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Instinto

CAPÍTULO 2

Para M.

Hyoga

Exit out the back…

Su boca se curvó en una sonrisa al escuchar la música que provenía del cuarto principal de la cabaña. Se removió en la cama, y aunque trató de abrir los ojos, el paño húmedo que a buen seguro su maestro le había colocado sobre el rostro se lo impidió. Camus era un hombre de gran corazón, ya que a pesar de que hacía meses que no le dirigía la palabra como castigo por la muerte de Isaac, continuaba preocupándose por su bienestar.

Hyoga suspiró con los párpados aún cerrados. Camus tenía razón en comportarse así, ya que su necedad se había saldado con la pérdida de su compañero y amigo. Tras la desaparición del finlandés, la única relación que los unía era las tandas de entrenamientos; el francés le sometía a sesiones interminables de ejercicios que lo hacían reptar hacia su camastro, con la única idea de comer y dormir.

…And never show your head around again…

Giró la cabeza al percibir una voz que se alzaba por encima de la música. Camus no solía cantar, nunca lo había escuchado entonar ni una sola nota en el tiempo que llevaba viviendo con él. Era un hombre callado, arisco, que se había ido ensombreciendo paulatinamente hasta llegar casi a ser tan oscuro como la ropa que vestía. Hyoga ya no buscaba su perdón, puesto que era imposible olvidar su cara congestionada y el hielo pegado a su cabello mientras le gritaba con voz quebrada que era otro fracaso más en su vida llena de fracasos. Sin embargo, echaba de menos las tímidas sonrisas que Isaac, entre bromas, era capaz de arrancarle frente al fuego en las gélidas noches siberianas.

…Purchase your ticket…

El paño resbaló hasta finalizar sobre el colchón y Hyoga tuvo que taparse el rostro con el brazo, al recibir sus ojos la claridad proveniente de una diminuta ventana enclavada en una pared de piedra. Fue en ese momento —todo olía a jazmín, algo que no se daba en Cocornach— cuando se incorporó súbitamente, con el corazón bombeando sangre a gran velocidad. La acción le pasó factura al instante: terminó cayendo sobre la almohada, presa de unos fortísimos pinchazos en sus sienes.

…And quickly take the last train… Out of town…

Jadeó intentando tranquilizarse, sin resultados inmediatos. En el fondo de su ser algo le decía que la voz que coreaba la pieza musical con fuerza e ímpetu no pertenecía a Camus. El tono era más ronco, varonil, sensual y con una pronunciación fuerte —rayando lo tosco—, que arrastraba las consonantes como si se tratara de un baile que tuviera como fin último la unión de los dientes con la lengua. Tragó saliva y notó su garganta completamente seca tras echar un rápido vistazo a la habitación. Aquel cuarto no se asemejaba al suyo en la cabaña, ni tampoco al asignado por Saori Kido para él en la mansión Graude. Estaba repletos de mapas y libros, la decoración era simple y funcional y sobre su cabeza brillaba la silueta de una espada en excelente estado de conservación.

…And stand aside and let the next one pass…

Una espada.

…Don't let the door kick you in the ass.

Una maldita espada griega.

Una lágrima se congeló al instante en su mejilla y en su recorrido arañó la fina piel del rostro del ruso, cortándola levemente. Hyoga comprendió entonces que no era Camus quien canturreaba en la habitación contigua, puesto que estaba muerto. Muerto en Acuario, tras mostrarle el camino al Séptimo Sentido. Muerto en Alemania, tras yacer entre sus brazos. Y muerto ante el Muro de las Lamentaciones, al formar parte del grupo de dorados que reventaron sus cosmos y sus cuerpos para evitar el Eclipse. Muerto, siempre muerto, dejándolo atrás con la realidad de su imperfección y con la herencia maldita de portar una armadura ante la cual jamás se sentiría digno.

Se giró con desesperación, ovillándose bajo las sábanas, con la pueril esperanza de encontrar un agujero por donde huir. El hilo de éstas crujió al arroparse Hyoga con ellas y el personal aroma del espartano inundó sus fosas nasales. Su cuerpo tomó conciencia del lugar donde se encontraba —¡la cama de Milo!— y su pene se hinchó furioso, asomándose atrevido bajo la tela liviana de la túnica que vestía. Al incorporarse por segunda vez —olvidando los pinchazos en sus sienes y el incómodo ardor en su entrepierna—, trató de pensar en otra cosa, reparando en las gasas y esparadrapos situados en diversas partes de su anatomía.

El rostro se le incendió y con dificultad el Hielo acudió a su llamada, aunque logró rebajar el nivel de calor de su cuerpo controlando así el entusiasmo que revelaba su región del bajo vientre. Apretó los puños, los dientes y los párpados de forma infantil, como si con ese acto pudiera borrar todo lo sucedido con Milo, los gritos, los insultos y los reproches que el espartano le escupió sin contemplación alguna.

—Qué… patético soy.

Presionó con odio la cabeza de su pene para sentir dolor en vez de deseo. Era una manera bastante bizarra de evitar que la naturaleza siguiera su curso y le terminara por llenar de semen la cama al griego, pero efectiva. Así que lo hizo: canalizando los cristales de hielo de su torrente sanguíneo hacia la palma de su mano derecha aplicó el frío sobre su despierto y alegre miembro hasta que consiguió que recuperara su tamaño y posición original.

Suspiró aliviado aunque la paz duró apenas unos instantes, justo el tiempo que tardó en fijarse en la textura apergaminada de la túnica, situada en la zona de sus caderas y pubis.

Hyoga tragó saliva y se arremangó el tejido, que hizo ademán de crujir al arrugarlo el ruso entre los dedos. Cuando vio su abdomen y vello púbico con pequeños restos de salpicaduras alzó las cejas y rogó a todos los dioses que conocía para que aquello que lucía blanquecino sobre su piel no fuera lo que se temía.

Con mano temblorosa atrapó parte de la sustancia y al llevársela a la nariz a punto estuvo de vomitar, pues no se equivocaba sobre la naturaleza de ésta.

Se negó a sí mismo caer aún más bajo tras la deplorable entrevista del día anterior pues Hyoga tenía asumido que aquella evidencia era obra suya. Que Milo, en su infinita generosidad, lo había recogido del suelo lleno de sangre y que él le pagaba por medio de poluciones nocturnas.

La mera idea de que el espartano lo hubiera contemplado desnudo y desvalido consiguió que su verga se alzara cuan mástil, esperando —como el ariete que era—, el muro contra el que chocar o la oquedad por la que colarse para mover el mundo.

Tomó aire y lo expulsó lentamente, tragándose las lágrimas al hacerlo. Sentía a Milo en el templo, por lo que lo más lógico en aquella situación era calmarse, salir a saludar y luego buscar un barranco por el que lanzarse al vacío.

—Algo muy propio de ti, Hyoga.

Milo

Se descolgó de la pared tras finalizar una serie de quinientas flexiones y buscó el mando del reproductor para bajar el volumen. Había adquirido la costumbre de ejercitarse al ritmo de los más variados estilos musicales, aunque su preferido seguía siendo el que sonaba en aquel momento, reverberando contra las paredes del Templo.

Se secó con una toalla el sudor y reparó en la citación que el señor Ishikawa le había obligado a firmar. La releyó lentamente, como si fuera la primera vez que la tuviera entre sus manos y susurró en voz baja todas y cada una de las palabras que la componían.

—Se le informa que el día 7 de abril del corriente, tendrá lugar el juramento de cargo de custodio del caballero de bronce Hyôga Dirchenko, por lo que es obligatoria su presencia vestido con ropa de gala.

Jugueteó con ella tratando de reprimir las ganas de arrugarla y tirarla a la basura. ¿Vestido con ropa de gala? Vestido de fantoche, querrían decir. La mayor parte de las autoridades griegas estarían presentes, y tal baño de solemnidad los convertía ya no en un ejército al servicio de una diosa, sino en uno al servicio de una comunidad. Tanto boato le ponía nervioso, ya que debía ser comedido en las apariciones públicas y la simple idea de terminar borracho en un prostíbulo o encajado entre las nalgas de algún turista en un lavabo público ponían lívido el rostro del Administrador.

Colocó la citación entre un par de libros y volvió a sentarse en el taburete, con una innegable intranquilidad. Se preparó un café y tras dejarlo sobre la mesa retiró las bandas elásticas de sus manos y las mimó con cuidado. Las trataba con una delicadeza extrema, masajeándolas desde la base de los dedos hasta las puntas, para luego inflamar su cosmos y ejecutar diversos ejercicios de habilidad y puntería.

—¿Muerte… o locura? —sonrió—. Tú eliges… capullo…

La música seguía amenizando el ambiente aunque Milo ya no la escuchaba siquiera. Embebido en sus propios recuerdos, y más aún, en el proceso de tonificación de su piel, se detuvo súbitamente cuando reparó en la cicatriz —una de las pocas— que lucía en su muñeca derecha.

La que le recordaba el momento en que regó con su sangre —y su primer deber como maestro putativo— la armadura de Cygnus.

Alzó los ojos y los clavó en la puerta de su cuarto, castamente cerrada. ¿Se habría despertado? Milo estaba seguro de que si Hyoga había salido del trance, estaría intentando por todos los medios calmar su histerismo y su excitación. Con un poco de suerte y varias jugarretas más, conseguiría echarlo de su casa y hacerle comprender que podrían ser compañeros, pero que jamás serían amigos.

No quería pasar por lo mismo otra vez.

Del Milo que había incendiado la noche ateniense al Milo que estaba allí sentado junto a un café distaba un mundo. Un mundo de frondosa melena oscura y cejas bífidas llamado Camus de Acuario. Su ausencia lo había dejado herido de muerte y aunque Aioria continuaba siendo el joven despreocupado y divertido que lo sacaba del lodo cuando Milo se sumergía en sus macabros y dolorosos recuerdos, las costumbres del espartano habían cambiado sustancialmente.

Más entrenamiento. Más carrera pedestre. Más tablas de ejercicios.

Más soledad.

Aioria protestaba y le llamaba viudo amargado cuando discutían, a lo que Milo le replicaba con variantes relacionadas con su ascendencia ateniense, pero en el fondo, el espartano sabía que el caballero de la Quinta Casa tenía razón. Sólo habían vuelto tres guerreros dorados a la vida, dos signos de fuego —Leo y Aries— y él, signo de Agua. Del resto nada se sabía y por los meses que habían pasado ya, la posibilidad de un retorno era cada vez más remota.

Por eso la Fundación Kido tomaba medidas desesperadas, tanto económicas, ofreciendo sus servicios a los gobiernos, como institucionales. Y conceder el rango dorado a un aspirante sólo porque su maestro no había tenido la decencia de retornar —aunque sólo fuera para echarle en cara el comportamiento a su amante—, estaba en esta última lista.

Volvió a tonificar los dedos con lentitud y mimo, acariciándolos desde la base hasta el final de la falange. Le hacía gracia el nombre, falange, ya que él adoraba esa formación militar. En un tiempo creyó en que sería posible convertir el Santuario en una unidad de combate única bajo un mismo estandarte, y fue justamente cuando los doce dorados murieron realizando el Eclipse ante el Muro de las Lamentaciones. Pero al emerger del Monolito y comprobar que sólo ellos tres habían resucitado, todas sus esperanzas se vieron relegadas a sueños incumplidos. Quizás, si el artefacto donde estaban los trece atrapados continuara existiendo Camus terminaría por aparecer por el Propileo hasta alcanzar su casa, pero la materia de la que estaba compuesto se volatilizó tras caer ellos al suelo, arrancándole la ilusión de tenerlo entre sus brazos una vez más.

Se terminó el café y enfocó la vista hacia la puerta de su cuarto, ignorando la punzada de dolor y recordando su hazaña del día anterior. Aún debía quedarle parte de la marca que, en pleno y febril arrebato, pintó sobre el cuerpo de Hyoga. No le oía gritar de terror, así que se imagino que se estaría masturbando pensando en que Milo lo había visto desnudo.

Si él supiera a qué se había dedicado Milo mientras estaba inconsciente…

“No está mal el muchachito”, pensó mientras buscaba un cigarro y lo encendía.

Cuando lo vio abrir la puerta y taparse con los brazos respiró hondo, tratando de contener el fuerte deseo de arrancarle la túnica, morderle las cicatrices y hacerlo desmayarse bajo su peso, obligándolo a gritar su nombre entre espasmos de placer. Sí, sería una gesta aún más audaz que la del día anterior, pero no pensaba decírsela. Era más divertido maltratarlo mentalmente ya que, a pesar de ser Acuario, aquel crío sentía y además, lo exteriorizaba.

—¿Has dormido bien, Flor de las Montañas Nevadas? —le dijo mientras lo miraba fijamente, taladrándolo con sus eléctricas turquesas—. Me llenaste el suelo de sangre. Estuve más de dos horas limpiando las baldosas, que son patrimonio de la Humanidad —acarició el borde de la taza de café—. No quería que pensaran que, cediendo a los instintos que tienes bajo esa capa de hielo, me habías incitado a echarte un polvo y en la vorágine de lametazos y gemidos yo te había hecho… daño.

Hyoga

Se escandalizó no por las palabras de Milo, hirientes a todas luces, si no por la reacción de su cuerpo al volver a verlo. Si en túnica era un ser diabólicamente seductor, en uniforme de entrenamiento rayaba el erotismo más codiciado. La melena lucía húmeda y se pegaba a su cuello y a sus hombros como una serpiente a punto de ahogarle. El rostro brillaba y sus ojos destacaban aún más en aquella composición deseada hasta tal punto que sólo una sonrisa del espartano consiguió que la naturaleza, obligada a encontrar nuevas vías de expansión, decidiera emerger bajo la túnica del ruso.

—Mi ropa ha quedado impracticable, ¿verdad?

La voz sonó tan convincente que hasta resultó extraño el giro que había tomado la conversación. Estaba excitado, tanto que la cabeza volvía a darle vueltas, y si acababa en el suelo sobre un charco de sangre y semen, sólo esperaba que cualquier deidad se presentara en la Casa y lo rematara sin piedad, evitándole la vergüenza.

Milo asintió, apurando el cigarro y restando importancia a la situación. Si era verdad lo que le habían contado al ruso, el griego tenía una enorme lista de amantes, y por tanto, era lógico que un mozalbete como Hyoga reaccionara como un adolescente rebosante de alocadas hormonas frente a él, paradigma de la perfección y de la voluptuosidad.

—Sí. Se la han llevado a la lavandería —contestó sin sombra alguna de ira—. Así que no te quedará más remedio que lucir tus bonitas piernas hasta que traigan tu uniforme de vuelta —finalizó apoyándose contra la pared.

Hyoga tragó saliva.

—No llevo las piernas al aire en Siberia.

—Posiblemente porque allí se te congelarían los huevos —cortó el otro con sequedad—. Si quieres otro tipo de vestuario, vete a intendencia. Algo habrá allí para ti.

El tono pasó de ser cordial a molesto, por lo que Hyoga agachó la cabeza y avanzó hacia la puerta de lo que creía era el cuarto de baño. Milo estiró el brazo y lo colocó en forma de barrera, lo que obligó al ruso a detenerse y elevar el mentón, encontrándose con la áspera expresión del Escorpión.

—Ni siquiera me has dado las gracias por curarte las heridas —le recriminó.

Lejos de contestarle, la idea que se le cruzó por la cabeza fue la de estirar su cuello y atrapar la carnosa boca del espartano con sus labios, fundiéndose en un largo y apasionado beso con él. La orquesta de gritos que acompañó a la imagen casi le impedía pensar, pero consiguió mantener la sangre fría para mirarlo sin incendiarse y le sonrió con timidez.

—Siento mucho el patético espectáculo que te di ayer.

—No hablaba de tu actuación a lo Violetta Valery [1]—bufó el otro—. Sólo he dicho lo de agradecer las atenciones.

—Gracias, Milo.

La tensión entre ambos se rebajó al apartar el griego el brazo de la madera, volviendo a su posición en el taburete.

—De nada.

Penetró en el diminuto cuarto de baño y se dispuso a cerrar la puerta cuando reparó en la carencia de pestillo. ¿Quién osaría interrumpir al Escorpión mientras se duchaba o hacía sus necesidades? El hecho de imaginarse al griego desnudo disparó por completo su erección y se lanzó a abrir la llave del agua, que salió templada. Ni fría, ni caliente.

—¡No me salpiques los azulejos! —gritó el caballero dorado desde el otro lado de la puerta, que a pesar de no estar trabada continuaba cerrada—. ¡Si la sangre sale mal, no te digo nada del semen! —lo acompañó de una risa malévola— ¡Y esa cerámica está acostumbrada al mío, y como buena hembra, es muy celosa!

Si su intención era excitarle, lo había conseguido.

Milo

Sonrió con tal ironía que su rostro amenazó con descomponerse y caer rodando debajo de la silla donde estaba sentado. Sí, disfrutaba plenamente del hecho de saberse superior, y las puyas que le lanzaba al discípulo del caballero de los Hielos lograban que olvidara el dolor de recordar a Camus vestido con la armadura negra. Era una pesadilla recurrente que experimentaba con frecuencia desde la vuelta del Hades: se veía realizando junto con Aioria y con Mü la Técnica Prohibida y de nuevo, trataba de asesinar con sus propias manos al caballero renegado, para borrar la vergüenza de presentarse como un traidor ante él.

Cayó en el detalle de que ni él ni Hyoga habían mencionado el segundo encuentro con el guerrero de Acuario, ya que ambos se centraron en lo sucedido en la primera de las batallas, siempre observados por el ojo crítico del francés. Era como si el peso de saber que Camus había regresado a la vida para enfrentarse a ambos —sin informarles de cuáles eran sus auténticas intenciones, haciéndoles creer que abandonaba los preceptos de la Casa del Aguador— fuera demasiado para los dos.

Quizás así era. Para Milo, la realización del Eclipse había constituido un deber, algo para lo que Perséfone le entrenó dándole la mejor de las formaciones, pero que no le redimió de los pecados cometidos en su vida de guerrero. Sin embargo, el caso de Hyoga era diferente: fue criado por un hombre que se sacrificó ante él para enseñarle una última lección, sin molestarse en explicarle el motivo de tan descabellada decisión y, sin permitirle siquiera, tomar un camino diferente al marcado por el caballero de Acuario porque en los planes del francés no se contemplaba otra posibilidad.

Todas estas dudas, generadas a lo largo de diez años de relaciones, se habían enquistado en su corazón hasta pudrirle lentamente las entrañas. Si hubiera tenido la oportunidad de hablar con él antes de alzar sus cosmos hasta cometer la última herejía frente al Muro de las Lamentaciones, quizás conseguiría ver a Hyoga de una forma diferente a como lo hacía, una réplica exacta de su augusto y manipulador maestro. Pero no era así. Y además, el joven buscaba lo mismo que él, una respuesta que lo sacara de la incertidumbre que a buen seguro lo había sumido el francés con sus actos y sus palabras jamás pronunciadas.

Milo y Hyoga estaban unidos por el dolor y la pena. Un vínculo que los acercaba aún más que el de maestro y aprendiz.

Durante unos instantes escuchó el repiqueteo del agua contra el suelo de la ducha y el mismo lo trasladó al templo de Virgo, cuándo Milo se encontró con los ojos del francés. Aunque el azul de su mirada se presentaba velado, no podía evitar sentirse traspasado por ellos. Dominado por la ira atacó, y a causa de eso Saga consiguió impactarlo contra el techo con su Explosión de Galaxias.

Un error que podría haberle costado la vida.

Se levantó y meneó la cabeza. Estar allí revolcándose en el pasado no formaba parte de una filosofía sana de vida, así que sacó del armario una bolsa de deporte y buscó algo de ropa para meter dentro. Tenía ganas de irse unos días al norte, a Meteora, perderse entre los turistas que visitaban los templos en las rocas. Delfos también constituía una buena opción.

Hyoga podía quedarse con el templo y comérselo si así lo deseaba, junto con la proclamación de “Dorado más estúpido del Año”. Estaría precioso posando para el National Geographic, o mucho mejor, para el Cosmopolitan.

—El Aguador oculto —susurró, imaginando el título de una portada—. Cómo ser gay y no reconocérselo a sí mismo.

Preparó una camiseta, pantalones y ropa interior. Las túnicas comenzaban a hacerle sentir completamente anacrónico, ni Aioria las vestía ya a pesar de su ascendencia ateniense. Así que, una vez decidido, y sin mediar más que los pasos que lo separaban del cuarto de baño abrió la puerta de sopetón, se soltó el elástico de la cintura del pantalón, se bajó una parte de éste y se dispuso a aliviar su vejiga.

Hyoga

“Todo huele a sexo cuando Milo está cerca. Mantente alejado de él”

Recordaba las palabras de Camus como si se las hubiera dicho el día anterior. De haber conseguido aguantar los reproches de Milo sin ponerse en evidencia —y revelar su auténtico problema—, Hyoga tendría una posibilidad de salir airoso del trance. Pero a sus ojos, el asunto que deseaba zanjar cada vez se volvía más y más complicado, por lo que apoyó la cabeza en los azulejos del baño y dejó que el agua recorriera su piel.

Cuando oyó la profunda y varonil voz del griego, estuvo a punto de jadear de la impresión: se había llevado una mano a su entrepierna y se tocaba mecánicamente, tratando de relajarse. El comentario consiguió ponerlo aún más nervioso y su cosmos se alzó súbito, así que terminó arrodillado en el suelo, con el chorro de agua cayéndole sobre la nuca.

Al rememorar la frase de su maestro, al que creía, como mínimo, célibe —puesto que Hyoga conocía la existencia del voto de celibato—, comprendió que Milo tenía razón y que ambos habían estado juntos. Cualquier cosa que dijera o hiciera derivaba en un enfrentamiento con el Escorpión y rechazar sus ataques en una confrontación dialéctica se le antojaba tarea titánica.

Se apoyó en la pared con intención de levantarse, y en ese proceso estaba hasta que escuchó algo a su espalda que lo dejó helado.

—Me estaba meando y no podía aguantar más. Lo siento.

Tosió sobresaltado y giró la cabeza para cerciorarse de que Milo estaba en el cuarto de baño con él. Se tapó su miembro al verlo con las piernas separadas y el pantalón mostrando impúdico parte de sus deseables y torneadas nalgas.

—No se acaba el mundo porque tengas una erección, Hyoga —la voz sonó más tranquila y serena que la vez anterior, por lo que Milo debía figurarse qué estaba haciendo el ruso en una posición tan ridícula—, y tampoco te voy a tirar en la nieve. No soy el hijo de puta de Aristeo.

El joven gimió, asegurando con la mano la mampara de cristal.

—No sé… de qué me estás hablando.

— Acepto la sexualidad como algo más —le explicó el Escorpión—, y no me avergüenzo de nada. Tú deberías hacer lo mismo y no caer en los errores de tu maestro.

El griego pulsó el botón de la cisterna y se despojó de la ropa de entrenamiento. Cuando se dispuso a abrir la puerta de la ducha, el aspirante a Acuario lo frenó, horrorizado.

—¿Qué estás haciendo? —consiguió formular, atrincherado tras el cristal.

La sangre se le agolpaba en las sienes, mareándole de nuevo.

—Desvistiéndome —contestó con una cierta impaciencia—. ¡Quiero ducharme!

—¿Y no puedes esperar? —replicó Hyoga.

Milo lo miró con cara de sorpresa.

—¡Anda, no jodas y déjame sitio! —trató de abrir la puerta, sin conseguirlo—. ¡No me digas que Camus nunca te ha visto en pelota!

—¡No! —gritó el otro.

Las cejas de Milo se alzaron de pura incredulidad. Bajó los brazos y se quedó desnudo frente al cristal, sin saber muy bien qué hacer.

—Pues la cabaña de Siberia era más bien pequeña —rezongó, aún atónito.

—Nos turnábamos para ir al lavabo —cortó el ruso.

—Qué… ordenados —bromeó Milo, sin apartarse.

Hyoga guardó silencio y se giró, encarando al griego que aún permanecía en el diminuto cuarto de baño.

—¿Puedes… dejarme salir? —se atrevió a pedirle, tapándose sus partes íntimas con las manos.

Milo se apartó de la ducha pero no dejó de mirarle, y sus ojos, al igual que su voz, reflejaron una profunda tristeza.

—A pesar de lo que hayas oído de mí, jamás le he hecho nada a nadie que no me lo hubiera pedido antes. ¡Así que deja de comportarte como una jodida doncella! —le recriminó con furia—. ¡Tuve una ocasión cojonuda anoche de pegarte una buena follada, y ni siquiera te hubieras enterado, gilipollas!

—¿Habrías sido capaz? —gimió el Cisne, entre dolido y sorprendido.

—¡Pues no, puto desconfiado! —replicó Milo—. ¿Por quién cojones me has tomado? ¡Estás en el templo de los asesinos, no en el de los violadores!

Hyoga tragó saliva, buscando fuerzas para disculparse.

—No estoy acostumbrado a mostrar mi cuerpo.

El espartano lanzó un bufido de cansancio. Hyoga continuaba atrincherado tras la mampara y no tenía intenciones de salir de allí, así que tomó una toalla y se la colocó en el borde superior de la cristalera.

—La ocultación genera curiosidad, y la curiosidad puede derivar en obsesión. En la antigua Esparta las niñas realizaban ejercicios al aire libre con los pechos desnudos. Por eso, al estar acostumbradas a mostrarlos igual que los muchachos— le explicó—, no se las miraba con deseo.

—Pero yo no soy una niña espartana —replicó el ruso, tapándose a gran velocidad—, y además, si tú sostienes que tuviste relaciones con mi maestro, significa que…

—¿Que soy maricón, Señora de las Nieves? —susurró, sonriendo de medio lado.

Hyoga abrió la puerta de cristal y se quedó callado, sin saber qué contestar.

—¡Pues entérate bien, niñato de mierda! —voceó el otro—. ¡Soy tan maricón como puedas serlo tú! —finalizó, clavándole el dedo en el pecho.

—Yo no he ten… —se frenó al hablar, encontrándose con las turquesas del otro chispeando de curiosidad.

Tragó saliva al comprender que había caído en una sutil trampa tendida por el caballero de Escorpio.

—¡No jodas, Hyoga! —dijo con gran sorpresa—. ¡No jodas que eres virgen! —le inquirió con una sorna demasiado evidente—. ¡Es para matarlo si te ha obligado a jurar el voto! ¡Para mataros a los dos!

Sin poder soportar más la humillación, el ruso salió como una exhalación dejándolo todo regado de agua y nieve, parapetándose en el cuarto de Milo y cerrando la puerta a continuación.

Milo

Milo tomó aire, se metió en la ducha y comenzó a enjabonarse con calma. Realmente, Hyoga tenía un problema de autoestima, agravada a causa de la constante lucha interior de Camus con su propia sexualidad. Si el francés había obligado a Hyoga a jurar los votos, Milo no dudaría en encaminarse al templo circular y orinar en la mitad del pasillo, demostrando con este acto lo de acuerdo que estaba en continuar y mantener una costumbre tan arcaica como obtusa.

Hyoga podría ser un joven poderoso pero era tan frágil de mente que Milo conseguía sacarlo de quicio y anularlo por completo, dejándolo a su merced; por eso, haberlo marcado con su propio semen fue algo demasiado goloso como para no hacerlo.

Se secó y se dispuso a salir a buscar una túnica cuando reparó en que toda su ropa estaba en su cuarto. Tomó una toalla y se la ató a la cintura, mascullando por aquella estúpida vergüenza.

Hyoga era mucho peor que Camus en ese aspecto, ya que al francés le costaba ponerse en situación, pero una vez que lo hacía, no había persona más ardiente que él.

Quemaba.

—Necesito entrar, Hyoga. Esta situación raya lo absurdo —trató de razonar, sintiéndose completamente estúpido—. ¡Me siento forastero en mi propio templo!

—Pasa.

Abrió la puerta y lo vio con el rostro desencajado y lleno de lágrimas. Esa imagen lo desarmó por completo y por vez primera se asustó, ya que le demostraba que bajo aquella capa frágil latía un problema de una envergadura más que considerable.

—¿Qué te ocurre?

Sentado en la cama, se agarraba el pecho con fuerza, y sus ojos, tan azules como el hielo que era capaz de crear, lucían asustados.

—¡Por las trenzas de Clearco, Hyoga! —voceó—. ¡Me estoy empezando a poner jodidamente nervioso!

El joven apartó la mano del corazón y de nuevo un reguero de sangre arrollaba por el pecho. Milo se quedó atónito, incapaz de moverse. Sin embargo, sus pasos lo fueron acercando al Cisne hasta obligarlo a tumbarse. Cuando iba a examinar la herida, Hyoga estiró su mano y atrapó su muñeca, presa de una gran agitación.

—¡Cúrame, por favor!

Milo le dedicó una sonrisa fugaz, tratando de quitarle importancia al asunto.

—No estás enfermo. Y puedes soltarme sin miedo. No voy a irme.

El rostro del Cisne se inflamó de rubor y sus ojos terminaron perdidos en un punto indeterminado. Milo se arrepintió al momento de haberle dicho semejante estupidez, puesto que sí tenía intenciones de irse lo más lejos posible de aquel foco de problemas pero no era su estilo dejar abandonado a un compañero. Tomó gasas y esparadrapo y se dedicó a limpiar la herida, para luego estudiarla. Acarició la piel apergaminada y dejó caer parte de su sangre sobre la brecha.

—¿Cuándo empezó? En la ducha no sangrabas.

—Es… estaba bien —tartamudeó—, hasta que…

Milo asintió.

—Si es lo que me temo —le colocó un apósito y apretó—, no tengo ni idea de cómo lo vamos a combatir.

Hyoga agachó la cabeza, apesadumbrado.

—Tienes que conocer alguna cura para el veneno, o un remedio, o algo que haga que yo… —tosió de nuevo, jadeando a continuación—. ¡Debemos encontrar una solución!

Su desasosiego era palpable. El pecho oscilaba y su rostro sonrojado le daba un aire tan quebradizo que Milo tuvo que dominar los deseos que le embargaban de estrecharlo contra su cuerpo y calmarlo a base de caricias y besos. Sabía que si caía en ese juego, terminarían en la cama y todo se complicaría muchísimo más.

—En Siberia no te ocurría porque no estabas cerca de otro foco de veneno, en este caso yo. Pero al estar aquí conmigo, la armadura y las piedras que conforman el Templo, tu cuerpo no es capaz de soportarlo y los impactos de las Agujas se abren. Si todo funcionara como debiera, las toxinas actuarían como plaquetas y cerrarían tus heridas casi al instante, como si tuvieras un sistema de defensa adicional. Pero algo falla —continuó hablando—. Y necesito averiguar qué es.

—¿Y qué voy a hacer? —gritó el ruso desesperado—. ¡Viviré a dos Casas de ti!

—Necesito saber algunas cosas —le interrogó Milo, intentando mantener la calma por los dos—. ¿Has notado algún otro efecto secundario? ¿Sed? ¿Pesadillas?

—No.

—¿Angustia? ¿Ansiedad? ¿Deseo? —estiró la mano y comprobó la textura de la cicatriz, escrutándolo con sus poderes. La cara de Hyoga comenzó a palidecer.

—… No.

—¿Dependencia? —continuó Milo preguntando.

—No —gruñó categórico el ruso.

—¿Estás seguro? —lo encaró.

—¡Pues claro que estoy seguro!

Milo suspiró, apretó el apósito y volvió a escanear la región adyacente a la herida con sus poderes caloríficos. A través de ellos vio como la piel del joven se ruborizaba al contacto, similar a las ondas en un estanque cuando se arroja una piedra al agua.

—Mientes —finalizó.

—¿Por qué dices eso?

—Me necesitas —contestó terminante—. Tu cosmos reacciona cuando ves mi desnudez bajo mi túnica, tu piel se ruboriza cuando la acaricio, y aunque pueda parecer que estás preparándote para practicar sexo, no es así. No es sólo atracción física.

Hyoga actuó como impulsado por un resorte. Le dio un manotazo en la muñeca y se retrajo, separándose de él.

—¡Estás equivocado! ¡Maldita sea!

—¡Anda, niño! —lanzó una carcajada amarga, dispuesto a arrancarle la máscara del Acuario Perfecto y pisotearla ante sus ojos— . ¡He tocado muchos culos, más de los que te imaginas, y sé cómo reaccionan sus dueños! —le increpó—. La mente es un poderoso afrodisíaco —siseó—, siempre y cuando…

Hyoga lo miró con el horror tatuado en sus ojos.

—Siempre y cuando sea ansia de sexo y no amor lo que albergas en tu interior.

Hyoga

Necesitaba tiempo para diseñar una estrategia y llevarla a cabo, pero su cuerpo estaba tan revolucionado que sólo anhelaba el contacto con el del griego, vestido únicamente con una toalla. Quiso reír, gritar y por último llorar amargamente pero lo único que consiguió fue sentir un odio y una ira casi ingobernables, que se saldaron con una mirada repleta de hostilidad y su labio temblando como si fuera de gelatina. Milo se levantó y se alejó de él unos pasos, momento que Hyoga aprovechó para tirar de la sábana y cubrirse con ella.

—¿Pero quién te has creído que eres? ¡Yo no estoy enamorado de ti! —vomitó sin control alguno—. ¡No tengo un gusto tan depravado!

El griego lo escudriñó, de pie ante él, como una estatua de belleza insultante. Sonrió con tristeza y decepción, aunque el ruso pudo captar un destello de intranquilidad en sus ojos. Si Milo estaba cansado de la situación, Hyoga comenzaba a hartarse de humillaciones y así se lo demostró, aunque significara enfrentarse de nuevo a él.

—Escúchame bien, pequeño cabroncete insensible a los estímulos sexuales —las turquesas del espartano destilaron furia, hecho que logró encoger el estomago al joven—. Tienes un serio problema con el veneno —espetó Milo sin contemplación alguna—. Si sigues perdiendo sangre, entrarás en shock y morirás. ¿Te parece bien? ¿Te parece mal? —lo señaló con el dedo—. Estás más que jodido, gilipollas. ¡Y el depravado es el único que puede ayudarte, si es que existe algún tipo de ayuda para ti!

El cosmos del Cisne estaba completamente enloquecido y aunque trató por todos los medios de tranquilizarse, no pudo. El corazón bombeaba a gran velocidad y elevaba aún más la temperatura corporal, consiguiendo que el torrente sanguíneo realizara el intercambio de oxígeno más rápido y por tanto, el veneno fuera más y más activo. Tuvo que recapitular y dejarse vencer por la situación.

—Lo… siento. Perdóname.

—Esto será muy incómodo para ti pero para mí no es precisamente un regalo de los dioses, así que tendrás que contarme todo lo que recuerdes para ver si encuentro algo que me haga idear una puta solución.

Hyoga se sintió viejo, derrotado. Volcó toda su frustración en su mirada, clavándola en la del Escorpión sin apenas defensas que lo protegieran. Fue un instante muy breve, y aunque Milo volvió a sentarse cerca del ruso, rehusó el contacto visual, como si tuviera miedo de sucumbir bajo el influjo de los azules del joven. Hyoga conocía ese poder, ya que su maestro se lo había reprochado cuando le recriminaba su sentimentalismo: sus ojos poseían la capacidad de desarmar a todo aquel que osara asomarse al índigo de sus iris. Era tal la pasión que mostraban que el que los contemplara se quedaba hechizado por el brillo y la emoción que destilaban, y más aún cuando el joven había llorado, ya que las pupilas se volvían más radiantes y oscuras, resaltando aún más el zafíreo que las rodeaban.

Eran pozos de sinceridad y de pureza.

—¿Qué verdad quieres que te cuente?

—Lo que ha sido de tu vida desde que nos vimos en el patio del castillo.

Hyoga sonrió con una tristeza infinita. Observó las manchas en las sábanas y no supo muy bien qué hacer con ellas, por lo que dudó unos instantes.

—No importa. Ya las lavaremos más tarde.

El ruso se secó el rostro y trago saliva, tomó aire y comenzó a hablar.

—Bajamos al infierno, Seiya y Shun fueron por un lado, Shiryu y yo por el otro. En el camino nos encontramos con Kanon aunque no le fuimos de mucha utilidad —se excusó con timidez— ya que él sólo se bastó para liquidar a medio ejército —bromeó—. Luego, cuando vosotros os reunisteis ante el Muro de los Lamentos, me enfrenté a Minos del Grifo, que murió al saltar tras de mí y llegué a los Elíseos. Los campos interdimensionales unidos a la sangre que el caballero de Aries arrojó sobre nuestros petos lograron que a mi armadura le nacieran alas, cosa que me ha sido de gran utilidad en Siberia.

Milo le indicó que continuara.

—La cuestión final es que vencimos, Seiya cayó en combate pero Saori —meditó unos instantes—, quiero decir, Atenea —rectificó—, lo trajo a la vida. Es, por decirlo de alguna manera, su preferido.

—Todos los sois, en cierta medida. A nosotros nos tenían reservado un destino mucho más glorioso —recordó el tiempo que estuvo en el monolito, a la vista de todos—. Somos los bufones de los dioses.

Hyoga le miró, y al bajar Milo la cabeza para observar el suelo, vio ante él al hombre más hermoso de la tierra.

—No eres un bufón para mí.

El griego alzó el rostro y sonrió de medio lado, lo que hizo al ruso arrepentirse. Sin embargo, no soltó ninguna puya, sino que se encaminó a la cocina y le trajo un refresco frío.

—Bebe —le ordenó—. Con lo que estás sangrando, tu médula tiene que estar medio loca de trabajar. Prosigue.

—Los demás se fueron a Japón. Mi cuerpo había aguantado bastante bien los combates, pero mi paso por los Elíseos debió desencadenar algo en mi organismo ya que la teórica —ironizó— vuelta a la normalidad se convirtió en un suplicio. Vosotros estabais allí, en el monolito, recordándonos el sacrificio que habíais hecho por la Humanidad, el Santuario firmó un traspaso de poderes con la Fundación Kido y durante ese tiempo Saori insistió en que me operara del párpado. Lo hice y tras la operación…

Milo apremió, momento que aprovechó para vestirse oculto tras la puerta del armario.

—Lo que estaba latente se activó —le informó el otro—. En el post—operatorio tuve una insuficiencia cardiorrespiratoria que me mantuvo en coma, sangraba por todos los poros de mi piel, mi cuerpo no se estabilizaba… al único estímulo que reaccionaba era al frío, así que lo único que se les ocurrió a las grandes cabezas pensantes fue enviarme a Siberia. Y allí estuve —suspiró—. Desahuciado.

—¿Has mantenido relaciones sexuales?

El rostro de Hyoga se inflamó de pura ira.

—¿Y eso qué tiene que ver? —bramó colérico—. ¿Siempre tienes que llevarlo todo al mismo terreno?

—Sangras cuando aumenta el calor corporal.

—¿Y qué?

—¿Camus te hizo jurar el voto? —continuó preguntando el otro.

—¡No es asunto tuyo! ¡Maldita sea! ¡Contestaré a tus preguntas, no a tus humillaciones!

—¡Qué necio eres, joder! —se acercó a su rostro, con ansias renovadas de romperle la cara—. ¡Has aprendido bien las lecciones de ese cabrón!

—¡Deja de cagarte en su memoria! —la voz de Hyoga comenzó a oscilar—. ¡No tengo un puto voto ni tampoco lo necesito porque mi vida es…!

Se tapó la cara con las manos.

—Es un puto desastre, Milo. Todo me dejaba indiferente.

Aguantó las ganas de llorar y se estremeció cuando sintió al mano del griego en su hombro. Cuando acertó a encararle, vio que el otro sonreía con una cierta ternura, hecho que lo dejó completamente desarmado.

—Buscaremos una solución —le aseguró.

—Estoy condenado —gimió el Cisne—. En Siberia podía soportarlo pero aquí… aquí…

—¿No confías en mí? —cortó Milo, tomándolo por el mentón y obligándolo a mirarlo.

Hyoga suspiró, mostrando una fiera determinación en sus ojos.

—Más que en mí mismo.

Milo

“Más que en mí mismo”

Los dedos de Milo se quedaron presos de la suavidad del rostro imberbe del ruso. Las yemas desearon explorar aquella extensión perfecta, robándole la fragilidad con caricias furtivas que no llegaron a ser ejecutadas. Sonrió con sinceridad, suspirando al hacerlo, siendo consciente del camino tortuoso que se extendía ante él.

No podía dejarlo en aquel estado, puesto que él era responsable en cierta medida del estado del joven. Hubiera firmado con Camus un pacto o no, pronto serían compañeros, iguales, con un rango idéntico y custodios ambos de una Casa. Hyoga le pedía ayuda y él, como guerrero, como griego y como hombre, debía prestársela, aunque significara enfrentarse a un futuro incierto.

Aunque significara enfrentarse a sí mismo.

Se apartó al ver cómo el otro se ruborizaba y desvió la mirada hacia las heridas, los estigmas sangrantes de aquella virgen rubia que tanto poder de convicción poseía. Se dirigió al cuarto de baño y lavó sus manos con esmero, tomó desinfectante y volvió a sentarse sobre la cama, retirando la túnica con cuidado.

El pecho del Cisne onduló, y aunque ninguno pronunció palabra alguna, Milo sabía que Hyoga era víctima de un nuevo ataque de ansiedad, por lo que debía tratarlo con un cuidado más que exquisito.

—Estoy desnudo —murmuró con vergüenza el joven.

—No te miraré.

Detectó una cicatriz más antigua en el lugar donde había impactado Antares. Lo miró y al asomarse a los azules del otro experimentó una sensación atroz de vértigo. Era tal el dolor que destilaba por ellos que Milo se vio en la necesidad de alejarse de él, controlando las ganas de huir de su propio templo.

Cuando inflamó la Aguja y la acercó al impacto, éste se abrió y una gota de sangre manó por él. La desinfectó, vertió un poco de la suya y la herida, de nuevo, se cerró.

Hyoga tragó saliva, visiblemente afectado.

—Cuando volviste a Siberia, ¿te sucedía esto con frecuencia?

—Sólo me escocía —musitó el ruso—. Ardía, molestaba… —explicó—. Nunca llegó a abrirse, y mucho menos a sangrar.

El griego asintió, con el cosmos aún desatado. Le tomó el pulso en el cuello, notando cómo su piel se erizaba por el contacto. Luego, comprobó las otras marcas —aquellas que Hyoga le permitió ver— y por último le dejó cubrirse.

—¿Puedes ayudarme? —suplicó.

—Recapitulemos y resumamos —contestó Milo haciendo caso omiso a la petición del Cisne—. Peleamos en el pasillo —enumeró—. Te aplico Antares sobre una cicatriz anterior para detenerte la hemorragia, continúas por las Casas hasta enfrentarte al Patriarca, a las marinas de Poseidón, a los espectros de Hades, a los propios dioses en el Elíseo y es ahora cuando todo tu cuerpo reacciona como una caja de resonancia. ¿Es así?

El otro asintió.

—Lo cierto es que no nos hemos enfrentado desde aquel combate —masculló el espartano.

—Pero volvimos a encontrarnos en la casa de Virgo. Y también en el patio del castillo Heinstein —contestó Hyoga—. Ambos participamos en… ya sabes.

—Sí, ya lo sé —replicó el griego, al recordar cómo se implicaron todos en la Exclamación de Atenea—. Pero aunque nuestras auras se alzaron hasta el paroxismo, no estábamos en Escorpio, si no en Virgo. Era el cosmos de Shaka el que estaba impreso en las piedras, no el mío, así que esa puede ser una explicación. Además, cuando un caballero está en plena batalla, no es consciente de sus propias heridas, sólo busca la victoria. Esa sería la otra explicación para la ausencia de sangre en tus cicatrices.

Hyoga guardó silencio.

—Espero que Kanon no se presente sangrando como un animal y pidiéndome que lo cure. Me amputaré los dedos si tengo otro nazareno[1] por aquí atravesado —gruñó.

—Soy un estorbo para ti.

Milo meneó la cabeza, negando.

—Según la carta firmada por Camus, tengo potestad para autoascenderme a maestro putativo.

Hyoga lo miró atónito.

—Y además, estás bajo mis emblemas —finalizó esbozando una sonrisa—. Te ayudaré.

Las manos del ruso terminaron sobre las del griego.

—Te… lo agradezco mucho.

Tras la hostilidad inicial Milo reconoció que no deseaba que el muchacho continuara sufriendo. Le preocupaba su estado, ya no por el hecho de que las heridas se le abrieran, si no por el motivo por el que lo hacían. El contacto de sus dedos le quemaba la piel pero aunque su mente le gritaba que se alejara del Cisne, se quedó allí sentado, experimentando una oleada de sensaciones encontradas mientras enlazaba los dedos del joven con los suyos. La boca del ruso era carnosa, deseable, y por un instante quiso probar su sabor, aunque se contuvo de hacerlo. No era odio lo que sentía por el muchacho, y tampoco pena; era algo más profundo, una emoción que no quería volver a vivir.

Sabía que lo significaba emprender una relación con un Acuario.

Hyoga retiró la mano y se tapó pudorosamente con el rostro salpicado de rubor. Miró al suelo, huyendo de las turquesas de Milo, visiblemente turbado.

—¿Has visitado Aleko’s Island? —preguntó el griego, cambiando literalmente de tema.

Hyoga elevó una ceja, inquisitivo.

—Es un bar de ambiente gay —le explicó.

Hyoga tragó saliva y se tosió.

—¿Me estás… tomando el pelo? —jadeó por fin.

—No, al contrario, creo saber qué te ocurre. Y qué es lo que tanto mal te hace.

—¿Y para eso me tengo que pasear por un bar de maricones? ¡Ni lo sueñes!—respondió furioso.

—Hyoga, si no estoy equivocado, yo soy el foco principal de tus problemas —trató de razonar sin resultados aparentes—. Mi cercanía te está matando.

—No, no puede ser eso —replicó el Cisne—. ¡No puede ser tu presencia! —la voz se fue elevando hasta terminar en gritos—.¡Me niego a dejar de verte!

Hyoga

Sentía cómo había descubierto todas y cada una de sus cartas al expresar su desesperación de manera tan clara. Si Milo tenía razón y no podía soportar estar tan cerca de él, era cuestión de tiempo que se marchitara de amor y se consumiera lentamente.

Quiso incorporarse, salir de la cama y encerrarse en el lavabo para allí llorar y desahogarse. Tenía esa costumbre; cada vez que su nivel de tristeza era excesivamente alto usaba las lágrimas como válvula de escape. Eso lo relegaba a la categoría de piltrafa humana, pero gustándole tanto Milo y excitándose de tal manera ante él ya le daba lo mismo qué concepto utilizar para definirse. Era un desastre, quizás cómo guerrero podría tener un paso pero como persona, era el fracaso de Camus.

—Hyoga, te vas a tranquilizar. Y no es una sugerencia. ¿Entendido?

La voz del griego lo sacó de su espiral de autodestrucción. Con los ojos brillantes, y a punto de estallar en lloriqueos, asintió y miró hacia otro lado.

—Ese hijo de puta no tiene mucho que envidiar a Aristeo. Te ha minado la auto confianza y el autocontrol natural intentando generar otro a su imagen y semejanza. Es como para sacarlo de su tumba y matarlo otra vez.

—Dame un minuto —susurró el ruso—. Iré a la ducha y me calmaré.

—No es un crimen llorar, Hyoga. No te hace menos hombre a mis ojos.

Apretó los puños con fuerza hasta que sintió los brazos de Milo rodearle. Por un instante creyó que se desangraría, que todo su cuerpo estallaría o que la tierra terminaría por tragarle pero no sucedió nada. Sólo un gemido al principio y el dolor y la tensión contenidas se dieron rienda suelta y sollozó abrazado al cuerpo del otro, que pacientemente le acariciaba la melena.

Quiso quedarse así, escondido y cobijado en aquellos poderosos brazos, fuertes y masculinos, y sin darse cuenta, atrapó uno de los mechones del espartano entre sus dedos, casi congelados. Este se tensó al sentir el frío cerca de su piel y aunque su cuerpo se tensó, solamente se escuchó el sonido del aire saliendo por su boca. Hyoga acarició la punta de aquel rizo rebelde y sedoso, deleitándose en su tacto, en su suavidad. Contempló el color oscuro y brillante, mezclando los dedos largos con la ondulada melena, exótica y sexual, que tocaba como una corona magnífica la pecaminosa belleza del caballero de Escorpio.

—¿Te gusta?

Hyoga sonrió.

—Es como me imaginaba. Huele a ti.

El movimiento del cuerpo de Milo le indicó que se había reído.

—¿Y cuál es mi olor?

—El de la vida.

Sintió la mano de Milo alojarse en su mentón, y elevárselo hasta quedar su rostro frente al suyo. Por vez primera reparó en la asombrosa mirada del espartano, la que se escondía tras el sobrenombre del Escorpión. Y se perdió en un instante infinito en el eléctrico de las turquesas que lo observaban chispeantes, reconociendo al niño que una vez fue y que por motivos desconocidos se escondía tras una serie de artificios, esperando ser descubierto. Tembló y su corazón se aceleró pero sus manos se negaron a soltarse del cuerpo del griego y cuando los labios de éste se colocaron sobre los de Hyoga, la herida de su corazón manó sangre hasta que por último, dejó de hacerlo.

No quiso cerrar los ojos porque temía que el guerrero de Escorpio desapareciera si lo hacía, así que saboreó la boca del espartano con intensidad, capturando el aliento ardiente del otro en el suyo, la lengua atrevida chocando contra sus dientes, en busca de la de Hyoga que tímida se había alojado al final, como si tuviera miedo de encontrarse con la invasora. Su cuerpo reaccionó alocado, y como una formación en cuña el sexo del ruso se alzó, victorioso y altivo, asomándose bajo la sábana y desafiando al mundo con su verticalidad.

Cuando Milo se separó de él, comprendió lo que significaba la soledad, la ausencia de calor, el vacío más absoluto.

—Tenías un síndrome de abstinencia. Eres adicto al veneno.

Aún con los restos de la saliva del Escorpión sobre los labios, jadeó al escuchar de forma tan fría y metódica el sentimiento de deseo y de esperanza que le impulsaban a estar frente a él, a tratar de demostrarle que podía ser un buen Acuario, un buen caballero.

—Yo…

—Es el veneno, te repito —Milo le colocó la mano en la boca, haciéndolo callar—. No me conoces. No sabes nada de mí.

Hyoga deseó lamer los dedos recios y a la vez terroríficos, perfectas armas de destrucción.

—¡Pero quiero conocerte!

—¡No es buena idea, joder! —el espartano se retiró de su lado, levantándose y colocándose la entrepierna en un acto reflejo de defensa—. Estudiando mi trayectoria con la casa circular, sería una influencia nefasta para ti.

—¡No me importa! —contestó Hyoga desesperado.

El caballero de Escorpio tomó una silla —la misma donde se había estado masturbando el día anterior—, se sentó ante él y lo miró con franqueza.

—Escúchame bien, Hyoga —dijo—. Todo lo que sientes es a causa del veneno. Me deseas, sangras, lloras, tu cosmos se vuelve intratable y tu audacia aumenta por que tienes dependencia del veneno. ¡No hay más! —señaló—. Cuando encuentre la forma de que superes esta adicción, irás a Acuario y allí te quedarás.

—¡Estás equivocado, maldita sea!

—¿A qué te refieres?

—Estuve en Aleko’s Island y en varios sitios como ese. Llevo tres semanas en Atenas.

Milo lo observó, indicándole que prosiguiera.

—¿Y sabes cómo se saldó mi aventura? ¡Con la apatía más absoluta! ¡No reaccionaba ante nada! —jadeó—. Ni hombres, ni mujeres, era como estar muerto de cintura para abajo.

—Es el veneno —replicó el griego categórico.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —los ojos del Cisne volvieron a brillar.

—Porque a Camus —suspiró—, le pasaba lo mismo.

Milo

Buscó un cigarro y lo encendió. El humo le hizo arder los pulmones, y aunque en otros organismos significaría problemas vasculares y respiratorios, el veneno que poseía destruía las toxinas con una eficacia total, dejándole sólo el regusto del tabaco en la boca.

—Creí que no habías luchado contra él. En combate, quiero decir.

Milo carraspeó. Miró al techo buscando con ese acto un poco de fuerza para volver al pasado y tras conseguirla, comenzó a hablar.

—Le conocí en esta misma habitación —susurró, con una mueca de tristeza en el rostro—. Él se había colado en el Templo pero en vez de quedarse en la sala, avanzó hasta aquí y descolgó la espada. Cuando le encontré, estaba jugando con ella.

Hyoga no le interrumpió.

—Estaba tan absorto que no me oyó entrar. Mi primer impulso fue agarrarlo por la cabellera y estrellarlo contra la pared, ya que nadie, excepto Aioria —griego—,era lo suficientemente puro como para toquetear una reliquia tan valiosa pero no lo hice. Simplemente, me quedé mirándolo hasta que se giró. Él aún no era el caballero de Acuario.

Tomó el cigarro y aspiró el humo, conteniéndolo en los pulmones.

—Lo recuerdo perfectamente —comentó—. Su rostro, la tensión en su mandíbula cuando me abalancé sobre él y le tomé la muñeca. Su rictus de sorpresa cuando le corté la mano y el gemido al sentir mi sangre sobre la herida. Sí, fue un pacto sangriento. Como todo en mí. Como todo en mi puta vida.

Hyoga suspiró entrecortadamente, como si hubiera sentido caérsele el mundo encima.

—Una gran historia. Con un apoteósico final.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó el ruso.

—¿Sabías que nadie conoce los pormenores de mi relación con él? —preguntó de forma retórica, sin esperar contestación alguna—. Aioria está cansado de escuchar siempre la misma letanía sobre la casa circular, el voto, la tradición, la mierda que rodeaba la virginal figura de Camus… lo siento —se excusó, mirándolo con dolor y con angustia—, no debería estar divagando sobre ese tema, ahora que tú has sido convocado para la investidura.

Hyoga elevó una mano y apretó la pierna del griego.

—Me gustaría ser tu amigo. El amigo que realmente necesitas.

—Habla el veneno, Hyoga.

—No es el veneno el que me ha permitido ver al niño que se esconde tras el azul eléctrico de tus defensas.

—No hay niño —atajó Milo con agresividad, parapetándose.

—Existe —señaló la bolsa de viaje, la prueba real del miedo de Milo a lo que podría desembocar en un enfrentamiento, o en una relación—. Lo sé porque en mi interior habita otro, y no puedo estar equivocado en algo que es tan evidente para mí.

Milo se levantó de la silla y se alejó de él como pinchado por mil púas, entre asustado y temeroso. Caminó hasta la cocina y se sirvió un poco de vino, dispuesto a no dejarse atrapar por la calidez de su mirada.

—Te destrozaré como hice con él y si vuelve…

Hyoga se incorporó y su inmensa túnica cayó sobre sus muslos. Ató la hombrera y ajustó la cintura, acercándose a él, descalzo.

—Ha pasado mucho tiempo desde que realizasteis el Eclipse —susurró a su espalda.

—¡Pero un día aparecerá por esa puerta, me dirá que soy un degenerado porque te provoco constantemente y luego se girará y yo…!

Hyoga lo obligó a darse la vuelta, atrapándole por un brazo. Los ojos de Milo ardían, al igual que su pecho, preso de una febril agitación. Ni siquiera hizo ademán de distanciarse.

—No te hagas esto.

—¡Sé que volverá! —le gritó, jadeando—. ¡Todas las noches se lo pido! El que tú estés aquí es algo pasajero, la armadura es suya, ¡él es su dueño!

El griego estrelló el puño contra la mesa y la botella de vino rodó sobre ésta hasta que las manos del ruso la interceptaron, momento que Milo utilizó para alejarse de él. Buscaba poner tierra entre el joven y él, puesto que era la primera vez que hablaba del tema de una manera tan sincera, y además, sintiendo un cierto alivio.

—Se que yo no debería estar aquí, y de hecho, de no haber sido convocado, jamás habría vuelto a Atenas. Lo siento muchísimo.

—¡No tiene nada que ver con la Administración del Santuario! —bramó el espartano, completamente fuera de sí—. ¡Es otro más de sus putos planes! —jadeó—. Sabe que es a través tuya la única manera que tiene de hacerme recordarle. Y yo —se señaló, con la voz ronca, rota ya por el dolor—, día tras día, he mirado esa puta puerta, cometiendo las mayores atrocidades, follando como una bestia, esperando una palabra suya. “Milo, eres un degenerado. Milo, no mereces la armadura de Escorpio”, pero no, no debe ser suficiente castigo el extrañarlo hasta que me arden las entrañas. ¡No puedo sentirte como un caballero dorado! —escupió—. ¿Y sabes por qué? ¿Te lo imaginas? —inquirió completamente enloquecido—. ¡Porque no quiero dejarle descansar en paz!

—¿Cuánto tiempo llevas con eso dentro? —le preguntó el cisne, con un brillo en los ojos que reflejaba lo cerca que estaba de echarse a llorar.

El espartano dudó hasta que una lágrima cayó por su rostro.

—Toda una vida. Toda una puta, patética y asquerosa vida.

Callaron durante unos angustiosos instantes donde sólo se escucharon los sonidos de sus agitadas respiraciones hasta que por último se impuso el silencio. Las tripas de Milo gruñeron, obligándolo a relajarse. Hyoga se acercó a la moderna encimera vitro cerámica y asintió.

—¿Te apetece comer algo? —musitó el ruso, buscando una sartén y aceite.

—¿Te gusta cocinar? —preguntó el otro, con una notable curiosidad, ansioso por dejar atrás el tema que los había obligado a sincerarse—. Aioria no sabe ni freírse un huevo.

—Sería una pena que se los friera —observó Hyoga—, pudiendo enseñarlos lozanos y lustrosos —se ruborizó.

Milo esbozó una sonrisa sincera y agradeció la broma. Se agachó y tomó un par de platos que depositó sobre el mármol, al igual que dos copas.

—Luego quieres que no te llame maricón, con esas cosas que dices —se burló jocoso.

—Tengo una armadura con plumas —objetó el joven—. Creo que divino es una palabra que me definiría mucho mejor.

Milo lo contempló durante un breve instante de tiempo. Hyoga preparaba un poco de arroz y por vez primera, el griego fue capaz de ver al muchacho que había sobrevivido a los propios dioses. Era frágil y sentimental pero en su perfil y en su rostro podía leerse una determinación sólo conseguida a través de la batalla y el sacrificio. Un guerrero más puro, forjado a golpe de lágrima y de secretos inconfesables, digno heredero del maestro caído.

Abandonó esa línea argumental. La ausencia de Camus era aún excesivamente dolorosa, por lo que decidió enfocar su atención en el problema que los había llevado a aquel punto. Le miró el pecho; la herida no manaba sangre.

—Aún no tienes el síndrome —musitó, acercándose al otro sin reparar en su rubor—. Pero…

Hyoga elevó una ceja, esperando a que Milo terminara la frase.

—Creo que ya tengo la solución.

—¿A qué te refieres? —sirvió el arroz en los platos, la comida humeaba y desprendía un agradable olor.

—Invertiremos el proceso —clavó sus espléndidas turquesas en los azulados del otro— invirtiendo el ataque.

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