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De Kea Langrey...

Farewell

 

Sujetó el trozo de papel entre sus dedos, leyéndolo una vez más antes de apretar sus ojos con fuerza. Lo arrugó y estaba a punto de arrojarlo al pequeño cesto de mimbre, cuando, pensándolo mejor lo regresó a su forma original para doblarlo con cuidado, guardándolo en un cajón del pequeño buró que había a un lado de su cama.

La nota le había sorprendido, una frase corta que lo invitaba a un encuentro entre las escaleras del octavo y noveno templo. Lo que no hacía difícil de identificar quien era el autor de dicha carta.

Aunque no podía llamarse carta del todo, eran solo unas cuantas palabras, enlazadas entre si, nada muy elaborado, solo la bonita caligrafía del autor y los trazos elegantes.

Se ajustó su túnica, echó su cabello hacia atrás... y se dejó caer en la cama. No sabía si en realidad quería asistir a aquella cita, siendo sincero si lo sabía, pero se negaba a admitir que ansiaba que el sol cayera por el horizonte, pintando el cielo de un rojizo tono naranja, lo cual sería una aviso de que la hora estaba cerca.

Se la pasó dándole vueltas a aquella corta frase, sin llegar a concentrarse del todo, estaba nervioso... algo asustado. Podía imaginarse una y mil cosas de las que podrían hablar en ese lugar, y siendo que el dueño de una de las casas era su anfitrión y la otra estaba vacía, su imaginación se atrevía a viajar más allá de lo que su inocente mente podría plantear.

Por fin, luego de sentir infinidad de veces como sus dedos temblaban hasta casi desprenderse de sus manos, miró al sol comenzar a ocultarse y armándose de valor, respirando profundamente, salió de su casa, musitándose a si mismo palabras de aliento para cualquier cosa que estuviese a punto de ocurrir.

Quizá era demasiado alarmista, bien podría tratarse sobre nueva información sobre los recientes acontecimientos que azotaban uno tras otro sin piedad, debido a los cambios tan radicales que la orden comenzaba a sufrir, y considerando que él tenía una estrecha relación con uno de los traidores, no era de extrañar que algo pudiese decirse al respecto.

Pero de ser así, la información le sería dada con rapidez, en su propia casa y no esperar al oscurecer el día y citarse en un lugar alejado de posibles miradas curiosas.

Cada escalón que dejaba atrás le convencía un poco más de que ir a aquel lugar no parecía del todo correcto, aunque el no encontrar a alguien que le preguntara por su destino, nada pudo detenerlo de hacer aquello, caminaba como poseído por una fuerza extraña que lo guiaba hasta el lugar citado.

Y cuando estaba apunto de ordenarle a sus píes que dieran la vuelta, fue cuando le vio. Dándole la espalda, mientras miraba al cielo, donde las primeras estrellas de la noche comenzaban a verse. Quizá su estado alterado había alertado al otro, pues en el mismo instante en que paró su caminata, el hombre de esplendorosos rizos rubios se giró hacia él.

Regalándole una hermosa y deslumbrante sonrisa que le hizo perder el aliento.

-Qué bueno que viniste. -se escuchó el tono suave de la voz del otro, uno que solo en pocas ocasiones había tenido el gozo de escuchar, pues casi siempre era la voz fuerte de un poderoso guerrero entrenado para proteger con su vida a la deidad a la que había jurado lealtad y fidelidad.

Una sonrisa involuntaria se formó en su casi siempre inexpresable rostro, gesto que pareció hacer feliz al rubio en un grado extremo, pues sus brillantes ojos azules resplandecieron, haciendo que adquirieran un tono mucho más hipnotizante.

Abrió su boca ligeramente, dispuesto a decir algo, pero las palabras se negaron a salir de su boca y solo se limitó a mirar como el otro se acercaba hasta donde yacía de píe y tomaba una de sus manos.

—Gracias —musitó mientras se inclinaba, haciendo que sus cabellos dorados cayeran por su rostro, brindándole un aspecto encantador.

Adivinando aquella intención, cerró lentamente sus ojos, siendo el rostro de masculinas y seductoras facciones lo último que si sus rubíes admiraran.

Un suave y delicado roce fue lo que sintió sobre sus labios, una ligera presión que provocó que un casi inaudible gemido brotara de su garganta. Su boca se abrió ligeramente, lo cual fue tomado como una aceptación para profundizar la caricia.

Sus manos subieron, aferrándose a la tela de su túnica, cerca de los anchos hombros, separándose solo lo necesario, alcanzando a sentir el cálido aliento del rubio chocar contra sus humedecidos labios.

Grandes manos se aferraron a su cintura, atrayéndolo a la tibia prisión que formaba el otro cuerpo, una de la que jamás querría salir.

—Mañana será un día difícil —fueron las palabras que, dichas luego de un rato, rompieron con el tranquilo silencio que se había formado entre ellos.

—Lo sé... —musitó el rubio, aferrándose aun más al abrazo que no había llegado a romperse.

—Milo yo...

—Te amo -palabras que parecían apresuradas, pero que habían esperado años por salir, por se confesadas, por ver la luz de frente y llegar hasta los oídos de alguien que, sorprendido, simplemente sonreía.

Demasiados sucesos habían impedido que aquella pequeña frase fuese expresada, pero que ahora, debido a las circunstancias era primordial que la persona elegida por su corazón la escuchara.

—Me he dado una idea -respondió... claro que lo había hecho, en el instante en que aquella deslumbrante sonrisa lo había recibido, en que se vio envuelto en un delicioso abrazo, en que sus labios fueron reclamados por primera vez en toda su vida.

Una sonrisa satisfecha, un pequeño beso depositado en la frente del más bajo y la respuesta del hermoso ángel que apresaba en sus brazos fueron lo que hicieron bailar a su alma de felicidad.

—También te amo, Milo.

La noche fue egoístamente corta. Pequeños besos y reconfortantes abrazos fueron dados y recibidos con amor y un toque de pasión. Momentos gratamente disfrutados y atesorados en su memoria.

Pero, como una cruel jugada del destino, sería la única que pudiesen disfrutar.

Milo, orillado por el temor de la próxima batalla, no porque dudará de sus habilidades o de las de su mejor amigo, se había obligado a revelar el más grande secreto que guardaba.

Un secreto que su mirada azul anunciaba a gritos desesperados cada vez que su amigo de larga cabellera roja estaba cerca de él.

Pero nunca se perdonaría si no las decía.

Aunque ahora, el dolor de la perdida lo mataba lentamente, tenía el consuelo de que le había revelado al amor de su vida todo lo que sentía por él. Qué por lo menos, habían tenido una noche en que todos sus sentimientos habían sido expresados con sinceridad.

No estaba enojado, tampoco maldecía la crueldad de la vida, porque a pesar de que las palabras tardaron en llegar, las acciones siempre habían revelado lo que sentía por el guardián del onceavo templo.

No había nada de que arrepentirse. Aun podía esperar a que la noche llegara, levantar su mirada al cielo para murmurar, las últimas palabras que habían provocado la más maravillosa sonrisa, que se había tatuado en su memoria.

—Te amo, Camus.

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