De Hakuchou y Jocasta de Tebas...

“Espero que no vuelvas nunca.” Milo dejó que las palabras volaran de su boca envueltas en seda; el sonido fue suave pero el significado que formaban las letras semejaba pequeñas bombas que explotaban al entrar a los oídos de Camus.
Ojalá Milo hubiera dicho eso con coraje y acompañado de un volumen fuerte de voz, porque así hubiera sido más fácil para Camus replicarle de la misma manera; sin embargo, al no existir el ambiente estándar de una pelea, Camus contestó también casi en un murmullo, “No quiero volver a verte, así que no tendría motivo para regresar.”
Milo asintió con la cabeza y tomó la caja de cigarros que descansaba sobre la mesa. Con un suspiro de cansancio, dijo despacio, “Gracias por hacerme perder tanto tiempo en esta estúpida relación.”
Camus se acercó a esa misma mesa y se sentó en la silla opuesta a Milo. “Fue un placer,” dijo con el mismo cansancio y el mismo tono muerto. “Te diría que lo volvería a hacer, pero la verdad es que me daría asco tener que pasar otra vez tanto tiempo contigo.”
¿Qué tanto las palabras podían rasguñar el amor entre ambos? ¿Qué tan fuerte era su amor como para poder aguantar estas oraciones llenas de dolor? Milo sacó un cigarro de la cajetilla y lo miró un momento antes de colocarlo entre sus labios, “¿Quién iba a decir que pasé tantas tardes a tu lado? Me merezco un premio por aguantar tantos días a lado de un ser tan repugnante como tú.”
Camus tomó el encendedor que estaba a un lado de la cajetilla de cigarros y lo encendió. Sus ojos observaron la pequeña flama por tres segundos, “¿Y qué me dices de las noches? No te quejabas en ese momento.” Alzó la mirada e inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado, “Lo disfrutabas, te gustaba... gemías.” Hubo una pausa y después Camus estiró su mano y puso la flama en la punta del cigarro de Milo.
Milo aspiró para prender el cigarro y después sacó el humo de su boca.
Durante unos breves instantes, ambos se quedaron mirando cómo el humo formaba una densa cortina entre los dos. Desde que Camus había entrado en la vida de Milo, las cosas no fueron sencillas, al contrario. La frialdad de uno chocó contra la promiscuidad del otro, y la relación se fue deteriorando hasta llegar a aquel punto.
“Algo que aprendí a tu lado fue a fingir,” pronunció Camus con estudiada compostura, conociendo los puntos débiles del otro, cómo atacarlos y cómo sacar provecho de la situación, cada vez más deteriorada. Los ojos azules del griego brillaron por un momento perlados de emociones encontradas, odio y frustración, para volver a su original estado vidrioso.
“Se pierde un gran actor contigo.” Milo se levantó y se dirigió hacia el mueble—bar, sirviendo un par de copas. La de él, con hielo. “No te pongo a ti porque eres capaz de congelar cualquier cosa, incluido a mí, el ardiente” espetó alargándole el vaso, una bebida destilada. Las llamadas Lágrimas de los Dioses.
Camus no se movió. Simplemente escrutó el rostro del otro, impávido, y sonrió con una cierta rigidez. “Somos tan civilizados que lo único que sacamos en limpio de estas situaciones es el veneno que sabemos escupir a la cara del otro. Antes, podríamos limar nuestras diferencias en la cama, después de una bronca monumental pero ahora… ni siquiera nos queda eso”.
Camus se levantó y tomó la chaqueta, mirándolo por última vez.
Milo dejó los dos vasos de nuevo sobre el bar, fue como si su cuerpo hubiera actuado en automático y por un momento hubiera querido detener a Camus; sin embargo, cuando Milo fue consciente de que había hecho tal movimiento, de que había avanzado medio paso en dirección a Camus, se detuvo por un instante y redirigió sus pasos de nuevo a la mesa.
Camus se colocó la chaqueta. “¿No vas a despedirte de mí?” Dijo con una risa de sorpresa sarcástica. “Además de ser un idiota, ¿también eres un mal educado?”
Milo lo miró desde la mesa. Mordió su labio inferior para reducir la sonrisa maligna que explotó en su rostro al escuchar la oración llena de ácido hirviendo. “Eres...” Empezó a decir divertido y, después, dio pasos largos y ágiles para llegar a sólo unos centímetros de distancia de los labios de Camus. “...un cualquiera,” dijo en un susurro líquido y espeso. Cuando colocó sus labios sobre los de Camus, los mordió sutilmente, con delicadeza... fue un beso suave que, por arte de magia, a pesar de ser lento y casi dulce, logró sacar sangre del labio inferior de Camus.
Camus sacó la lengua y lamió su propia sangre, mirándolo con los ojos entornados, sonriendo a su vez. “Pero bailas alrededor de mi dedo”. Lo agarró por la manga y lo hizo agacharse con la acción, para humedecerle con su aliento ardiente el lóbulo de la oreja. “Estás atrapado y eso te molesta”.
Lo soltó como si quemara, separándose inmediatamente de él. Milo gritó con la mirada uno y mil insultos, una y mil vejaciones que pensaba infligirle si seguía por aquel camino. A Camus no le importaba. La historia no terminaría allí.
“Tú eres el que estás atrapado” le contestó el otro, sonriendo abiertamente. “Necesitas esto para confirmarte que aún eres atractivo, que puedes tener a otros, pero siempre me buscas a mí. Eres… como una perra”.
Camus se giró, saliendo al exterior, encontrándose con el murmullo de la ciudad, pegajosa y adictiva.
“Te libero, Milo. Y a la vez, me libero yo mismo” finalizó, volviéndose de medio lado, exhibiendo aquel cuerpo delgado y fibroso, elegante y deseable. Por última vez lo miró, retándole. Incitándole a que fuera a buscarle, a que se internara en él.
A que perdiera más de lo que ya había perdido.
El corazón de Milo dejó de latir, de sentir y de pensar. “Has sido lo peor que me ha pasado en la vida, me arrepiento de cada segundo que compartimos,” pronunció lentamente.
Camus lo miró desde el mismo punto, en la puerta, y dijo con la mitad de una sonrisa en depresión, “Cuando vea a El Día Que Nos Conocimos caminando por la calle, me aseguraré de escupirle en la cara y mandarle tus saludos.”
Los dos se miraron por al menos diez extensos y eternos segundos.
“¿Regresarás?” Preguntó el que se quedaba con el corazón hecho pedazos.
“No lo sé.” Respondió el que se marchaba con el corazón apuñalado en cien lugares distintos.
“Si regresas... voy a estar aquí, esperándote.”
“Si regreso... no tardaré mucho en hacerlo.”
La sombra de lo ocurrido aún era palpable sobre el colchón. Las sábanas, hechas un nudo; la ropa, tirada en el suelo, y Milo, el eterno seductor, apoyado en el marco de la ventana, completamente desnudo, fumando un cigarro.
Camus salió de la ducha y se secó su abundante cabellera con una toalla, reparando en los arañazos que el otro exhibía en la espalda. ¿Cómo podrían evitar terminar siempre así? ¿Cómo detener el reproche agazapado tras las pupilas de ambos, para no continuar con aquella historia de pasión y sexo, de dolor y de castigo, en la que los dos estaban involucrados?
Milo se giró, mirándole, sonriéndole como el niño que es sorprendido en flagrante delito con el tarro de la mermelada a medio vaciar. Tenía una sonrisa tierna pero a la vez demoníaca, y sus ojos, tan azules como el mar, chisporroteaban de deseo y de venganza. De sumisión y de dominación. De una emoción frente a la otra, y Camus sabía que pronto empezarían de nuevo.
Era inevitable.
“Qué pronto te has lavado. ¿Tenías miedo a que te traspasara alguna enfermedad?
Camus se vistió con tranquilidad, apoyando sus maltrechas nalgas sobre la cama. Sabía que las de Milo no estaban mejor, pero éste jamás se quejaría.
“Yo soy más selectivo que tú a la hora de buscarme amantes. No puedo imaginar qué tipo de compañías has frecuentado cuando yo no estaba contigo”
Milo se acercó, apagando el cigarro con odio, atrapando la melena del otro en su mano, tirando de ella con fiereza.
“Ninguno que gimiera tan alto como tú”
El francés se levantó con estudiada compostura, agarrando el cabello del griego y enredándolo entre sus largos dedos.
“Ambos sabemos que es lo que te gusta, lo que te divierte, lo que te excita. Buscas el dolor para conseguir los mejores resultados en la cama, así que dejémonos de mentiras. Me necesitas, como el aire que respiras, y eso te asusta”
“No, eres tú el que se equivoca. Tú eres el que me busca, sin pensar en el mañana, sin creer ni siquiera en esta relación. Eres lo peor que me ha pasado en la vid…”
Camus tiró de la cabellera del griego hasta conseguir que su boca estuviera a su altura y lo besó.
Milo, como siempre, claudicó ante su ataque. Sin plantar cara. Sin presentar batalla.
Estaba perdido.
Y ambos… lo sabían.