Con la higuera y la caja de la armadura firmemente atadas a la parte de atrás del carro, Shaka veía cómo los árboles pasaban tediosamente ante sus ojos. Había decidido aceptar la oferta del aldeano que, apiadado por ver a tan frágil viajero atravesar solo aquellas cañadas abrasadas por el sol, insistió hasta más allá de lo imaginable en que el joven Virgo le acompañara en el trayecto.
En un ataque de sinceridad el hombre le confesó que deseaba realizar parte del camino junto a él, porque jamás había visto muchacho alguno con un aspecto tan apacible, y a la vez tan castigado.
Shaka dudó por unos instantes al oír aquellas palabras. ¿Sería, de nuevo, una tentación proveniente de Mara?
“... bajo los árboles de sal...”
Bajó los párpados y, elevando su cosmos a continuación, una alfombra de intenso colorido con el Buda como motivo principal rodeó al carro, a los cansados bueyes y al flaco campesino, de nariz ganchuda, vestimenta raída y cabeza cubierta por un turbante. Sin esfuerzo, Shaka pudo leer en el interior de su acompañante que no tenía otra preocupación que no fuera dar de comer a su prole y cuidar de su esposa, Karmalaa, encinta por tercera vez.
Se quedó sorprendido al descubrir que, a pesar de las circunstancias, había felicidad en aquel hombre.
Shaka recostó la cabeza contra el bálago de hierba que transportaba el carro, y dejó balancear sus pies en el aire, adoptando una posición despreocupada. Quizás la Iluminación no estaba tan cerca como creía. El orgullo de saberse el más cercano a los dioses, y también uno de los más poderosos y fieles, le estaba apartando del camino del Buda.
Las dudas llenaban su mente.
Abrió los ojos de nuevo y miró la higuera. Aquel árbol le recordaba a él mismo, frágil en su apariencia, pero robusto en su interior. Daría buenos frutos cuando estuviera plantado en el jardín de la Virgen, y a buen seguro la tapia del recinto sería violada por aprendices que buscarían la sabrosa fruta en las tardes de verano.
Sería un buen reclamo para tener discípulos de las enseñanzas del Buda.
—¿Deseáis comer algo, señor? ¿Un pedazo de torta? Karmalaa no me ha preparado una ración demasiado abundante pero será un honor compartirla con un hombre sabio— la voz de Taruk le hizo girarse.
—No es necesario, no tengo hambre. Comed, hoy será un duro día de faena— contestó Shaka, sonriendo tenuemente.
El campesino asintió.
—El pueblo está cerca ya. Podréis proseguir vuestro viaje si os adentráis por aquel camino— le señaló con el dedo, mientras su barba se poblaba de migas.
Shaka hizo un movimiento de cabeza.
—Os agradezco vuestra atención— reconoció, con una mirada directa a los ojos del otro.
No había caminado ni cien metros, cuando una punzada en su cosmos logró romper su concentración al tener que agarrarse el estómago por el dolor que lo atravesaba.
Una fuerza, desconocida, había quebrado el débil manto que Shaka solía extender a su alrededor, cubriendo su entorno de paz y armonía, sorprendiéndolo con la guardia baja.
“... bajo los árboles de sal...”
Las tinieblas velaron con sus opacas sombras la luz que el aura del Virgo mantenía siempre latente, como si fueran la estela de una estrella oscura, y Shaka supo que el enemigo se encontraba muy cerca de él.
“Manifiéstate”
Se sentó en la posición del loto debajo de un árbol, invocando a gran velocidad la protección de la Virgen. Había comprobado que Taruk se encontraba lejos, y que estaba en la más estricta de las soledades.
No quería distracciones.
“¡Manifiéstate!”
Mantuvo los ojos cerrados, la respiración pausada, y resguardó por completo su cosmos, encerrado en el Khan que había proyectado alrededor de sí mismo. La esfera de energía protectora brillaba tenuemente, evitando cualquier sorpresa.
Mara se encontraría con un amargo descubrimiento si trataba de hacerle alguna jugada al caballero de Virgo.
—No soy tu enemigo.
Shaka se quedó inmóvil.
—Tu cosmos es violento— musitó el budista.
—El tuyo también.
—Quiero saber tu nombre.
Un tigre de bengala, de hermoso pelaje y ojos vivaces, se acercó al caballero de la Sexta Casa.
—Me llaman Guilty. Y sé, que, a tus ojos, soy tan culpable como a los de Atenea.
Shaka se sintió intranquilo al escuchar aquella frase en su mente.
—¿Eres tú uno de mis hermanos?— preguntó—. ¿Los que se enfrentarán a mí bajo los árboles de sal?
El tigre se acomodó ante el joven, como si fuera una esfinge.
—No— contestó, olfateando el suelo, para luego levantarse y caminar felinamente hacia él—. Yo entrenaré al que te lleve al Plano sin Dimensión.
Shaka abrió los ojos.
—Es fácil conseguir que pierdas tu concentración. No eres más que otro iluminado que desea tomar el cetro de poder del Buda.
De haber tenido apariencia humana, el animal se habría pronunciado en sonoras carcajadas, pero fue incapaz. Así que, en vez de eso, se lanzó contra Shaka en carrera, a lo que éste respondió con toda la violencia que fue capaz.
—¡Caída a los Infiernos!
Un sinfín de querubines, serafines y hermosas mujeres montando caballos alados aparecieron entre el tigre y él. Con cánticos y risas, Shaka y su enemigo, Guilty, se vieron rodeados de tan fantásticas criaturas, consiguiendo que el plano espacio—temporal dejara de estar sujeto a las leyes físicas. El enorme felino parecía desorientado, y la voz de Shaka, con una cadencia enfermiza, comenzó a enumerar los Infiernos por donde iba a pasar el caballero renegado, así como una breve descripción de cada uno. Buscaba romper su concentración, encontrar una mella en su cosmos para vencerlo a través de las imágenes que iban sucediéndose vertiginosamente, aterrarlo.
Pero su poder no funcionaba con Guilty.
El caballero—tigre era inmune a los ataques psíquicos contra su alma porque carecía de ella.
Sin saber cómo, las alucinaciones que Shaka estaba creando sobre la mente del infiel desaparecieron, y el felino, en posición de ataque, se abalanzó contra él. Las garras, extendidas en el aire, amenazaban con despedazar la tersa piel del budista, y solamente la velocidad de reacción de éste consiguió que el animal se volatilizara ante sus ojos.
“...bajo los árboles de sal...”
Estaba jadeando, producto de la impresión. Tenía la imagen del Buda durmiente, recostado de medio lado, con los pétalos de los sales cayendo sobre su cuerpo.
Parecía que Shaka sólo podía soñar con la muerte.
—Si deseas alcanzar el Nirvana, deberás dejar que los acontecimientos se desarrollen— se oyó la voz, profunda, en el interior del caballero dorado.
—Nos volveremos a ver— susurró el joven.
—No lo dudo— respondió la voz.
—Y será en combate singular.
La voz rió.
—No llegarás a tiempo, Shaka. Yo entrenaré a mi asesino.
El Virgo abrió los ojos, sobresaltado.
—¿Asesino?— De nuevo una alfombra de pequeños Budas cubrió su alrededor.
No había rastro del tigre.
Frunció el entrecejo y carraspeó, impresionado. El animal conocía su nombre.
Nuevas dudas surcaron su mente.
—Es largo el camino a la Iluminación— susurró.
Y levantándose lentamente, tomó la armadura, la higuera y emprendió su camino a Atenas.
En completo silencio.
No dijo nada en el trayecto de vuelta, y se pasó la mayor parte del tiempo asomado en la borda, con los ojos clavados en algún punto indeterminado del horizonte. Las manos, firmemente aferradas a la barandilla y los dientes, ligeramente apretados, indicaban que Milo tenía los pensamientos mucho más alejados de allí de lo que Aiolos jamás podría adivinar.
El Arquero le miraba de soslayo, con cierta preocupación. No en vano, el joven espartano había pasado a ser su responsabilidad desde que Perséfone abandonó Atenas.
Una responsabilidad que le estaba generando fuertes dolores de cabeza.
Jugueteó con la cinta que solía colocarse en la frente en tanto que contenía la respiración. Mientras el viento mecía la rebelde cabellera del aprendiz de Escorpio, el caballero de Sagitario se vio en la necesidad de elevar fuertes defensas psíquicas porque el cosmos del joven irradiaba un dolor tan intenso que amenazaba con arrasarlo todo a su paso.
Como si de un incendio forestal se tratase.
Aiolos sabía que cualquier cosa que dijera o hiciera no serviría para aliviarle la pena; al contrario, Milo lo tomaría como un ataque directo y volvería a enfrentarse a él, como buen espartano orgulloso y cabezota, utilizando el contraataque con maestría y habilidad.
Cuando desembarcaron en el Pireo, el joven descendió por la pasarela con la gracia acostumbrada, y una vez en tierra firme, miró directamente a Aiolos y por fin, se dignó a hablarle.
—Deserción, insubordinación, desobediencia de una orden directa... me voy a pudrir en la mazmorra del Santuario, ¿verdad?
—Si cierras la boca, esta...— tardó un momento en elegir la palabra, hasta que la pronunció— incidencia, por llamarla de algún modo terminará en el olvido. Al menos por mi parte.
—No me parece justo— confesó el melio, mirando al suelo.
—No lo hago por ti, lo hago por ella.
Milo elevó la cabeza y frunció las cejas. Luego, se relajó y sonrió.
—Claro. Por ella, faltaría más— gruñó entre dientes.
Aiolos suspiró, refrenando las ganas de demostrarle al pequeño camorrista lo que era capaz de hacer.
—Te quedarás en tu templo hasta al vuelta de Perséfone. Luego, veremos cómo sales de esta.
—Lo que el caballero de oro ordene— contestó Milo casi sin escucharle.
—Mocoso— le agarró por la camisa, zarandeándolo a continuación—. No tienes idea de la magnitud del problema que tienes sobre esa cabeza llena de pajarracos. Ha sido muy loable por tu parte asistir al funeral de tu hermano pero debiste pensar en las consecuencias de tus actos cuando cruzaste el pórtico del Santuario. ¿O es que no pensabas regresar?
—Lo que yo pensaba, carece de importancia— replicó Milo, mirándolo fijamente.
—Pues te garantizo que ahora que estás aquí, no vas a volver a salir de Atenas en una buena temporada.
El melio no le contestó.
—Te estoy hablando, aprendiz de Escorpio— masculló el ateniense.
—¿Quieres que te diga que he cometido una estupidez? Creí que no os gustaba que os dieran la razón como a los tontos— el joven le colocó las manos en las muñecas e hizo fuerza para soltarse.
Aiolos suspiró profundamente al escuchar aquella necedad, para no saltar sobre él y llenarlo de golpes.
—Nosotros somos la familia que te debe importar, Milo. Tus compañeros al servicio de Atenea.
—Mi familia está muerta, Arquero.
Aiolos vio cómo las turquesas que Escorpio tenía por ojos amenazaban con prenderse fuego.
—¿Por qué siempre lo tomas todo con ese pesimismo? ¡No te entiendo, Milo!— le permitió soltarse—. Eres un joven muy poderoso con una vida por delante que dedicar a la diosa, ¡Y más ahora que está entre nosotros!— Aiolos continuaba intentando razonar con el discípulo, con toda la paciencia de la que era capaz.
—Después de despedirme de mi hermana, me he dado cuenta que ya no tengo ilusión por vivir.
El Arquero abrió la boca, atónito.
—¿Ha perdido Perséfone el tiempo contigo, muchacho?
—Seré caballero o moriré en la prueba— contestó, furioso—. Lo haré por todo lo que he entrenado, aunque el resultado, francamente, me da lo mismo.
El cosmos de Milo parecía una marea viva chocando contra las rocas de un promontorio escarpado, hiriéndose, vejándose.
Destrozándose.
Aiolos guardó silencio, con la cara crispada.
—Estoy maldito— finalizó Milo—. Androstea me lo dijo.
—¡Eso son habladurías de gente ignorante!— le contestó.
—Piensa lo que quieras. Estaré en Escorpio. Pudriéndome allí, solo.
—¡Milo! ¡Maldita sea! ¡No te vayas así!
El espartano sonrió.
Sus ojos estaban huecos, sin vida.
Vacíos.
—Estaré en Escorpio... esperando sus órdenes, caballero de Sagitario— dijo mientras se giraba.
Y, rozando la velocidad de la luz, cruzó el propileo [1] del Santuario y desapareció entre el roquedo dejando a Aiolos atrás.
—¿No piensas entrenar hoy? Tiberio debe estar buscándote.
Perséfone sintió cómo el corazón de daba un vuelco al reconocer a la dueña de la voz, que sonreía afablemente ante ella. La cretense quiso frotarse los ojos para comprobar que no era una ilusión, pero no pudo moverse. Abrió la boca para decir algo, pero las palabras se negaron a salir. Pallas, la amazona del Pez del Sur, tenía ese poder sobre su amante.
Como Medea de la Cólquide, hechizando a Jasón.
Enloqueciéndola de amor.
Perséfone tosió, un jadeo salió de su garganta, a la vez que las lágrimas se agolpaban en sus ojos.
—Zebaia [2]...
La beocia bajó la mirada coquetamente, como la primera vez que se vieron.
—Tebana, sí, como Layo, como Edipo, como Jocasta... grandes tragedias, como la nuestra, mi pequeña korê...
Se acercó a ella, y se sentó en la cama donde Perséfone estaba tumbada.
—Te echo tantísimo de menos— musitó la mujer, embargada por la emoción.
—Lo sé, pero no es hora aún de reunirnos. ¿Te has reconciliado con el portador de Acuario?
—Sigue odiándome tanto como cuando le abandonaste por mí— musitó Escorpio, compungida.
—Lo imaginaba, es un hombre de férrea disciplina— contestó la otra, mientras le acariciaba el vientre. Tenía las manos frías, tan huesudas y delgadas como siempre—. ¿Y tu aprendiz? ¿Continúas adiestrándolo?
—Milo es un joven muy difícil... Tiene demasiado dolor dentro de sí. Me cuesta mucho hacerle entender que el amor le volverá vulnerable.
Pallas sonrió, arrugando la nariz deliciosamente. El colgante pagano que llevaba sobre su pecho brilló.
Aún lo conservaba, desde el día en que las dos mujeres intercambiaron ofrendas.
—¿Te hizo vulnerable a ti, Zebaia? ¿Te hizo frágil en combate?
—He cometido fallos. Estoy herida por haber bajado la guardia. Por no haber escuchado mis propias enseñanzas.
—Aiolos comienza a ser importante para ti. Lo leo en tu aura— susurró Pallas, con su mirada clara, sus ojos castaños de brillos ambarinos.
—Lo que sucedió entre nosotros fue un error— cortó Perséfone, avergonzada.
—Disfrutar del hombre es lo natural— le restó importancia la guerrera de plata—, aunque sólo una mujer puede enseñar la dimensión del éxtasis a otra. Las diosas arcanas así me lo enseñaron.
—Quiero estar junto a ti, y no separarme de tu lado jamás— Perséfone notó como la humedad cubría su rostro en forma de lágrimas.
—Tienes a tu cargo a un niño al que convertir en caballero, y tu palabra es sagrada— la reprendió la otra—. No puedes decepcionar a tu maestro Tiberio.
—¿No estás... enfadada?
—Tu alma es mía. Y yo seré quien goce de ti por toda la eternidad. De todos ellos, Aiolos es el único que te ha respetado y te ha cuidado desde que yo me fui, Zebaia. Sabes que yo jamás te juzgaré, así que sé feliz hasta que te reúnas conmigo. No me olvides.
El rostro de Pallas comenzó a desaparecer. Perséfone alargó la mano, moviendo los dedos a gran velocidad con la intención de retenerla, pero no lo consiguió. La tebana se alejaba cada vez más, y el calor que el cuerpo de Escorpio emanaba lograba que la cadera le ardiera terriblemente. El veneno de las flechas del Segador había penetrado en su torrente sanguíneo, infectándola; la Rosa Piraña de Afrodita podría haber sido un efectivo remedio, pero ambos se confiaron y ahora estaban a merced del depravado caballero de Cáncer.
Carraspeó, intentando poner un poco de orden en sus pensamientos. ¿En qué lugar de la Montaña del Cangrejo estaba? La fiebre había materializado sus más ocultos deseos, ver a Pallas de nuevo y hablar con ella, aunque ahora era consciente de que había sido una ilusión. Intentó elevar los párpados, pero una venda o similar le velaba los ojos.
No podía dejar que el pánico se apoderara de ella y su mente analítica se puso a trabajar, repasando los acontecimientos. Habían conseguido llegar a la Isla, coronar la instalación y de nuevo el Segador les tendía una trampa donde Perséfone caía, como si fuera un caballero primerizo.
Parecía talmente que Perséfone fuera Sísifo y el Segador, la maldita piedra.
En la ocasión anterior la cretense dio con sus huesos en las mazmorras, pero ahora su cuerpo descansaba sobre una superficie suave y delicada. Intentó mover las manos para comprobar la textura sobre lo que estaba colocada, pero las ligaduras que la tenían sujeta la inmovilizaban en una postura que simulaba una equis humana. Con los brazos extendidos y las piernas abiertas, se sintió desprotegida y vulnerable.
Lista para soportar cualquier tipo de tortura que el Segador tuviera en mente.
Un rictus de asco apareció en su rostro.
—¿Qué tal te sientes?— escuchó muy cerca de su oído. La venda de los ojos no le impidió saber de quien se trataba—. ¿Preparada para la fiesta?
Se envaró al sentir algo húmedo en su pezón.
Estaba desnuda.
—Te... mataré... si me tocas... y esta vez... va en serio, cabrón— balbuceó.
Una risa infantil reverberó por la sala.
—No son mis labios los que te recorren, Perséfone— susurró el Segador—. Sé de tus gustos. Ellas te darán placer.
La mujer hizo ademán de levantarse, pero lo único que consiguió fue una acceso de vómito con el que casi se ahoga.
—Estás herida, mi bella amazona— la voz del italiano era musical, aparentemente inofensiva—. Cuanto más te resistas, muchísimo más disfrutaré. Me divertiré manteniéndote bajo mi poder. Y cuando estés completamente dominada, te poseeré.
—¡Inténtalo y te mataré con mis propias manos!— le espetó ella.
Cáncer se encogió de hombros después de lanzar una carcajada al aire.
—Ya lo hice con Solaria. ¿Crees que me contendría contigo?
Perséfone inflamó su cosmos y un brillo rojizo rodeó sus manos. Las Agujas Escarlatas, la materialización de su poder, aparecieron en sus dedos.
—Dispárame, querida. Ardo en deseos de ver cómo te atraviesas tú misma.
La cretense reparó en que algún extraño artilugio la estaba obligando a doblar los dedos, encapsulándoselos. Sin otra opción que la rendición, rebajó el aura que la rodeaba, intentando tranquilizarse, sin conseguirlo.
El Segador le quitó la venda, y Perséfone sintió un agudo pinchazo en sus sienes. La luz, difusa, caía como un manto liviano sobre su cuerpo, y pudo comprobar hasta qué punto estaba corrupto el caballero de Cáncer: dos mujeres prácticamente desnudas estaban a ambos lados de la cama, y él, sentado en una silla, la miraba fijamente.
Representaba a la perfección la figura de un hastiado maharajá, con sus concubinas alrededor, dirigiendo un deprimente y esperpéntico espectáculo donde Perséfone sería la estrella principal, con las odaliscas dispuestas a ejecutar su danza sexual sobre ella.
Tan grande fue la repulsa que esta idea le causó, que su rostro se agrió completamente. Intentó con todas sus fuerzas levantarse, pero sus músculos estaban entumecidos, carentes de fuerza alguna.
—¿Escandalizada?— preguntó el Segador, acariciándole el vientre—. Estoy seguro que cuando estabas con Pallas no te mostrabas tan pudorosa como ahora.
—¡Suéltame, bastardo!— masculló la mujer. Él hizo ostentación de su poder, deleitándose en manosear sin decoro alguno el cuerpo del caballero de Escorpio, haciendo caso omiso a las amenazas de la cretense.
—Solaria era una mujer espectacular pero tú... tú rozas lo divino, Perséfone.
Alcanzando una cota de atrevimiento casi insuperable, el Segador se acercó aún más a su compañera dorada y le depositó un húmedo beso en el pubis. Mientras se incorporaba, elevó una mano, instándola a que guardara silencio.
Ella no le contestó siquiera, ya que los dos habían sentido algo que los forzaba a callar. Un choque de auras doradas.
Miró al Segador, atónita, y éste sonreía, tremendamente complacido.
La reverberación de cosmos correspondía a la unión sexual de Piscis y de Cáncer.
—¡Soltadla y dejadnos solos!— ordenó, mientras mantenía aquella mueca entre sádica y estúpida—. No quiero que— susurró sensualmente— se enfríe.
Las mujeres desataron las ligaduras y Perséfone consiguió sentarse en la cama, intentando taparse con la sábana.
—Solaria tenía un tatuaje en su espalda que representaba su signo— comentó el Segador, mientras le alargaba su traje de entrenamiento—. Era incansable, nunca tenía suficiente. En esa cama...
—No me interesa la vida sexual de una mujer que lleva años muerta, Segador— le espetó Perséfone, desencapsulándose las manos. El artilugio era simple pero efectivo: doblándole los dedos unos noventa grados, la dejaban completamente desarmada.
—Era muy diferente a ti, Reina de los Infiernos— continuó el otro—. Jamás se negó a las peticiones de cortejo de nadie. Ni las de Shura, ni las de Melkart, ni las mías. Sólo Aristeo el Célibe se libró de su fuego.
—¿Shura?— elevó ella una ceja—. Debía tener poco más de doce años. Por todos los dioses, Segador, ¡Era solo un niño!
—¿Y qué?— preguntó él, fingiéndose el ofendido—. Su juventud no le impidió ponerte en jaque en España— siseó—. Y según tengo entendido, te costó bastante zafarte de sus amorosas intenciones.
—Estás tocando un tema excesivamente espinoso, Cáncer— replicó ella, con una mueca de asco en su rostro.
—¡He intentado comprenderte, pero por el Gran Cangrejo que no soy capaz!— espetó él, con gran dramatismo—. ¡Todos somos víctimas de nuestra propia mortalidad, Perséfone! ¿Por qué dedicarnos a la flagelación continua? ¿Por qué atarnos a tan arcaicas costumbres? ¡El mañana es una falacia!— meneaba las manos, como si fueran pájaros de enormes alas, revoloteando a su alrededor—. Pero tú aún crees en las antiguas tradiciones caballerescas, realizas el velatorio de armas, conservas puro tu cuerpo y espíritu en los Santuarios de Retiro antes de entrar en combate, y estoy seguro que me negarás que has fornicado con tu aprendiz. ¡Inadmisible!— finalizó él, elevando las cejas de incredulidad.
El Segador de Vida era un hombre de un atractivo tal que cuando estaba en una sala, todo parecía perder brillo a su alrededor. Su piel, clara y tersa como la de un niño, contrastaba con la dureza de sus ojos, uno de color ámbar y el otro del azul más claro imaginable. Su perfil, recto, y su boca, carnosa y sensual, revelaba su ascendencia doria, así como su cabello, oscuro, que caía en trenzas adornadas con abalorios por su espalda, asemejaba al de un espartano a punto de entrar en combate.
Al igual que Syla, el Segador no era en absoluto lo que parecía. Su mente estaba corrupta, y sus métodos eran abominables.
—No— gruñó ella—. No me he acostado con Milo.
El joven sonrió sádicamente al detectar un cosmos impregnado en el de Perséfone.
—Por qué gozar de un inexperto cuando tienes a Aiolos allí, tan cerca...— dejó la frase en el aire—. ¿Sigue con Shion? Menuda perra estaba hecho. ¡Saga llegaba agotado a su templo!
Perséfone lo miró, furiosa.
—Me hubiera gustado saber qué se sentía al penetrar a tan virtuoso caballero. Aunque— le rozó el mentón, para luego ir bajando la mano hasta llegar a colocársela sobre un seno— siempre me lo puedes enseñ...
—¡Basta!— bramó ella, fuera de sí, al tiempo que su mano volaba abierta para impactar con el dorso en la cara del italiano. Quería atacarle, detener sus avances, pero su escasez de fuerzas apenas le permitía mantener su precario equilibrio.
—Si fornico contigo— continuó él, introduciendo una mano entre los muslos de ella—, después de haber estado él dentro de ti, se asemejaría a una unión de cosmos con tu cuerpo como vasija, ¿No?
—¡Estás enfermo, Segador!— gritó, hastiada.
El italiano se quedó mirándola, sorprendido ante aquel arranque de pudor.
—Siempre terminas diciéndome lo mismo— meneó la cabeza, entre extrañado y asqueado—. ¡Eres una maldita aburrida! ¡Insulsa!— acercó su rostro al de ella, tratando de intimidarla—. ¿Para qué quieres la belleza si no es para hacer feliz a los demás?
—¡Soy un caballero dorado, no una de tus rameras!— increpó, mientras le lanzaba un puñetazo.
—Estoy cansado de rameras— dijo él, sonriendo al ver la mueca de dolor de ella cuando impactó su puño contra el metal de su hombrera—. Nunca se niegan a mis deseos, es soporífero acostarse con alguien que no tiene ni la más mínima iniciativa y para quien el sexo no constituye una fuente de peligro. Todo lo contrario a ti, querida.
Llevaba puesta la armadura de Cáncer, con un manto como toga, y esperó de pie, mientras ella terminaba de vestirse.
—¡No te consiento que vuelvas a tocarme! ¡Aléjate de mí!— bramó Perséfone, alzando su cosmos y lanzándose contra él, para asestarle un fuerte golpe en el mentón.
El Segador trastabilló, sorprendido ante este repentino recuperamiento de la mujer y Perséfone utilizó ese segundo de duda para darle una patada en una rodilla, consiguiendo que el antiguo caballero custodio de la Cuarta Casa se desestabilizara, perdiendo la vertical.
Ella no vaciló. Se colocó a horcajadas sobre él, y lo agarró del cuello, sacudiéndole y haciéndole chocar la cabeza contra el suelo.
—¡Violador!— escupió despectivamente—. ¡Carroñero! ¡Asesino! ¡Eres la inmundicia del Zodíaco!
El joven reía a medida que la violencia con que ella lo estaba apaleando aumentaba. No se defendía, al contrario, bajó las manos y se quedó completamente quieto, y Perséfone se puso furiosa al notar cómo se excitaba a medida que lo machacaba.
El Segador de Vida era sado—masoquista.
—Seguid... Ama... mi vida... os pertenece— le suplicó, inocentemente, mientras sus ojos se clavaban en el techo, intentando no mirarla directamente, como un buen esclavo. Se entregaba enfermizamente al castigo con la guardia baja, excitándose de tal manera que Perséfone deseo arrancarle la piel a tiras.
Ella no pudo soportarlo más y trató de levantarse para dejar de sentir el abultamiento del otro en su propia entrepierna, momento que el Segador utilizó para contraatacar, colocando la mano en forma de pala y asestando un fortísimo golpe en la aún abierta herida del caballero de Escorpio. Como resultado, Perséfone se quedó tirada en el suelo, retorciéndose de dolor.
Tras incorporarse, el Segador la agarró primero por el cabello con su mano izquierda, con la intención de girarla. Perséfone reaccionó aferrándose a la muñeca de él con las suyas, dejando desprotegida la herida, acción ésta que el italiano utilizó para conseguir su auténtico objetivo: ponerla boca arriba y sentarse a horcajadas sobre su vientre. Al saberse en una posición dominante respecto a ella, retiró la mano de la cabeza de la mujer llevándose mechones de cabello enganchados en el guantelete.
Deseaba humillarla, al precio que fuera.
Al ser consciente de las nulas posibilidades de Perséfone, el Segador inflamó su cosmos, ya seguro de su victoria, despojándose de la vestidura sagrada y la sujetó por las muñecas, clavando sus ojos en los de ella.
Sonriendo triunfalmente.
—¡Sucia puta! ¡Perra! ¡Siempre tiene que ser por la fuerza, no conoces otra manera!— la besó con furia, metiéndole la lengua en la boca, a lo que ella respondió con mordiscos que lo hicieron sangrar abundantemente.
A pesar de su desfavorable situación, ella no dejaba de forcejear y moverse, cosa que enervaba al otro hasta límites inconcebibles para la mujer.
—Lucha... pelea... y más saborearé... tu derrota... cuando caigas... ante mí...
Sabía que no hablaba en broma. Y si Piscis había accedido a acostarse con el heredero de Cáncer, sus bazas eran casi inexistentes.
Perséfone no quiso decir una sola palabra más, deseando con todas sus fuerzas que aquello terminara lo antes posible. Sólo necesitaba saber qué había ocurrido en el entrenamiento de Cáncer, por qué aparecieron tantos cadáveres flotando en las aguas que rodeaban la Isla, redactar el informe y regresar a Grecia.
Junto a Milo.
La sangre les cubría a los dos. El Segador ya le había arrancado la casaca, y se recreaba en acariciar los pechos de ella con ansia, confiado ya en la posición de poder que ostentaba encaramado sobre el abdomen de ella, y aunque Perséfone lo miraba con un odio tan visceral que parecía que de sus ojos se proyectarían todo tipo de armas blancas, el italiano estaba seguro que aquella vez disfrutaría de Escorpio como Pallas y Aiolos lo habían hecho ya.
Al bajar la mano para arrancarle la faldilla, ella se quedó quieta, cerrando los ojos.
—Ya has claudicado... ya eres mía.
El cosmos del caballero de Escorpio se alzó a tal velocidad que cuando el Segador fue consciente de la ofensiva de ella, ya tenía cuatro Agujas Escarlatas clavadas en el pecho. La violencia del ataque consiguió que el joven cayera hacia atrás, y aunque no lo dejó fuera de combate, los segundos que logró fueron cruciales para recomponerse. Perséfone notaba cómo la herida de su cadera palpitaba y la cabeza le daba vueltas, pero no claudicó. El Segador blasfemaba ante ella, ya de pie los dos, con sus cosmos elevados hasta el paroxismo, y la insuflaba para que se acostara con él, prometiéndole un placer indescriptible. No dudaba que el italiano fuera un individuo formidable en la cama, ya que atractivo y experiencia no le faltaban, pero a Perséfone no le agradaban ese tipo de juegos.
Necesitaba sentir algo por la otra persona, no practicaba el sexo sin una base espiritual.
No se quedó ahí la confrontación, sino que los golpes que ambos se infligieron constituyeron un duro castigo para los dos caballeros aunque sorprendentemente, el enfrentamiento se saldó con un empate. El Segador tuvo que claudicar de nuevo, alojándola en una de las habitaciones más lujosas de la Montaña del Cangrejo, justamente en el ala destinada a las concubinas.
Perséfone bufó de disgusto, pero no rechazó las comodidades.
Estuvo más de dos días durmiendo.
—¿Ya ha vuelto? ¿Se encuentra bien?
Caminaba tras su hermano, nervioso, preguntándole como si fuera un niño pequeño, mientras llegaba a la habitación de Sagitario, donde éste se empezó a despojar de la ropa de calle que llevaba puesta.
—Desde que lo recogí en Milos hasta que hemos llegado al Santuario, me han dado ganas de asesinarlo unas veinte veces.
Aioria mostró gran preocupación en su rostro.
—Todo es culpa mía, si yo no le hubiera rechazado...
Aiolos se giró y se quedó enfrente de él, con un rictus de desaprobación tal que Aioria se retrajo.
—Escúchame bien, cachorro— le comentó, bajando la voz—, no voy a redactar ningún informe sobre lo que ha sucedido porque, si llega a oídos de cualquiera que yo salí a buscarle fuera del continente y encima tuve que obligarle a volver, Perséfone se vería metida en un lío que no merece.
—Pero, ¿Milo está bien?
—Sí. Perfectamente. Tan obstinado y cabezota como siempre— y se dirigió al cuarto de aseo.
—Debí haberle escuchado— murmuró, sin pensar en que su hermano estaba escuchándole— y por protegerle, yo...
—¡Aioria!— gritó el Arquero desde la ducha—, esto es un recinto militar. Aquí las niñerías se pagan con la vida. Ha tenido mucha suerte que haya sido yo el que decidiera traerlo de vuelta. Si Saga o cualquiera de los otros llegara a saber lo que ha ocurrido en Milos, ahora mismo tu amigo estaría muerto. ¿Lo comprendes? ¡Muerto!— finalizó.
—Lo sé— susurró el otro.
—Así que dejad de comportaros como imbéciles los dos.
El León Estelar agachó la cabeza.
—¿Puedo ir a verle?— preguntó tímidamente.
—No— cortó el otro.
Aioria cerró los puños.
—Sé lo que estás pensando. Y te lo repito, la respuesta es no— salió de la ducha, con los rizos mojados y una toalla enrollada en la cintura. Se secó la cabeza, peinándose a continuación.
—Creo que me voy a ir a mi templo. Lo haré... franqueando las Casas— anunció el ateniense.
—¿Franqueando las Casas?— Aiolos meneó la cabeza, mirándole fijamente.
—Estoy enfermo de preocupación, Aiolos. Me muero por verle, por hablar con él, por saber cómo se encuentra.
El caballero de Sagitario se quedó unos instantes pensativo y luego asintió.
—No cometas otra estupidez más o seré yo mismo quien tome una amarga determinación para ambos. Y eso va por él también. ¿Me he expresado con claridad?
El León sonrió para sus adentros.
—Sois un par de idiotas. Estaríais mejor revolcándoos en la cama que discutiendo por sandeces.
El Arquero se giró, para adentrarse en su cuarto y comenzar a vestirse.
—A veces creo— musitó Aioria, ya en la puerta— que Milo comenzó a cambiar a partir del día en que Perséfone y tú estuvisteis juntos. Es como si— tragó saliva— se sintiera celoso.
—Yo no he descartado que esté enamorado de ella— replicó el otro, saliendo de su cuarto, completamente vestido.
Aioria le miró, con una cierta pena.
—Ella es toda una mujer, y yo sólo un chiquillo, ¿verdad?— bajó la mirada, clavándola en el suelo—. No tengo nada que hacer.
—El aceptó acostarse contigo, Aioria— le recordó su hermano—. Es más, fue el propio Milo quien se te insinuó.
Aioria abrió los ojos, atónito.
—¿Cómo sabes... eso?
—Los pasillos no son los sitios ideales para hacer según qué cosas.
El rostro de Aioria se ruborizó violentamente.
—¿Crees que no te entiendo? Una de las razones por las que no le maté cuando se enfrentó a mí, fuiste tú, hermano. Porque sé lo que sientes cuando le tienes delante. Y porque, además, sé que no es mal chico, pero su soberbia le va a traer más de un problema— gesticuló, molesto—. El espectáculo que montó en la entrada del pueblo— meneó la cabeza al recordarlo— no se lo pienso perdonar. Se lo voy a hacer pagar muy caro.
Aioria sonrió levemente, al imaginarse la escena.
—Cuando le veo— confesó el León, apoyándose en la madera de la puerta— todo mi cuerpo se revoluciona. No me importa lo que digan sobre él, su pasado, o su signo. Daría mi vida por Milo.
—Te comprendo perfectamente, Aioria— reconoció Sagitario.
En aquel momento, el León Estelar vislumbró un brillo en los ojos de su hermano que sólo lo había visto cuando estaba con Saga. Asintió, al descubrir la humanidad de su hermano, y sonrió.
—Lo de Perséfone... no fue algo pasajero, ¿Verdad?
—No. No lo fue. Pero tengo que esperar a que vuelva, y aclarar con ella muchas cosas.
—Espero que consigas olvidar a Géminis de una vez.
Aiolos le taladró con la mirada.
—Será tu compañero, no te lo voy a volver a repetir.
—Tiene ojos de chiflado.
—¡Aioria!
—¡No, me da igual lo que me digas! ¡El no me soporta y yo a él tampoco! ¡Ojalá desapareciera y volviera Solaria a ocupar el Templo!
Aiolos suspiró.
—Esa bocaza tuya, unida a tu carácter te va a meter en más de un lío. No sé qué voy a hacer con vosotros dos. Se han juntado el hambre con las ganas de comer.
Aioria se quedó mirándole, para luego acercarse lastimeramente a su hermano demandando un abrazo. Aiolos suspiró y, vencido, abrió sus poderosos brazos, cubriendo al joven ateniense con ellos.
—No me acostumbro a reconocer que has crecido, cachorro— susurró, mientras le acariciaba la cabellera—. Y que por culpa de mis acciones has sufrido.
—Tenías razón— musitó el otro, contra los rizos de su hermano—. No debería sentir nada cuando le veo pero estoy loco por él, y cometo estupideces. Aiolos... oh, Atenea...
—Todo saldrá bien, no te preocupes. Se le pasará y volveréis a entrenar y a hacer gamberradas juntos. Estáis destinados a pelear uno al lado del otro. Por la gloria de los dioses.
—Gracias, hermano.
—Pero el castigo que le va a caer cuando Perséfone se entere de esto será proverbial. Ya me encargaré yo de eso. Sus aires de superioridad en Milos no se me han olvidado.
—No seas muy duro con él— musitó el León, con ojos trémulos.
—Anda, vete al Templo. No te entretengas demasiado por el camino.
Aioria asintió, sonriendo. Cuando se disponía a salir por la puerta, Aiolos lo detuvo.
—Está destrozado.
—Lo tendré en cuenta.
Y salió hacia Leo, con intención de detenerse en Escorpio.
Para ver a Milo.
Colgó la espada con cuidado, y miró a su alrededor sin bajarse de la cama. La habitación era lo que siempre había deseado: funcional, cómoda y práctica. Literalmente, espartana.
Pensándolo analíticamente, tal y como le había enseñado Perséfone, Milo reconoció que era mucho lo que había logrado desde que estaba en Atenas: Vivía en un templo enclavado en un lugar catalogado como Patrimonio de la Humanidad; poderes inimaginables, un entrenamiento que lo había convertido en una precisa máquina de guerra y una herencia cultural admirable.
Un bagaje que no había podido compartir en toda su inmensidad con nadie porque siempre terminaba solo.
Suspiró hondamente y de un salto se bajó de la cama, para luego estirar la manta y disponerse a ordenar los libros que comenzaban a apilarse sobre la mesa. Se quedó un rato mirándolos y sonrió al comprobar que se los había leído todos.
Y algunos, incluso, le habían gustado.
A un lado, medio escondida, la caja del escorpión reposaba silenciosamente vacía, y al reparar en ella, Milo se acercó la mano a la cara al recordar lo ocurrido con el animal.
En la palma aún se distinguía, difusa, la marca del picotazo que el pequeño arácnido le había asestado, pero en ver de inflamársele la herida, o de experimentar los síntomas de un envenenamiento, todo su mapa de puntos vitales se inflamó. Su sistema inmunológico había adaptado la toxina a su organismo como si fuera parte de él y no un elemento extraño.
Así que su cuerpo lo había aceptado como algo natural.
Era como una manzana envenenada.
Se colocó delante de la estantería y descubrió que se le estaba quedando pequeña. Tomó papel, una escuadra y un lápiz y se dispuso a diseñar una, mientras amontonaba todos los libros en el suelo.
Astronomía, física, química, zoología, historia...
Entre todos ellos, destacaban las Crónicas de Tucídides, y se entretuvo un rato en acariciar las hojas, amarillentas, mientras sus ojos pasaban a gran velocidad por los textos.
Uno de los episodios hablaba de Milos, de la invasión ateniense, y de la masacre de sus ancestros. De su lucha, de su feroz neutralidad.
De su exterminio.
Dejó el libro sobre los demás, y al mover el tablero, algo cayó a sus pies.
Un pergamino.
No recordaba poseer un legajo tan antiguo. Se agachó a recogerlo, lo desenrolló y comenzó a leerlo. Estaba escrito en griego clásico, y tuvo que reconocer que las clases de Perséfone le habían servido de gran ayuda. Comprendía tanto el griego actual como el de sus antepasados, y eso le hinchó de orgullo.
Decidió posponer la nueva disposición de su biblioteca ya que lo que estaba leyendo le sorprendió en extremo. El pergamino le fue informando cual era la jerarquía de la orden, normativas, directrices y, sobresaliendo entre toda aquella marea de datos, los pasos que un aspirante debía dar para optar a una armadura.
Releyó la frase cuatro o cinco veces.
“Retando a su maestro en combate singular”
Miró a su alrededor. ¿Quién le habría colocado aquel pergamino allí?
—¿Puedo pasar?
Elevó la cabeza después de tomar una pila de libros y colocarlos sobre el papiro para enfrentarse a su visita. No quería que supiera lo que acababa de averiguar.
—Nunca te he negado el paso— contestó el melio.
—Milo, siento mucho lo de tu hermano.
—Gracias— dijo secamente el otro.
Aioria estaba en la puerta, tenso.
—¿Estás de mudanza?
—Adecuación del entorno a mis necesidades— el joven Escorpio terminó de apilar los manuales y se giró para encararle.
—¿Necesitas ayuda?
Milo se quedó mirándole fijamente.
—¿Tengo cara de necesitar algo de alguien?
El León Estelar entró en el recinto del Escorpión Celeste y cerró la puerta a continuación. El otro se separó de la precaria pila de papel impreso, colocándose en mitad de la estancia, con los brazos cruzados.
—Vengo a pedirte perdón. Yo no quería hacerte daño.
Milo sonrió tétricamente.
—Qué entenderás tú por hacer daño— susurró.
—Y me gustaría hablar contigo para aclarar las cosas.
—Eso es lo que estamos haciendo, ¿No?
Aioria se envaró.
—Quiero explicarte lo que pasó antes de que te fueras de Atenas.
El espartano elevó una mano, pidiéndole que se callara.
—Te voy a explicar yo a ti lo que sucedió. Mira, verás— se acercó a él, le colocó la mano en el hombro, y lo dirigió a la puerta—. Llegué, te conocí, nos caímos bien, follamos, tú decidiste pensar por mí, tomaste una determinación, me rechazaste y fin del cuento.
—No, no es eso lo que...
—Aioria, tengo mucho que hacer— cortó Milo, algo cansado.
—¡Esto es importante!
El aprendiz de Escorpio lo miró, furioso.
—Acabo de venir de enterrar a mi hermano. Tengo una acusación de deserción sobre mi cabeza, mi maestra no está y a Aiolos se le va a caer el pelo por mi culpa. ¡Así que no me digas qué es importante y qué no!
—Milo, por favor, ¡Escúchame!— se giró y, con ojos suplicantes, le agarró por los hombros, tratando de retenerle. El otro se quedó completamente quieto, con los brazos colgando, sin fuerza.
Aioria se separó de él y le observó detenidamente, escrutándolo.
—Tu cosmos ha cambiado.
—Es el veneno del Escorpión. Mi metabolismo lo ha asimilado— dijo, maquinalmente.
—Lo sé, lo he sentido en mi propio cuerpo— Aioria se alzó el justillo del uniforme y le mostró las Agujas.
Milo no le contestó.
—Perséfone y tú me tenéis como un colador.
El joven melio estaba ante él, como ausente.
—Estás... enamorado de ella, ¿Verdad?— se atrevió a preguntarle el León, casi en un susurro.
El griego elevó una ceja, quedándose quieto ante él.
—No dices nada.
Milo alzó los hombros.
—Supongo que, cuando vuelva— hablaba tan bajo que era casi imposible oírlo— aclararás tu situación con ella, y yo no tengo nada que hacer. Pero antes de que me eches de tu vida, quiero que sepas que te amo, Milo. Que no fue mi intención el hacerte daño en ningún momento. Que te veo y te deseo y que...
—Déjalo ya— contestó, agarrándose la casaca, a la altura del corazón.
—¿Te... encuentras bien?— preguntó, preocupado.
—Necesito algo para el dolor.
—Déjame ayudarte, por favor— suplicó.
Aioria elevó su cosmos y un aura dorada le recubrió. Una fina brisa los envolvió a ambos y cuando el León Estelar colocó la palma de su mano sobre el pecho del otro, este sintió un tremendo alivio.
—Me cuesta mucho dominar la técnica. La he llamado “Fluido Dorado”. Pero servirá.
Todo el cuerpo del joven ateniense estaba volcado en la ejecución del poder, teniéndolo enfocado en su mano derecha. Milo se dejó llevar durante unos segundos para luego mirarlo fijamente, con los ojos más tristes que Aioria había visto jamás.
—Lo siento tantísimo...
Milo elevó los brazos y se permitió caer en los de Aioria. Este lo arropó y ambos terminaron en el suelo, arrodillados. El León estelar cubrió al Escorpión Celeste de besos en el rostro, de caricias en su cabellera y dejó que el otro llorara, tímidamente al principio, desatadamente después, descargando su pena.
—Todos... terminan por dejarme solo.... todos...— dijo, entre sollozos.
—Yo estoy aquí, Milo, y me saltaré todas las prohibiciones para venir a verte, te lo prometo. Te lo prometo, no te preocupes, yo estaré aquí para ti, ya lo verás, todo saldrá bien...
El melio se separó del otro y se secó las lágrimas, para levantarse a continuación. Aioria le miraba desde el suelo, impresionado por los ojos que mostraba Milo, carentes de vida. Aquellas turquesas preciosas, que refulgían pasión y belleza, habían perdido su brillo.
—Te irás. Es mi estigma.
—No lo haré— contestó el ateniense, levantándose.
El espartano se quedó mirando hacia su dormitorio, y cuando se giró para encarar a Aioria, dijo algo que el otro no esperaba.
—Vamos a la cama.
—¿Estás seguro?— fue lo único capaz de preguntar.
—Necesito algo que me calme el dolor.
—Eres lo que más quiero, Milo, y por nada del mundo yo...
—Si no me lo das tú— contestó el melio, con una voz taladrada por el desprecio— lo iré a buscar a otra parte.
Aioria se quedó helado.
—¿No has escuchado nada de lo que te he dicho?— inquirió, perplejo.
Milo lanzó una carcajada al aire.
—Es difícil no escuchar los ladridos de un ateniense.
—¿Por qué te comportas así? ¡Estoy de tu parte! ¿Qué más quieres que haga?
—Quítame el dolor. ¡Quítamelo! ¡Arráncamelo! ¡No puedo soportarlo! ¡No puedo! ¡No puedo!
Aioria se quedó con la boca abierta, asustado. Milo estaba fuera de sí, y comenzaba a elevar su cosmos de una forma tan violenta que la percepción del León Estelar gritó de dolor. Había conseguido enlazarse con él, intentando calmarlo, y lo único que sacó en limpio fue sentir lo mismo que Milo estaba sintiendo. Una pena honda, un dolor taladrante, una angustia interminable.
—Me... estás... destrozando— masculló, agarrándose la cabeza, mientras notaba cómo las ondas cerebrales del Escorpión se cebaban en él.
—Cuando un escorpión se enfrenta con otro, el vencedor termina comiéndose al vencido— comenzó a hablar, con un despotismo desconocido en él—. ¿No querías estar conmigo?— le preguntó, mientras sonreía—. ¿No soy lo que más quieres? Eres un mentiroso. Me deseas pero no me tocas. Me ofrezco, como una hetaira [3], pero tú decides cuándo tomarme y cuándo no. Pues eso se terminó. No pienso depender ni de ti, ni de nadie— finalizó, elevando su cosmos intensamente, listo para lanzar las Agujas Escarlatas.
Aioria inflamó su aura y se preparó para repeler el ataque del otro.
—Si haces el más mínimo desperfecto en este Templo— escupió, lleno de odio—, te mataré.
Milo estaba serio, contenido.
—El dolor te hace comportarte así. Te quiero, no lo olvides jamás— le confesó, manteniendo la mirada.
—El amor me volverá vulnerable. Me volverá como Perséfone.
—Pero cuando ella regrese, ya veras como todo volverá a la normalidad. Además, mi hermano...— iba a seguir hablando pero se frenó.
—Tu hermano la quiere mucho. Tanto que me dan ganas de vomitar— replicó con desprecio.
—No sé a qué te refieres con eso— mintió.
—Que les aproveche a los dos— finalizó—. Venga, vamos a la cama.
Estaba frente a él, con los ojos enrojecidos, la cara seria.
Aioria lo rodeó con sus brazos, besándolo con una ferocidad y ardor tal que Milo sintió cómo perdía la respiración. Su cosmos, combado, se expandió tenuemente, penetrando en el del cachorro de león, escrutando sus variaciones caloríficas. Era un poder que anteriormente no había conseguido dominar pero ahora, con el veneno del artrópodo recorriendo sus venas, se había visto aumentado considerablemente.
Se notaba distinto, más animal.
Más violento.
Se alzó sobre la mesa, abrazando a Aioria con las piernas, rozándose contra su pubis con sensualidad y destreza mientras los libros caían al suelo, armando un gran estruendo. Utilizaba su cuerpo como si fuera un instrumento de una gran precisión, y conseguía así los objetivos marcados.
Sonrió al mordisquear la oreja del León, mientras el otro gemía. Había notado la erección contra la suya, y pronto olvidaría el dolor.
Lo sustituiría por otro mucho más placentero.
—Vamos... adéntrate... y luego... lo hacemos a la inversa...
Tenía la voz ronca, diferente. Más adulta, más oscura.
Más depravada.
Aioria se bajó el pantalón, y Milo se alzó la túnica a la vez para favorecer el contacto de las pieles, pero el León se quedó quieto, sin dejar de abrazarlo.
—¿Qué...?
Poco le faltó para prenderse fuego, pasto de la ira.
—No puedo, Milo, no puedo seguir adelante.
Milo ladeó la cabeza.
—¿He... oído bien? ¿Te atreves... a rechazarme... por segunda vez?
—Milo, escúchame— trató de razonar el otro—. La pérdida de tu hermano ha sido un duro golpe, y ahora mismo lo que más necesitas no es meterte en la cama conmigo.
—Y tú sabes lo que necesito, ¿A que sí? Tú posees la Verdad Universal y conoces perfectamente todos mis pensamientos— contestó, mirándole al los ojos con una frialdad sobrecogedora.
—Mañana será otro día, y volveré y...
El Escorpión elevó la mano, indicándole que se callara.
—Muy bien— gruñó, mientras se terminaba de colocar el uniforme y fijaba la protección del corazón en su pecho—. Te lo voy a decir solamente una vez. Métete tus abrazos, tus besos, tu pene y tus consejos donde te quepan.
Aioria se quedó helado.
—No quiero volver a verte.
—Pero Milo, espera... ¡Espera!— le gritó el otro, viendo cómo salía por la puerta.
—No me sigas o me enfrentaré a ti. Y soy más rápido que tú. Adiós, Aioria.
Y con estas palabras lo dejó, desolado, en el templo.
Sintió en su rostro una brisa fresca. El olor que emanaba del campo donde estaba tumbada, con Tiberio a su lado, reflejaba que el año ya había alcanzado su ecuador.
Le encantaba el verano, ya no por el sol, sino por el mar. Le fascinaban las playas de Creta.
Abrió los ojos y cuando comprobó que no había playas ni cielo azul, sino un techo de madera pulimentada y que el sonido de las olas rompiendo contra el acantilado provenían de la ventana abierta de la habitación, trató de levantarse.
Sabía donde estaba.
Necesitaba salir de allí.
La inercia con la que se movió consiguió que experimentara unas fortísimas ganas de vomitar, por lo que se agarró a las sábanas, clavando la cabeza en los almohadones rellenos de plumas sobre los que estaba apoyada.
—¿Qué... me has... hecho?
Con una gran fuerza de voluntad intentó calmarse, dominando la sensación de vértigo que la amenazaba. La cama se movía, la cabeza le daba vueltas y un fétido olor que llenaba sus fosas nasales revolvió su estómago de tal manera que creyó que las arcadas impedirían que respirara con normalidad, ahogándola.
Debía estabilizar su percepción, que registraba sensaciones enloqueciéndola, y la mejor manera consistía en apoyar un pie en el suelo. Al sacar la pierna de la cama, chocó contra algo, metálico, y se estremeció al imaginar quien estaba allí con ella.
A lo lejos, los gritos de los jóvenes, entrenando, llegaban amortiguados, como si existiera una pantalla que impidiera traspasar otro sonido diferente al de las olas chocando contra el promontorio rocoso.
—Eres hermosa.
Frunció las cejas como acto reflejo para fijar con claridad la imagen y lo vio allí, sentado en la silla, con su toga, como si fuera un ser respetable.
—¿Cuánto... llevas ahí?
—Horas. Es un placer contemplar tu sueño.
Se sentó en la cama después de un titánico sacrificio y se llevó la mano a la cadera. La herida estaba supurando.
—Quiero salir de aquí cuanto antes.
—No estás retenida— contestó él, restándole importancia a la situación— pero dudo que seas capaz de caminar más de dos pasos sin caerte. Has sido envenenada con curare. Y tu cosmos ha mutado el veneno.
Perséfone tragó saliva.
—Pensabas... matarme.
—Sí. Esa es mi directriz para cualquiera que trate de colarse en mi fortaleza.
—Formas parte del Santuario de Atenea. Tu deber era recibirnos como caballeros dorados.
El Segador la miró directamente a los ojos.
—En Atenas Shion impone sus leyes. Pero aquí, yo soy la voz de la diosa, y se cumplen las mías.
El ojo ambarino refulgía, contrastando con el azulado. De no saber nada de él, Perséfone habría caído irremediablemente presa de su hechizo. El Segador, cuyo nombre real desconocía, era uno de los jóvenes más atractivos y con más magnetismo sexual de la orden.
Como Syla.
—Soy tu compañera, carroñero.
—Pertenecemos al mismo ejército, pero de ahí a ser compañeros dista un mundo, cretense.
Acarició la sábana, sin tocar el cuerpo de la griega, rasgando con sus afiladas uñas la fina tela. Ella se envaró.
—Tu sinceridad es tan despreciable como tú.
El italiano asintió, como si hubiera recibido un cumplido.
—No tengo motivos para mentir. A todos vosotros, ca—ba—lle—ros dorados— recalcó las sílabas, sabedor de lo que Perséfone aborrecía que se la llamara amazona—, se os llena la boca con términos como “amor” “compañerismo” y demás estupideces. Pero luego, cuando el Gran Tirano os convoca en ese lugar de oropeles, y os habla de lo buenos guerreros que sois, no os dignáis ni a miraros a los ojos.
—Es increíble lo bien que tergiversas las cosas— contestó ella, apoyándose en las manos para incorporarse—. Shion es el mejor dirigente que podíamos haber deseado.
—La verdad, Perséfone, yo seré un tergiversador, no lo niego, pero tú eres una mujer muy inocente.
—¿A qué te refieres?
—No te hagas la despistada— contestó él, mirándola fijamente.
—¡No sé de qué demonios me estás hablando!— escupió ella, harta.
—¿Ya te has reconciliado con Aristeo?— cambió el Segador de tema, dejándola perpleja.
Ella le taladró con la mirada.
—Veo que no. Y es comprensible— sonrió—. No puedo reprocharte nada, ni a ti, ni a Pallas. Aristeo— se levantó, para asomarse a la ventana— es un estúpido. ¿Para qué pensará que tiene el pene? ¿Para mear? Compadezco al niño que está con él. Debe tener la cabeza hecha cisco, con las enseñanzas que puedan salir de la boca de semejante espécimen.
Ella se parapetó contra la almohada, completamente a la defensiva, cansada de juegos.
—Quiero que me digas qué ocurrió para que la mayor parte de tus aprendices terminaran flotando alrededor de la isla, Segador— inquirió, molesta.
El joven encogió los hombros, se volvió a sentar en la silla y cruzó las piernas.
—Death Mask es mi mejor obra, Perséfone. Me siento muy orgulloso de él. Además, en la cama es un ser formidable. Como buen descendiente de griegos, yo mismo le he iniciado.
Ella meneó la cabeza, apremiándolo.
—Soy siciliano, sí, pero no olvido que tus antepasados fueron los que se asentaron aquí, colonizándonos, dándonos a beber de tan fantástica cultura.
—¿Los mató él?— preguntó ella.
—Murieron por la diosa.
—¡Estás mintiendo, cínico!
—¿Por qué te gusta tanto insultarme? ¡Si yo soy lo más sincero de todo el Zodíaco! ¡Deberías llamar cínico a Shion, y no a mí!— se hizo la víctima, encogiéndose en su asiento—. ¿Quiere caballeros? No tiene que preocuparse de nada, yo se los proporciono. ¡Fuertes, robustos y preparados para la guerra!— elevó la voz, moviendo teatralmente las manos—. El podrá dirigir el Santuario de Atenas como le venga en gana, ahora bien, el Santuario del Cangrejo lo gobernaré yo y tomaré las medidas que yo estime convenientes. Si miras a tu alrededor, comprobarás que mal no nos ha ido, precisamente.
Perséfone arrugó el rostro.
—Te voy a decir algo, cretense— se acercó a ella, colocándose en la cabecera de la cama—. Sé que Shion desea lo que yo tengo. ¿Nunca lo habías pensado? Pues fíjate— su rostro exudaba sensualidad—. Si quiero follar con aprendices, lo hago, ¡Y ellos no se quejan! ¡Jamás se han negado a mis pretensiones! Si quiero iniciar a mis sucesores, los inicio. Te envía a ti para llevarte a mi última creación, ¡Y yo se la cedo, gustoso! ¿No es el acuerdo ideal? ¡Por supuesto que lo es!
Se arregló el manto, como un senador lo haría ante el foro de sus iguales.
—El halo que nos rodea— continuó con su exposición—, activa un mecanismo de repulsa perfecto hacia nuestra Fortaleza. Hasta el virtuoso de la orden, él y su espada de Justicia, que la usaba yo como si fuera un pincel y su cuerpo un lienzo— sonrió, imaginándose la escena—, se mantiene alejado de este Santuario. Son todos iguales, Perséfone, nos desprecian, nos critican, pero cuando necesitan un carroñero, alguien que realice el trabajo sucio... ¿A quien crees que recurren? A los asesinos. A nosotros. A ti— finalizó, señalándola con el dedo.
—Escorpio no es como Cáncer.
—¡Oh, claro que no! Tú matas en aras del amor a la diosa— sonrió melodramáticamente—. Yo lo hago porque disfruto cuando ejecuto a una víctima. La única diferencia entre tú y yo es que yo soy consecuente con mis convicciones. A mis ojos, no cometo ninguna atrocidad. Y no tengo remordimiento alguno. ¿Puedes decir lo mismo?
La mujer se agarró la cadera. La herida palpitaba.
—El resto de los dorados te odian— continuó hablando él—. ¿Y ahora vienes a cuestionar mis métodos? Escúchame y aprende del maestro, Reina de los Infiernos— sonrió—. Según tengo entendido, y por la impronta captada en tu cosmos, Aries debe aborrecerte. ¡Sólo a ti se te ocurre acostarte con el amante del Patriarca!
Ella se incorporó, con el rostro congestionado.
—¡Cierra tu fétida boca, maldita sea!
El Segador inflamó su cosmos y elevó el dedo hacia el techo, abriendo una singularidad en él que consiguió que a Perséfone se le quitaran las ganas de hablar. De repente, la habitación se convirtió en el propio Infierno, y una infinidad de cadáveres caminando a su alrededor los sorteaban, dirigiéndose a algún punto en concreto que la mujer no fue capaz de especificar. Trató de alzar su cosmos en contestación a aquel despliegue de poderes, pero sólo consiguió marearse aún más. Hastiada, cansada y decepcionada consigo misma, tuvo que claudicar, y clavando sus azules ojos en el Segador, le permitió que siguiera hablando.
Como si hubiera tenido otra opción.
—Pues como te iba diciendo— prosiguió—, te has llevado a la cama al juguetito de Géminis, porque a mí el ático no me engaña. Estoy seguro que aún hoy le mira el culo a Aiolos y siente ese pinchacito característico que te indica que estás a punto de ponerte duro como una roca— se ayudó con las manos, dibujando en el aire auténticas obscenidades, adornadas por risas histriónicas y cortantes—, así que Saga debe aborrecerte. Leo destrozará a tu aprendiz, si no lo ha hecho ya, por lo que el dulce Milo será la sombra de sí mismo, si no te andas con cuidado. Acuario bailaría sobre tu tumba, Capricornio es incluso más misógino que Acuario desde que le rechazaste, Piscis ha sido sometido por mi pupilo y Sagitario... Sagitario merece un capítulo aparte.
Los labios de Perséfone se fruncieron de odio.
—Aiolos es más promiscuo que Solaria. ¡Qué portento de hombre, por todos los dioses! ¡Como me hubiera gustado probarlo en la cama!
—¿Sólo tienes sexo en la cabeza?
—A veces, también lo tengo en la boca. O más abajo— se señaló la entrepierna.
—¡Tengo que hacer un informe, por todo lo sagrado!
El rostro del Segador se tornó serio.
—Murieron cuando Death Mask consiguió la armadura. Decidimos tirarlos al mar, como tributo a los dioses. Esa es la pura verdad.
Se levantó, para mirar por la ventana.
—Milo es un joven asombroso. Se llevará bien con mi sucesor— susurró, como si hablara consigo mismo.
—Milo rechazará los hábitos de tu discípulo como yo lo he hecho con los tuyos.
—¿Estás segura de lo que dices?— sonrió—. Que tú seas una mojigata no quiere decir que él comparta tus peregrinas ideas.
—Tiene un fuerte entrenamiento a sus espaldas. Acatará lo que yo le diga.
—Hasta que se canse.
Frunció las cejas, con asco.
—¿Me cuestionas como maestra?
—Reconoce que hay partes de su entrenamiento que han quedado sin desarrollar a causa de tus... principios.
—Acostarme con mi aprendiz no es una disciplina que tenga que contemplar en su preparación como caballero, pervertido.
—Al menos, el muchacho ya no es virgen, y ha sido iniciado al estilo griego. Aunque fuera Aioria el que...
—¿Cómo sabes todo esto?— lo interrumpió ella.
—Espías, querida— replicó él, girándose—. El Santuario es un nido de víboras.
Ella no contestó.
—Sigo pensando que deberías haber sido tú la que le enseñara los secretos del sexo. Es tu obligación adiestrarle en todas las materias, y me importa un bledo lo que creas o no.
—La ley del Santuario lo prohibe, Segador.
—Ah, lo había olvidado. En el Santuario nadie ha conseguido la armadura sin utilizar métodos... ya sabes— sonrió—. No recordaba lo virtuosos que sois.
—Yo alcancé el honor de vestir mi armadura como se debe hacer. Venciendo y matando a mi maestro.
—Cierto es que no compartiste lecho con él porque a mi más querido amigo Tiberio de Escorpio le gustaban más los hombres que las mujeres. A ti no te iba a iniciar porque no se le pondría dura al mirarte. Algo que es prácticamente impensable, por cierto— la miró intensamente, dándole significado a la frase.
—No tienes respeto ni por muertos ni por vivos. Eres despreciable.
—De haber sido yo Milo— continuó él hablando, sin escucharla—, me habría ofrecido a Saga. ¡Cómo me gustaba su porte, su elegancia, su estilo en combate! No me extraña que Solaria se quedara obnubilada mirándole cuando entrenaba— recordó—. Ese llegará lejos en la Orden. Es el mejor. A veces he pensado en él y he podido reconocer la sombra de Ares, su poder, su impronta.
—El Santuario necesita alguien más moderado— comentó ella.
—¿Cómo Aiolos? En batalla contra cualquier deidad, el Arquero no sabría dirigirnos. No sólo hay que saber abrir las piernas. Hay que ser capaz de cerrarlas a su debido tiempo.
Perséfone inflamó su cosmos, furiosa de escuchar la retorcía realidad del Segador.
—¡Cierra tu envenenada boca de una maldita vez!
—La destrucción de Troya la propició una mujer. Curiosamente, tú eres la única dorada de la Orden.
Se abalanzo sobre ella a la velocidad de la luz y la besó, apoyando todo su cuerpo sobre la herida. Se recreó en los labios de ella, y reía infantilmente mientras Perséfone le mordía.
—Podría dejar mis aventuras libidinosas por ti, Reina de los Infiernos— musitó, agarrándola por las muñecas.
—¡Ni por todo el oro del mundo!— gritó ella, forcejeando.
—Envidio a Aiolos. Sinceramente— contestó él, quitándose de encima de ella.
Se levantó de la cama, después de aspirar el aroma del cabello de la cretense y abrió la puerta.
—Piscis va a dejar seco a mi discípulo. No han dejado de follar desde que están aquí. ¡Qué juventud maravillosa! Voy a ver si me dejan colarme en su cama. Y si no me dejan, les obligaré.
Ella le miró, atónita.
—Espero que pongan impedimentos. Ojalá lo hagan. El amor tiene que doler siempre— sacó la lengua, realizando un movimiento obsceno con ella, mientras se acariciaba la entrepierna.
—¡Desaparece de mi vista, Segador!
—Únete a nosotros en la fiesta, Perséfone. Yo te haría el amor hasta morir exhausto.
Una ráfaga de Agujas Escarlatas se quedó tatuada en la puerta. El Segador ya había salido, cerrándola tras de sí, y las carcajadas se oyeron en el pasillo durante un buen rato.
—¿Inminente?— preguntó Mü terminando de colocar las herramientas en la bolsa, y empaquetando rápidamente las pocas pertenencias que tenía.
—Sí— fue la parca contestación que recibió de su maestro.
—Yo creí que teníamos más tiempo de preparación. Todo los planes que hemos diseñado, ¿No han servido de nada?
Shion alargó la mano y tocó los puntos de la frente de su pupilo. Cerrando los ojos, Dohko apareció nítidamente en la percepción de los dos. El caballero de Aries se quedó algo perplejo al ver al Viejo Maestro con un bebé en brazos.
—Shunrei— fue lo que el chino contestó.
—¿Está ya la Torre preparada?— inquirió el Patriarca, con intranquilidad.
—Sí. Todo listo para que la ocupe tu discípulo.
Dohko dirigió su decrépito cuerpo a la cuna que tenía en la cabaña, y allí depositó a la niña.
—Corres un grave peligro, Mü— confesó Shion—. Pronto elegiré sucesor y eso desencadenará una matanza.
Cortó el enlace con su amigo, y su rostro se ensombreció.
—Necesito más datos, maestro. Si voy a ser el capitán, creo que debería conocer a los que serán mis compañeros. Y si me marcho de esta manera, ¿Qué podré hacer por la Orden? No tengo miedo a morir. Pelearé por lo que hemos levantado con tanto sacrificio— afirmó, apretando los puños. Sus ojos resplandecían.
El representante del Carnero Dorado se quedó mirando a su pupilo, con honda pena en los suyos.
—Ya has leído las profecías. La batalla que se aproxima nos diezmará por completo. El hermano levantará la mano contra el hermano y la Discordia inflamará los corazones. No podemos hacer nada. Simplemente, prepararnos y esperar.
—¿Esperar a que nos maten? ¿Qué tipo de guerreros somos, Maestro? ¿Hemos soportado tan duros entrenamientos para quedarnos de brazos cruzados? ¿Para ver cómo un renegado nos destruye desde dentro?
—Está escrito— suspiró cansinamente—. Yo no puedo revelarme contra los dioses.
—¡Pero la impasibilidad que mostráis me parece aún más preocupante que lo que la profecía nos revela! ¿Y si está equivocada? ¿Y si no es ahora el momento exacto de la rebelión?
El caballero dorado le miró con compasión. Le pasó el brazo por los hombros, paternalmente, y caminó hacia la cama para ayudarle a terminar de empaquetar sus utensilios. Sobre ésta, envueltas en un fino paño oscuro con el emblema del carnero bordado en hilo de oro, estaban las herramientas de alquimista.
Su herencia más preciada.
—Todo se ha ido cumpliendo. Desde tiempos inmemoriales, el Santuario de Atenea, el lugar donde nosotros vivimos, ha sido el centro de la Orden del Zodíaco. La mayor parte de caballeros han nacido en estas tierras orgullosas y templadas, hermosas como ninguna— se separó de Mü, para caminar hacia la ventana—. Las profecías anteriores hablaban del resurgimiento de Santuarios en diferentes lugares del mundo: La Torre de Aries, el Coliseo de Tauro, la Montaña de Cáncer, los Campos Santos de Virgo, la Cascada de libra, la Cueva de Escorpio, el Santuario Montañés de Capricornio, las Cabañas de Acuario y Piscis... pocos de los dorados han conseguido su armadura en Atenas, aunque fuera aquí dónde tomé parte en la anterior contienda. Donde Dohko portó la espada de la Justicia por última vez. Él y yo fuimos los únicos supervivientes. Y los dos fuimos conocedores de esta dolorosa realidad.
Mu lo miraba fijamente.
—Tuvimos que repartirnos las tareas. El decidió quedarse en Rozan, custodiando...— se interrumpió, como si tuviera un gran secreto en la punta de la lengua y en última instancia decidiera callárselo—. Así que yo me instalé aquí, en el Santuario, sabedores ambos de que todo esto terminaría por suceder. Me resistía a creerlo, incluso muchas veces pensé que los pergaminos estaban equivocados. Es cierto que no sabemos con exactitud quien será el instigador pero al menos tenemos una certeza de cual de todas es su Casa. Y ésta es...
Un trueno sacudió los cimientos del Templo.
El cielo, curiosamente, estaba raso en ese mismo instante.
—Los dioses están furiosos— musitó Mu., mirando con temor al custodio de Aries.
—Cierto. Y por eso te repito que no se puede luchar contra el destino. Tenía una misión, la de devolver a la orden su gloria y creo que lo he conseguido. La tuya será dirigir a los caballeros del Zodíaco cuando Dohko te haga el traspaso de poder.
—¿Puedo confiar en Roshi?
—Completamente. Será tu mentor.
—¡No quiero perderos, maestro!— exclamó, en un arranque de sinceridad.
Shion sonrió, y le pasó una mano por la suave cabellera del joven Aries.
—Te acercas a los ochenta años. Es hora de empezar a controlar tus emociones.
—Lo sé, lo sé y lo siento pero... ¡Me duele tanto tener que irme así, como si fuera un vulgar ladrón!
—Tu vida es preciosa, Mu. Tus conocimientos, únicos. El usurpador necesitará de tu pericia para restaurar las armaduras. Así que manténte con vida, ya tendrás tiempo de volver. Y de dirigirlos a todos.
Shion tomó varios documentos en la mano y se los tendió a su aprendiz.
—Aquí está todo lo que necesitas saber de ellos. Su historia, sus motivaciones, su pasado, su vida. Estúdialos y con este potencial, obra en consecuencia.
—Atenea está en grave peligro.
—No tanto como tú.
Mü suspiró, nervioso.
—Tendremos que redoblar su vigilancia.
—Es una buena idea— asintió el otro.
Mu suspiró de nuevo. La hora de la separación estaba muy cerca.
—Ha sido, maestro, un placer haberos conocido.
Gruesas estelas brillantes adornaron el rostro de ambos.
—Mi dulce Mü...
Shion abrazó a su discípulo y besó su cabeza, demostrando una humanidad desconocida para el joven Aries.
—Cuidaros, Shion de Aries.
Y secándose las lágrimas con furia, no miró atrás cuando salió por la puerta de Aries.
—Adiós, hijo mío.
Shion tampoco lo hizo cuando se dirigió a la Cámara del Patriarca.
“¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”
Era la pregunta que Aioria se formulaba, una y otra vez, mientras corría a gran velocidad hacia el Pórtico Sur, roto de dolor. Él, que amaba a Milo de tal manera que sentía cómo la sangre se paraba en sus venas cuando el otro le sonreía, había sido rechazado por el testarudo espartano por protegerle del más mínimo dolor sin darle opción a explicar sus intenciones.
Todo por evitarle sufrimientos innecesarios.
Se paró, jadeando, y apoyado en el olivo sagrado de la diosa, el árbol que Atenea regaló a la ciudad para asegurarse la fidelidad de ésta, comenzó a llorar.
La mano se fue deslizando por la corteza, rugosa, mientras las lágrimas lo hacían por la cara del León. Cuando se dio cuenta de su posición, se encontraba arrodillado en el suelo, y los sollozos comenzaban a ser audibles. Elevó el rostro, compungido, y vio a dos jóvenes aprendices que le miraban con espanto. Al principio, no supo por qué, pero luego, al reparar en sus manos, piernas y pies, lo comprendió: su cosmos estaba completamente expandido, y le rodeaba una brillante aura dorada, que le hacía parecer más una aparición del más allá que un aspirante a caballero de oro.
—¿Por qué, Milo? ¿Por... qué?
Se agarró el pecho, en idéntica forma a cómo lo hizo el melio ante él, con los ojos jalonados de pequeñas gotas brillantes, dolor en su representación más hermosa.
Apretó los dientes, recriminándose a sí mismo aquella falta de autocontrol. Milo no merecía su amor, ni su amistad, ni un segundo de su tiempo, pero no podía sacárselo de la cabeza. Desde que le hizo el amor, porque para Aioria, eso fue lo que ocurrió en Sagitario, el Rey de la Selva tenía en el Artrópodo Estelar su cara y su cruz.
Una cara de ojos vivaces y larga y ondulada melena oscura.
Una cruz excesivamente pesada.
Se enjuagó las lágrimas, se limpió las mejillas con las bandas que llevaba en las muñecas, y cuando trató de levantarse y comenzar a actuar como un caballero y no como una damisela abandonada, oyó algo a su espalda.
Se puso en guardia inmediatamente, listo para destrozar a cualquiera que se atreviera a interrumpirlo en sus lamentos personales.
—¿Quieres una? Las penas con pan son más llevaderas.
Abrió los ojos con fuerza, y la boca se le quedó abierta de la impresión. Una amazona estaba ante él tendiéndole unas cuantas aceitunas.
—No creo que a Atenea le importe— continuó ella, restando importancia a la situación.
Tenía el cabello del color del fuego, la máscara completamente plateada y carente de adorno, un uniforme que dejaba bien claro que la muchacha había dejado la adolescencia hacía muy poco tiempo y que la naturaleza sería magnánima con ella, convirtiéndola en una atractiva mujer, y una herida que supuraba en su muslo derecho.
Aioria se relajó, y después de sopesar la situación y decidir que su estómago podía darse un respiro, tomó una aceituna y se la comió lentamente, para luego estirarse y escupir el hueso con la elegancia que le confería su signo.
—Me llamo Aioria.
—Ya lo sé— contestó ella—. Eres muy popular en mi barracón.
El joven elevó las cejas, intrigado.
—¿Te conozco?
Ella agacho la cabeza, tocándose la herida, evitando contestar.
—Espera, te ayudaré.
Cuando Aioria se arrodilló para examinar el vendaje, los dedos de ella chocaron contra las del joven ateniense. El contacto duró una fracción de segundo, pero ambos retiraron las manos como si hubieran tocado fuego.
—Lo siento, no debí haberte interrumpido, aprendiz de Leo— se disculpó ella— pero te vi tan triste que no pude evitarlo. Lo siento— agachaba la cabeza y la elevaba, a modo de saludo, o más bien de reverencia. El joven se quedó de nuevo sin palabras, extrañado por la actitud de la muchacha.
—No eres griega, ¿verdad?— preguntó él, entornando los ojos.
—No— contestó ella, de nuevo mirando al suelo—. Nací y me crié en Japón.
Aioria abrió la boca, asombrado.
—Pues sí que has llegado lejos— sonrió.
—Hai [4]— musitó ella.
—Te curaré la herida— añadió él, intentando examinar de nuevo el vendaje, empapado de sangre.
—No te molestes por mí, no es necesario, gracias, caballero, yo...
—Piensa que lo hago para perfeccionar mi técnica. O en pago por las aceitunas. ¿Te parece bien?
La sonrisa de Aioria hizo que Marim suspirara profundamente.
—Arigatô [5]— susurró, mientras se sentaba en el suelo.
Con precisión quirúrgica, Aioria le retiró el vendaje y lo dejó en el suelo. Inflamó su cosmos y tomó aire, cerrando los ojos a continuación. Buscaba una complemetación total con su constelación guardián, y a pesar que las nubes tapaban el sol a aquella hora del día, Marim pudo ver con claridad cómo las estrellas de Leo se iban marcando en el firmamento. Régulo, Denébola, Algeiba, Zósima, Coxa y así hasta dieciséis puntos luminosos la figura del León legendario se hizo patente y cuando Aioria alcanzó la velocidad de la luz, dominando los secretos del Séptimo Sentido, imponiendo sus manos sobre la herida abierta de la muchacha, la aprendiz de Irenea sintió una oleada en su interior que no podía compararse con nada. Paz, bienestar, felicidad, alegría, calma, serenidad, y un sinfín de placenteras emociones la embotaron de tal manera que cerró los ojos, dejándose llevar por el sensual y adictivo toque de las manos de Aioria.
Apoyó la cabeza en el tronco del olivo, arropada completamente por el cosmos del León y de no haber sido por la postura, Marim supo que podría haberse dormida junto a él.
—Creo que esto ya está— certificó el joven, mirando la pierna de la muchacha, y palpando el lugar donde estaba la herida.
—¿Está cerrada?— preguntó ella, aún mareada por la sensación de bienestar.
—Más que cerrada— rió él—. Desaparecida.
Ella se quedó asombrada.
—Entonces, es verdad lo que dicen— le dijo, agradecida—. Tienes los poderes de un dios. Por eso Dafne quería verte aquel día.
El joven se rascó la cabeza, ruborizado.
—¿Dafne? ¿La del Ala Sur? ¡Ah, recuerdo el día! Aún no hemos terminado de cumplir el castigo que nos pusieron por entrar en los pasadizos.
Al recordar cómo terminó aquel día, el rostro de Aioria se ensombreció.
Ella se quedó un momento quieta, mirándole, recreándose en su aspecto.
Deseando haber sido ella la que estuviera citada con el León estelar aquel día.
—He de irme ya— se despidió ella, obligándose a salir de su propia ensoñación—. Es hora de volver al barracón.
—Esta zona... no es parte del área femenina— reparó él, mirando a su alrededor.
—No. Salté el vallado cuando te oí. Parecías muy triste.
—¿Puedo... verte la cara?
Se arrepintió de haber hecho aquella pregunta en el momento de formularla.
Ella estuvo unos segundos quieta, sopesando.
—Dame tus manos— se acercó a él, y utilizando una suave seda que llevaba atada a la cintura a modo de adorno, le tapó los ojos.
—No puedo ver nada— sonrió él.
—Tu poder está en tus manos. Úsalas.
Aioria asintió y las yemas de sus dedos despejaron de rebeldes rizos su rostro, dibujando la nariz, la boca, el mentón, los pómulos, las cejas, la frente. Y a medida que descubría de ésta manera a la amazona, su dolor fue siendo cada vez menos fuerte, para enquistarse en su corazón, y quedarse clavado allí.
—Eres... preciosa— susurró él, buscando las manos de ella—. Espero que deroguen pronto esta estúpida ley.
—Arigato, Aioria— agradeció la muchacha, salvajemente ruborizada.
—Amarme, o matarme— se quitó la seda, y se la alargó.
—Difícil elección— bromeó ella.
—¡Marim! ¡Tienes un combate pendiente! ¿Dónde te has metido?— los gritos de su instructora la hicieron volver a la Tierra.
—He de irme.
—¿Volveremos a vernos?— preguntó él, de nuevo sin pensar.
—Me gustan las aceitunas.
El joven León asintió.
—A mí también.
Y la vio alejarse, para luego colocar la mano sobre su pecho. Las Agujas ardían, y lo harían durante muchísimo tiempo. Pero algo le decía que aquella muchacha sería importante en su vida.
Lo que no sabía Aioria, era hasta qué punto.
—Demos gracias a Atenea por tu restablecimiento.
Camus mantuvo los ojos fijos en su maestro cuando le escuchó pronunciar aquella frase carente de sentimiento. Le escrutó, intentando averiguar si el alemán estaba afectado por lo ocurrido pero en la máscara que Aristeo tenía por rostro no apareció arrepentimiento alguno. Es más, la tranquilidad que exhibía al hablar, y la aparente sinceridad con la que lo estaba mirando dejaron perplejo al aprendiz de Acuario.
—Pero no creas que vas a quedarte ahí todo el día. Levántate, tienes horas de entrenamiento que recuperar.
Camus asintió, y con gran esfuerzo, consiguió llegar a la ducha. Tenía el cuerpo entumecido, y el pijama, que no recordaba habérselo puesto, empapado de sudor. Le costó desvestirse en el minúsculo receptáculo que usaban como cuarto de aseo, pero una vez bajo el chorro reparador, se sintió un hombre nuevo.
—¡Vamos, Camus!— oyó desde la cocina.
—Enseguida salgo— contestó el francés, un tanto nervioso.
Se enrolló en una gran toalla y cuando se dispuso a cruzar la cabaña para dirigirse hacia donde tenía los uniformes de entrenamiento, vio algo que le congeló la sangre en las venas.
En la puerta, apoyadas en el quicio, había dos bolsas de viaje.
Un millón de ideas cruzaron a toda velocidad por su mente, generando un profundo estupor en él, que con gran esfuerzo consiguió disimular. Evidentemente, si había dos bolsas, una sería para Aristeo y otra para él, y lo más lógico era que el caballero de Acuario hubiera tramitado la expulsión de Camus de la orden del Zodíaco. Se imaginó a su madre bramando al conocer la fatal noticia, desheredándolo e impidiéndolo ver de nuevo a su hermano y a madame Laptinec.
Que lady Patrice le despojara de su título nobiliario le traía sin cuidado. Pero el saber que no podría vestir la armadura de Acuario, aunque sólo fuera una vez en su vida, le generaba un profundo desasosiego.
Deseaba ser caballero.
Más aún, lo necesitaba. Era el motivo de su existencia.
Para lo que había nacido.
Tragó saliva. Podía perderlo todo por haber salido en defensa de Mikhail.
Todo.
Se lanzó oleadas mentales para tranquilizarse. Si se dejaba llevar por los nervios, no vería con claridad todas las opciones que se presentaran ante é, por lo que se relajó todo lo que pudo y comenzó a pensar con el pragmatismo que le había enseñado su maestro. Conocía a Aristeo, y si éste tenía en mente llevar a cabo la expulsión, ya se lo habría comunicado con la misma delicadeza que Atlas intentando romper las puertas del Averno, y no continuaría cocinando como si nada pasara.
Así que se trataba de otra cosa. Pero, ¿Qué?
Se vistió, y volviéndose al alemán, comenzó a desenredarse el cabello, con serenidad y parsimonia.
—La comida se enfría— fue la contestación que recibió.
Se sentó a la mesa, pulcramente aseado y peinado, pero de su boca no salió ni un solo sonido. Si su maestro quería comunicarle algo, que fuera él el que iniciara la conversación.
Suspiró, cansado. Aristeo estaba tan mudo como él.
Típico de Acuario.
Jugueteó con el humeante estofado durante un buen rato, y cuando alzó la vista se encontró con los grises ojos de su maestro, que le miraban fijamente.
—¿No es de tu agrado el menú?
—Al contrario— contestó Camus—. Es que no tengo apetito.
—Entonces los zorros polares te nombrarán su protector, al despreciar tan suculenta liebre— gruñó, apurando un vaso de vino—. Tengo que salir— le informó Aristeo, mientras se levantaba—. Recoge todo y luego practica la Ejecución de la Aurora. Ya que conoces la técnica, ahora sólo necesitarás depurarla— añadió con ironía.
El francés no le contestó. Simplemente, dejó que Aristeo se marchara, y una vez lo vio desaparecer por la puerta, abandonó el lugar donde estaba sentado y se dirigió hacia la ventana para averiguar qué tiempo hacía.
Al pasar ante el cuarto del alemán, vio sobre su cama el libro que había desencadenado lo que terminó en enfrentamiento directo entre maestro y aprendiz.
Se quedó un rato quieto, realmente intrigado por el hallazgo, ya que Camus creyó que encontraría el libro hecho cenizas en el hogar de la chimenea, pero el convidado de papel estaba allí, silencioso, con lo que parecía todas las hojas en su lugar.
Lo tomó entre sus largos dedos con la intención de echarle un vistazo cuando en su percepción sintió el rápido acercamiento de un cosmos poderoso, que identificó con el del portador de Acuario. Para ratificarlo, el sonido de la moto comenzaba a ser audible, y de no haber sido por su velocidad, Aristeo lo habría pillado con las manos en la masa. Pero la máscara de Camus era tan perfecta como su aspecto, por lo que aquella trampa urdida por el alemán, si es que aquella aparición estaba preparada para sorprender al joven francés, no surtió efecto.
—Se me había olvidado un pequeño detalle— entró el otro en la cabaña como si fuera una Parca llevándose el alma de un caído, y sonrió al ver a Camus fregando con ahínco un perol.
—¿Tardaréis mucho en volver, maestro?— susurró el joven, sin girarse.
—Estaré aquí al anochecer.
Una vez oyó la moto de nieve arrancar de nuevo, se relajó.
—Por poco— musitó.
Al dirigirse hacia el cuarto del otro, Camus comprobó que el libro ya no estaba. El francés se encogió de hombros, admirado por la astucia de Aristeo, y echó leña al fuego para caldear el ambiente. Arreciaba una tormenta, por lo que el entrenamiento en el exterior quedaba descartado. Así que se puso cómodo, aseguró un par de grilletes al pontón medianero del techo y se enganchó a ellos, preparándose para realizar unas cuantas series de flexiones de aquella manera.
Necesitaba fortalecer los músculos y así estuvo durante un par de horas, elevándose, dejándose caer, y pagando la factura que la inactividad a causa de su convalecencia le estaba pasando, en sudor y pinchazos en el abdomen.
—Los preceptos de la Casa de Acuario...
Utilizaba esa letanía para crear un ritmo de trabajo, una cadencia que le obligara a continuar con aquella agonía física. Tenía una estructura muscular muy diferente a la de su maestro. El pecho de Aristeo parecía cincelado por un artista, sus respiratorios tatuados a ambos lados del ombligo, la cintura fina, la espalda ancha. Camus, por el contrario, era espigado y esbelto, como un junco, de una fragilidad engañosa que pareciera que fuera a romperse en cualquier momento.
—... estipulan que la admiración por la belleza distraerá al caballero de su objetivo primordial y que por tanto, la existencia de artificios que realcen...
Se quedó colgando, con las manos en el suelo, como si fuera un muñeco inservible olvidado en un trastero, jadeando por el esfuerzo, hasta que ocurrió.
—¿Cómo voy a alegrarme, si le ha costado la vida a Patroclo, el más leal de mis amigos, al que amaba como a mí mismo?
Las palabras se congelaron en su garganta. Sorprendido al descubrirse recitando una parte de un pasaje de la Iliada con el pragmatismo con el que solía realizarlo todo, se descolgó de las argollas y se dirigió a la ducha, cansado y molesto por su indiscreción, y una vez allí bajo el agua, volvió a abrir su divina boca y de nuevo, Homero la llenó con sus palabras.
—¿Quién eres tú y de dónde, que te atreves a hacerme frente? ¿No conoces, desdichado, lo que les sucede a quienes se enfrentan con mi furia?
Había asegurado con fuerza el pestillo de la puerta, para evitar interrupciones. Si Aristeo le encontraba recitando “versos herejes”, posiblemente dormiría sobre la nieve. Pero esta vez no sería sorprendido con la guardia baja: su cosmos, latente, captaría el de su maestro y podría evitar la catástrofe.
Su dicción era cada vez más perfecta, y su rostro, imitando el que mostrarían los actores en su epopeya predilecta, le hacían parecer un componente de un coro griego, esperando a los funerales de Héctor.
O los del amante de Aquiles, su parte favorita.
Soñaba con que alguien le recitara aquellos pasajes al atardecer, una vez el sol decidiera esconderse de la vista de los mortales, mientras él apoyaba su cabeza sobre un hombro férreo, y abandonarse a lo que sabía era algo imposible para un guerrero de los Hielos.
Anhelaba sentir.
Se dejó caer contra la pared, extasiado por sus deseos, y se vio en Atenas, caminando sobre una alfombra de verdes y violetas, pisando las flores con sus pies descalzos. Se imaginó vestido con una túnica blanca, corta, liviana, con el cabello suelto, deleitándose con el idioma griego, con su cadencia, en voces masculinas, sensuales, suaves como la caricia del terciopelo.
Susurrando su nombre, a la luz de las antorchas.
Haciéndole el amor, hasta que dejara de pensar.
Una sonrisa, en ese momento, apareció en su rostro, tímida y triste a partes iguales. Si alguna vez pisaba suelo sagrado, Aristeo le desollaría si mostraba un ápice de sensibilidad. Le apartaría de todos, encerrándolo en el Templo de Acuario, para que se consumiera lenta e inexorablemente, perdiendo su don maldito, la belleza, hasta que sólo fuera una carcasa de piel y huesos viejos y deformados.
Pero antes de eso, le gustaría experimentar el calor de otro cuerpo sobre el suyo. Que otro le tomara, le besara, le hiciera gemir, retorcerse de placer.
Que le iniciara al estilo griego.
Tanto ansiaba ese momento que cuando lo visualizó en su mente, Camus advirtió cómo su pene respondía a las imágenes que volaban, raudas, y la frialdad que exhibía se diluía a medida que las caricias se comenzaban a suceder. Se tocó con la misma elegancia con la que combatía, conocedor de sus propios puntos de placer, mientras soñaba con jóvenes de constitución más poderosa que la suya, con el cabello largo, ondulado, rebelde. Con los ojos vivos, como diamantes al rojo blanco, eléctricos, llenos de energía. Con la boca carnosa, sensual, pronunciando su nombre en griego, mientras le recorría la piel con dedos ávidos de conquista.
De dominación.
Y así llegó al orgasmo, imaginando cómo sería su desvirgamiento, cómo disfrutaría la intromisión fuerte y poderosa de otro guerrero dentro de él, para luego contemplar su sueño, su rostro tranquilo, relajado después de la batalla amorosa.
—La Casa de Acuario establece que las muestras de sentimentalismo separan a sus caballeros de la consecución de su objetivo.
Y con estas palabras, como si fuera el orador principal en una liturgia pagana, el jabón se llevó la evidencia del sacrilegio que el joven francés cometió, una vez más, sobre su cuerpo, la vasija destinada a recibir los dones de Atenea, que permanecía, a sus dieciséis años de edad, inmaculada e impoluta.
La vasija más cínica de las que habían aspirado a la armadura de Acuario.
“Me llamo Arlés... y soy su secreto... su secreto... su secreto...”
Se frotó los ojos, atónito, y cuando el agua le dio en las pantorrillas, Kanon se quedó con la boca abierta al comprobar que, efectivamente, no estaba en el Santuario, sino en un lugar desconocido para él. A su alrededor, una tétrica oquedad lo tenía prisionero, y las rejas, tan juntas que le impedían colarse por el medio, cortaban la luz que penetraba tímida por la aparentemente única entrada. Se incorporó, apoyándose sobre la arena mojada, y se dirigió a gran velocidad al lugar de dónde provenía la claridad, para contemplar a su hermano, sentado en un roquedo a unos tres metros de distancia, revestido con la armadura de Géminis.
—¿Qué...?
No podía dar crédito a lo que estaba viendo.
—¡Sácame de aquí!
Miró al suelo, cubierto por una fina espuma y se agarró a los barrotes, zarandeándolos, sin resultado aparente.
—¿Te has vuelto loco? ¡Saga! ¡SAGA!
El gemelo tenía las piernas cruzadas, y una de sus botas jugueteaba con las olas, mientras que la otra se mantenía seca, apoyado el tacón en la piedra.
—¡Por todos los dioses, Saga! ¿Qué tipo de juego es este? ¡Porque no tiene maldita la gracia!
El caballero le miró directamente, para luego perderse en la inmensidad azul que se acercaba lentamente, a modo de marea.
—¡Saga! ¿Estás sordo? ¡Saga, por favor! ¡SAGA!
—Deja de gritar su nombre. No te va a contestar.
Los ojos del ático estaban enrojecidos, como si fuera la víctima de una noche orgiástica. El color del pelo, ceniciento, era la muestra indicativa que Arlés dejaba de ser un secreto para tomar el control en el cuerpo de Saga, mostrando su auténtica cara.
La cara de la Depravación.
—¡Sácame de aquí!— repitió, con voz agitada.
Géminis le contemplaba, sonriendo ahora macabramente, como lo haría un gato gigantesco ante su ovillo de lana preferido. Le gustaba, por las evidencias, ver sufrir a los que tenía ante él, y aunque Kanon estuvo a punto de dejarse llevar por los nervios, consiguió controlarse.
No podía permitirse flaquear. Tenía que utilizar todos los recursos disponibles para salir de allí como fuera.
—Saga, por lo que más quieras. ¡Lo de Solaria fue simplemente una broma! ¡Ni siquiera llegué a tocarla!— su voz no osciló, aunque tampoco resultaba excesivamente tranquila.
El gemelo no abrió la boca.
—Ya sabes cómo soy, ¡Yo la admiraba, Saga! ¡Por eso dije estas cosas tan horribles! ¡Porque quería que ella me entrenara, como lo hacía contigo!
—Me da igual si te acostaste con ella o no. Es más— Arlés se levantó, acercándose a él—, desde el momento en que Solaria decidió confesarle a Saga lo que sentía por él, yo tuve el camino libre. Así que, en el fondo, te estoy tremendamente agradecido.
—¡Pues sácame de aquí, si tanto bien te he hecho!— se aferró con fuerza a los barrotes, que permanecían fijos en el suelo arenoso—. ¿Dónde estamos? ¿En Sunion? ¡Pues la marea está subiendo! ¡Por lo que más quieras, Saga!
—¡Deja de llamarme Saga, maldito estúpido!— bramó el otro, sujetándolo del cuello, a lo que Kanon respondió agarrándose con las dos manos a los hombros de su hermano.
—Está bien, está bien— comenzó a suplicar, casi fuera de sí, soplando aliviado al notar cómo el otro rebajaba la presión de sus dedos—. No te llamaré Saga jamás, Saga es un individuo débil si te necesita a ti para ayudarle. Sácame de aquí y tendrás en mí a tu mejor y más fiel escudero. Te lo prometo.
—Ahora reconoces mi existencia— miró el otro las manos del joven, con el rostro serio.
—Reconozco a un líder, a un jefe, a un general en el momento en que lo veo. Sólo estaba disimulando— Kanon tragaba saliva, tan nervioso que creyó que se deshidrataría si seguía sudando.
—¿Estarías dispuesto a seguirme en el nuevo ejército que voy a formar?
—¡Por supuesto! ¡Hasta el fin del mundo si es necesario! Si me sacas de aquí— volvió a repetir— estaré en deuda contigo, y a tu lado, o bajo tus órdenes, serás invencible. Un dios.
Arlés extendió sus manos y tomó los dedos de Kanon entre los suyos.
—Conoces mis técnicas. Mis puntos débiles.
—Pero no los usaré contra ti— musitó el gemelo, con el rostro más tierno que fue capaz de mostrar—. Te respetaré y te ayudaré. Te serviré. Haré lo que tú me pidas. Cumpliré hasta el más pequeño de tus deseos.
Arlés se separó ligeramente de Kanon sin soltar el agarre de éste, y elevó la capa telequinéticamente para evitar que se mojara. La marea ya les cubría hasta las rodillas.
—¿Qué crees poseer que yo necesite, hermano de Saga?
—Información— contestó el otro, sumiso.
—No me eres de utilidad— sentenció.
El cosmos de Arlés comenzó a brillar, intimidador. Su armadura ardía, y los guanteletes, al contacto con las manos de Kanon, amenazaban con incendiarle las bandas que cubrían sus dedos, lo que hizo que éste los retirara, asustado.
Kanon empezó a preocuparse seriamente.
—No poseo recuerdos claros, sólo parte de la niñez que Saga compartió contigo, retazos difusos de lugares, sensaciones, emociones vagas... pero cuando Solaria entró en vuestras vidas, todo cambió para mí. El odio que ella te profesaba, su rechazo a que Saga te entrenara, y por último, el sufrimiento que éste sintió cuando ella, abandonándose a los brazos de la muerte, le confesaba que no había amado a otro tanto como a él— se acarició los bíceps—, hizo que yo me viera en la obligación de emerger para evitarle a tu hermano más dolor del que humanamente estaba capacitado para soportar. Durante meses fue su pena la que consiguió mantenerme atado, bajo capas de culpabilidad. “¿En qué me equivoqué?” “¿Qué hice mal?”, se preguntaba todas las noches, hasta que se dormía, extenuado. Sí— continuaba hablando, no para Kanon, sino para sí mismo y para su otro ego— durante mucho tiempo, Saga, fuiste fuerte, y aunque sabías que yo existía, me tenías controlado pero entre todos terminaron por romperte. Todos los que decís amarle— clavó sus ojos en Kanon de nuevo— conseguisteis matarle poco a poco. Menos mal que me tiene a mí, para velar por él.
—¡Te equivocas!— Kanon trataba de evitar que Arlés se alejara, y le gritaba desde aquella precaria posición—. ¡Yo le quiero! ¡Es parte de mí!
Arlés lanzó una fuerte carcajada al aire.
—Con todo lo que he tardado en emerger, y con la estrategia que he ido hilvanando poco a poco, ¿Crees que voy a dejarte campar a tus anchas por el Santuario, con la misma cara que nosotros? Te has dedicado a especular, a actuar como un sátrapa [6], y eso no te lo consiento. Supongo que Saga te habrá explicado la diferencia entre sátrapa y rey de reyes [7], ¿verdad? Así que, ni lo sueñes.
—¡Estás equivocado conmigo! ¡Yo podría ayudarte! ¡Por favor! ¡Dame una oportunidad! ¡Por favor! ¡Escúchame!
Arlés se quedó quieto, para agarrarse la cabeza a continuación. Sus ojos se quedaron en blanco y cayó de rodillas en el agua, con los dientes apretados, y una fina espumilla cayendo por la comisura de sus labios. Apretaba los dientes, y arrastrándose con gran esfuerzo hasta el roquedo, se consiguió subir a él, quedándose ovillado mientras unas fuertes convulsiones le sacudían todo el cuerpo.
Atónito, Kanon observó la escena, callado al principio, pero consciente de la vulnerabilidad de su hermano en ese momento. Forcejeó con los barrotes todo lo que pudo, pero sin un resultado aparente. Estudió la gruta, la estructura esférica que tenía y decidió que, mejor que quedarse allí para siempre, era salir o morir en el intento. Mientras, el otro se retorcía en el suelo, vomitando y gruñendo entre dientes, presa de una fortísima batalla interior.
Kanon cerró los ojos, y afirmó los pies en el suelo, ligeramente separados. Colocó las manos cruzadas sobre su pecho, y visualizando la constelación de los Gemelos, invocó el poder de Pollux, su estrella guardián, generando un portal dimensional que fue creciendo poco a poco ante él. Trataba de ésta manera de lanzar los barrotes fuera del plano de realidad donde él estaba, pero algo falló: estos, lejos de moverse, seguían allí, brillantes, desafiando al joven guerrero, insultándole con su verticalidad.
—¿Qué...?
Lo intentó de nuevo, esta vez con la Explosión de Galaxias, y al ver que no lograba mellar ni barrotes, ni pared, ni suelo, lanzó tantos gritos que creyó que sus cuerdas vocales se terminarían por desgarrar.
Y entonces, lo comprendió.
La cueva tenía un sello. Un poder divino que le imposibilitaba el salir de allí.
Pateó y blasfemó, y de nuevo se asomó entre los barrotes, viendo cómo su hermano se incorporaba. Fue consciente de que su cabello era oscuro en ese momento, así que no esperó. Gritó como un poseído a un Saga desorientado, que miraba a su alrededor tratando de averiguar qué estaba haciendo en aquel lugar y cómo había llegado allí.
—¡Saga! ¡Saga, ayúdame! ¡Ese cabrón me ha encerrado aquí pero tú puedes liberarme!
El ambiente se enrareció y hasta las olas dejaron de chocar con la usual violencia contra el promontorio. El caballero de Géminis se alzó, y al reconocer a su hermano, se dirigió a gran velocidad hacia la cárcel natural en la que se encerraban a los reos en tiempos de Pericles, para mayor gloria del dios de los Océanos.
—¡Saga, por favor, sácame de aquí! ¡Saga, está subiendo la marea!— Kanon seguía forcejeando con los barrotes, mascullando entre dientes.
—Espera, déjame ayudarte, ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Y cómo he llegado yo?
—Te lo explicaré cuando estemos lejos de aquí— le contestó, mientras le apremiaba para que lo liberara—. Ese bastardo— gruñó—, ha dicho cosas horribles de ti— le miró fijamente, buscando evidencias de Arlés en su rostro.
—¿Bas... tardo?— preguntó—. ¿A quien llamas...?
Se quedó quieto, cerrando los ojos.
Kanon tragó saliva al ver una sonrisa adornando la hermosa cara del ático, convirtiéndola en una máscara macabra.
—Buen intento, hermano de Saga. Pero has fallado. Dale recuerdos al Dios de los Mares. Pronto lo conocerás.
Kanon lo agarró por la capa, y tirando de ella, intentó atrapar a su hermano contra el metal de las rejas, para evitar que se marchara de allí.
—En el fondo, no eres más que un niño— susurró Arlés—. Un mocoso retorcido que lo único que ha conseguido es un pasaje al propio Infierno de manos de su amado hermano. Siéntete como en casa, porque ahí te vas a pudrir por los siglos de los siglos.
Tiró de la capa y se la arrancó de los dedos, ante la estupefacción de Kanon. Este, tan alucinado por los cambios del otro que estuvo durante algunos segundos completamente mudo, vio cómo se alejaba de allí, sin mirar atrás.
—¡Saga!— consiguió reaccionar—. ¡Escúchame bien! ¡La maldad está tan arraigada en mí como en ti! ¡Te estás engañando si crees que eres puro y virtuoso!— Arlés continuaba caminando sobre el roquedo—. ¡Shion te dejará de lado, y Aiolos será Patriarca porque todos saben que bajo tu aspecto cándido y justo se esconde un monstruo! ¿Me oyes bien? ¡Un auténtico monstruo! ¡Y te juro por todo lo que está vivo en este mundo que volveré y te mataré! ¡Te mataré, Saga! ¡Viviré para vengarme! ¡Para vengarme!
Arlés se giró y le miró por última vez.
—Estás acabado. Que pases una feliz estancia en el cabo. Hasta nunca, Kanon.
Oía los gritos del otro, las blasfemias, los insultos, cada vez más apagados gracias a las olas chocando contra el promontorio. El estruendo que el agua generaba en su ida y venida conseguía sedar el dolor de cabeza que, milagrosamente, iba remitiendo.
Saga comenzaba a estar de acuerdo en descansar de su vida y sus obligaciones, dejando a Arlés al cargo de todo.
—No te fallaré. Te haré Patriarca, ya lo verás— susurró—. Nadie se interpondrá en tu camino, porque tú eres el que mejor comprende esta orden y lo podrida que está. Y yo te alzaré a lo más alto, para que domines el mundo, y me lo agradezcas durante toda la eternidad.
El propileo este se elevaba ante él, y cuando lo franqueó, su voz sonó por todas partes.
—¡Deserción! ¡Deserción!
Los guardias lo rodearon.
—Señor— dijo uno de ellos, bastante alterado, con sus armas a punto—. ¿Podemos ayudarle?
—Pongan en orden de búsqueda y captura a Kanon, aspirante a la armadura de Géminis. Está en paradero desconocido desde hace más de tres días. He hecho todo lo que estaba en mi mano para encontrarle pero no he sido capaz de encontrar rastro alguno. Comuníquenselo al Patriarca, yo estaré en mi templo, a la espera de noticias.
El de mayor rango le saludó marcialmente, mientras Arlés desaparecía, rumbo a las casas.
Elevó un sello dimensional llamado Laberinto de Géminis para evitar que intrusos penetraran en su recinto sin ser invitados. No quería que nadie le molestara en lo que pensaba hacer.
Tomar un baño.
Y en la terma, debajo de los cimientos de Géminis, se quedó quieto mientras el agua le cubría hasta la barbilla, brindando con un estupendo vino cretense por su hermano.
Por Saga.
Y por él mismo.
El próximo Patriarca.