
Para M.
—¿A qué te refieres con invertir el proceso?
Cuando el ruso vio cómo los ojos de Milo destilaban algo parecido a la osadía, supo que la respuesta no iba a ser de su agrado. El ardor constituía un grave problema para el desarrollo de su vida cotidiana ya que cada vez que pensaba en el espartano su torrente sanguíneo —y como consecuencia su entrepierna— hervía hasta límites casi insoportables, pero confiaba en que, con el tiempo, su cuerpo desarrollaría un sistema de defensa para contrarrestar los desequilibrios que el veneno causaba en su cuerpo. Las cicatrices de las Agujas eran para Hyoga signos de batallas que el joven consideraba como suyas, elementos del pasado que no estaba dispuesto a perder porque lo hacían único, diferente a su maestro.
Clavó la vista en el suelo sin saber muy bien qué hacer; la comida reposaba en los platos invitándolos a sentarse a la mesa, pero el ruso había perdido el apetito por completo. Se fue separando del otro hasta tropezar con la silla, y cuando oyó el sonido de ésta al arrastrar las patas por el suelo se sintió completamente fuera de lugar.
—Ya te lo explicaré más tarde, cuando tenga decidida la técnica que voy a utilizar. Y come, que se enfría —fue la misteriosa contestación del caballero de Escorpio.
Una sonrisa triste alzó las comisuras de los labios del Cisne. La voz de Milo era sensual, con un acento tan marcado como los masculinos rasgos de su rostro. El cabello del griego cayó por sus hombros como una cascada oscura, y Hyoga notó la boca seca al darse cuenta de que lo estaba mirando sin pestañear, evocando el beso que con tanta ansiedad había disfrutado.
La turbación se asomó a sus mejillas: estaba impaciente por besarlo una segunda vez.
—Pero mira que tengo que tener paciencia —replicó el espartano, con una profunda molestia—. Me jode como no te haces una idea que me observen mientras estoy comiendo solo —lo apuntó con el tenedor—. ¡Siéntate, por las bragas de Artemisa!
El Escorpión bufó, dejó el cubierto sobre la servilleta y movió las manos en un gesto imperativo. Hyoga obedeció, colocó las suyas sobre su regazo y guardó silencio.
—Mientras cocinabas estabas muy hablador y de repente, eres una especie de calco de quién tú y yo sabemos —le espetó, mesándose el flequillo rebelde—. ¿Se puede saber qué cojones he dicho?
Hyoga tragó saliva, visiblemente nervioso.
—No es nada, Milo.
—¿Nada? —repitió, alzando las cejas—. Y si no es nada, ¿por qué no comes?
—No tengo hambre.
Un gruñido salió de la boca del caballero del Escorpión.
—Lección de culturilla griega a estas horas de la tarde, las… —miró el reloj encajado entre los libros de la estantería de la sala, a su espalda—. Cuatro y media, hora local —continuó mordaz—. Las leyes de esta santa orden ateniense me obligan a proveerte de pan y de vino, alimentos que están instaurados por Zeus Atico como hospitalarios desde que el mundo es mundo. Para que lo entiendas —masculló con una condescendencia hiriente—, si tú comes, yo como. Si tú ayunas, yo me jodo y mis tripas seguirán cantando como si fueran un orfeón, y te informo, colega —volvió a apuntarlo con el dedo—, que sólo hay tres cosas que me sientan como cien patadas en los huevos: no comer, no cagar y no follar. ¡Y estoy juntando las tres en el mismo puto día!
—Lo siento —gimió el ruso—. Pero no puedo probar bocado —bebió un poco de agua, aclarándose la voz—. Come tú, por favor. Sería una lástima que se perdiera.
—No sé ni para qué me esfuerzo — Milo dudó hasta que degustó el arroz, asintió ante su delicioso sabor y tomó un trozo de pan, masticándolo con ganas—. Al final, harás lo que te salga de los cojones, como si lo viera.
Comenzó a comer y Hyoga lo miró de soslayo, para evitar incomodar al Escorpión. El simple hecho de verlo realizar un acto tan mundano como alimentarse era un placer para él: los labios humedecidos le incitaban a adorarlo de rodillas, saboreando la anatomía que Milo le mostró tan generosamente en el cuarto de baño.
Apretó los dientes; no quería excitarse pensando en sexo.
“Como si pudiera sacármelo de la cabeza, teniéndote frente a mí”
—No estás de acuerdo —sentenció el griego sacándolo de su ensoñación—. Crees que todo lo que te he dicho sobre la adicción son un montón de estupideces.
Las mejillas del soviético se tiñeron de carmesí. Bajó la mirada de nuevo, y trató por todos los medios de no perder el control. Lo último que necesitaba era empezar a sangrar por el pecho, así que aspiró aire y lo expulsó lentamente, a ritmo de una nana rusa que su madre le cantaba cuando era pequeño.
—En realidad —le contestó cuando se encontró en condiciones de hacerlo—, me siento ridículo con esta vestimenta.
—¿No me digas? — Milo sonrió de una forma voraz—. Pues te queda de puta madre, niño —comentó, jugando con el tenedor—. Tienes un polvazo con las piernas al aire. Aunque el uniforme de Acuario también es bastante provocativo, con el neopreno lamiéndote las caderas —dibujó con el tenedor varias líneas curvas, imitando un pene—… sí, tienes un real polvo. Aunque no te quiero ni contar desmayado lo… hermoso que… ay…
Hyoga se levantó de sopetón, abochornado hasta la médula y buscó con la mirada un lugar donde esconderse —típica reacción en él—, aunque no encontró ninguno con garantías suficientes. No podía atrancarse en el cuarto de baño porque este carecía de pestillo y en la habitación descansaban las pruebas de su crimen nocturno. La opción más factible era salir corriendo del templo, pero cuando se dispuso a abandonar la cocina, Milo se lo impidió.
—¿Dónde cojones vas? —inquirió con un tono amenazador, lo que hizo que Hyoga se quedara helado—. ¿Te ponen nervioso unas simples palabras?
—Necesito… despejarme —musitó en voz baja. El hecho de conocer que Milo lo había visto desnudo y en plena polución nocturna era demasiado humillante.
El espartano le tomó del brazo, bloqueando su movimiento.
—No me mientas, Hyoga —escupió el Escorpión sin soltarlo—. Es algo que nunca he podido soportar, las mentiras.
El ruso aspiro aire y lo contuvo en sus pulmones.
—Llevo demasiado tiempo de ermitaño y sabes que tu presencia me descontrola, me excito con una facilidad pasmosa —replicó—. ¡Pero tú no dejas de provocarme una y otra vez! ¡Estoy cansado, maldita sea! —consiguió confesar por fin.
—Es a causa del ven…
El caballero de los Hielos elevó la mano y se la puso en la boca, furioso, impidiendo que continuara hablando.
—Ya lo sé —retiró los dedos del rostro deseable, de tacto suave a pesar de lo varonil de sus facciones—. No digas nada más.
Salió precipitadamente de la cocina concentrándose en no ponerse a lloriquear como una damisela. Su labio inferior temblaba y las ganas de gritar eran demasiado grandes como para seguir sujetándolas. Con una gran agitación franqueó la puerta descalzo y se apoyó en una columna, encontrándose con la armadura del Escorpión. Frente a él, el divino avatar refulgía sobre el pedestal situado a la entrada del área privada, atemorizador con las pinzas abiertas y el aguijón en alto.
Igual que su dueño.
Jadeó y se acuclilló agarrando la tela de la túnica a la altura del corazón, apretándola con fuerza. Desde aquella posición se vislumbraba la cuidada restauración del pasillo del Templo, ocultando los rastros de su anterior confrontación con Milo. Se obligó a observar las baldosas, siguiendo las juntas de éstas con los ojos. Necesitaba poner orden en su cabeza y sólo así lo conseguiría.
—Fue allí —escuchó a su espalda minutos después.
Hyoga elevó la mirada y se encontró con una taza de leche que oscilaba en el aire.
—Lo recuerdo —contestó, tomándola entre sus manos.
Miró las sandalias del griego —cuero repujado con los dedos al aire, a la antigua usanza—, sus piernas torneadas, los deseables muslos que ascendían hasta la tela azulada de la túnica, que ocultaba el poder real del Escorpión, su cola. Sintió cómo la sangre se agolpaba en sus sienes y giró la cabeza al instante, avergonzado; apuró el vaso de leche y oyó cómo Milo también estaba bebiendo algo.
—Yo también lo recuerdo. Fue algo que me obligué a no olvidar —la voz se tornó fría, distante—. Me torturaba pensando que habría pasado si te hubiera detenido. Quizás, su destino era morir, ya no frente a ti, sino ante los otros. O quizás —prosiguió—, de haber sobrevivido su meta hubiera sido la de buscar otra guerra santa para caer igualmente como un mártir, buscando esa puta redención de la que no dejaba de hablar —carraspeó—. Por los cojones de Pericles —apretó los puños—, mantuve una relación durante diez años con alguien que es un completo desconocido para mí.
Hyoga se ovilló abrazándose a sus rodillas, sin dejar de mirar al frente.
—¿Quieres contármelo? —le preguntó.
Milo guardó silencio unos instantes, se agachó y se quedó en cuclillas, tomándolo del mentón.
—¿Quieres escucharlo? —sonrió al final de la frase, de una forma tan triste como esperanzadora. Hyoga sabía que era el momento, que debía avanzar aunque se desangrara en el camino.
—Entre lo que tú sabes de él y lo que sé yo, nos acercaremos a lo que una vez fue para nosotros —sentenció, tragándose la angustia.
El griego asintió, se levantó y acarició el cabello del otro.
—Voy a buscarte algo para que te pongas en los pies. Ya sé que tienes una resistencia enorme al frío pero si te resfrías, no soportarás mis puyas. Soy terrible con las bromas.
Le oyó alejarse y por fin permitió que un par de lágrimas cayeran por sus mejillas. Se relajaría y podría escucharle como merecía, intentando comprenderle. Había mucho que desconocía tanto de Milo como de su maestro y si descubría algún dato para acercarse al espartano, no dudaría en utilizarlo.
Era, en realidad, lo que deseaba hacer.
Encendió un cigarro —ya había perdido la cuenta de cuántos llevaba—, y lo terminó de varias caladas. Se hiperventiló, miró al techo, luego al suelo, estiró los dedos y los tonificó. Sí, estaba listo.
¿Listo para qué, exactamente? Sabía que cuando le mostrara la cueva a Hyoga y éste viera todo lo que contenía, sufriría hasta un límite insoportable y a él no le iría mejor. Barajó no enseñarle el mausoleo pero era algo que sabía que debía hacer, aunque el resultado fuera desastroso.
Lo que Milo buscaba en realidad era cerrar sus heridas —porque él también las tenía, aunque no sangraran como las del Cisne—, pasar hoja y olvidar. Ahora que Aioria no estaba en el Santuario, era un buen momento para revolcarse una última vez en el barro sin escuchar consejos harto molestos. Hyoga podría ayudarlo, se le había declarado el día anterior, y con un poco de suerte, quizás…
Notó un fuerte calor en sus dedos y al mirarse la mano comprobó que, sin darse cuenta, había doblado el cigarro con las yemas hasta apagarlo. Estaba frente a la cama, con los ojos perdidos en el mar de blanco y carmesí, y una sucesión de imágenes con Hyoga de protagonista pasaban a velocidad de vértigo por su mente. Apretó los párpados intentando controlar sus instintos, aunque no conseguía borrar el deseo de besar al Cisne, de sentir sus manos heladas arañando su espalda. Quería oírlo gemir su nombre, experimentar el ardor de Acuario una vez más. Su fuego.
Con ira —y con una frustración más que palpable— le dio una patada a la bolsa de viaje y la espetó contra la pared, sacó una alforja del armario y metió algo de fruta dentro, se la colgó cruzada sobre el pecho, recogió un par de sandalias y salió.
—Hay algo que quiero que veas —le dijo, indicándole a Hyoga que se calzara.
—¿A dónde vamos? —preguntó, mirándole a los ojos.
—Sígueme —contestó con parquedad el espartano.
Mientras el muchacho se aseguraba las correas del calzado, Milo trató de pensar analíticamente en todo lo que estaba sucediendo. La sangre solía excitarle hasta extremos animales pero con Hyoga no le ocurría eso, si no algo que no era capaz de descifrar. El ansia de sexo que acompañaba a la presencia del líquido carmesí con él desaparecía, y si Milo se incendiaba no era a causa de ver manar las heridas; era la fragilidad de los ojos del ruso lo que lo desarmaba, incitándole a llevarlo a la cama para hacerle el amor durante horas, calmándole así la desesperación que llevaba tatuada en su rostro de efebo.
El Cisne no tenía la más remota idea de lo mucho que había impresionado a Milo con sólo una mirada. Tendría que mantenerse alejado de esa fuente de perturbación si quería continuar viendo al muchacho como un simple compañero, y reforzar sus defensas emocionales para evitar males mayores. No había olvidado la declaración de amor del joven del día anterior, así que lo único que debía hacer era mantener la teoría de la adicción al veneno. Lo curaría, Hyoga se marcharía a Acuario y nadie sufriría. Sin planearlo, se giró para saber si el guerrero de los Hielos le seguía y cuando lo vio acercarse, se descubrió sonriéndole.
No fue una sonrisa macabra o pendenciera, sino una de preocupación. El futuro Acuario manifestaba fuertes signos de cansancio y abatimiento, y el aura de melancolía que destilaba era demasiado poderosa como para ignorarla. Del interior de Milo pugnaba por emerger un hombre nuevo, y su prioridad consistía en tomar en sus brazos al joven y protegerlo, evitándole todo mal. El simple hecho de imaginarse en esa tesitura le hizo detenerse y menear la cabeza; si Hyoga se dio cuenta de su instante de duda, de su boca nada salió, así que reanudó la marcha. No podía permitirse ahondar en esa línea de pensamiento. Si lo hacía, estaba perdido.
Volvería a amar y no era algo que deseara hacer. Ni ahora, ni nunca.
—¿Falta mucho?
Ralentizó sus pasos hasta que Hyoga alcanzó su posición.
—Nadie te verá vestido de griego. Sólo para mis ojos —bromeó.
Caminaron entre riscos hasta localizar una oquedad perfectamente oculta por un efecto óptico. Milo le tendió la mano y al contacto con la de Hyoga, un calambre le recorrió de tal manera que se asustó, retirándola al instante. Los azules ojos del ruso mostraron consternación al encontrarse con los de Milo aunque se abstuvo de preguntar.
—Creí que estaría congelada —se excusó el espartano por vez primera—. No me acostumbro a esta sensación de…
—Calor. Ardo, ya sabes —replicó el otro—, por el veneno.
Milo se detuvo y lo encaró, molesto.
—Si lo que he deducido es correcto, te aplico Antares para contrarrestar el ardor que dices sentir y continúas sangrando como hasta ahora —elevó un dedo, apuntándolo con él—, desearás que sólo sea veneno, muchachito.
—Sí, si sólo es veneno, —bufó Hyoga con un tono bastante irónico—, es la forma idónea para librarte de mí —dedujo—. Tú mismo lo has dicho.
—Será lo mejor para los dos —gruñó el Escorpión como si fuera un tigre enjaulado que chocara constantemente contra las barras que conformaban su prisión —. Nadie saldrá herido.
—Piensa por ti —el ruso agachó la cabeza, mezcla de gemido y de reproche—. No necesito que veles por mi integridad.
Milo lo agarró de la túnica en uno de sus proverbiales ataques de ira, pero Hyoga no se inmutó. Lo enfrentó como aquel que espera un castigo sin ser siquiera culpable del delito imputado, hastiado de proclamar su inocencia. El griego lo soltó, girándose avergonzado. Carraspeó.
—Quieres entrar en un lugar que está marchito —le dijo, de espaldas.
—Estoy harto de cadáveres, Milo. Tú no eres uno de ellos aunque te dediques a adorarlos. ¡Hasta yo he superado el trauma de mi madre! ¿Por qué no eres capaz de pasar la página y olvidar?
—¡Ya te lo he dicho, joder! ¡Volverá! —Se revolvió con rabia contenida—. ¡Le conozco y no dejará que ocupes su puesto!
Apretó los puños y los labios, tratando de contener la cólera. No quería ser tan franco porque le dolía. Le dolía demasiado aquel tema y no estaba preparado para afrontarlo con la única persona que podía ayudarle a superar la situación.
—¡Me haces sentir como un maldito usurpador! —gritó Hyoga—. ¡Te recuerdo que el primer sorprendido por la convocatoria he sido yo! —le encaró, entre desesperado y resentido—. ¡Así que acusa a la Administración de obligarme a ocupar su templo y de portar su armadura! —su voz se quebró—. ¡Pero yo no le he robado nada a nadie!
Milo preparó su contraataque con la intención de barrerlo de la faz de la Tierra pero al advertir la oscilación térmica en el cuerpo del joven se alarmó. El ruso se apretaba las sienes apoyado en una de las paredes de la gruta.
—Necesito… aire fresco —jadeó el soviético, casi sin fuerzas—. Sácame de aquí, por favor —le suplicó.
—Eres claustrofóbico —susurró Milo, mientras le tomaba de la cintura y lo alzaba como si fuera un muñeco—. Debiste habérmelo dicho.
—La debilidad no es algo que un Acuario deba mostrar en público, mi maestro me lo enseñó metiéndome vivo en un ataúd de hielo —contestó mecánicamente, tratando de caminar aunque no se zafó del abrazo—. Si esa acción fue un acto de misericordia o de sadismo, la diferencia se la llevó a su tumba. Como todo lo demás.
Ante aquella confesión, Milo no pudo sino continuar cruzando el pasadizo con Hyoga casi en brazos sin mediar palabra alguna. Tras varios pasos en completo silencio, la luz se coló por una grieta.
—Ya hemos llegado —informó Milo, depositándolo en el suelo.
El sol de la tarde les iluminó, cegándoles momentáneamente. Hyoga se adelantó, guardando un enorme mutismo, sólo roto por el sonido del agua del manantial que lamía las rocas hasta nutrir un lago humeante de reducidas dimensiones. En uno de sus extremos se erigía una pequeña estatua de Atenea Promacos —la patrona de Atenas— y en el otro, lo que parecía un templo en miniatura.
—Seiya no nos ha hablado de este lugar —musitó Hyoga—. Aunque tampoco conocía el jardín de Virgo.
—No le estaba permitido adentrarse en la zona de las Casas del Zodíaco. Cuando vivía aquí —dejó la bolsa sobre una piedra— estaba destinado a los barracones del sudoeste y este recinto sólo era un montón de piedras y de arbustos. Tardé meses en conectarlo con el Jardin de los Sales, adecentarlo y construirlo.
Caminaron sobre la hierba, sortearon el arroyo y se detuvieron al alcanzar la capilla. Tenía la altura de un niño, el tejadito era de pizarra roja y lo rodeaban varias columnas de estilo dórico, asemejándolo al Partenón. En su interior, una estatuilla de Camus reposaba sobre una base de mármol tallada en griego, hecho que hizo a Hyoga estremecerse.
—A mi amigo, a mi hermano. A mi a… mado.
Milo tragó saliva al escuchar de otra voz que no era la suya lo que él mismo había cincelado.
—La esculpí cuando me enamoré de él. Cada relieve tiene horas de trabajo.
Los ojos de Hyoga lucían devastados.
—Y ahora que tú vas a portar la armadura, tengo miedo de olvidar su rostro, porque con él se irá una parte de mi mismo. Y sin él, temo perder mi propia identidad.
Las gotas cayeron como ríos desbordados por el rostro del heredero del Hielo, herido de muerte en su interior, subyugado sin ni siquiera haber podido presentar batalla. Cerró los ojos esperando el momento final del impacto de su cuerpo contra el suelo. Con un poco de suerte, la cabeza chocaría contra las rocas, la violencia del golpe lo obligaría a rebotar y terminaría con la cara en el agua. Milo se libraría así de una carga inútil y de un incómodo visitante, él se reuniría con quién más amaba y Acuario se quedaría tan impoluta como siempre, vestida la diosa asesina del cántaro con el peplo de las vírgenes y el rostro inerte de las prostitutas.
El calor aumentó hasta abrir todas las cicatrices a la vez, convirtiéndolo en un surtidor de sangre. La tensión cayó, el pecho tembló y Hyoga se abandonó a la plácida muerte, la única salida que veía factible ante aquella absurda, angustiosa y ridícula situación. Se daba por vencido; no quería seguir aguantando el nivel de dolor al que Milo lo sometía. Era una agonía tan grande que ni el propio espartano estaba preparado para soportarla sin enloquecer.
“Mamá, espérame”
Su cosmos se alzó súbito, el cuerpo se combó al toser el Cisne y sus oídos percibieron el eco de unos jadeos muy cercanos a él. ¿Estaba llorando? Su boca permanecía abierta —la notaba seca—, pero su garganta no emitía sonido alguno. ¿Quién, entonces, era el que sollozaba con tanta amargura? ¿Su madre?
“¿Mamá? ¿Eres tú, mamá?”
La constelación del Cisne ardió en su piel, marcada a fuego vivo, rodeada de halos oscuros de luz difusa, custodiado el animal presagiador de muerte por la muerte misma que el veneno anunciaba. Abrió los ojos y por vez primera fue conocedor, en su latente estadio de inconsciencia, de cómo se percibía el mundo a través de la mirada cósmica. No consistía en alcanzar el Sexto o Séptimo Sentido, si no un nuevo nivel de comprensión interior. Observó a través de éstos al hombre que lo sostenía en brazos y le hablaba entre suspiros y vio era puro rojo, bermellón tan brillante que invitaba a sumergirse en él, desde las marcas de sus ojos, la curvatura de sus labios, el sinuoso de su melena ondulada.
“Qué bellísimo eres, Milo”
Aquel torrente de vida lo había tumbado en el suelo y le estaba aplicando un masaje cardíaco; suplicaba entrecortadamente que lo perdonara, que él lo curaría. Hyoga no pudo evitar levantar la mano y atrapar el mechón oscuro entre sus dedos, con el rostro tan tranquilo y sereno como el del hombre que ha averiguado por fin la razón de su existencia.
No quería que Milo continuara llorando. No se merecía tanto dolor.
Pero, ¿por qué lloraba realmente el espartano? Los dos surcos blanquecinos que rompían la armonía de la imagen cósmica de su cara eran la evidencia real de sus lágrimas, y éstas caían sobre la piel de Hyoga hasta evaporarse, tal era su calor corporal. Tiró del cabello y Milo se detuvo, tomando la mano entre las suyas. Aún ciego, el Cisne detectó variaciones en la expresión del Escorpión, como si su movimiento lo hubiera liberado de una pesada carga.
¿Acaso no deseaba comprender que él era vida y como tal, su deber era crear, no destruir? ¿Por qué no quería asimilarlo?
Su visión se aclaró y se encontró con los eléctricos azules de Milo, completamente asustados, desnudos, vulnerables. Sonrió al ver aquella estampa tan sensual como inocente, logrando entender la dimensión de lo que había descubierto Camus en él para violar el voto, su juramento de caballero y convertirse en un muro impenetrable ante sus alumnos. Era la mirada, el contacto que sólo se alcanza una vez en la vida, una comunión de almas tan perfecta y sincronizada que ni el mayor de los orgasmos era capaz de recrear. Supo que si aquello no era amor, no deseaba experimentar nada que no se le pareciera y que Milo era el hombre dueño de su corazón y su vida, los reclamara para sí o no.
Nadie sería capaz de llegarle tan adentro.
Pestañeó y carraspeó, aliviando la tensión en el espartano. Los dedos de Milo acariciaron la mano de Hyoga.
—Eres vida —musitó con ternura el ruso.
—Soy un asesino —contestó el otro, sin desviar sus ojos de los azules del otro.
—Para crear hay que destruir —replicó.
—Perdóname.
La palabra fue pronunciada con tal sentimiento que Hyoga no pudo menos que sonreír, redimiéndole con tan simple acto.
—Perdónate a ti mismo y alcanzarás mi perdón.
—¿Puedes levantarte?
—No —trató de incorporarse, sin conseguirlo—. Estoy en un estado más que lamentable. Mi médula ha sobrepasado toda la generación de sangre de por lo menos siete meses.
Milo lo alzó en brazos y avanzó hasta llegar al lago. Lo depositó con cuidado en el borde y utilizó un jirón de su propia túnica para limpiarle las heridas. Estas habían dejado de sangrar.
—Mañana invertiremos el proceso. Te voy a quitar esta maldición de encima.
—No —lo detuvo Hyoga—. No es necesario.
—Quería hacerte la vida imposible. Hacerte pagar por la muerte de Camus, por su caída. Pero tú no tienes la culpa —por vez primera la voz del griego sonó sincera y sin atisbo de reproche—. Y yo tampoco. Estoy hasta los cojones de desear que vuelva y sé que, si lo hiciera —sonrió con una tristeza tal que el corazón del soviético se sobrecogió—, nos volveríamos a destruir de nuevo, atados el uno al otro en esta historia de sexo y de muerte —jadeó—. Y ya estoy demasiado viejo para volver a lo mismo, Hyoga. Si aún quieres ser mi amigo, creo que es hora de que me ayudes a expulsar todo lo que llevo dentro. Porque la única persona que puede lograrlo —le susurró—, eres tú.
El ruso volvió a hacer ademán de incorporarse, el Escorpión lo tomó por la espalda y lo alzó, acercándolo a su cuerpo; el Cisne se agarró de nuevo a la melena, tirando de ella con suavidad.
—Me tienes en tus manos, Milo. ¿Qué más pruebas necesitas?
El griego sonrió y su mano acarició la mejilla del ruso en un gesto de ternura sin precedente. Hyoga elevó con dificultad el cuello y alcanzó los labios del caballero de Escorpio, que aún lo estrechaba entre sus brazos.
—¿Qué más… pruebas necesitas? —musitó contra su boca.
“Soy tuyo. ¿Por qué no quieres entenderlo?”
—Eres un osado —contestó el otro, desafiante en su mirada, indómito en sus palabras.
—Toma lo que te pertenece.
Y lo obligó a callar besándolo con la violencia que hasta los animales más frágiles exhiben cuando se sienten atacados.
Cuando no tienen ya nada que perder.
Hyoga encajaba perfectamente en su boca, entre sus brazos, contra su cuerpo. Poseía la elasticidad y elegancia de su signo, su pasión y su fuego. Se expresaba de una forma completamente sincera y le hacía vibrar con cada una de sus palabras. Al ímpetu del beso desenfrenado le siguió una serie de caricias dulces con los labios y la lengua, miradas llenas de complicidad y una sonrisa que por último, se perdió en el instante en el que se separaron. Compartió un momento único y lleno de emociones, obligándose a creer que no volvería a repetirse.
No podía caer de nuevo en el error de amar a otro Acuario. Ya conocía el resultado de tal herejía.
—Dices muchas tonterías cuando estás en el suelo —se fijó en las heridas, que se habían cerrado por completo.
—La lengua termina soltándose cuando uno ve cerca el final.
—No vas a morir —se las señaló—. Nos sobreviviste a todos, da igual quién se sacrificara o quién no. Tú continuaste adelante. Dejándonos a los demás en el camino.
Lo levantó de un solo movimiento, comprobando cómo las piernas del soviético flaqueaban. Era una diversión macabra y a la vez necesaria saber que lo tenía en sus manos, que dependía de él. Que con Hyoga conseguía lo que jamás había logrado con Camus, sentirse dueño y señor, sentirse…
Tembló ante la línea de pensamientos que empezaba a repetirse con insistente frecuencia. Durante semanas deseó tener al ruso ante sí para hacerle la vida imposible pero en aquel momento, mientras lo ayudaba a sentarse y se preocupaba por su estado físico comprendió lo equivocado de sus acciones. Milo usaba el dolor para retroalimentarse, para ser más poderoso y más invulnerable, pero pagaba esa invulnerabilidad con sangre, la misma que manaba de una herida que él mismo había infligido en el corazón del otro. ¿Qué clase de trampa urdía entonces aquel Acuario lloroso y terriblemente inseguro para conseguir que el propio espartano bajara sus defensas ante él? Quizás usaba sus lágrimas para conseguir un efecto empático, una constante pena y piedad por parte de sus adversarios, una manipulación completa de las emociones del contrario.
No debía olvidar que era discípulo de Camus. Su heredero.
—Te agradezco que me dejaras subir a despedirme de él en el Castillo, Milo —miró al frente, con la voz completamente enronquecida—. A pesar de todo que sucedió entre nosotros, la batalla, su… caída —se miró los brazos y los acarició, como si aún sintiera el calor de Camus en ellos—, significó mucho para mi estar con él una vez más.
El Escorpión cerró los ojos y se sintió completamente agotado. Lanzó un profundo suspiro, y cuando elevó los párpados, parecía que tuviera cincuenta años más en su mirada.
—Me has protegido desde que te conozco, aunque no quieras darme la razón —siguió hablando—. El dorado de mi armadura es obra tuya, así como el oponerte a que Seiya y los demás participáramos en la Técnica Prohibida. Sabías que él estaba allí solo y tú te quedaste en el patio. Grac…
—Basta —cortó el griego—. Era algo que debía hacer. Mis compañeros me necesitaban para detener al Wyvern. El que portaba la armadura negra no era Camus de Acuario, sino un impostor —masculló entre dientes—. Sólo ante el Muro de las Lamentaciones limpió su acto de… traición.
Tragó saliva al notar la garganta seca, y el Cisne guardó un incómodo silencio. Lo vio apoyar su espalda en un pequeño promontorio y meter los pies en el agua. Cuando las pupilas de ambos se encontraron, el muchacho sonrió, dejando a Milo completamente perplejo.
—¿Te apetece un baño? Temo resbalar y ahogarme… sería degradante, debe llegarme el agua a las rodillas.
Milo lo miró sorprendido. Con una naturalidad asombrosa, había distendido el ambiente, bromeando sobre un tema que los podía conducir a un nuevo enfrentamiento.
—Eres un ser increíble —le dijo, mientras se desataba las sandalias.
—Mi madre decía que yo era un ángel —le confesó—. Pero no uno normal. El capitán de las tropas de Dios, nada menos.
—Cualquiera que te viera con la armadura, no lo dudaría —aseguró el espartano.
—Echaré de menos volar. Surcar el cielo es una experiencia inigualable. Antes de entregar la armadura, me despediré de ella así, en un último vuelo. Sí, eso haré. Se lo debo.
Milo lo observó durante unos instantes.
—Quítate la túnica. Te ayudaré a meterte en el agua —le ordenó.
Sonrió al verle ruborizarse.
—¡Vamos, hombre! —increpó al joven—. ¿A qué tanto remilgo? ¡Los dos tenemos lo mismo entre las piernas!
—Por eso, Milo —gimió el ruso, abochornado—. Por eso no quiero quedarme desnudo, o verte desnudo a ti. Porque…
Milo se despojó de la túnica y la tiró sobre una roca.
—Me encanta el agua. Despelótate, ruso de los cojones.
Hyoga tragó saliva pero obedeció.
—Ahora acomódate aquí, sobre esta piedra, diseñada especialmente para culos exquisitos como el tuyo —le señaló una roca de textura suave, sin aristas, tratando de ignorar la pudorosa postura de Hyoga, con su pene oculto entre sus manos—. Si veo sangre, cortaré la hemorragia.
—Está caliente —se sorprendió el muchacho al tomar asiento.
—Sí, es una reproducción algo personal de las Termópilas. Existen unas fuentes de aguas termales en esa zona, de ellas le viene el nombre: Thermopylae —pronunció estirando las sílabas.
—¿Has estado alguna vez allí? —jugueteó Hyoga con el agua, creando pequeños trocitos de hielo y haciéndolos navegar.
—Sí.
Milo contempló la técnica del Cisne, depurada, hermosa. La misma que años atrás había visto realizar a su maestro. La misma que lo había fascinado. Un detalle más en un mar de detalles, que lo dejarían rendido a sus pies.
—¿Y Camus? —la voz del soviético lo sacó de sus recuerdos.
El guerrero de la Octava Casa tomó aire y miró al cielo despejado.
—Supongo que sí, no lo sé. Amaba Grecia tanto como yo. Tras su… —ignoró la palabra, sustituyéndola por otra— caída, encontré sobre su cama un libro sobre historia que leyó antes del combate —su voz se tornó melancólica—. Había dibujado una lambda roja en un papel, varios caracteres en griego antiguo y la frase de Leónidas, que rodeó con un círculo.
—¿Qué frase? —se interesó el otro.
—“Venid a por ellas” —recitó Milo—. Jamás comprendí que quiso decir con eso.
—En Siberia —relató el heredero de Acuario— tras la vuelta de su entrevista con el Patriarca para informarle de lo de Isaac —bajó la cabeza y su rostro se ensombreció—, comenzó a aumentar los periodos de aislamiento en el Glaciar. Se iba durante días, dormía a la intemperie, y cuando regresaba los entrenamientos eran agotadores. Sólo se dirigía a mí para instruirme, y la situación se mantuvo casi hasta que lo llamaron a filas. Aquel suceso lo convirtió en un ser completamente hermético.
—Llegó a mi Casa, pidiéndome cobijo aquella noche —susurró Milo—. Estuvo conmigo, yo le supliqué que no me abandonara —sonrió con una gran tristeza—. Se entregó a mí como sólo él sabía hacerlo, dejándome aturdido, necesitado de su calor. Luego se marchó, y al volver, él…
Ambos callaron, angustiados.
—No sabía hacer el amor —Milo rehuyó los ojos brillantes del joven, el dolor que transmitían—. Estar con él era una pugna continua, era ver quién era más fuerte, quién más indómito. Quién más… visceral.
—Supongo que no siempre ganarías —musitó el ruso.
—No gané ni una puta vez —le replicó con amargura—. El muy cabrón se las ingenió para humillarme y mantenerme bajo su célibe y pervertido zapato.
Hyoga bajó la cabeza y jugueteó con el agua, tratando de disimular su desazón.
—Luego, al verlo vestido con la armadura de Hades, quise matarlo, aun sabiendo que ya estaba muerto. Caí frente a él, de rodillas, rogándole por un minuto junto a él, algo que me hiciera comprender el porqué de su traición —suspiró—. Pero él siempre antepuso el deber a todo lo demás. Sólo había algo que fuera más importante que Acuario.
El ruso giró la cabeza, tratando de aguantar las ganas de llorar.
—Sí, Hyoga. Vosotros. Sus discípulos. Isaac y tú. Sus herederos.
El Cisne alzó sus manos para tapar su boca. Jadeó, tomó aire y luego lo expulsó.
—Si te hace daño la conversación, podemos dejarla para otro momento —susurró el espartano.
—No, no es necesario —respondió el otro.
—¿Estás seguro? Por mí no hay problema.
—Continuemos —le animó Hyoga—. Es como sacarse una muela. Dolerá hasta que nos acostumbremos a la ausencia de la pieza.
Las cejas de Milo se arquearon de puro asombro.
—Qué pragmático eres, joder.
—Sí —se encogió de hombros—. Lo da el maldito signo. ¿No lo sabías?
Milo meneó la cabeza y salió del agua, caminando por la hierba como un fauno de piernas humanas. Al volver, Hyoga miraba hacia otro lado y con una expresión de acaloramiento total, cosa que hizo sonreír al griego, sabedor de la turbación y del deseo que emergía entre las piernas del muchacho.
—Milos —le enseñó la pieza mientras se sentaba a su lado—. Manzanas —tradujo.
—La fruta del pecado.
—Sandeces —replicó, dejándole una en la mano—. Come y calla.
El espartano le dio un gran mordisco a la manzana, de color rojo brillante, y dejó que el jugo le resbalara por el mentón. Clavó los ojos en los del ruso, que lo miraba embobado.
—Milo…
—¿No está lo suficientemente apetitosa? —El griego sonrió, belicoso.
—¿Por qué te gusta tanto provocarme? ¿Es una especie de promesa? ¿Un tributo que tengo que pagar?
—¿Por qué lo dices? —ironizó, lamiéndose los labios frente al otro, desnudos ambos en aquel baño termal improvisado. Como había supuesto, una gotita surcó atrevida el pecho lampiño del joven.
Sin mediar palabra, el caballero de Escorpio se arrodilló ante él y metió la mano entre las piernas, buscando la erección que, como había imaginado, despuntaba con el vigor que la juventud confería a su dueño.
—¡Pero qué estás haciendo! —fue la primera queja que escuchó, a lo que siguió una serie de manoteos histéricos—. ¡Deja de tocarme ahí, joder! ¡Esto no tiene maldita la gracia, Milo!
El joven jadeaba, el pecho continuaba manando sangre y Milo forcejeó durante unos interminables segundos con Hyoga para mantener la mano en el lugar que el otro trataba de custodiar con manotazos y empujones. No buscaba humillarle, sino demostrarle que él tenía razón, que eran determinadas provocaciones las que alteraban las propiedades del veneno pero los dedos se movieron ávidos —la fuerza de la costumbre— y se cerraron alrededor de aquella región inexplorada. Tiró suavemente de la piel, apretando con delicadeza el extremo de su virilidad y deleitándose con el tacto de los rizos del sexo del muchacho.
—¿Lo ves? —le espetó, mirándole a los ojos mientras sus manos lo acariciaban sin ser Milo consciente de lo que realmente estaba haciendo—. Toda la culpa la tiene el puto veneno.
Durante unos instantes sus azules volvieron a encontrarse. Hyoga tenía el rostro encendido y sujetaba el brazo del otro con las suyas, bajando varios grados la temperatura del agua. Milo sonrió victorioso hasta que vio cómo el ruso separaba las piernas, flexionaba las rodillas y afirmaba los talones en el fondo, anclándose. Cerró los ojos y abrió la boca, mostrándose tan deseable que el griego se retrajo aterrorizado, como si le hubiera atravesado una descarga de cien mil voltios.
—¡No! —alzó la voz—. ¡No, maldita sea! —gritó, enfurecido—. ¡Deberías protestar! ¡Quejarte! ¡Tratar de atacarme!
Hyoga lo observó, con la cabeza apoyada sobre en una de las rocas, las manos sobre su entrepierna, el pecho untado en sangre y sudor.
—No me parezco a él en absoluto —sonrió sin cambiar de posición—. Si quieres joderme, follarme o hacerme la vida imposible, por mí puedes empezar ya. Pero te advierto, Milo, que me la harás a mí, no a su recuerdo —tomó aire y lo expulsó lentamente, mezclándose éste con el vapor que emergía del agua—. Es curioso —susurró, más para él que para Milo mientras se daba placer, tan absorto como estaba en sus cavilaciones—. Siempre se quejó de mi sentimentalismo, y lo que estoy descubriendo es que él no odiaba que fuera como soy, si no que deseaba serlo también y por las circunstancias de su vida, su pasado o todo lo que le ocurrió en su trayecto hacia la armadura, perdió la capacidad de demostrar que bajo su superficie perfecta, latía un corazón humano, tanto como el mío —hilvanó los pensamientos ignorando que a medida que lo hacía, su herida había dejado de sangrar—. Qué idiota he sido.
El griego salió del agua y se alejó del Cisne, temeroso de volver a sentir cómo sus propias trampas se volvían en contra suya. Este continuaba en la misma posición, lujuriosa, incitante. Era como si lo tentara con su cuerpo de virgen y su lasciva manera de moverse. ¿Quién se había creído que era el niñato pervertido? ¡Milo era el conquistador! ¡El era el portador del ariete glorioso! Se la clavaría hasta atrás y lo haría gritar y retorcerse de placer y luego…
—Deja de exhibirte, cabrón —gruñó, buscando la túnica—. Si quieres pajearte, por mí adelante. No voy a ponerte la mano encima.
—Sí, ya sé que es por culpa del veneno el que me hayas estado lanzando puyas toda la puta tarde, calentándome como una perra —escupió el otro—. Me curarás, me dejarás en Acuario, te alejarás de mí, nadie sufrirá —enumeró—, ahórrate la perorata.
—¡Puto manipulador! —cortó la conversación, hastiado y dolido—. ¡No sigas imitando mis palabras!
Hyoga se giró y se levantó del agua, enfrentándose a él por vez primera totalmente enfurecido.
—Viniste a destrozarme pero llevo roto tanto tiempo como tú. A ti te hizo pedazos cuando erais aprendices, a mí cuando me atreví a apartarle de su alumno predilecto. Y sin embargo, aquí estamos los dos, dando vueltas alrededor de su sombra —lo apuntó con el dedo, imitando su pose a la perfección—, ¡una sombra que refleja algo que jamás existió! ¿Quieres continuar perdiendo el tiempo en excitarme y hacerme ver cómo te deseo? ¡Pues métete la cura por el culo y que te aproveche, Milo! ¡Quédate ahí con tus artimañas y escóndete en tu jodida cueva! —le gritó de forma desgarrada, con una inusual violencia, dejando al Escorpión mudo—. ¡Me salieron alas para volar, no para arrastrarme por el suelo aunque seas lo que más ame en el mundo!
No le dio tiempo a vestirse porque cuando se disponía a ponerse la ropa, Milo se la arrebató de las manos, lanzándola lejos. Tenía los ojos inyectados en sangre y en su dedo brillaba la Aguja Escarlata poderosa y mortífera. Hyoga jadeó de pura sorpresa y supuso que aquello era el fin: moriría a sus manos, completamente desnudo y…
… virgen.
No quiso ahondar en la profunda pena que le producía esa idea, por lo que cerró los ojos y se preparó para lo inmediato y lo seguro: Milo le descargaría una ráfaga, el veneno se uniría con el que ya tenía y moriría por sobredosis. Apretó los dientes, listo para lo que el espartano tuviera a bien hacerle, pero nada ocurrió. Sólo la brisa de la tarde acarició su cuerpo, erizándole el vello.
—Tienes los cojones de acero.
Elevó los párpados y se quedó mirándole en silencio. Ante él, erguido y desafiante, el espartano lo observaba con un deje de sadismo en el rostro. Las ondas que conformaban su ataque de Restricción chocaban contra el muro que Hyoga proyectaba inconscientemente, una de las primeras defensas que Camus le enseñó a alzar.
—Es inútil si crees que me voy a desmoronar enfrentándome a mi peor pesadilla —replicó—. Ya la he vivido. Y mi segunda y mi tercera peor pesadilla. Incluso la que más me avergüenza, que es estar desnudo ante alguien tan hermoso como tú, la estoy padeciendo ahora. ¿Puedo vestirme… ya?
Milo asintió aunque permaneció quieto, sin moverse.
—Tienes razón, me gusta provocarte. Es un placer insano, como levantarle las faldas a una colegiala.
—Pues yo no le veo la gracia —masculló el ruso, buscando la túnica sin molestarse en tapar su erección.
—La idea de que te instales en un hotel hasta que se celebre tu investidura comienza a ser la mejor de las opciones que se me ocurren. Si continúas en mi templo —su voz se agravó—, trataré de acostarme contigo.
Hyoga sintió cómo las fuerzas amenazaban con abandonarle de nuevo. Una gota de sangre manó de su pecho y cayó en la hierba, aunque Milo no debió notarlo, ya que estaba de espaldas. Se apoyó en una roca y se calzó, buscando el lugar por donde habían venido. En ese momento vislumbró un retazo del pasado del griego extrapolando la situación actual. Las piezas del puzzle comenzaban a encajar.
—Tu primera vez con él fue así, ¿verdad? El voto te tenía obsesionado, desvirgar a un célibe debía ser como poner una pica en Flandes. Algo por lo que ser recordado, pero te enamoraste. Y fue tu perdición.
El otro no le miró siquiera. Ahora comenzaba a comprender lo sucedido entre su maestro y él, o al menos, una parte. Tomó aire y lo expulsó lentamente; luego, contempló el cielo. El sol desaparecía entre los riscos.
—Sí. Fue algo así —oyó la voz lejana de Milo, que se había sentado en la hierba.
—Todo el mundo piensa que me he acostado con Shun, así que aunque me metas en tu cama, yo no tengo premio.
—No hables así. No eres un trofeo.
—Conociendo a mi maestro y sabiendo lo necio y cabezota que era —continuó en su proceso deductivo—, supongo que te puso las cosas tan difíciles que mantener una relación con él debió ser una odisea. Si tenía razón te lo hacía pagar, y si no la tenía, se las ingeniaba para que vieras su punto de vista y así convencerte de lo idóneo de sus planteamientos. Has tenido que sufrir lo indecible con él.
—¿Qué has visto en mí? —preguntó el Escorpión.
Hyoga se quedó perplejo ante el giro de la conversación.
—Contesta.
El ruso tomó aire y lo expulsó por la boca, mientras acariciaba la casi inexistente cicatriz de su párpado.
—Fuerza, coraje, tesón. Vida, caos, destrucción y creación. Belleza.
Milo se acercó, encarándole.
—Es el veneno, Hyoga. Cuando te cure, me verás tal y como soy y no tendrás ganas de pisar Escorpio siquiera.
—¡Esto no es una jodida competición! ¡Maldita sea, Milo! —manoteó—. ¡Deja de decir lo que tengo que hacer, o lo que debo sentir!
El espartano se abalanzó contra él, agarrándolo por un brazo.
—Llevas dos días conmigo y sabes más de mí que toda esta Orden de tarados —gruñó entre dientes—. Estoy tan herido y tan lleno de dolor que si te cuelas y te instalas tras mis muros puedo darme por jodido.
—¿Y por eso me rechazas? —gimió—. ¿Buscando excusas para que no me acerque a ti? ¿Mintiéndote a ti mismo?
—Eres lo que siempre deseé que fuera él. Y eso te convierte en alguien peligroso.
Hyoga se quedó con la boca abierta.
—Yo… siento algo a tu lado. Y no me lo puedo permitir.
—Entonces, llévame a tu Templo, clávame la Aguja en el corazón y me marcharé. Así —le escupió con todo el odio que pudo atesorar—, podrás seguir viniendo a este mausoleo a adorar a alguien a quien jamás comprendiste.
Tragó saliva al ver el rostro de Milo desencajado y con los ojos llenos de lágrimas. Retrocedió un par de pasos cuando vio cómo el espartano se lanzaba contra él y esquivó el ataque lo mejor que pudo, aunque el impacto ni siquiera le rozó. Las piedras que conformaban las columnas de la capilla cedieron y éstas terminaron aplastando la figura de mármol blanco que Milo había esculpido hacía años con la forma del caballero de Acuario.
Con la misma velocidad, atrapó su ropa y el brazo del ruso, empujándolo hacia la grieta que estaba en completa oscuridad. Caía la noche en el Santuario pero el cosmos de Milo, rojo bermellón, iluminaba el camino desde las termas hasta el templo de Escorpio, que alcanzaron en cuestión de segundos.
—Vamos a terminar con esto de una puta vez —le espetó, arrastrándolo al interior de la Octava Casa.
—¿Y… qué pretendes hacer? —consiguió preguntar el ruso. Estaba demasiado impresionado por la explosión cósmica del otro, su modo implacable de destruir un tributo a su maestro que le había costado años finalizar.
—Era esta hora, más o menos.
—¿Hora? —preguntó el muchacho—. Perdóname si me he excedido con lo que te dije pero me dolía demasiado y yo…
Milo alzó la mano y se la puso en la boca.
—Voy a revertir el ataque. Prepárate.
Hyoga meneó la cabeza.
—No —sus ojos reflejaron miedo, nerviosismo y tristeza—. No así. No quiero hacerlo de una forma tan precipitada.
—¡Me da igual lo que digas! —replicó Milo—. ¡Aún eres mi discípulo y tendrás que obedecerme, te guste o no!
El rostro de Hyoga mutó.
—¿Ahora me vienes con esas? No, Milo. Seré un sentimental y un blando. Seré un llorón y un poco idiota pero, ¡no voy a aceptar esa excusa para que te libres de mí!
—No te queda otra opción —Le retó el otro.
—Yo no pienso ceder.
—¡Y yo trataré de follarte, joder! ¡Repetiré las mismas pautas enfermizas que con él y terminaremos muertos de pena! ¡En este caso, tienes todas las de perder!
Hyoga temblaba, presa de un estado de excitación extremo.
—Te demostraré que lo que te ocurre es a causa del veneno.
—¿Y si no es así? —inquirió el ruso, intentando hacerle entrar en razón—. ¿Y si estás equivocado?
—Lo sabré cuando revierta el proceso. Vamos.
Milo tiró del brazo de Hyoga, tomó una silla y lo hizo sentarse en ella. Cuando se disponía a inflamar su cosmos, el ruso lo freno.
—Si esto es lo que quieres, entonces —lo detuvo, sujetándolo por la muñeca—, lo haremos en el pasillo.
—¿Quieres recrear lo que sucedió en nuestro enfrentamiento?
El ruso lo taladró con una mirada tan fiera que Milo sintió cómo las circunstancias lo comenzaban a sobrepasar. Llegados a aquel punto no podía echarse atrás, puesto que la situación se había vuelto insostenible. A partir de lo que sucediera en el pasaje que cruzaba Escorpio, sus vidas cambiarían sustancialmente: serían compañeros, enemigos o…
“Amantes”
Carraspeó y se aclaró la garganta sin disimular su nerviosismo.
—¿Y si te arrepientes en el último momento?
—No lo haré. Cuando emprendo un camino, no sé dar la vuelta. Deberías saberlo, es algo que es innato en mi signo —le contestó, con una tristeza absoluta—. Y ahora, si me disculpas, voy a cambiarme de ropa.
El ruso dejó un tenue rastro de escarcha en su muñeca, hecho que indicó a Milo que su estado físico estaba cercano al colapso. Por un instante barajó el seguirlo y estrecharlo entre sus brazos, pero lo único que hizo fue contemplar la puerta de su cuarto cerrándose tras el joven. Buscó un cigarro y lo encendió; consumió la mitad en un instante.
Las dudas lo estaban volviendo loco.
—Hyo…
¿Qué ocurriría si algo salía mal? ¿Y si al inocularle más veneno, Hyoga sufría una parada cardiaca? ¿Y si realmente, el ruso deseaba morir en sus brazos?
Esa idea le encogió el corazón. No se lo iba a permitir. Si quería suicidarse, que se buscara a otro.
Se dirigió al cuarto de baño y se refrescó el rostro, asomándose al espejo a continuación. La tensión de sus músculos se reflejó en su cuello, y aunque su expresión era de impavidez total, Milo reconoció que estaba frenético. Ninguna de sus víctimas le había exigido una cura, por lo que la técnica que pensaba administrar no tenía garantía alguna de éxito. Si fallaba, podría ser el culpable de la muerte de un compañero y eso era algo que no estaba dispuesto a soportar.
La muerte de Camus no pudo evitarla. Pero sí pondría todo de su parte para evitar la de Hyoga.
El ruso salió de su cuarto vestido con el uniforme de entrenamiento y trataba de colocarse la cruz que solía llevar colgada del cuello. Milo se secó las manos y avanzó hacia él.
—Te ayudaré.
—Gracias —musitó el otro.
Se dio la vuelta y retiró su cabello, mostrando la nuca al griego para facilitarle la labor. Milo apretó los dientes, ya que sus instintos le incitaban a lamer la piel desnuda del cuello, mordisquear su espalda y girarlo para arrancarle la camiseta y llevarlo a la cama a rastras, tomando lo que era suyo de una vez.
Lo que era suyo.
“Basta, Milo, ¡Basta ya, joder!”
—Ya está.
Se alejó una vez aseguró el cierre de la cadena, y con una inflamación súbita de su cosmos, la armadura lo cubrió por completo. Hyoga tuvo que taparse los ojos al verse sorprendido por una explosión de luz y de color y se quedó unos segundos admirándole, en completo silencio.
—Yo ya estoy preparado —susurró el Escorpión.
El ruso asintió y esbozó un conato de sonrisa. Milo rogó a los dioses por una palabra de Hyoga deteniendo aquella locura, pero esta no llegó. En su fuero interno sabía que Hyoga jamás recapitularía. Mientras el Cisne llegaba a su altura pudo ver la herida del pecho manchar la camiseta y el abultamiento en sus pantalones. Su mirada era de consternación, tan extrema como su determinación.
—Lo recrearemos tal y como ocurrió —dijo el guerrero de los Hielos—. Nos colocaremos en la misma posición, me tomarás en brazos y luego me…
Milo le colocó los dedos en los labios, obligándolo a callar.
—Podemos tratar de buscar otra solución, desarrollando alguna vacuna o antídoto, me haré pruebas, investigaré sobre cómo evitar tus hemorragias.
El Cisne negó, rebasando al caballero de Escorpio y franqueando la puerta.
—No hay otra solución, Milo. Es algo que debemos hacer —se detuvo junto al pedestal vacío de la armadura, invitándolo a seguirle.
—Si mis cálculos no son exactos, puedes perder tu vida —espetó el griego.
Hyoga sonrió, restándole importancia.
—La dejo en tus manos —le contestó el otro, alejándose de él.
Las cejas de Milo se alzaron de pura incredulidad. Corrió hacia el soviético, furioso.
—¡No estarás hablando en serio, ¿verdad? —gruñó—. ¡Es una responsabilidad demasiado grande, Hyoga! —bramó—. ¡No ves el peligro real de la situación porque estás ofuscado por el veneno!
Hyoga se detuvo, lo encaró y se enfrentó a él, hastiado de la situación. Su cosmos se alzaba y oscilaba casi sin control, congelando las baldosas por donde había pisado el joven.
—Tú eres el que estás ofuscado pero eres tan testarudo que no quieres escucharme siquiera —clavó su dedo helado en el peto del otro—. Quieres que sea el veneno para que cuando me vaya, tengas un motivo para acusarme de abandonarte. Quieres que tenga miedo para que me aleje de ti y así quedarte tranquilo en la soledad de tu templo, fraguando una y mil ideas equivocadas de mí, de mi Casa y de lo que pude llegar a ser a tu lado —jadeó—. ¡Eres un cobarde! —gritó—. ¡El Milo que yo conocí, el Milo del que me enamoré era un hombre con la boca llena de bravatas y una seguridad en sí mismo tal que todo mi cuerpo se estremeció cuando me tuvo entre sus brazos! Así que te libero de todo esto, Escorpio —se situó en la mitad del pasillo, retándolo desde allí—. Yo ya no tengo nada más que perder. ¡Terminemos con todo esto de una puta vez y déjame ir a morir a Acuario!
El caballero dorado se quedó mudo ante aquella explosión de emociones por parte del otro. Cerró los ojos al escuchar los sollozos de Hyoga, con la cabeza agachada, su figura completamente vencida y su labio inferior tembló. Volvía a confesarle que estaba enamorado de él con la misma convicción de siempre, sin alegar razones externas, tales como el veneno o el síndrome de abstinencia. Apretó los puños y reprimió sus propias lágrimas porque sabía que el joven tenía razón. Era la sombra de sí mismo, y aunque trataba de comportarse como el Milo que una vez fue, la muerte de Camus lo había ido pudriendo paulatinamente, hasta convertirlo en el despojo que, como bien decía el otro, expulsaba de su lado a los demás antes de sentir algo por ellos que no fuera capaz de controlar.
¿Cómo podía hacerle comprender que el francés se había llevado su corazón, su humanidad y también sus ilusiones? Ya era demasiado tarde para empezar de nuevo, estaba cansado y sólo quería olvidar, esperar a que llegara su hora.
Sus pasos lo llevaron hasta el Cisne y al elevar la mano, atrapó el cabello dorado del otro, enredándolo entre sus dedos, apreciando la rebeldía de aquella cabellera, tan obstinada como su dueño.
“Has llegado demasiado tarde, así que seré yo el que te libere de este amor enfermizo que sientes. Morirás en Acuario y yo moriré en Escorpio. Es lo mejor para ambos. Es lo mejor para ti… créeme… Hyoga.”
—Vamos, deja de llorar.
La mano de Milo acarició la pelambrera del Cisne y Hyoga se sintió desfallecer. Se giró y lo encaró, con los ojos enrojecidos y el cosmos completamente alterado. El rostro del Escorpión mostraba una expresión triste, pero el ruso no pensaba rendirse todavía. Quizás Milo tenía razón y moriría tras revertir el proceso, pero eso era algo sin importancia para el joven. Había detectado algo tras el aturquesado de su mirada, una llamada de socorro, una petición de ayuda, el reconocimiento de un problema y la necesidad de una solución. El hecho de saber que las palabras que vomitó sin orden alguno habían llegado al corazón del caballero de Escorpio le sirvió como revulsivo, así que asintió y señaló a una baldosa en concreto.
—Estaba en el suelo, completamente agujereado —estiro el brazo, apuntando con el dedo.
—Sí, pero antes de nada, voy a cerrar el acceso. No quisiera que nos interrumpieran.
Milo se alejó hasta el fondo del Templo y Hyoga se fijó en el ondear de su capa, lo salvaje de su melena, las hombreras puntiagudas elevándose y descendiendo a medida que caminaba. Se llevó la mano a su sexo y lo apretó, tratando de controlar la erección que, en aquel crucial momento, deseaba asomarse por el pantalón. El ruso meneó la cabeza, incluso el sonido de las chapas de la armadura rechinando conseguían excitarlo, así que, con veneno o sin él, estaba perdido.
Se colocó en mitad del pasillo y se arrodilló.
—¿Recuerdas la posición exacta? —preguntó al espartano, que ya había regresado de cerrar las verjas.
Milo asintió.
—Sí. Yo tenía una pierna en el suelo, la otra flexionada, y te sujetaba por la espalda. Ven. Acércate.
Hyoga se preparó para acomodarse entre los brazos del Escorpión. La melena de este caía entre el dorado de su tiara, que Hyoga le señaló.
—No la llevabas. Te la desencajé de un puñetazo.
—Entonces, quítamela —le pidió Milo con una tenue sonrisa.
Alzó los brazos y la retiró de la cabeza del griego, dejándola en el suelo. Uno de los mechones se enganchó en un saliente del elástico de su muñequera y al tomarlo entre sus dedos, volvió a contemplarlo.
—Te lo pregunto una vez más. ¿Estás seguro? —volvió a interrogarle el guerrero de la Octava Casa.
—Quieres terminar con esto y yo no quiero que sufras por mi causa —contestó el muchacho, apoyado sobre uno de los muslos del otro, que inflamaba su cosmos con violencia.
—No lo entiendes, Hyoga.
Sin pensarlo siquiera, acarició el rostro increíblemente bello del Escorpión y sonrió.
—No quieres amarme.
El otro aumentó la velocidad de su cosmos, pasando del Sexto al Séptimo Sentido, y el templo reverbero ante el despliegue de poder de su amo y señor. En contestación, las piedras tiñeron de carmesí sus caras y la constelación del Escorpión Celeste se visualizó sobre ellas, como un planetario donde Milo era la estrella protagonista. Su cuerpo, iluminado con los catorce puntos principales refulgía junto a la armadura y cuando la Aguja Escarlata creció desmesuradamente en su dedo índice, Hyoga jadeó de pura impresión.
—Fue entrar en tu Casa con mi amigo en brazos, y ya no pude dejar de mirarte. Sólo —no soltaba el cabello, y tampoco dejaba de mirarlo— deseaba demostrarte mi valía como caballero. Sólo deseaba… ser tuyo.
—Calla —gruñó el griego.
—Y tu cuerpo me enloquecía, como tus ataques, aunque no fui consciente hasta que caí rendido ante ti. Te amé nada más mirarte.
—¡No sigas! —suplicó Milo.
—Y podrás revertir los efectos del veneno, pero lo que no conseguirás será arrancarme mis sentimientos porque soy libre, Milo —hablaba de una forma tan vehemente que Milo se estremeció—. ¡Soy libre para amarte! —alzó la voz, con las heridas supurando sangre y la constelación de Escorpio iluminando en su cuerpo, compitiendo en brillantez con la de Acuario—. ¡Libre para condenarme a quererte hasta el fin de los tiemp…!
Milo no pudo soportarlo más y le cerró la boca con la suya, mordiéndosela con ferocidad. Lo besó con una pasión desmesurada, y Hyoga alimentó el beso con el dolor, la angustia, el deseo y también la esperanza que latía en su indómito corazón. Se abandonó al contacto, pugnando su lengua contra la del otro, entregándose con la generosidad de los amantes enloquecidos de deseo, aquellos que sienten celos hasta de la propia piel de su objeto venerado.
Sin dejar de agarrar el mechón del cabello de Milo sintió cómo el griego clavaba la Aguja en su corazón, Antares, y aunque no quiso alarmarle, no pudo evitar que un gemido escapara de su boca. Su cabeza cayó hacia atrás, sus ojos se velaron, pero Hyoga se quedó con el sabor de manzana y de tabaco del griego, reteniendo en su retina el bellísimo rostro del caballero dueño de ser. Su pecho tembló, sus músculos se agarrotaron y los latidos de su corazón fueron frenando su ritmo hasta que por último, se detuvieron.
La mano que aún sostenía el rizo salvaje de la melena del Escorpión resbaló por el peto del espartano, cayó sobre las baldosas y se quedó inerte, como el resto de su cuerpo. No respiraba, no se movía.
Ya no podía ver a Milo, pero había hecho todo lo que estaba en su mano para hacerle comprender que su amor, era tan inmortal como el avatar que lo custodiaba.
Su mente se apagó, al igual que su cuerpo, que empezaba a enfriarse. Ya no sentía dolor y tampoco pena porque Hyoga, técnicamente…
… había muerto.