De Kea Langrey...
Escucho su queda respiración cerca de mi cuello... puedo sentir su brazo, aferrándose a mi cuerpo con firmeza, casi como si temiera que en cualquier momento pudiese desaparecer en el aire y alejarme de su lado. Pero sus temores son infundados, pues por ningún motivo me apartaré de él.
Me pregunto en que sería diferente mi vida si no lo hubiese conocido. Tal vez estaría encerrado en una oficina todo el día, para llegar por la noche a una casa en donde una mujer de bonitos cabellos me esperaría para darme de cenar, reclamándome por la poca atención que le pondría y quejándose sobre el mal comportamiento de nuestros hijos.
Supongo que eso sería lo único que echaría de menos. Un hijo mío. No porque ahora no pueda tenerlos... pero definitivamente no sería lo mismo. Nunca sería por completo mío y de la persona que adoro. Nunca tendría su maravillosa melena rubia, ni mis ojos azules. Supongo que eso es lo único que desearía. Pero sé que ese es un sueño... por ahora... imposible.
Escuchó un suave balbuceo... me gusta imaginar que sus sueños son los mismos que los míos. Un lugar en donde estamos juntos, él y yo, sin preocupaciones... sin sufrir por las decisiones que hemos tomado en la vida. No me arrepiento de ellas, me han hecho el hombre más feliz sobre la faz de la tierra. Pero en ocasiones desearía que todo fuese un tanto más fácil.
Yo nunca me he avergonzado de mis sentimientos, aunque debo aceptar que al principio me asustaba que la persona de la que mi corazón se había enamorado no fuese la linda secretaría de mi padre, lista y de buena familia; o la simpática chica de cabello corto que tengo como vecina; incluso de cualquier chica, que a ojos de la sociedad sería la compañera ideal de vida para un joven abogado como yo.
Pocos entenderían, que mi corazón obvió cualquier prototipo de amor ideal, para mirar dentro del alma del que ahora duerme conmigo.
Un maravilloso hombre que me ama al grado de aguantar todos mis prejuicios, en algún momento la furia y toda la confusión que me provocaron mis miedos. Y es que no es fácil aceptar de la noche a la mañana que aquello que creías que eras no es del todo acertado.
No sé en realidad que esperaban las personas de mí, y para ser honesto, si me hubiesen preguntado eso hace unos cuantos años, sin importar que fuera, habría dado todo de mí para cumplir con las expectativas de los demás. Específicamente de mi madre. Cualquier cosa con tal de que se sintiera orgulloso de mí. Tantos sueños y anhelos propios, olvidados en algún lugar de mi alma, por hacer feliz a la persona que más quería en la vida.
Pero las prioridades cambian, y supongo que la presencia de mi madre era tan poderosa como para negarme la felicidad que quería... que necesitaba. Es por eso que creo que mi corazón acertó al escogerlo a él para entregarse por completo.
Es quien mejor me conoce... quien soporta mis malos ratos... quien me reconforta con un abrazo cálido cuando lo necesito... quien me da palabras de aliento... quien me motiva a vivir día con día.
Aunque tarde en aceptar, que mas que simple amistad, su sola presencia me llenaba por completo; que saber que estaba ahí a mi lado era suficiente para pintar una sonrisa de felicidad en mi rostro, y que ser el poseedor de una atenta mirada suya, seguida del pronunciar de mi nombre de sus delgados labios, era suficiente para revolucionar mi interior de una y mil maneras.
¿Quién puede ufanarse de haber encontrado a su alma gemela? ¿Quién es feliz realmente al lado de la persona que ama?
Yo lo soy.
¿Qué importa que a los ojos del mundo nuestro amor no esté bien visto? Él me da todo lo que necesito. Sé que habrá cientos de cosas a las que deberemos de renunciar, que tendremos que soportar la intolerancia de tantos, que sufriremos en incontables ocasiones por la ignorancia de las personas.
Aun ahora puedo sentir la humedad de mi almohada, pues las lagrimas que precedieron a la llamada de mi madre diciéndome que tiraba por la borda todo por lo que había luchado, que mancillaba el honor de la familia, qué la había decepcionado... hace poco rato que terminaron de salir. No me importa no vivir en el lujoso departamento en que antes vivía, tampoco que la gente lance lisonjas hipócritas al saber hijo de quien soy, aunque admito que escuchar que no era lo que la persona que quien más quería esperaba, es doloroso... no porque quiera ser el hijo prodigo que hace sentir orgullosos a sus padres, sino porque estos no entienden que tengo todo lo que necesito para ser feliz.
Se podría decir, que soy libre... yo no envidio a las aves que vuelan en el cielo, sintiendo la brisa fresca de la mañana... los tibios rayos de sol por la tarde calentando sus cuerpos... admirando la brillante hermosura de una noche clara en que las estrellas iluminan el cielo.
Yo tengo a mi lado a aquel que es como una brisa misma, refrescando mi mundo con su vibrante compañía, a quien da calor a mi cuerpo con un simple gesto como lo es un abrazo, quien ilumina con su sola presencia mi vida.
No es primordial que otros lo entiendan. Mi vida no es lo que creía, no es lo que esperaban, pero es mía, me hace feliz y me volvió libre.
Mis manos se cierran sobre su brazo. Mi rostro se gira tan solo lo suficiente para que mis labios dejen un fugaz beso en su suave piel. Una sonrisa se dibuja en su cara al mismo tiempo que en la mía.
Si... no necesito nada más.
—Te amo, Milo.