguien como el Segador.

El sueco miraba a todos lados, con su cabello pegado a la nuca, y la armadura llena de polvo y rozaduras. Ninguno de los dos ofrecían una imagen imponente, pero habían demostrado que en batalla eran magníficos rivales.

Por fin habían llegado al patio de armas de la Montaña del Cangrejo, y parecía que el lugar estaba despejado de enemigos.

—¿Y... ahora?— musitó Afrodita, con el rostro bastante serio.

—Podemos esperar aquí, desguarnecidos, o intentar colarnos en la zona de los barracones, que está en aquella dirección— le dijo, señalándole una instalación excavada en la propia roca.

—La arquitectura de este Santuario me recuerda a la Torre de Babel. Todo encajado en la montaña, aprovechando la naturaleza inexpugnable del lugar.

—Es un cangrejo. Su modo de vida es la adaptación constante al entorno.

Afrodita asintió. Cuando vio llegar a una pequeña figura con una nota en una mano, alargó el brazo y avisó a Perséfone que tenían compañía.

—Ahora viene la parte divertida. Vas a conocer al individuo más macabro que puedas imaginar. La muerte para él es un modo de vida, y la tortura, un arte— gruñó la cretense.

Afrodita le miró, sorprendido.

—Y es... un caballero dorado. Es una completa paradoja.

—Sí. Atenea tiene un curioso sentido del humor.

La pequeña aprendiz llegó a la altura de los dos caballeros, que escucharon con atención.

—Mi maestro me ha rogado que os pida que os despojéis de las armaduras— musitó la niña dulcemente.

Afrodita miró a Perséfone. Esta se encogió de hombros.

—Esto querrá decir que hemos pasado la prueba... —el sueco inflamó su cosmos y el Pez Dorado se ensambló a sus pies.

Perséfone le observó. Tenía una estructura corporal andrógina, que exudaba exotismo y sensualidad. Luego, escrutó a la niña. No parecía constituir un peligro, por lo que también se quitó la armadura del Escorpión.

No pasaron diez segundos para que descubriera el fatal error que habían cometido: dos flechas se dirigían a toda velocidad directamente hacia ellos. Perséfone las detectó gracias a sus ondas caloríficas, por lo que empujó al sueco y éste cayó al suelo elegantemente, rodando como si fuera un felino. Sin embargo, los reflejos de la mujer no le sirvieron en esta ocasión: Afrodita fue herido en un hombro y ella en una cadera.

—¡Imbéciles! ¡El Segador de Vida os reta a que salgáis vivos de este patio y si es así, os recibirá!— se oyó una voz gutural desde el promontorio, jalonada con sádicas risas.

Perséfone explotó su cosmos para bloquear el veneno, que trataba de llegar a su torrente sanguíneo y así infectarla completamente.

—Hijo... de... puta...

Afrodita hizo aparecer una rosa blanca de la nada y se introdujo el tallo en la herida. Con la otra mano, clavó otra en la de Perséfone y la miró fijamente.

—Deja que te extraiga el veneno. Relájate, la Rosa Piraña hará su trabajo.

Perséfone se retorció de dolor.

—Mi...lo...—fue lo último que dijo antes de perder el conocimiento.

Aiolos, después de esperar pacientemente a que enterraran al pequeño, buscó con su cosmos el de Milo, para intentar enlazarse mentalmente con él. No le costó detectarlo, ya que notaba la desazón del joven, así como la hostilidad que le generaba aquella intromisión, aunque el melio estaba preparado. Como si intuyera que sería el Arquero el que iría a por él.

“Te espero en la entrada del pueblo. No me hagas ir a buscarte”

Era una orden clara y concisa. Milo parecía ignorar la clase de problema que tenía entre manos. Aquello no era una excursión, si no algo muchísimo más grave.

¡Era una deserción en toda regla!

Aiolos trató de imaginar la cara que pondría Perséfone cuando se lo contara. La vez anterior, Milo y Aioria estuvieron de excursión espeleológica por los subterráneos del Santuario para colarse en el recinto femenino. Pero ahora, ¡El aprendiz estaba a más de doscientos kilómetros de Atenas!

El era el que debería ser ajusticiado.

Repasó todo lo acontecido desde que Milo llegó al Santuario y suspiró. Su hermano se había enamorado del obstinado Escorpión, y por lo que sabía, el griego le correspondía. El Arquero, por su parte, sentía algo por Perséfone que no había entrado a valorar, entre otras cosas, porque no se había atrevido a hacerlo.

No quería pensar en ella ahora que estaba en Italia.

Lejos de Milo, lejos del Santuario... y lejos de él.

Lo que ocurrió en la Octava Casa no se asemejaba en absoluto a lo que solía experimentar cuando Shion le tocaba, por lo que estaba seguro que lo que sentía por el Patriarca no era amor, sino gratitud.

Además, Shion no era Saga.

Se sentó en una roca, y miró el mar Egeo. Recordó el último encuentro con su antiguo amante y un pinchazo le atravesó el estómago.

El cambio obrado en Géminis le ponía terriblemente nervioso.

Se mesó el cabello, moreno y rizado, y metió la mano en el bolsillo para juguetear con la cinta que solía llevar en su frente, tratando de pensar en otra cosa.

Había salido del Santuario para recuperar a un futuro compañero, no para recordar a alguien que, evidentemente, ya no le amaba.

—Vamos, Milo... no cometas una estupidez tal que te arrepientas el resto de tu vida— musitó, apesadumbrado.

Fijó su vista en el horizonte y un escalofrío le recorrió al reconocer la silueta de la casa donde encontraron al joven Escorpio, hacía más de diez años.

Mucho se había perdido allí. Y mucho más quedó oculto, sin descubrir.

¿Quién querría asesinar a una familia como la de Milo? ¿Y qué móvil podría tener un grupo armado, aparte de la venta de las reliquias encontradas en el campo de trabajo arqueológico a coleccionistas particulares?

“El dinero hace caballeros a los viles, y viles a los caballeros”

Era un misterio. Y el pergamino que nunca apareció, parte del botín que se llevaron los asesinos, arrojaba aún más oscuridad al suceso.

Las profecías del Advenimiento de Atenea Pártenos

Se colocó la mano sobre las cejas y pudo verle, a lo lejos, con su elegante caminar y su jactancia de siempre.

—Hijo de Esparta... Leónidas estaría orgulloso de ti, después de clavar tu cabeza en una pica— murmuró—. Ellos no manchaban su vida con una deserción. No le hagas esto a ella, Milo. Si la quieres... no se lo pongas aún más difícil.

Aiolos se levantó, preparándose mentalmente, porque lo peor... aún estaba por llegar.

Había dejado a Shura en su templo, después de invitarlo a cenar en la Casa de Géminis. El español era un elemento muy importante en la escalada al poder que se estaba cimentando en el Santuario, por lo que debía mantenerlo contento y lejos de influencias que pudieran dar al traste con sus aspiraciones.

El puesto de Patriarca resultaba excesivamente tentador.

Miró el cielo griego, nuboso en esta ocasión, y se lamentó por la ola de calor que sufrían aquel año. Era invierno y aún no habían visto la lluvia, excepto en contadas ocasiones, y los ánimos estaban tan caldeados como el clima.

Saga vestía el uniforme de entrenamiento reglamentario, liviano, y en aquel momento sintió la necesidad de perder un poco el tiempo mezclándose con los demás jóvenes que poblaban el Santuario. Así que se dirigió hacia los campos de adiestramiento, para observar las técnicas y los ejercicios que se realizaban como instrucción militar. Numerosos caballeros de plata habían conseguido sus armaduras, y muchas caras nuevas iban y venían por el Recinto Sagrado.

Durante su paseo, notó como algunos le miraban mientras otros continuaban con sus quehaceres, ignorándolo. Los más curiosos giraban la cabeza para saludarle, y los mínimos, le hacían una reverencia a su paso.

Le extrañaba aquella actitud. Normalmente, no solía transitar por aquellos parajes, el lugar donde se ejercitaba estaba bastante alejado y la mayoría no sabían que él era Saga de Géminis.

Pero aquellos aprendices y caballeros de menor rango actuaban como si lo conocieran. Como si ya se hubieran cruzado con él.

No quiso darle mayor importancia al suceso. Siguió caminando y estudiando tanto las técnicas como los recursos que empleaban para los entrenamientos. Les faltaba mano dura, muchos no sobrevivían a las pruebas de la armadura, y un gran porcentaje desertaba.

Qué desperdicio de efectivos.

Se adentró en una zona bastante pedregosa y miró al cielo. El sol caía a plomo sobre su cabeza, y buscó una sombra donde esconderse hasta que bajara la intensidad de los rayos del astro rey. Aunque no había vuelto a tener los espantosos dolores de cabeza de los últimos días, tenía miedo que los episodios se repitieran.

En una de las crisis, algo le impulsó a esconder el casco de Jano dentro de la caja de la armadura, ya que Géminis aparecía descabezado en el pedestal de su templo.

Saga hizo una mueca. Si tenía accesos de amnesia tan fuertes como para no recordar cosas como esa, es que quizás estaba más enfermo de lo que creía.

No quería pensar en eso en aquellos momentos. Deseaba caminar y relajarse. Evadirse de las presiones del Santuario.

Se cruzó con varios aprendices que lo miraron con cara de sorpresa y Saga se quedó perplejo ante aquella actitud.

Se quedó boquiabierto cuando descubrió el porqué.

Kanon estaba en el centro de un pequeño grupo, hablando. Como si fuera el Mesías, realizando el milagro de los panes y los peces.

Saga se ocultó tras unas rocas, lo suficientemente cerca para escuchar.

—... y para finalizar, Atenea Promachos, de la que no quedan copias, estaba creada con las armas de los persas...

Los aprendices lo escuchaban con atención. Bocas abiertas de admiración abarrotaban el lugar.

El joven terminó su sermón y con sus manos hizo que, figuradamente hablando, las aguas, que representaba el grupo de apóstoles, se abrieran, para luego despedirse de ellos.

—Gracias, Saga. Volveremos mañana.

Los muchachos comenzaron a abandonar el improvisado oratorio, comentando las palabras del usurpador de Géminis.

El caballero dorado dejó que la zona se despejara de discípulos para salir de su escondite, y esperó a que el guardia que estaba hablando con su hermano abandonara la zona. No se dio cuenta que el pergamino que portaba en sus manos iba directo al Templo del Escorpión.

No podía imaginar hasta qué punto Kanon estaba jugando a ser Dios en la partida por el poder de la Orden de Caballería de Atenea.

—Hola, Saga. ¿Tengo que llamarte yo así también?

Kanon se giró, pálido.

—Her... mano...—balbuceó—. Nunca te había visto pasear por esta parte del Santuario.

Saga lo rodeó, observándolo.

—Eres admirable— escupió—. Tu osadía parece no conocer límites.

Kanon no le contestó. Miraba al suelo, como si estuviera dispuesto a recibir un castigo por una pequeña falta cometida.

—¿Hasta dónde pensabas llegar con tu mascarada?

—Hasta la cima, el lugar que nos corresponde— le replicó el otro, con los ojos chisporroteantes de odio.

—¿Nos... corresponde?— Saga sonrió, su cosmos combándose, su cabello tornándose tan ceniciento como tenebrosa su mirada—. ¿Crees que te corresponde— repitió la palabra— algún lugar a mi lado? Me insultas... hermano.

—Yo soy el que ha estado moviendo los hilos desde la sombra, mientras tú jugabas a ser el virtuoso de los dos. Así que sí, ¡Sí!— le señaló con el dedo, iracundo—. ¡El lugar que nos corresponde!

Saga le encaró, sonriendo sádicamente.

—Moviendo los hilos... especulando, instigando... manipulando... No es extraño que ella te odiara. Que no quisiera que te entrenara, que deseara que me alejara de ti.

Kanon le taladró con la mirada, un rictus de asco ensombreció su rostro.

—Tu maestra estaba tan ciega como el resto de la Orden. Anquilosada en estructuras arcaicas, estaba tan acostumbrada a caminar sobre las aguas, que olvidó lo obvio, y ahora está bajo tierra, de donde jamás debió salir.

—Solaria me eligió a mí para ser su sucesor, y eso es algo que jamás has podido superar.

—Pero la tradición— replicó Kanon, sin excitarse— mantiene que la Casa de Géminis está obligada a entrenar un doble custodio. Y que, por si el caballero dorado fallara en la misión, a causa de su dualidad, necesita tener preparado un sustituto.

—¡Qué bien conoces las tradiciones, Kanon!— replicó Saga con fingido asombro—. Demasiado bien para ser un simple aprendiz.

Kanon no le contestó.

—Apostaría a que tu físico te ha abierto más puertas de las que jamás pudiste imaginar. Tu físico, que es idéntico al mío.

—He tomado lo que me pertenece por derecho. No lo olvides.

—Lo que te pertenece por derecho— volvió a repetir con evidente sarcasmo—. Pero lo has tomado, como tú bien dices, utilizando privilegios que me corresponden a mí, engañando a los demás, haciéndoles creer que era conmigo con quien estaban.

—El camino al poder no conoce la virtud, como tampoco conoce la santidad que tú dices poseer. Te sentí mientras fornicabas con aquella amazona— le reprochó, sin aspavientos.

—¿Me sentiste?— Saga caminaba en círculos alrededor del otro, como si deseara intimidarle—. Quizás pretendías que, una vez acabara con ella, le dijera que fuera a verte para luego... comparar— susurró, mirándole con un evidente aire de superioridad—, y así... determinar quien es más Géminis... —su rostro brillaba iluminado por la maldad— de los dos.

—Puedes mostrarte todo lo cruel que desees conmigo, hermano— Kanon hizo caso omiso al comentario del caballero de oro—. Yo tengo una meta, y no pararé hasta conseguirla. Aunque tenga que hacer que la Orden se destruya desde dentro.

Saga le miraba, fascinado.

—Eres único en atrevimiento, aunque reconozco que admiro tu arrojo y tu audacia— le dijo gravemente, centrándose en sus propios pensamientos—. Llegados a este punto, recapitulemos. Pudiste entrevistarte con Capricornio porque al principio te hacías pasar por mí — extendió la mano y enumeró, lentamente, señalando con los dedos cada punto—. Caminar por las Casas, por los campos de entrenamiento de los caballeros de rango superior, barracones, salas de intendencia... ¿Hasta donde llega tu insolencia?—le espetó, furioso—. ¿Cuándo pensabas detenerte?

—¡No me vengas con estupideces! ¡Soy tan Géminis como tú!

—Eres el sustituto de Géminis si yo fallo en la misión— replicó, con una gravedad tal que su voz parecía salida de ultratumba—. Podrás tener los poderes pero, ¡Jamás tendrás la armadura! ¡De eso puedes estar seguro!

—¡Estás tan loco como tu maestra, Saga!

El caballero de Géminis le dio la espalda unos minutos, para luego girarse y con su mano, invocar un portal dimensional.

—En el fondo, todo tiene un sentido poético— murmuró mientras observaba la magnitud de su poder, contenido solamente por su propio pensamiento—. Eres invisible a los aprendices porque tu rostro les hace confundirte conmigo y los caballeros de rango superior están tan absortos en la observación de los cosmos que no se daban cuenta que tu cara y la mía son idénticas. En realidad, no eres nada, Kanon.

—¡Estás corrupto!— Kanon comenzó a ponerse nervioso, ya que había descubierto que era la primera vez que no estaba seguro de sus propias posibilidades—. ¡Te cebas conmigo porque no soportas la oscuridad que tú mismo generas, Saga! Tu podredumbre hará de ti un dictador, y sabes que únicamente junto a mí podrás conducir este Santuario a la gloria. ¡Tú solo terminarás por consumirte en tu propio fuego!

Saga rió obscenamente.

—Te sobrevaloras si crees que te necesito. Ella me eligió como portador legítimo de Géminis. Y yo, ahora— realizó un elegante movimiento con su mano ante la atenta mirada del otro—, elijo que desaparezcas de mi vista. No te necesito, hermano.

El portal se hizo más grande, la curvatura espacio—tiempo empezaba a tragarse las piedrecillas del suelo de aquella parte del Santuario.

Kanon sabía que enfrentarse a Saga era un suicidio. Su poder había crecido considerablemente, y la armadura estaba de su lado. Meditó una fracción de segundo y le miró, enseñando una carta escondida bajo la manga.

—Necesitarás los pergaminos— finalizó, claudicando.

Saga le miró, elevando una ceja. El portal disminuyó hasta cerrarse completamente.

—Consigues captar mi atención de una forma muy sutil— ironizó—. ¿Qué pergaminos?

Estaba jugando con él. Como un gato gigante con su ovillo de lana preferido.

—No pienso decírtelo. No sin que antes me asegures que voy a estar a tu lado.

—Ah, Kanon. No has cambiado en absoluto desde que éramos niños. En el fondo... eres tan previsible...

—Me estás infravalorando. Y te aseguro que soy más paciente que tú.

—Pero la paciencia— sonrió Saga— no te servirá de nada contra mí. En el pasado me frenaba el lazo de sangre que tengo contigo, pero ahora ya estoy harto de tus estupideces. ¡Puño Diabólico!

Y antes de que Kanon pudiera ponerse en guardia, el caballero de Géminis lanzó su ataque violentamente dejando a su gemelo tirado en el suelo, balbuceante.

—Y ahora vamos a ver esos pergaminos. Si te portas bien, haremos una excursión para ver el Cabo Sunion en todo su esplendor— masculló mientras cargaba al inconsciente en brazos y dirigiéndose al barracón donde estaba asignado. Allí, descubriría su baza más oculta.

La baza que le permitiría vivir un poco más.

—El señor Kido ha salido de viaje— contestó Tatsumi, maquinalmente.

—Alguien tendrá que pagar las facturas del hospital— contestó la operaria, molesta.

—Pues tendrá que esperar a que vuelva. Y desconozco la fecha de su regreso. Cárguelo a la cuenta de la Fundación. El señor Kido avalará el gasto.

—¿Y los que derivan del sepelio?— preguntó la voz femenina—. La pareja que acogía al muchacho ha muerto. Y su hermano, también.

—La Fundación se encargará de todo. Buenos días.

Un pitido intermitente indicó a la operadora que la conversación había terminado.

Se giró y miró al pequeño, de ojos azul oscuro y pelo liso y lacio. Tenía un rostro hermoso, mucho más que el otro gamberro, de nombre Seiya, que sólo atendía a su hermana, pero la forma de mirar no demostraba su edad física, sino una mental mucho más madura.

—¿Cuál es tu nombre?— le preguntó.

—Shiryu— contestó el niño.

Tenía una diminuta pieza de jade entre las manos, y Tatsumi quiso saber qué era. Agachándose ante él, intentó abrirle los deditos, a lo que Shiryu se opuso con firmeza.

—¡Mi madre me lo dio!— contestó vehementemente, mientras el otro forzaba los pequeños huesecillos hasta arrancar la escultura de la mano del niño.

Shiryu no lloró. Sólo le miró fijamente.

—Dámela. Es mía.

Tatsumi comprobó que el tesoro era un Dragón Esmeralda, con la boca abierta y las garras elevadas.

—Yo te lo guardaré.

—Devuélvemela— musitó tranquilamente—. La Balanza me protege.

Tatsumi rió.

—En el Orfanato necesitarás un millón de ellas que te amparen— contestó con sorna.

Shiryu le miró de nuevo, con aquellos ojos calmos, casi carentes de vida.

—¿Cuántos años tienes?— inquirió el japonés.

—Dame el Dragón y te lo diré.

Tatsumi elevó la mano y la dejó caer sobre Shiryu, lanzando a éste contra una silla.

—Mocoso bastardo... ¡Te he hecho una pregunta!

Aquellos niños constituían una molestia tremenda para el mayordomo de Mitsumasa Kido. Tenían edades que no correspondían con su forma de actuar. Eran... especiales.

A Tatsumi le daban ganas de prenderles fuego a todos.

—Los golpes que des, te serán devueltos formando una tormenta de la cual— dijo, entre dientes— no podrás guarecerte.

Cuando el hombre intentó pegar de nuevo al niño, éste vio cómo su dragón de jade caía al suelo.

Tatsumi no se atrevió a volver a tocarlo cuando Shiryu se abalanzó sobre la escultura. Con estupefacción, el japonés vio como cómo un aura verdosa rodeaba al pequeño.

El Dragón Naciente estaba con él.

El hecho constituía una novedad. Algo que debiera ser comentado con Mitsumasa. El pequeño era idóneo para el Proyecto Futuro.

Tatsumi sonrió. No volverían a ser masacrados de nuevo por los norteamericanos. El Soldado Definitivo era la salida, y Shiryu... sería uno de ellos.

De eso se encargaría él. Así, perdería de vista a los pequeños bastardos y serían útiles para su país.

Y, por añadidura, para él mismo.

—No pienso regresar, así que ya puedes irte por donde has venido— gruñó, elevando un brazo y señalando con el dedo dónde estaba el puerto.

Aiolos le miró fijamente. Se imaginaba una contestación así, por lo que no pudo evitar sonreír. Podría tener los poderes de un dios, pero Milo continuaba siendo un niño.

—Me da igual lo que me digas. Volverás al Santuario. Si no es de una pieza, será a trocitos.

—¿Y qué vas a hacer?—le desafió el otro—. ¿Obligarme? ¿Vestirte con tu armadura de oro y llevarme a rastras?

—Si eso es lo que quieres, así será, Milo— contestó Aiolos pacientemente.

El melio le ignoró y miró hacia el mar. Sus pies les habían llevado a la cala donde Milo besó a Calíope la primera vez.

Donde entrenaba con Perséfone, varios años atrás.

—Antes solía venir aquí, con ella— se giró y encaró a Aiolos, con furia en los ojos—. Cuando aún era mi maestra. Cuando aún estábamos unidos.

—Milo— intentó razonar Aiolos—, Perséfone sigue siendo tu maestra, y la unión que tenéis...

—¡Qué sabrás tú sobre uniones!—gritó—. Qué sabrás tú de los motivos que me han impulsado a volver a mi tierra, al lugar donde nací— escupió, mirándolo fijamente—. Tú, el divino Aiolos y tu hermano, el sabelotodo, me habéis complicado de tal manera la existencia que no puedo sentir sino odio hacia vosotros. Me dais asco. ¡Asco!

Intentó dejar el lugar pero Aiolos se lo impidió, agarrándolo del brazo.

—Creo que no te das cuenta de la gravedad de la situación, pequeño cabeza hueca. Estás— se acercó a él, y su aliento inundó las fosas nasales de Milo— enfrentándote a un caballero dorado, alguien de rango superior a ti, y lo haces como si fueras un navajero de los suburbios del Pireo. Perséfone estará muy orgullosa de conocer esta faceta tuya.

Milo inflamó su cosmos, invocando a las Agujas Escarlatas.

—Y por si fuera poco— dijo el otro, explotando el suyo— retas a un superior en una zona neutral, fuera del Santuario, a la vista de civiles, para demostrar… ¿Qué quieres demostrar realmente? ¿Qué dominas las bravatas? ¿Qué tu cerebro está seco de tanto sol y entrenamiento?

—¡Cállate, maldito seas!

Una ráfaga de Aguijonazos salió de su dedo, y Aiolos tuvo que utilizar todo su autocontrol para no enfrentarse a Milo en combate singular.

—¡Escúchame bien, suicida!— le gritó, tirando la caja de la armadura y colocándose en posición de defensa—. ¡Sólo tienes dos opciones!— un pequeño remolino comenzó a formarse a su alrededor, signo inequívoco que su cosmos empezaba a expandirse—. Una de ellas es venir conmigo, como un niño bueno, y volver al Santuario fingiendo que esta excursión no ha sucedido, o venir conmigo, después de enfrentarte a mí, metido en la caja de mi armadura. ¡Y te puedo garantizar que esta última experiencia no será agradable!

—¡Inténtalo! ¡Trata de vencerme, si es que puedes!— contestó Milo, enervado—. ¡Eres un prepotente!— finalizó, gritando, a la vez que lanzaba una segunda ráfaga de Agujas.

—¡Y tú un imbécil!— replicó el otro, lanzándole un par de ataques que chocaron contra el de Milo, perdiéndose ambos en el enrarecido ambiente—. ¿No te das cuenta del dolor que le causarás con tu huida?

Milo le miró, quieto, con la boca torcida en una sonrisa irónica.

—Puedes ir a consolarla. Eso se te da muy bien.

Aiolos sintió cómo la ira le inundaba. Cerró el puño y le dio un fuerte golpe a Milo en el mentón. Este cayó al suelo y lo miraba, con odio contenido.

—Ante todo— escupió, despectivamente— Perséfone merece tu respeto, así que mide tus palabras.

Milo cerró la boca, furioso.

—La conozco desde que llegó al Santuario— continuó hablando Aiolos, mientras recogía la caja de la armadura—, lleva siendo mi compañera mucho tiempo antes de empezar a entrenarte. Si crees que necesita el consuelo de alguien, estás muy equivocado. Ha hecho de ti un gran guerrero pero como persona... ¡dejas mucho que desear!

Se levantó, sacudiéndose el polvo, intentando no llevarse la mano a la cara para frotarse el impacto.

—No estoy compitiendo contigo, Sagitario— le contestó con desprecio—. Estoy por encima de eso ya... y puedes meterte todas tus estupideces por...

Iba a decir una soberana obscenidad cuando algo le interrumpió.

—¡Espartano!

Milo cerró la boca cuando oyó una voz femenina gritar a lo lejos. Se giró, y Aiolos también lo hizo para saber quién era la que había conseguido rebajar al melio los humos de aquella manera.

Allí estaba, de pie, a unos cincuenta metros de los dos caballeros. Con el rostro contraído, una mueca de enfado, y los ojos desprendiendo auténtico fuego.

Milo la miraba, atónito.

Hechizado, más bien.

—¡Vuelve con tu escudo, o sobre él! [3]

El ambiente se notaba crispado. Aiolos pudo sentir como la muchacha y Milo mantenían un lazo indestructible, y ella calmaba los ánimos del joven griego. En aquella escena, el Arquero notó que su propia presencia era superflua, por lo que decidió dejarlos a solas y retirarse. Sabía que las palabras ya estaban de más, por lo que expandió su cosmos y tocó el de ella, y tuvo que retraerse al notar el aura que emanaba de aquella mujer.

Era como entrar en contacto con la propia esencia de un dios menor, camuflado en cuerpo mortal, ya que mostraba tal potencial y poder que Aiolos no comprendía cómo aquella muchacha no formaba parte de las tropas de Atenea.

“Miramos demasiado con los ojos del cosmos, y dejamos de utilizar los de ver”

Las sabias palabras de Perséfone volvieron a su mente.

Milo comenzó a caminar hasta quedarse frente a ella. La muchacha llevaba una bolsa en la mano, y el joven griego acarició la espada, que sobresalía por un lado. Tomó el petate y se lo colocó al hombro, para luego abrazarla y besarla apasionadamente.

Aiolos permanecía allí, como mudo espectador, impresionado por lo que el aura de Milo era capaz de mostrar: su dolor, su pena, sus ansias de ser feliz, su miedo a la soledad, y el amor que le fue vedado, y del que ahora se despedía.

Estuvo varios minutos allí, bajo el sol, abrazado a su hermana, besándola y acariciándole el cabello. El pañuelo que cubría su atractiva cabellera oscura reposaba en el suelo, y Milo la contempló por última vez, para luego girarse y dirigirse hacia Aiolos.

—Siento mucho todo lo que ha ocurrido. Reconozco que merezco un fuerte castigo por haberme enfrentado a ti, pero necesitaba despedirme de mi hermano.

El Arquero asintió.

—En el Santuario veremos cómo solucionamos este incidente.

Milo se volvió, sin escucharlo, y tocó con su cosmos el de su hermana.

—S’agapo, Calíope.

Y en el aura de Aiolos, la respuesta de ella hizo eco. La mujer poseía un control bastante depurado de las técnicas de meditación de la orden de Atenea.

—S’agapo, athelfos.

Y Milo emprendió el camino de vuelta al Santuario, sin abrir la boca, y con una sombra de madurez en su hermoso rostro.

Una madurez que no había hecho sino empezar.

Aiolos agradeció la determinación del espartano de volver a Atenas. Allí le recordaría que aquella no era la manera de enfrentarse a un caballero dorado. Pero eso sería cuando Perséfone estuviera de nuevo con ellos.

De nuevo con Milo.

De nuevo... junto a él.

Entreabrió los ojos y un agudo pinchazo en sus nervios ópticos le obligó a cerrarlos. La luz le hacía daño, y la fuerte presión en sus sienes así se lo demostró. ¿Dónde estaba? No reconoció el techo, y girando la cabeza, tampoco le era familiar la pared ni la puerta. Una mesa de noche pegada a la almohada, un dosel que cubría la cama donde permanecía tumbado y la presencia que su cosmos había detectado eran incógnitas para él.

—No abras los ojos— le ordenó la voz.

Afrodita respiró hondamente.

—Me gusta ver muertos. Me tranquiliza.

El sueco sintió una punzada de temor. Intentó mover los dedos de los pies, y aunque puso todo su empeño en la labor, no consiguió resultado alguno.

Estaba a merced de aquel desconocido.

—Estás drogado. Tardarás en poder levantarte sin ayuda.

Afrodita sintió una mano en su rostro. Una piel recia, con las evidencias de trabajos duros y penosos en sus palmas, trazaba finas líneas sobre su nariz y pómulos.

—No sabía que eras un hombre. Pero es mejor así. Me gusta tu cara.

Abrió los ojos y se fijó en el dueño de la voz. Era moreno, de pelo corto, y mirada extraña. Sus pupilas se mostraban desnudas, como si no tuvieran miedo a nada que la vida pudiera depararle, y las ilusiones tampoco encontraran allí un lugar dónde escudarse.

Afrodita seguía sin poder hacer ni el más nimio de los movimientos.

—Tus rosas son exquisitas. He colocado unas cuantas sobre ti. Me gusta verte mientras duermes. Parece que estés muerto.

El joven moreno estiró la mano y el caballero de Piscis sintió cómo le acariciaba el torso, el abdomen y las piernas. Era un placer al que se entregaba con frecuencia, con su maestro, con sus compañeros, con los habitantes del pueblo remoto donde vivía.

Le enloquecía que adoraran su belleza y no tenía pudor alguno en mostrarla en su máximo esplendor. Y ahora se sabía desnudo, por lo que un tremendo orgullo le recorrió de arriba abajo.

Era cuestión de tiempo que el desconocido cayera rendido a sus encantos.

—Me gusta tocarte— musitó el otro, como si recitara sus pensamientos a una congregación inexistente.

Afrodita quiso hablar, pero no pudo decir nada.

—No lo intentes, estás bajo los efectos del veneno.

El joven se fue desprendiendo de la ropa, y se quedó desnudo ante él.

—Me llamo Máscara de Muerte. Y deseo acostarme contigo.

El sueco abrió la boca, sorprendido, al sentir cómo el otro le separaba las piernas con violencia.

—Voy a acostarme contigo— le recalcó.

Afrodita sonrió, visiblemente excitado.

El caballero de Cáncer arrugó el rostro, y le dio un sonoro puñetazo en el mentón.

—No hagas ningún tipo de mueca. Cierra los ojos.

El caballero de Piscis obedeció sumisamente. Nunca había practicado aquel tipo de juegos, Syla era excesivamente convencional en la cama. Lo único que había hecho en contra de la orden era violar el precepto de acostarse con un aprendiz, y Afrodita continuó la relación por costumbre. No quería perder la oportunidad de enterarse de los planes de Syla antes que nadie, y realmente, el sexo que le proporcionaba era aceptable. Pero Máscara de Muerte le podía abrir un abanico de posibilidades muy interesante.

Los párpados de Afrodita fueron sellados con dos pétalos de rosa, una barrera psíquica que obligaba a su cuerpo a registrar cualquier toque del desconocido. Y eso fue lo que hizo: sentir la boca del caballero de Cáncer comenzando a recorrer, lentamente, el cuerpo del dorado de la Duodécima Casa, recreándose en los pezones, que mordía y pellizcaba. Afrodita tuvo que contener la respiración varias veces, para ahogar los gemidos que parecían querer salir huyendo de su garganta. Estaba disfrutando con aquel encuentro, y le gustaba el ritmo que Cáncer marcaba.

Un ritmo egoísta y macabro, que más bien parecía el amortajamiento de un cadáver que una relación sexual.

Máscara de Muerte no volvió a pronunciar una sola palabra más. Sus dedos generaban finas heridas en el cuerpo de Afrodita, similares a las que harían pequeñas cuchillas, haciendo manar la sangre, para luego cortar la hemorragia con su cosmos. Los suspiros del discípulo del Segador eran profundos, y el sueco sabía que su cuerpo tenía tal sensualidad que nadie era capaz de evitar sus encantos cuando se mostraba en toda su majestuosidad.

Porque Afrodita era un ser tremendamente bello.

El joven sueco utilizaba este nombre como apodo, ya que su nombre real muy pocos lo sabían, por no decir ninguno. Pero le iba bien. Representaba a la diosa de los deseos concupiscentes, y él podía decirse que era su máximo exponente.

Las manos de Máscara de Muerte simulaban las patas del artrópodo que tenía por constelación. La rudeza excitaba enormemente a Afrodita, que ahora sí gemía entrecortadamente, mientras el otro metía la cabeza entre las piernas del sueco, inflamándolo hasta límites insospechados.

Eran dos animales enfrentados. Uno carroñero contra el otro, acuático, en la improvisada arena de sábanas de hilo, bastas y ásperas, que se estaban llenando de humedad producto del sudor de ambos cuerpos.

Los pétalos de rosa resbalaron de los párpados de Afrodita, y éste abrió los ojos para ver a Máscara de Muerte colocado sobre él. Había eyaculado con movimientos violentos y llenos de pasión, justamente lo contrario a lo que ocurría cuando se acostaba con Syla. El caballero de Cáncer sacaba lo más oscuro del interior de Afrodita, y sólo con mirarle a los ojos supo lo que el dorado tenía en mente. Abrió la boca y recibió su propio semen, que recogió y tragó disciplinadamente, mientras el otro volvía a pellizcarle los pezones y los testículos, e incluso le hacía fuerza con la rodilla en estos, obligándole a abrir las piernas aún más.

La penetración fue dolorosa. Máscara de Muerte le hizo girarse, como si fuera un muñeco, y le alzó las caderas para entrar en él con violencia y determinación. Afrodita gimió, pero Cáncer no se detuvo. La invasión obtuvo resistencia durante unos minutos, tiempo que Máscara de Muerte estuvo dentro de su compañero sin moverse, masturbándole de nuevo, excitándole y enervándole de tal manera que el caballero de la Duodécima Morada sintió cómo su cuerpo amenazaba con reventar de gozo. Luego, cuando vio que el dolor había remitido lo suficiente como para que los desgarros no fueran un problema demasiado importante, continuó adelante, entrando y saliendo de aquel cuerpo de piel clara y tersa, suave y deseable.

Máscara de Muerte sonreía, entre sadismo e infantilismo, generando dolor para luego curarlo y disfrutando con cada uno de los espasmos de Afrodita. Le gustaba aquel joven, ya que comprendía perfectamente lo que estaba sucediendo en aquella habitación y no oponía resistencia.

Eso significaba que no le mataría. Que no le partiría el cuello y luego devoraría sus entrañas.

Máscara de Muerte no se vería en la necesidad de comportarse como lo que era, un carroñero.

Y su rostro, no adornaría su cuarto. No formaría parte de su colección.

Cuando eyaculó, salió de Afrodita y se levantó, obligando al sueco a girarse.

—Volveré a verte— le dijo.

El otro estaba sobre la cama, agotado, con los ojos abiertos y el rostro pétreo.

—Eres perfecto. Y me gusta que parezca que estés muerto.

Afrodita no se movió.

—El próximo día, probarás mi semen. El próximo día, dejaré que hables— le dijo, mientras se terminaba de colocar el uniforme de entrenamiento.

El sueco parpadeó, asintiendo.

—Hasta mañana, Afrodita de Piscis.

Y sólo cuando el otro salió por la puerta, el joven sonrió. De satisfacción y felicidad. Había conseguido que Syla se saltara todos los preceptos para conseguir la armadura. Incluso el sexo que practicó con él era agradable, pero hasta que tuvo a Máscara de Muerte dentro de él, no se dio cuenta de lo placentero que podía llegar a ser acostarse con un hombre.

Y más si adoraba tanto la muerte como él mismo.

—¡Ahora, Camus, ahora!

Los gritos excitaban al discípulo de Aristeo y una pequeña sonrisa curvó sus labios. Había conseguido llegar al Cero Absoluto durante unos pocos segundos, y la torre de hielo que tenía ante él era descomunal.

—Fantástico— comentó el caballero de Acuario, observando la obra de su pupilo—. Pronto estarás preparado para enfrentarte a las pruebas de la armadura.

Camus se sentía lleno de emoción.

—¿Por qué sonríes?— preguntó Aristeo, seriamente—. Esto es un entrenamiento, no una feria.

El rostro de Camus se volvió inexpresivo.

—Me sentía feliz por el logro conseguido, pero no volverá a ocurrir.

—Somos ánforas que recogemos los dones de Atenea, Camus— abrió la puerta de la cabaña y le hizo una seña para que entrara primero—. ¿Has visto alguna vez un ánfora sonreír?

—No, maestro— respondió el otro, secamente.

—Pues que no vuelva a repetirse. No es necesario vanagloriarse por la ejecución precisa de un deber. Simplemente, se realiza con la mayor destreza posible y sin vestigio alguno de orgullo. El orgullo corrompe el alma de los caballeros.

Camus clavó la vista en la ventana, manteniéndose en silencio, hasta que oyó el sonido de una moto de nieve, lo que hizo que su boca se contrajera casi imperceptiblemente.

No quería que Aristeo notara la desazón que el muchacho del pueblo generaba en él.

Elevó su cosmos para camuflar el nerviosismo que las visitas semanales de Mikhail le producían. Rubio, de ojos azules y pelo encrespado, el acento ruso del joven resultaba delicioso a los oídos del francés.

—Camus— pronunció el alemán, mientras abría la alacena, preparándose para servir el almuerzo—, ahí está el mozo del almacén. Continúa con los preparativos de la comida y cuando termines, sal a ayudarme.

El aprendiz asintió. Se imaginaba que, visto lo ocurrido con la hermana de Mikhail, Aristeo no le permitiría acercarse a otro ser humano en mil años.

Lo cierto era que, siendo sincero consigo mismo, le gustaba mucho más el chico que Irina, la mujer que lo intentó seducir en el pueblo. Pero tanto uno como la otra eran inaccesibles para él.

El Anfora estaba destinada a recibir los dones de Atenea, y cualquier otra cosa que se alejara de esa verdad empírica, constituía un fuerte agravio para la Orden.

Se colocó una pelliza de piel de oso y salió por la puerta de la cabaña, con intención de ayudar a su maestro. Este descargaba pesados fardos mientras Mikhail los acomodaba en el cobertizo situado en la parte de atrás.

—Ayúdame con estos, y llévalos a cubierto— ordenó el caballero de Acuario.

Camus agarró un par de sacos y se los colocó a la espalda, con la idea de terminar de descargar el trineo lo más pronto posible, ya que en el horizonte, parecía que se iba a desatar una tormenta. Al entrar en el improvisado almacén, chocó con el joven, y éste, al pedirle Camus disculpas, clavó sus ojos en él.

El aprendiz de Aristeo sintió un cosquilleo en su estómago.

—He estado con un conocido tuyo en el pueblo— le susurró Mikhail al oído.

Camus miró hacia fuera, su maestro seguía colocando fardos uno sobre el otro en el exterior.

—No sé de qué me estás hablando— replicó, sin cambiar de expresión. Al punto se arrepintió de haberle contestado así, ya que creyó que aquellas palabras espantarían al ruso. Se equivocó.

—Parezco el correo del Zar. Toma.

El francés abrió los ojos y enarcó una ceja, extrañado. Cuando reparó en lo que el otro le tendía, se quedó boquiabierto.

Era un libro de bolsillo, bastante gastado y con anotaciones en los márgenes. Algo que no creyó encontrar en gente tan ruda y castigada como la de aquella parte de Siberia.

“La vida en la Grecia del Siglo de Pericles” era su título.

—No puedo aceptarlo— susurró Camus, imaginando la escena si su maestro los sorprendía.

—El hombre que me lo dio ha recorrido medio país para encontrarte— le dijo el otro, sin hacerle caso—. Estuve hablando con él, me comentó lo mucho que te gusta la cultura griega.

El aprendiz de Acuario sintió cómo sus mejillas amenazaban con ruborizarse, pero frenó la sensación bajando la temperatura de su cuerpo. Era una técnica que había comenzado a utilizar para evitar las miradas inquisidoras de Aristeo, y cada vez la tenía más perfeccionada.

—En el futuro seré caballero de Atenea, la diosa griega de la Sabiduría— contestó sin aspavientos—. Es lógico que me interese esa cultura en particular, aunque no rechazo el estudio de otras, sobre todo— miró al ruso— a través de su arte.

Mikhail se quedó quieto, observándole.

—Todo eso es fascinante, Camus, pero yo, aparte de escuchar tus inquietudes intelectuales, he venido a comunicarte otra cosa de naturaleza más... íntima.

El francés se envaró.

—El Santuario tiene un convenio firmado con tu padre para abastecernos de provisiones... no creo que desconozcas ese hecho, Mikhail. Cualquier otra relación, de la naturaleza que sea, es impensable.

—Te estás precipitando. Escucha lo que tengo que decirte y luego obra en consecuencia.

—¡Camus!— se oyó desde el exterior—. ¡Sal a ayudarme!

El discípulo se giró, con intención de reunirse con su maestro. Se quedó de piedra cuando vio cómo Mikhail le agarraba por un brazo.

—Irina está embarazada. Mi padre la desollará si no te haces cargo del niño.

—¿Qué estás diciendo? ¡Yo no soy el padre!— elevó el joven la voz.

Cuando iba a soltarse, Aristeo irrumpió en el cobertizo.

—¿Qué está pasando aquí?— inquirió, furioso.

—Ya se iba, maestro— contestó el francés, pasándole el libro a Mikhail.

—Y no volverá. De eso puedes estar seguro.

Camus sintió cómo se mascaba la tragedia.

—He intentado por todos los medios que no tuviera usted que enterarse de este desagradable incidente— comenzó a hablar el ruso—, pero no me queda más remedio que anunciárselo. Mi hermana está embarazada de su pupilo, y exigimos una compensación.

Aristeo abrió la boca, atónito, para luego prorrumpir en sonoras carcajadas.

—No veo que el tema tenga gracia alguna, señor— finalizó el mozo del almacén.

—Muchacho— Aristeo le agarró por el hombro, indicándole que saliera al exterior—, mi aprendiz está libre de sospecha. Confío en él y sé que de haber dejado embarazada a su hermana, me lo habría confesado.

—¿Y tenemos que confiar en su palabra? ¿Quién se va a hacer cargo del niño?

—Eso no es asunto nuestro. El convenio suscrito con Atenas habla de provisión de víveres, no de maridos para mujerzuelas.

Mikhail se soltó, lanzándole el libro a Camus, que caminaba tras de ellos.

—¡Mujerzuela, dice! ¡No ose hablar así de mi hermana, estúpido cabeza cuadrada!

Camus recogió el libro, nervioso.

—¡No son necesarias las descalificaciones, Mikhail!— gritó, intentando que no se desatara la furia de Aristeo.

—Mi hermana se casará con su aprendiz, haga usted lo que haga. Le comentaré al Patriarca lo que ha ocurrido y él le obligará a entrar en razón.

—¿Cree usted, joven— preguntó Aristeo elevando una ceja—, que he educado tan mal a mi pupilo como para tener que hacer partícipe al Patriarca de un incidente de naturaleza tan desagradable, donde él no tiene nada que ver?

—Si ha dejado embarazada a mi hermana, tendrá que cargar con la criatura.

Camus tragó saliva.

—¿Tienes algo que decir a eso, Camus?

—Yo no soy el padre. Nunca la he tocado.

—¡Eso es falso! ¡Ella dice que fornicásteis en el almacén!

—Mikhail, hace meses que no voy al pueblo. Es impos...

—Déjalo, Camus— cortó el alemán, con una mueca divertida en el rostro—. Este analfabeto, que nació entre nieve y entre nieve morirá, quiere demostrarme que sabe más de la Orden que yo mismo— elevó su cosmos y la armadura le recubrió, dándole aspecto de dorado querubín—. Este ser infecto que estoy seguro se masturba pensando en lo que tiene en su casa, una golfa mayor que él— una mueca de disgusto se reveló en su rostro—, quiere darme a mí, el caballero de Acuario, lecciones sobre cómo educar a un discípulo.

Camus se quedó petrificado.

—Y la puta de su hermana, que te persiguió como una perra en celo, lo manda a él como paladín de las causas perdidas para que los guerreros que tenemos el voto de celibato nos hagamos cargo de un bastardo que viva a costa de la misericordia de Atenea— le miró y sus ojos parecían dos brasas ardiendo—. ¿Me equivoco en algo?

Mikhail elevó su brazo y trató de cruzarle la cara de un puñetazo a Aristeo. El caballero de Acuario se puso en guardia y de una patada lo tumbó en la nieve, sacándole un hombro de sitio.

—¡Pero el joven está cultivado!— gritó, arrebatándole a Camus el libro de las manos. Cuando vio el título, tanto él como el francés palidecieron, por causas opuestas.

—No te cansas...— gruño, mirando a su discípulo.

—¡Maldito cabrón! ¡Esto duele!— aullaba el otro desde el suelo.

Aristeo se lanzó contra Mikhail, y a la velocidad de la luz, lo alzó del suelo, lo sentó en la moto de nieve y conectó el motor.

—Vete de aquí. No quiero volver a verte.

El joven, aunque sorprendido, no dio su brazo a torcer.

—¡Recibirá noticias nuestras! Mi padre no aceptará un “no” por respuesta.

—Muchacho, sal de los terrenos de la diosa o lo vas a lamentar.

—¡Me pondré en contacto con el centro administrativo griego y emitiré una queja formal sobre su forma de tratarnos!— le amenazó, mirándolo fijamente—. ¡Tendrán que salir a cazar si quieren subsistir en estos parajes!

Aristeo sonrió, y con un movimiento de su mano, le invitó a marcharse.

Mikhail se giró, extendiendo un dedo amenazador hacia Camus.

—Y tú, estás muerto. Te lo garantizo.

El francés se quedó atónito. Aristeo sonreía de medio lado.

—Vamos, discípulo— ironizó—. No habrá un momento mejor para que veas lo necia que puede llegar a ser la raza humana. ¡Y a ti, no te repetiré otra vez que te marches!

Camus notó cómo el cosmos de Aristeo comenzaba a expandirse peligrosamente.

—Eres muy valiente con una armadura. Pero te prevengo, hasta ese nazi compatriota tuyo fue tragado por la estepa de la Madre Rusia. ¡No te tengo miedo!

—Es la última vez que te digo que te marches de los territorios de Atenea, muchacho.

—¡Vete! ¡Hazlo ya!— le gritó Camus, sabedor de lo que estaba a punto de ocurrir.

Aristeo explotó su cosmos hasta llegar al paroxismo y un tremendo remolino de aire se formó en el exterior del cobertizo. Camus sintió cómo se le helaba la sangre, al ver a su maestro llevando a cabo una de las técnicas más implacables que conocía.

—¡Corre, Mikhail, huye! ¡Huye!

El ruso seguía retando a Aristeo en la distancia, aunque no tuvo tiempo de adivinar qué se le venía encima cuando el choque del Trueno del Alba lo elevó más de quince metros sobre la nieve para dejar caer su cuerpo a plomo. Aristeo había ejecutado una de sus katas más mortíferas contra un enemigo que estaba desarmado y por añadidura, era civil.

Camus salió corriendo, horrorizado, pero Aristeo lo detuvo.

—¡Déjalo ahí! ¡Que sepa que con un Caballero de los Hielos no se juega!

El joven francés se giró, para mirar a su maestro, con el rostro desencajado.

—¡No tenía armadura! ¡No era una amenaza!— le gritó—. ¿Esto son las premisas de Atenea? ¿Estas demostraciones de poder son lo que significa ser caballero?

—¡El nos insultó! ¡A nosotros, los caballeros de los Hielos! ¡A la propia diosa!

—¡No insultó a nadie! ¡Simplemente dijo varias estupideces porque en el pueblo las habladurías le destrozarán a él y a su familia!

Aristeo lo tomó del brazo y lo zarandeó, preso de la ira.

—¡Todo esto viene desde que no supiste hacerle entender a esa golfa que eras un caballero célibe!— Cargó el puño y lanzó un ataque hacia el desprotegido Camus pero el francés pudo rechazarlo con relativa facilidad—. ¡Así que eres tan culpable como él!

—¿Cul... pable?— el joven aprendiz se colocó en posición de combate. No tenía mucho que hacer frente a Aristeo pero esta vez pensaba defenderse.

—Muy bien, discípulo. Si así lo quieres, así lo vas a tener. Mírame detenidamente porque te voy a enseñar el arma más mortífera de los caballeros de los Hielos: la Ejecución de la Aurora.

El francés tragó saliva. El viento arreciaba alrededor de ellos.

—Dime, Camus, ¿Qué es el Cero Absoluto? ¡Responde!

El muchacho no contestó. Estaba demasiado ocupado en mantenerse en su lugar, y no salir despedido a causa de las corrientes de aire que lo sacudían como si fuera una estera.

—Lees mucho sobre la Grecia Clásica pero no tienes la más remota idea de física. Pero no te preocupes, Camus, porque vas a descubrir la esencia del Cero Absoluto sobre tu piel. Esa piel que deja al que te mira completamente idiotizado.

Aristeo elevó su cosmos aún más, y la armadura se rodeó de un espectacular halo dorado—rojizo. El francés continuaba en estricto silencio.

—¡Respóndeme!

—El Cero Absoluto— dijo Camus, trastabillando, mientras su cabello danzaba enloquecido impidiéndole fijar la visión— es la falta de velocidad de...

—¡Vamos, Verseau, usa tus técnicas para evitar que te mate! ¡Encandílame como lo haces con ellos!

Dos ataques fueron repelidos.

—¡Ellos son los que me buscan a mí! ¡Mi actitud es intachable!

Aristeo lanzó dos puñetazos en forma de Polvo de Diamante a su alumno, que le obligaron a saltar, esquivándolos de esta manera.

—¿Intachable? ¿Cómo pretendes que te crea cuando sólo les falta balbucear por ti? ¿Cuántas veces te he dicho que tu aspecto será lo que te destruya como caballero?

—¿Y qué he de hacer? ¿Cubrirme con un velo? ¿Colocarme una máscara, como si fuera una amazona?

Un silencio tenso cayó sobre los dos, consiguiendo que Aristeo rebajara su cosmos a cero. Camus le miró de soslayo, para ver cómo el alemán abría el libro objeto de discordia, y se disponía a ojearlo.

—Así que es esto— localizó una anotación en un color rojizo, resaltando un párrafo en concreto—. El bibliotecario, la muchacha del almacén, su hermano... todo se resume en esto...

Camus estaba ante él, más helado que la propia nieve que le rodeaba.

—Está bien— cerró el libro, y lo agarró con firmeza—. Ven— le ordenó.

El joven francés se dirigió a su maestro, sin cuestionar el mandato. Cuando estuvo ante él, un escalofrío le recorrió.

—Estás buscando a alguien que te inicie al estilo griego, ¿verdad? Por eso las preguntas y las dudas en mitad de la noche. Por eso la constante violación de mis órdenes.

—¿I... niciar?— preguntó Camus, tragando saliva.

—No te hagas el imbécil— contestó, furioso—. Es evidente que el voto te trae sin cuidado. Ni siquiera has finalizado los preparativos para jurarlo, aunque hace meses que te lo insinué. ¿Quieres una iniciación espartana? Muy bien, yo te la voy a dar.

—No... no sé de qué... me está hablando...

Aristeo lo agarró por la cabellera y lo metió en la cabaña, para lanzarlo contra la cama.

—Elige, Camus. Tu catre o el mío.

Tenía los ojos desorbitados, y una sensación de opresión en el pecho que no le permitía respirar con facilidad. El miedo le recorría, paralizándolo, mientras veía cómo Aristeo se iba desprendiendo de las piezas de la armadura.

—Ya lo dice el libro, Camus. Al ser yo tu mentor, debo iniciarte en todas las disciplinas. Así que tendré que conseguir que goces como una puta debajo de mí.

—¡No se trata de eso! ¡No entiende usted nada!

—¿Qué no entiendo nada? Será que los años me han vuelto idiota— se arrancó el justillo, dejando su pecho al descubierto, para luego despojarse de los guanteletes—. ¡No soy yo el que recopila libros de mitos de hace más de tres mil años! ¡No soy yo el que consigue que hombres que viven a miles de kilómetros crucen el país por mí! Pero ya que los sueños no te dejan dormir, y anhelas un cuerpo como el tuyo partiéndote a la mitad... yo te lo voy a proporcionar. Si eres mi responsabilidad como guerrero y como hombre, te iniciaré hasta que te quedes harto de sentirme dentro. ¿No es eso lo que buscas, Camus? ¿Ser griego en un ejército griego con compañeros griegos? ¡Pues te voy a enseñar lo que significa la palabra “griego” hasta que me grites que no puedes más!

El francés tenía una mueca de pavor en el rostro y la boca completamente seca.

—¡No! ¡No!

—¿Por qué no? ¿Acaso no soy tu tipo? Eso no me lo creo— sonrió de forma cruel—. ¿O pensabas que no me había dado cuenta de cómo me miras cuando me meto en la ducha?

—¡Nunca lo he mirado con lascivia! ¡Estoy fuera de toda sospecha!

—Eres un mentiroso. Conozco a los niños como tú. En el Santuario hay un montón de ellos, y consiguen las armaduras ¡fornicando con sus maestros!

Camus comenzó a recular sobre la cama. Aristeo, preso de una ira incontenible, lo atrapó por un tobillo y tiró de él mientras se soltaba el enganche de las botas de la armadura. El francés se resistía y, moviendo la pierna, trató de liberarse del agarre de su maestro, pero al ver cómo éste lo arrastraba por el colchón, no tuvo otra opción que reaccionar.

Se apoyó sobre las manos y lanzó una patada con toda la fuerza que fue capaz, impactando en la boca del estómago de Aristeo. Este, sorprendido, salió despedido hacia atrás, sintiendo cómo su espalda se estrellaba contra la mesa, para terminar sentado en el suelo rodeado de restos de madera y de utensilios de cocina.

—Yo… lo siento, maestro, yo…— balbuceó, mientras se colocaba de rodillas en la cama.

Aristeo se incorporó con los ojos inyectados en sangre, y se quedo un momento mirando a su discípulo, que tenía el horror tatuado en su rostro, mientras recuperaba el resuello.

—Ahora me tienes miedo. Antes me odiabas por haber atacado a Mikhail. ¿Qué vendrá después? ¿Una muestra completa de todo lo que puedes sentir hacia mi persona? ¿Cuántas veces te he dicho que te libres de todo sentimentalismo? ¿Cuántas? ¿CUANTAS?

—¡Le admiro! ¡Es usted el mejor caballero de la Orden! ¡El más recto! ¡El más devoto!

—No soporto— escupió al suelo una gota de sangre, para luego limpiarse con el reverso de la mano la boca— que ahora vengas a decirme lo bueno que soy. ¡Te he dicho que te voy a iniciar y por Atenea que lo haré aunque sea profanando un cadáver!

—¡No puede estar hablando en serio! ¿Qué hay de su voto? ¿Qué hay de su celibato?

Aristeo se lanzó sobre él y fuera de sí le placó, cayendo los dos sobre la cama. Las patas del somier no pudieron resistir tanto peso y se partieron, acabando maestro y discípulo en el suelo. En ese momento, el joven francés aprovechó para darle un fuerte empujón a su mentor y de esta manera liberarse de tan correoso contrincante, huyendo de la cabaña a toda velocidad. El alemán le siguió, medio desnudo, quedándose en la salida, con cara de pocos amigos.

—¡Camus!— le gritó—. ¿No te das cuenta?

Comenzaba a nevar, y los cosmos de ambos estaban ardiendo, evitando que sintieran la mordedura del frío.

—¿De qué?— preguntó el otro, presa de los nervios.

—¡De mi fracaso como maestro!

—¿Fra... caso?— preguntó atónito el francés, sintiendo cómo le temblaba el labio inferior de miedo.

—¡Sí, mi fracaso! ¡No eres puro, sino otro Acuario más!

—¡Sigo siendo virgen! ¡Nadie me ha tocado! ¡Estoy inmaculado, como la nieve que pisamos!

La ventisca, rodeando a ambos caballeros, era sensacional.

—¡No te han tocado, pero tus pensamientos no se centran en la adoración a Atenea! ¡Eres como una meretriz!

—Maestro, ¡Jamás le he avergonzado! ¡He seguido sus consejos uno tras otro! ¿Por qué me trata así? ¿Qué he hecho mal?— deseaba llorar, pero algo se lo impedía. Algo que crecía hacia el exterior, protegiéndolo.

—¿No lo entiendes?— extendió sus brazos, elevándolos al cielo y enlazó los dedos a continuación, cerrando la distancia entre ellos, para preparar su ataque—. ¡Te tomé como aprendiz porque necesitaba que fueras mi redención!

—¿Redención?

A la vez que Aristeo realizaba los movimientos de la Ejecución de Aurora, Camus iba imitando a la perfección todas sus acciones.

—Por mucho que intentes parecerte a mí, no lo conseguirás. Eres impuro, como yo, pero tu pecado es incluso más abominable. ¡Eres una afrenta para nuestra Casa!

Detrás del caballero de Acuario comenzó a dibujarse la undécima constelación, y las tres estrellas principales, las Afortunadas, sonrieron a su dueño, dotándolo de su poder.

El poder de los Hielos Eternos.

Para sorpresa del alemán, tras la espigada figura de Camus, la Diosa del Agua se iba formando, reconociéndole como uno de sus Ejecutores.

Concediéndole la gracia de efectuar su ataque.

—Si algo hice que le disgustara, maestro— finalizó Camus, con una voz completamente resguardada de sentimientos— pido perdón, pero me reitero en que mi conducta…

Aristeo no le permitió seguir hablando. Simplemente descargó toda su ira contra él, atacándole; al mismo tiempo, Camus contraatacó, imitando la técnica con una habilidad y destreza notable. Como resultado, los dos guerreros salieron despedidos hacia atrás, y el joven francés cayó como un pesado fardo sobre la nieve.

De no haber sido por su velocidad, esquivando el chorro de partículas heladas en el último instante, Aristeo se encontraría en un penoso estado.

—Nunca... debes bajar la guardia, muchacho. Ni siquiera ante mí— finalizó el alemán, con la cara llena de nieve.

El caballero de Acuario avanzó, con su cosmos completamente expandido, hasta llegar ante Camus. Éste, antes de ser golpeado por el ataque de su maestro, se había recubierto de una fina capa de escarcha, encerrando su aura en ella para evitar perder el calor corporal. Era como una especie de cápsula criogénica, algo muy parecido a un ataúd de hielo.

Aristeo lo tomó en brazos, con el máximo cuidado, y lo metió en la cabaña. Lo colocó sobre su propia cama, y lo cubrió de mantas. Luego, recogió al terco Mikhail, y utilizando su cosmos, le repuso de toda herida interna, para llevarlo a la casa del médico y dejarlo allí, desfallecido. Cuando volvió a la cabaña, Camus seguía inconsciente, ocasión que el caballero de Acuario utilizó para calentar un caldo reconstituyente.

—No puedo explicártelo para que lo comprendas— le susurró, en la soledad de la cabaña, mientras se permitía acariciarle el rostro, tratando de derretir la escarcha—. Eres mejor que yo. Más fuerte, más tenaz. Más...

Tuvo que suspirar al reconocerlo.

—Más... hermoso, Camus. El más hermoso de todos nosotros. El más perfecto. El mejor.

Recogió la armadura y se puso a servirse la comida, mientras vigilaba a su aprendiz, que regeneraba su cosmos paulatinamente.

—Nosotros, Camus, somos diferentes al resto del Zodíaco. Es por eso que la Orden nos ama y nos teme por igual— se acercó el cuenco a la boca, arrugando el rostro al comprobar lo caliente que estaba—. Ellos, nuestros compañeros, poseen el poder del cosmos hirviente, y cuando lo desatan, transforman toda su aura contenida en fuego. Un fuego purificador que siembra la devastación por donde quiera que pasan. Todo lo contrario al nuestro.

Elevó su cosmos y rebajó la temperatura del recipiente, suspirando a continuación.

—El Hielo, nuestro elemento, puede matar a un deseo nuestro, pero también conserva, dejando la firma de los caballeros de Acuario, su rúbrica. El fuego, la forma física del poder del resto de la Orden, sólo purifica, generando vulgaridad. El Hielo, tal y como nosotros lo comprendemos y dominamos, crea belleza.

Tomó un gran sorbo del caldo.

—Y así has de ser tú. Como los glaciares. Gélido. Impenetrable.

Las cejas del francés comenzaron a moverse.

—Mortal.

Aristeo continuó comiendo, a la vez que leía el libro que Mikhail había traído. No pudo evitar observar, con una calidez inusitada en la mirada, el rostro de su aprendiz.

Y se avergonzaba por sentir admiración por su físico. La armónica, fascinante e impresionante belleza del futuro caballero de Acuario.

El mejor de todos ellos.

Despertó y miró al techo, descubriendo que estaba en el barracón donde solía dormir. Le dolía tremendamente la cabeza, y únicamente el sonido de su respiración rasgaba el silencio que le envolvía. Pero no estaba solo. Su gemelo, con la mirada ausente, permanecía en completo mutismo perdido en sus propios pensamientos.

Kanon le observó y sintió un escalofrío al comprender que tenía ante él a un completo extraño. Se habían criado juntos, pero Solaria, en vez de permitir que desarrollaran una relación de hermanos, los había enfrentado para conseguir que la selección natural eligiera al más fuerte y justo de los dos. La prueba de la Casa de los Gemelos concedió el privilegio de vestir la armadura de Géminis a Saga, y él mismo decidió, bajo su propia cuenta y riesgo, entrenar a Kanon para que ocupara su lugar si él caía en combate, a pesar de las advertencias de Solaria.

Intentó levantarse pero el Puño Diabólico aún ejercía su poder sobre él. Los músculos se negaban a obedecerle, y su cabeza estaba a punto de explotar. No quiso hacer ruido alguno, pero probablemente, aquella marea de pensamientos debieron alterar su cosmos y su hermano giró la cabeza, clavando sus índigos ojos en los de él.

De su boca no salió ni una sola palabra.

Saga mantuvo su rostro impasible, mientras Kanon hacía auténticos esfuerzos por zafarse del control mental.

—¿Es divertido?— preguntó Géminis, rodeando con los brazos sus propias rodillas, mostrando un falso aire de fragilidad.

—¿El... qué?— contestó Kanon, tratando de recuperar el control de su propio cuerpo.

—Que utilicen el Puño Diabólico contra ti. Que estés a merced de cualquier desaprensivo.

Kanon abrió la boca, interrogativo.

—Atacaste a una superior. En tu encuentro con ella le partiste una pierna. ¿Creías que no me iba a enterar?

El gemelo hizo una mueca de desprecio.

—¿Acaso importa lo que le ocurra a esa perra?— escupió—. No me dirás que ahora te preocupas por ella, hermano.

Kanon recalcó la última palabra, consiguiendo que Saga se levantara y se sentara a su lado. El cuerpo del gemelo de Géminis estaba rígido en la cama, como si estuviera a punto de ser embalsamado. Los músculos permanecían firmes y Saga situó una de sus manos en el pecho de su hermano, sintiendo cómo el corazón latía bajo la piel.

Sonrió cuando le colocó los brazos cruzados sobre el tórax, simulando la postura que adoptaría un cadáver en la caja. Kanon sintió cómo los pelos se le ponían de punta.

—Perséfone tendrá multitud de defectos, pero es el caballero de Escorpio. Es tu deber tratarla con respeto.

Kanon no había reparado en el cambio que estaba sufriendo su hermano ante sus propios ojos. La mirada, siempre triste, se tornó en otra de odio visceral y de un brillo carmesí tal que el joven ático sintió cómo la sangre se le helaba en las venas.

—Aunque— continuó hablando el caballero dorado— debería dejar que alguien la asesinara y luego tirara su cadáver al mar. Es una tergiversadora, cínica y mentirosa. ¿Sabías que se acostó con Aiolos? Traicionó al Patriarca, a su aprendiz, a ti y a mí... y a Shura.

—¿Qué tiene que ver Shura con esto?— inquirió Kanon, dejando sus cartas al descubierto.

—¿Acaso tu amigo el español no te ha comentado lo obsesionado que está con acostarse con ella?— inquirió Saga, riéndose—. Lo mismo que tú, hermano. Sois patéticos los dos.

—Shura no es amigo mío. Solamente lo conozco...

—Cierra la boca, Kanon— ordenó Saga—. Solaria tenía razón. Es muy fácil conseguir que caigas en tus propias trampas.

Kanon inflamó su cosmos y el lazo mental se rompió, consiguiendo así el control de sus movimientos.

—Solaria, Solaria, Solaria— imitó la voz de su hermano—. ¡Se te llena la boca con su maldito nombre!

—Ella me quería, Kanon. A pesar de todo lo que ocurrió el día de la prueba del Laberinto de los Gemelos, ella sentía auténtica devoción por mí.

—¿Eso crees? ¿Qué sentía devoción? Eres un iluso.

Saga estiró el brazo y agarró a su hermano por el cuello, apretando a continuación.

—Conseguiste... la armadura... gracias... a mí...

Saga comenzó a reírse, mientras sus dedos se clavaban en la piel de su gemelo.

—Sigue blasfemando, Kanon, continúa soltando insolencias por esa boca, ¡Demuéstrame que tu atrevimiento no tiene fin!

Tenía a su hermano firmemente sujeto por la garganta, y éste comenzaba a quedarse sin aire. No suplicaba, ni imploraba, sólo el orgullo y la soberbia brillaban en sus ojos, que no dejaron de mirar a Saga ni un solo segundo.

—Aprieta... hermano... y muere... pasto de la ignorancia...

Saga relajó la postura y Kanon se incorporó, tosiendo.

—Ha llegado la hora de las confidencias, mikros athelfos [4]. Quiero que me lo cuentes todo ahora mismo o tendré que demostrarte cual es la diferencia entre tú y yo. Te enseñaré por qué Solaria me eligió a mí,... hermano.

Kanon lanzó una risotada al aire.

—¿Elegirte? Si no hubiera sido por mi intervención, aún serías aprendiz.

Saga elevó una ceja de sorpresa.

—Estás delirando.

—¿Eso crees? ¿Que deliro?— carraspeó, incómodo—. Pues permíteme que te diga, hermano, que ella susurraba tu nombre mientras estaba en su cama, todas las noches. Te deseaba de tal manera que enloqueció por ti.

Saga suspiró mientras se acomodaba en la cama, para sonreír a continuación.

—No enloqueció por mí. Ya estaba loca.

Kanon tragó saliva.

—Esquizofrenia paranoide— apuntó, apoyándose en un brazo—. Ese era el nombre de su enfermedad. Alternaba accesos de ira irrefrenable con episodios de una lucidez tal que dejaba a Shion congelado en su trono.

El gemelo de Géminis había enmudecido por completo.

—Por tu expresión, intuyo que no creías que yo conocía ese dato, ¿Verdad?— se acercó a él, furioso—. Pues siento haberte aguado la sorpresa.

—Si ahora estuviera aquí, junto a nosotros— musitó Kanon, tristemente— nos felicitaría. Ha conseguido que me odies, que yo no signifique nada para ti.

Saga meneó la cabeza, negando así las palabras de su gemelo.

—¿Odiarte?— su voz se volvió más cálida, dejando a Kanon perplejo—. Ni en el más febril de sus sueños conseguiría que yo odiara a mi propia carne. Intentó separarme de ti, acusándote de falsedades, de manipulaciones— los ojos de Saga volvieron a mostrar aquel azul tan intenso que tanta empatía despedían—, pero yo no la creí. Yo... siempre te quise...—se agarró la cabeza, preso de un fortísimo dolor en las sienes.

Kanon lo miró, atónito. Su voz cambiaba, oscilaba entre la gravedad y la delicadeza. Como si estuviera hablando con dos personas diferentes a la vez.

Si Saga se hubiera ocupado de él como siempre hizo, como el hermano cariñoso que lo sacó de Rhodrios... no habrían llegado al punto donde estaban ambos en aquel momento.

—¿Te... encuentras bien?— preguntó preocupado, tocando suavemente el brazo de su hermano, mostrando una ternura impropia de él.

—Perfectamente— escupió el otro, agarrándolo de la muñeca.

—Saga, estamos llegando demasiado lejos con esta situación— se quejó su gemelo, extrañado por el repentino cambio.

—Tú eres el que has llegado demasiado lejos con esta mascarada— replicó el otro—. Aparte de la falsedad y el engaño, ¿qué más artes dominas?

Kanon se recostó en la cama, desplazado por su hermano. No reconocía al hombre que estaba allí con él. Para el ático, el joven de flequillo partido se había convertido en su enemigo. De Saga no quedaba nada, excepto su aspecto físico.

—La discreción. Ese es el arma más efectiva— lanzó un farol al aire, intentando despistar al otro.

Saga se siguió acercando a él, colocando su rostro tan próximo al de su hermano que éste clavó la espalda contra la pared.

—Para los demás podrás ser el rey de la discreción pero yo leo en ti como en un libro abierto. La deseabas, lo sé. Cuando me entrenaba, la observabas desde las gradas situadas al norte. ¿O vas a tener la desfachatez de negarlo?

—De Solaria, sólo me interesaba su armadura. Quería que Géminis fuera para ti. Que te convirtieras en caballero.

—Y eso conseguí. Y no gracias a ti. Me diste— lo miró con un deje de tristeza— demasiados dolores de cabeza.

—Pues deberías estarme agradecido.

—¿Por qué, exactamente?— Saga comenzaba a impacientarse.

—Después de que el Patriarca os convocara para fijar la fecha del combate, ella tenía la sagrada misión de custodiar la armadura y velarla durante la noche antes del enfrentamiento. Tú debías enclaustrarte en el Santuario de Retiro, y ella en el Templo de Géminis.

—Todo eso ya lo sé. Abrevia, no tengo todo el día.

—Solo quería que supieras, que mientras tú estabas en la cabaña, implorándole a los dioses, ella...

—No sigas...— amenazó Saga.

—¡Se retorcía debajo de mí, arañándome la espalda, mordiéndome hasta hacerme sangrar!— le explicó, detallando con sus manos la historia—. Me obligaba a que la penetrara, lo más salvajemente que pudiera, mientras aullaba tu nombre— continuó Kanon, riéndose— ¡Me suplicaba que la dejara llamarme Saga! ¡Y la muy perra gritaba y gritaba, después de haber tapado el Casco de Jano con su propia ropa interior!

El color del cabello de Saga sufrió un cambio repentino. Del moreno azulado que mostraba, pasó a un gris ceniciento, y sus ojos, rasgados por el odio, se clavaron en el suelo, evitando la mirada de Kanon.

—Me dejó exhausto— finalizó, triunfal—. Jamás conocí a nadie tan insaciable como ella.

Saga estaba en completo silencio.

—Por eso venciste. Porque yo la dejé agotada. Follé hasta hartarme, hermano. Y ella...— Kanon cerró la boca. El rostro del otro era un enigma para él.

—Sigue con tu relato, por favor— le incitó el griego, animándolo a que prosiguiera—. Aunque nosotros ya conocemos el desenlace. Ella... falló. El Laberinto de Géminis no resultó ser la trampa mortal que Solaria tenía preparada para Saga, y él lo contrarrestó con el suyo, con mi ayuda, por supuesto. La Ilusión del Géminis chocó contra la Explosión de Galaxias, y ella, desolada por saber que Saga jamás sería suyo y que se había acostado con un burdo imitador, decidió no seguir adelante. El portal dimensional la atrapó y sólo el poder de su discípulo evitó que la engullera. Pero ella se dejó morir en sus brazos.

Kanon intentó añadir algo pero Saga se lo impidió.

—¿Sabías que Saga lloró como un niño cuando Solaria le dijo que le amaba desde el primer momento en que le vio? ¿No te lo dijo? ¡Qué falta de tacto por su parte! Fueron sus últimas lágrimas. Por eso te entrenó, Kanon, para evitar que el poder de Géminis le corrompiera.

—Tú... tú...— balbuceó, nervioso.

—Yo le protejo. Soy su secreto— siseó.

Inflamó su cosmos violentamente, consiguiendo que Kanon se quedara callado.

—Yo sabía que te habías acostado con ella. Intercepté la carta que iba destinada a ti, donde ella te pedía perdón por haberte utilizado.

—Entonces, tú... lo sabías...

—Te has dedicado a especular contra tu propia sangre, a trazar planes de conquista en un lugar donde no eres nadie. Y has olvidado que Saga, tu gemelo, tiene unos impulsos muy parecidos a los tuyos. Nos tienes hartos con tanta conspiración. Estamos cansado de tanta reunión secreta con sus compañeros. ¿Creías que las entrevistas con Shura, haciéndote pasar por él, no serían motivo de cuchicheo? ¿Imaginaste que no nos enteraríamos de la persecución que sufren Perséfone y su aprendiz por tu causa? ¿Por quién nos tomas? ¡Nos estás levantando un fuerte dolor de cabeza!

—Tú... no eres mi hermano...

—No, no lo soy, por desgracia para tí— volvió a alargar la mano y apresó de nuevo el cuello de Kanon, con tal fuerza, que este manoteó y explotó su cosmos atropelladamente para soltarse del agarre—. Mi nombre es Arlés. Y a ti... ya no te necesito... para nada.

Le golpeó en el rostro, dejándolo inconsciente.

<¡Detente, es mi hermano!>

—Ya has visto, Saga, lo que pretendía— se recriminó a sí mismo—. Quitarnos lo que es nuestro por derecho.

El cabello, ceniciento, caía por la espalda. Los ojos, recubiertos de fuego, escrutaban el lugar, buscando los pergaminos.

—¿Dónde esconderías algo, Saga?

<No... no lo sé>

—Piensa. Utiliza la sesera.

<Yo... yo...>

Miró al suelo, y se agacho. La madera parecía más brillante y pulimentada en los lados de una parte del entarimado.

—No es necesario que te molestes. Ya... tengo lo que necesito.

Se agachó y levantó los tableros del suelo, encontrando varios rollos de papel muy antiguo. Metió la mano en aquel improvisado escondite y sacó el pergamino de la profecía, cosa que le hizo sonreír obscenamente. En aquella posición, podría pensarse que no sería capaz de reparar en que Kanon había salido de su inconsciencia y quizás, de haber sido Saga el que tenía el control sobre el cuerpo del Géminis, su gemelo habría tenido una posibilidad de salir victorioso, pero ante Arlés, nada pudo hacer.

Tenía su cuerpo aún entumecido por causa del Puño Diabólico, y aunque su cosmos se expandió a una enorme velocidad, la experiencia del caballero de Géminis hizo que este elevara la guardia lo suficientemente rápido como para bloquear el ataque de su hermano. Generó un portal dimensional en mitad del cuarto, pero en vez de mandar a Kanon a la Otra Dimensión, el lugar donde el espacio y el tiempo se eclosionaban sobre sí mismos, dejó que aquella singularidad se tragara el poco mobiliario que había en el barracón.

Pergamino incluido.

Arlés giró la cabeza y trató de agarrar el pergamino, ocasión que Kanon aprovechó para lanzarle la Explosión de Galaxias, generando un rotundo caos a su alrededor. Ambos poderes chocaron de nuevo, y Kanon terminó bajo un montón de cascotes y madera, mientras que Arlés había conseguido salir ileso de aquella catastrófica entrevista.

Recubierto con la armadura de Géminis, parecía un dios.

—Has perdido, hermano de Saga.

Cuando Kanon despertara, se encontraría en un lugar de pesadilla. El Cabo Sunión sería su cárcel.

O su féretro.

Retorciéndose las manos de nerviosismo, caminaba por la estancia privada del Templo del Patriarca intentando aplacar la sensación de fatalidad que le venía rondando desde hacía varios días. El ataque verbal de Shura, la oposición encubierta de Saga, y la desaparición de Aiolos le habían hecho un daño psicológico del que no sabía muy bien cómo recuperarse.

Miró la silla de la biblioteca donde solía estar con Aiolos y no pudo evitar elevarla telequinéticamente, para estrellarla contra la pared a continuación. De haber tenido costumbre de llorar, Shion habría formado un mar con sus lágrimas pero no era el momento de entregarse a la pena. Había mucho que hacer y las cosas sucedían demasiado deprisa.

Kanon y Saga estaban enfrentados abiertamente. Su discípulo, Mü, no aceptaba la capitanía de la Orden, aunque sabía que si él se lo ordenaba, el joven tibetano obedecería sin rechistar. Perséfone continuaba con su periplo en tierras extranjeras y Shura...

Suspiró, acercándose al pequeño hornillo para servirse otro té. Vertió el contenido de la tetera en la taza, a la antigua usanza, y luego matizó el sabor con un azucarillo. No debía malgastar ni una pequeña parte de su cosmos. Lo necesitaba para el Ultimo Viaje.

Sabía que su muerte era inminente.

Sabía quien sería su asesino.

Se agarró el estómago con la mano, presa de una gran intranquilidad. Aiolos no estaba en el Santuario, y Milo tampoco. ¿Por qué el Arquero no había confiado en él? ¿Por qué tuvo que salir detrás del melio, cuando ellos tenían capacidad suficiente para atraerlo sin levantar sospechas de deserción?

¿Por qué se habían separado de aquella manera?

Se tocó los focos de poder, sus puntos en la frente.

Perséfone era la clave.

—¿Dohko?— susurró el nombre de su amigo, cerrando los ojos.

—Aquí estoy, Shion.

—Pronto— carraspeó, tratando que la pena no ahogara sus palabras— la profecía será una realidad.

Veía al Viejo Maestro nítidamente, en sus ojos se reflejaba una profunda tristeza.

—Me haré cargo de Mü— contestó el otro, secamente—. Tendré la Torre preparada para él. ¿Tomará un aprendiz?

—Sí— musitó Shion—. Está preparado para sucederme. Te cedo la capitanía, viejo amigo.

Dohko sonrió con nostalgia.

—¿Se ha revelado ya el Asesino?— preguntó.

—Creímos que era uno, pero son dos. Géminis está tocada con la Sombra de la Muerte.

—Entiendo— contestó Dohko—. ¿Podemos contar con alguno de los dorados? ¿Aiolos? ¿Perséfone?

El tibetano arrugó el rostro.

—Lo siento muchísimo— dijo el caballero de Libra.

—Soy un viejo estúpido que quiso luchar contra el tiempo sin escuchar sus propias palabras— susurró—. La carne joven ha de estar con la carne joven, y los viejos sólo debemos esperar una muerte digna.

—Me entristece escuchar eso de tu boca, Shion. Has hecho un trabajo impecable con la Orden.

—Pero se acerca mi hora, y me hubiera gustado estar con él una última vez.

—Pronto, Shion, El dolor que ahora lacera tu pecho, desaparecerá.

Una lágrima cayó desde el rostro al suelo, siendo interceptada por el poder de Shion, y retenida en el aire mágicamente.

—Esta será la última vez que llore en esta vida.

—Vélame desde donde estés, amigo mío- susurró el anciano de los Cinco Picos.

Shion cerró los ojos. Kanon y Saga estaban en Sunion.

—Ya ha empezado la cuenta atrás.

Cerró el lazo y envió un mensaje telepático a su aprendiz para que hiciera los preparativos de su viaje. Pronto, el Asesino se disgregaría de su Alma.

Pronto, el Santuario se vería sumido en tinieblas.

Y Shion estaba preparado para morir.

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