De Ceres de Orión...
Empezaba a atardecer en Lykavitos; el espectáculo de los últimos rayos de sol cayendo directamente sobre la Acrópolis había atraído, como siempre, a miríadas de turistas ansiosos de sacar la mejor instantánea de Atenas extendida sobriamente a los pies de la colina. Al hombre sentado junto a la ermita de San Jorge le molestaba profundamente la algarabía que organizaban los visitantes; había subido hasta el collado pensando que el paisaje le llenaría de sosiego, pero al parecer iba a tener que aguardar un buen rato hasta que los veraneantes se decidieran a descender hasta Kolonaki en busca de diversiones más mundanas, o bien marcharse cargado con el mismo desasosiego que le había llevado hasta allí. Con un suspiro, Camus de Acuario optó por esperar; necesitaba reflexionar, y el ambiente del Santuario le resultaba demasiado opresivo como para pensar con claridad sobre lo que estaba sucediendo con su vida.
“Debería haberme enamorado de cualquier otro”, se dijo. Pero no; naturalmente había ido a elegir a la persona menos adecuada, y desde entonces su existencia había perdido cualquier posible estabilidad a la que él hubiera podido aspirar. Hacía tiempo que Camus tenía la sensación de caminar sobre un campo de minas; las cosas podían estallar en cualquier momento.
Aquella mañana, sin ir más lejos. Estaba sentado bajo un árbol junto al anfiteatro, tomándose un respiro en el entrenamiento, cuando había llegado él, tan impúdicamente deseable como siempre, el cuerpo desnudo aceitado para protegerse del sol y la arena, una cinta de cuero sujetando su insolente melena dorada, y aquel impertinente aire de desafío en las pupilas; Camus había postergado la reanudación de sus ejercicios para permitirse disfrutar sin distracciones de la imagen de Milo de Escorpio dedicado a la carrera pedestre, una escena nada desdeñable, y luego se había acercado a él para retarle a un combate de entrenamiento que no tardó en convertirse en el preludio de algo mucho más apetecible para el guardián de Acuario, quien previsiblemente dada su concentración, no tardó en verse derrotado en la liza. El Escorpión le había ayudado a incorporarse y había aprovechado el movimiento para aprisionarlo por la cintura y empezar a conducirlo hacia la Octava Casa; todo parecía perfecto, pero inesperadamente, desde la grada más alta había sonado un silbido estridente que condujo la mirada de ambos hasta la sonrisa despreocupada y los ojos verdes de Aioria, guardián de la Casa de Leo, quien como siempre llegaba tarde al entrenamiento. Entonces todo se había dado la vuelta. Un escueto “nos vemos luego, Acuario”, había sido todo lo que había quedado de las anteriores intenciones de Milo, que sin dilación había vuelto a la arena para compartir los ejercicios de Aioria.
Con un suspiro, Camus se deshizo de sus recuerdos. Había salido la luna sobre la Acrópolis, y la colina se había quedado prácticamente desierta; el bullicio de la animada vida nocturna de Kolonaki llegaba hasta Lykavitos amortiguado. El Caballero de Acuario se levantó y caminó hasta el comienzo de la ladera, ciñéndose el cuerpo con los brazos debido a un escalofrío, aunque el viento que le revolvía el pelo era tibio; traía olor a sal y a jazmines, y escocía como si fuera veneno al recordarle vívidamente a Milo.
“Podría ser peor”, se consoló, “tal y como están las cosas, sólo tengo que preocuparme por Aioria; los demás Caballeros son tan extranjeros como yo mismo. En cambio, si Saga estuviera todavía aquí...”. Sobresaltado al ser consciente de lo que estaba pensando, Camus acalló sus cavilaciones de inmediato, avergonzado de sí mismo; la desaparición de Saga era una desgracia para toda la Orden, y él se permitía felicitarse por ella. “Enhorabuena, Acuario, has dado un paso más hacia la deshonra más absoluta. Bien, supongo que Aristeo estaría encantado de ver que sus augurios de degradación se van haciendo realidad uno a uno. Claro que ¿a quién le importa? A mí no, desde luego.”
Lo cierto era que últimamente pocas cosas le importaban tanto como mantener vivo el interés de Milo hacia él. El seductor Escorpión había llegado a obsesionarle; Camus era el primero en darse cuenta de que aquella necesidad no era sana, pero no podía luchar contra ella, aunque en honor a la verdad, tampoco deseaba hacerlo. Albergaba la vaga esperanza de que las cosas acabaran cambiando por sí mismas, para bien o para mal; pero la verdad era que cuando intentaba reflexionar acerca de la extraña relación que había establecido con el melio, el deseo nublaba por completo su razón y le impedía llegar a conclusión alguna.
“Ademas… estoy muerto de celos”, se confesó, con una sonrisa casi feroz.
No podía llamarse a engaño: desde el principio había sabido a lo que se exponía; al fin y al cabo, la faceta de galán irremisible de Milo era bien conocida… él por referencias y media Atenas por experiencia más o menos propia, se recordó Acuario, con una punzada de rencor. Claro que entonces no le había importado; nunca había sido tan ingenuo como para creerse capaz de transformar al Escorpión en un enamorado modelo de fidelidad, pero en cambio sí confiaba en su capacidad de mover los hilos para lograr que Milo se olvidara de andar buscando amantes aquí y allá. El secreto estaba en mantener su interés.
Había estudiado a su víctima con total atención hasta descubrir que el guardián de la Octava Casa tenía dos puntos flacos: el ansia por superar cuanto antes cualquier desafío, y un ego del tamaño del Coloso de Rhodas. Con semejantes armas, Camus había elaborado una estrategia que durante bastante tiempo funcionó a la perfección.
Ponerle las cosas difíciles al Escorpión significaba sin duda alguna tenerle una temporada dando vueltas alrededor suyo, incordiando como una mosca para conseguir las atenciones que en realidad Camus estaba deseando otorgarle; incluso después de ceder, el acuariano sabía que podía contar con una etapa idílica mientras Milo saboreaba su supuesto triunfo, etapa que él podía llegar a mantener bastante tiempo más si hacía uso de un arsenal de reacciones inesperadas e ideas descabelladas que despertaban la curiosidad el Escorpión, reteniéndole un poco más. Y cuando su interés, inevitablemente, acababa por extinguirse a pesar de todos sus esfuerzos, bastaba una leve fricción en su descomunal ego (un rumor malintencionado, un desprecio en público, una pequeña jactancia) para tenerlo de vuelta deseando vengar la supuesta afrenta.
Y las venganzas del Escorpión sobre Camus normalmente tenían lugar en el lecho.
Acuario se sentía emocionalmente agotado con todo aquel enredo, y en el fondo deseaba terminar con una relación que sabía forzada. Pero… “pero lo cierto es que no puedo prescindir de ti”, reconoció con amargura, mirando el reflejo de la luna sobre el puerto de Mykrolimano, “y lo peor es que creo que se me está acabando la capacidad de retenerte”. Últimamente sus ofensivas estaban empezando a resultar inútiles, chocaban con un obstáculo que tenía que acabar apareciendo: Camus no era griego.
Cualquiera que hablara con Milo más de tres minutos seguidos descubría lo orgulloso que éste estaba de sus raíces. Aquello no era ningún secreto para nadie, y tampoco lo había sido para Acuario, quien incluso antes de empezar a intimar con el espartano se había dado cuenta de que los amantes entraban y salían de su vida sin dejar huella alguna, a excepción de los griegos, con quienes parecía establecer un algún tipo de vínculo que nunca llegaba a romperse del todo. A los ojos de Camus, Milo llevaba los nombres de Saga y Aioria esculpidos en el alma, y aunque sus sonados amoríos con ambos hubieran quedado zanjados tiempo atrás, la unión con ellos permanecía.
Camus, de origen francés y totalmente despreocupado de la herencia cultural o espiritual que aquello pudiera suponer, no acababa de entender el desmedido orgullo patrio de Milo, y le exasperaba el levísimo pero presente desdén con que el espartano, a su juicio, trataba a los Caballeros extranjeros. Le frustraba profundamente saberse incapaz de superar, como guerrero y como hombre, la desventaja que para el guardián de la Octava Casa suponía su sangre ajena, y desde que empezara su extraña relación con él le había atemorizado y dolido la certeza de que algún día aquella imperfección acabaría por hacer inútiles todas sus estrategias destinadas a retener a su lado al indómito Escorpión.
De hecho, desde hacía algún tiempo tenía la sensación de que aquel día había acabado por llegar. La amistad entre Aioria y Milo parecía estar estrechándose de nuevo hasta el punto de empezar a interponerse en los avances de Camus, quien veía cómo todos sus esfuerzos eran barridos de un plumazo por la sola presencia del ateniense. “¿Acabarán siendo amantes de nuevo…?” La idea apareció sin previo aviso, causándole un dolor tan real que por un momento temió estar sufriendo un infarto; se llevó una mano al pecho, tratando de recuperar el aliento, y cerró los ojos procurando calmarse. Odiaba sentirse a merced de las circunstancias.
Permaneció largo tiempo con la cabeza gacha, tratando de discernir cómo retomar las riendas de la situación. La cuestión, se dijo, era no dejarse llevar por el sentimentalismo; por muy enamorado que estuviera de aquel donjuán malnacido, tenía que mantener la mente fría y calcular con cuidado los pasos a seguir, sin dejarse influir por lo que los sentimientos se obstinaban en dictarle. Se imaginó por un momento acudiendo a confesarle a Milo todo lo que llevaba dentro y pidiéndole que no le abandonara; la sola idea le dio ganas de vomitar. Camus de Acuario no iba a rebajarse de aquella manera ante quien sin duda respondería a su sinceridad con una humillación; reaccionar de esa forma sería perder a Milo definitivamente. No, si las circunstancias se habían vuelto extremas él respondería trazando un plan de acción más agresivo.
“Volveré contra ti tus propias armas”.
El hábil estratega que el guardián de la Undécima Casa llevaba dentro se puso en marcha de inmediato. Poco después, una sonrisa de satisfacción iluminaba el normalmente serio rostro de Camus de Acuario.
La noche era seca y templada. Las estrellas ardían sobre el Santuario con una nitidez conmovedora; Milo de Escorpio salió de su Templo para observarlas un rato antes de acostarse. Normalmente le transmitían paz, salvo precisamente en aquella época, los comienzos del otoño, cuando su constelación protectora empezaba a desaparecer frente a la llegada de Orión, señor del cielo invernal y enemigo por definición del mitológico Escorpión Celeste; aquella transición siempre le resultaba inquietante. Aioria se hubiera reído a carcajadas de conocer la faceta supersticiosa de su amigo; Milo sonrió al pensarlo y se planteó la posibilidad de bajar hasta la Casa de Leo para compartir un vaso de retsina [1] con el ateniense, pero ya era algo tarde, y además quería reflexionar un rato. Últimamente se había sentido algo nostálgico; echaba de menos los días de juventud, cuando no era más que un aprendiz sin excesivas preocupaciones absorbido por el dinamismo de la vida en el Santuario. “Me hago viejo”, se burló de sí mismo, y no por primera vez; hasta entonces la añoranza había sido un sentimiento casi desconocido para él, pero desde la muerte del antiguo Patriarca, en la Orden Zodiacal se respiraba una tensión creciente, y Milo se sorprendía a sí mismo refugiándose en los recuerdos cada vez con mayor frecuencia y buscando constantemente la compañía de sus camaradas de la infancia.
Por supuesto, la persona que había salido perjudicada con su actitud era Camus, como siempre; Milo era consciente de haberle dedicado una desatención total en los últimos meses, y eso le hacía sentir culpable, pero ya no sabía cómo arreglarlo. Normalmente, la mera presencia del acuariano conseguía eclipsar cualquier cosa que ocupara la atención de Milo, hasta un punto que incluso podía considerarse preocupante; Camus le volvía completamente loco, y el propio Escorpión sentía miedo de la intensidad de sus sentimientos hacia él.
No era la primera vez que aquella misma pasión, paradójicamente, le llevaba a alejarse del Aguador en busca de un respiro; en ocasiones las emociones llegaban a hacerse tan fuertes que sofocaban todo lo que no fuera Camus: entrenamientos, estudios, misiones, todo perdía su importancia frente a la abrumadora certeza de que el divino guardián de Acuario se había convertido en su auténtica y exclusiva razón de existir, y entonces Milo huía, se retraía en sí mismo y buscaba la compañía de otras personas que le ayudaran a equilibrar de nuevo su balanza de prioridades, porque temía que su deseo por Camus acabara literalmente matándolo.
En todas esas ocasiones, el francés se había revelado como un hombre vengativo, mostrándose hostil y rencoroso durante algún tiempo sin que nada de lo que Milo pudiera hacer o decir consiguiera aplacarle; el Escorpión no tenía más remedio que armarse de paciencia y aguardar a que fuera el orgulloso acuariano quien se decidiera a perdonarle y reanudar el romance que compartían. Milo suspiró al comprender que probablemente aquella ocasión no sería muy diferente de las demás. “Vienen tiempos de escasez”, se dijo, resignado. La época de los accesos de cólera ante la frialdad resentida de Camus, el tiempo de los insultos y las peleas que los dejaban a los dos destrozados física y emocionalmente, parecía haber ido quedando atrás, aunque el retorcido juego que había ocupado su lugar resultaba igualmente agotador. Al menos la experiencia aseguraba que las aguas acabarían por volver a su cauce; después de todo, los dos se necesitaban demasiado mutuamente como para pasar mucho tiempo el uno sin el otro.
No obstante, Escorpio no se sentía a gusto consigo mismo. Esta vez sospechaba que se había pasado de la raya, y temía haber herido no sólo el orgullo de Camus, sino también al propio Camus. Había que estar ciego para no darse cuenta de que su íntima amistad con Aioria molestaba profundamente al francés, y si bien Milo había dejado claro desde el principio que no pensaba ceder ni un ápice en lo que concernía a aquel asunto, también era cierto que normalmente procuraba que Camus no se sintiera nunca infravalorado frente al ateniense; ese nivel de armonía había funcionado bastante bien, pero últimamente el extraño ambiente que se respiraba en el Santuario había llevado a Milo no sólo a romper ese delicado equilibrio, sino incluso a hacerle varios desplantes al acuariano a favor de Aioria. El Escorpión se había negado a ver el desconcierto primero, la rabia después, y finalmente el dolor en los ojos del Aguador. Luego Camus había dejado de aparecer cerca de él y se le había empezado a ver con frecuencia en compañía de Shaka de Virgo, lo cual había disparado todas las alarmas del Escorpión, no sólo porque algunos rumores, probablemente infundados, apuntaran a un antiguo affaire entre los guardianes de Virgo y Acuario, sino porque si el orgulloso Aguador había decidido rebajarse a jugar la baza de los celos, sin duda era porque debía de sentirse verdaderamente humillado por la actitud de Milo; éste hubiera preferido renunciar a su Armadura antes que causar un dolor profundo a Camus, pero temía que aquello ya no tuviera marcha atrás. La experiencia le decía que Acuario llevaría a cabo su venganza punto por punto, y que no cedería ni un palmo ante ninguna reparación que Milo pudiera ofrecerle.
Pero él estaba dispuesto a cambiar la rutina, costara lo que costase.
“La verdad es que Camus y yo nunca hablamos de tú a tú. En lo que a mí respecta, la pasión por este hombre me ciega; cuando lo tengo delante, lo último en lo que puedo pensar es en sentarme y hablar”. Sin embargo, Milo sentía la necesidad cada vez más acuciante de tener una conversación con su compañero; sospechaba que las razones de que su relación fuera tan tormentosa hundían sus raíces en la falta de bases en que asentarse: ninguno de los dos sabía a qué atenerse con respecto al otro, porque nunca se habían molestado en indagar hacia dónde les llevaba aquel romance. El Escorpión constató, con un sobresalto, que nunca le había confesado a Camus lo mucho que le amaba. “Ni un simple te quiero… ¿puede esto funcionar de esta forma?”. No, se dijo, no podía funcionar. Era preciso un cambio, y si para eso tenía que subir hasta la Undécima Casa y doblegar el desorbitado orgullo de su guardián lanzándole aguijón tras aguijón, por Hefestos que lo haría.
Al fin y al cabo, el objetivo merecía la pena.
Cuando Milo ya salía por la puerta trasera de su Casa para subir hasta el Templo de Acuario, escuchó que alguien llamaba en la entrada principal; entre maldiciones, dio media vuelta y fue a recibir al visitante inoportuno. Ocultaba su cosmos, y eso intrigó al Escorpión, que se puso en guardia de inmediato. Tal y como estaban las cosas en el Santuario, había que andarse con mucho cuidado: varios Caballeros habían desaparecido inexplicablemente, entre ellos Saga de Géminis. La imagen de su antiguo amigo y amante había quedado impresa como a fuego en el alma de Milo; su recuerdo le asaltó a traición y llenó de dolor el vacío que le había dejado su ausencia. El espartano apretó los puños y proscribió la desesperanza que de repente se cernía sobre su ánimo; podía tener a un enemigo en la puerta, y no era momento de distraerse con pensamientos dolorosos.
—¿Quién está ahí fuera?
No hubo respuesta. El Escorpión contuvo el aliento tratando de detectar a su misterioso visitante, pero éste se ocultaba bien; Milo se pegó a la pared, aguardó unos instantes con los nervios de punta, y repentinamente abrió la puerta de una patada y alargó los brazos para agarrar al intruso.
Sus dedos se cerraron sobre el aire.
Trastabillando, el Caballero de Escorpio sólo pudo entrever a una persona embozada que permanecía con una rodilla hincada en el umbral; su propio impulso le hizo perder el equilibrio, tropezó con la figura orante y perdió pie definitivamente. Ya en el suelo, giró sobre sí mismo y empezó a incorporarse para adoptar de nuevo una posición defensiva, pero se quedó inmóvil cuando su visitante se retiró la capucha y lo miró con una ceja enarcada… una ceja con el extremo bífido.
Camus de Acuario se inclinó hacia Milo, con una sonrisa divertida tratando de abrirse paso por una de sus comisuras.
—¿Existe cobijo para el viajero en esta morada?— preguntó, con ironía.
Milo tardó unos segundos en ordenar su cabeza y asimilar que su supuesto atacante era la persona a la que se disponía a visitar un momento antes; luego consiguió recordar la fórmula de cortesía.
—Los… los hombres de buena fe son bienvenidos a mi Casa.
—Gracias.
Camus pasó al interior cruzando por encima del cuerpo postrado del Escorpión, que se encrespó ante lo absurdo de la situación.
—¡Podrías haberme ayudado a levantarme…!
—Puedes hacerlo solo, tampoco estás tan mayor.
—¿Cómo que TAN mayor…?
Milo siguió a Camus al interior de su Casa y cerró la puerta; el Aguador estaba parado en medio del salón, observando la mesa como si fuera lo más interesante del mundo.
—Nunca la hemos usado— comentó.
—¿Qué quieres decir? Hemos cenado aquí cientos de veces; de hecho…
—No estaba hablando de cenar.
“He oído mal”. ¿De verdad el siempre distinguido Santo de Acuario acababa de hacer un comentario escabroso? Se quedó sin palabras, y respondió lo primero que se le pasó por la cabeza.
—¿A qué has venido, Camus?— “estupendo, Milo, de todo lo que podías haber dicho, eso ha sido lo peor”, pensó, pero ya lo había pronunciado, y sin duda lo pagaría caro.
El Aguador se volvió hacia él rápidamente, con el enfado pintado en los ojos. “Allá vamos, otra vez en pie de guerra”, pensó el Escorpión, desalentado.
—¿Has oído lo que he dicho? ¿Por qué cambias de tema?
—No cambio de tema, Camus— “sé cauto… sé sincero con él”—. Simplemente me pregunto si has bajado hasta aquí sólo para recordarme que nos hemos olvidado de la mesa. En cualquier caso no te preocupes— ronroneó, acercándose al acuariano—, eso podemos arreglarlo ahora mismo, si quieres…
—No he venido para eso— repuso Acuario, alejándose de él.
—¿Entonces para qué? — Milo sintió la ira bullir en su interior; Camus tenía la capacidad de hacerle montar en cólera con la más mínima provocación—. Vienes aquí a estas horas, escondes tu cosmos, me das un susto de muerte, haces una observación obscena sobre mi mesa de comedor… no hay quién te entienda, y yo ya estoy harto; dame una explicación, francés, o lárgate.
Camus lo miró cara a cara con expresión desconcertada.
—Colère de boxeur, impudences de faune... [2] curiosa combinación la tuya. Cálmate, Milo, no he venido aquí a discutir— repuso amablemente—. ¿Podemos sentarnos?
El Escorpión miró a Camus con cierta desconfianza; sus cambios de tercio lo despistaban, y sospechaba que el comportamiento de su complicado amante tenía poco de natural. Señaló el sofá con gesto hosco.
—Adelante. ¿Quieres tomar algo?
—Café, si tienes hecho.
—¿A estas horas?
—¿No tienes?
—Claro que tengo— “aunque eres tú el único que lo toma en esta casa”—, pero tan tard…
—Entonces café, Milo, gracias.
Escorpio respiró hondo, contó hasta diez y hasta veinte, y se fue a la cocina a preparar el café; se planteó la posibilidad de hacerse una tila para evitar acabar la noche estrangulando a Camus. O tal vez un tequila; y doble. Pero al final se decantó por una infusión de melisa. “Si tomo algo más fuerte y este hombre sigue con esa actitud suficiente, no respondo… no respondo…”. Mientras hervía el agua, Milo aprovechó para serenarse; se recordó a sí mismo que necesitaba hablar con Camus para evitar, precisamente, aquel estado de tensión tan habitual entre ellos. “Además, yo me lo he buscado… Camus no se toma bien los desplantes, y yo le he hecho unos cuantos”. Instándose a tener paciencia, Milo acabo de preparar las bebidas y salió con ellas al salón.
El Aguador no estaba.
—¿Camus…?
No hubo respuesta. Sin embargo, su cosmos seguía presente en la Octava Casa. “Y ahora toca jugar al escondite. Fantástico”. Con un bufido de impaciencia, el Escorpión pasó a los aposentos interiores.
—¡Camus!
—Estoy aquí.
—¿En el dormitorio?
—Sí.
Milo ladeó la cabeza, intrigado, y no pudo dejar de relacionar la presencia de Camus en su dormitorio con su anterior comentario acerca de la mesa; se preguntó si en el fondo el Aguador no había venido simplemente a zanjar las cosas en la cama. El Escorpión sonrió mientras abría la puerta de la alcoba; si era así, él no pensaba decepcionarle.
Camus estaba sentado en el borde del lecho, con los codos en las rodillas y las manos cruzadas bajo el mentón; lo miraba con atención, como disponiéndose a decir algo, pero permaneció en silencio. Milo le tendió la taza.
—Tu café.
—Gracias.
Y de nuevo el silencio. El espartano empezó a sentirse incómodo; sabía que nada en el comportamiento de Camus era espontáneo, sino que estaba perfectamente calculado precisamente para confundirle, pero trató de no morder el anzuelo y romper la dinámica habitual.
—¿De qué querías hablar?
—¿He dicho yo que quisiera hablar?
Milo se quedó mirando cómo el Aguador se llevaba la taza a la boca con aire indiferente, y se repitió varias veces a sí mismo que estaba enamorado de aquel hombre, los dioses sabrían por qué, y que acabar a golpes una vez más no iba a mejorar las cosas en nada.
—Camus…
—Está muy rico.
—Camus…
—Para no gustarte el café, te sale…
—¡Camus, basta!
—¿Por qué gritas, Milo?
—Oye, estás siendo… —el Escorpión guardó silencio y respiró hondo— estás comportándote de manera extraña esta noche.
—¿De verdad? —le provocó Camus.
—De verdad —respondió simplemente Milo, sin perder la calma.
El Aguador guardó silencio, al parecer tomado por sorpresa por la serenidad del Escorpión.
—Discúlpame. Estaba molesto contigo y he venido para aclararlo, pero no lo estoy haciendo demasiado bien.
—Lo haces lo mejor que puedes— repuso Milo, desarmado ante la sinceridad de Acuario—. Dime cuál es el problema— tomó un trago de melisa y aguardó una respuesta.
—Yo… —Camus bajó la cabeza; su aspecto inusualmente desvalido conmovió al Escorpión.
—Adelante, cuéntame qué te pasa— le animó, dejando la taza sobre la mesilla y haciendo lo mismo con la de Camus; sus dedos cogieron un mechón de pelo del acuariano y jugaron con él.
—Estoy algo confuso, Milo. Creo que en una relación como la nuestra no tienen lugar los celos, pero…
—Mi pequeño Camus… —ronroneó Escorpio, acercándose al Aguador—. Sabes que no tienes nada que temer.
—Lo sé.
—¿Entonces…?
—Entonces no entiendo porqué mi amistad con Shaka te está haciendo comportarte como un imbécil. ¿De verdad crees que vas a provocarme con ese flirteo infantil con Aioria?
—¡Qué diablos…! —Milo se levantó de la cama como si le hubieran pinchado—. ¿De qué demonios estás hablando?
—¡Vamos, Milo, todo el mundo se ha dado cuenta!
—¡Nadie se ha dado cuenta porque no hay nada de que darse cuenta! —el Escorpión aferró a Camus por el cuello de la ropa y le obligó a levantarse de la cama—. ¡Tú eres el único que ve cosas que no existen! ¿Flirtear con Aioria, yo? ¡Lo que hay entre nosotros es mucho más sencillo y mucho más noble que cualquier barbaridad que tu mente contrahecha pueda concebir! ¡Me das asco! Lárgate… ¡Lárgate de aquí antes de que te mate!—arrojó al Aguador al suelo y se acercó a él a toda velocidad, dispuesto a echarlo a patadas si era preciso; cualquier cosa con tal de perder de vista a aquel intrigante.
—¿Me vas a negar que hay algo entre Aioria y tú? —espetó Camus, incorporándose para eludir al Escorpión, que ya preparaba sus Agujas Escarlatas.
—¡Sólo hay una amistad, idiota! Claro que no me extraña que no puedas comprenderlo, ¡Tú no sabes lo que eso! ¿Quién puede querer ser amigo de alguien como tú, maldito seas?—le escupió Milo a la cara, lanzándole una de sus Agujas.
Camus palideció ante las palabras del Escorpión; se quedó inmóvil, petrificado, y recibió el golpe directamente en el pecho. Se derrumbó en el suelo sin dejar de mirar a Milo.
De repente, la habitación pareció muy silenciosa. El Escorpión dejó de oír su propia respiración agitada, sólo atinaba a fijar la vista en el cuerpo derribado del Aguador. Temió haberle alcanzado en el corazón. Se acercó a él, angustiado, y se agachó para examinarlo, tratando de valorar los daños.
—¿Camus…?
No hubo respuesta. Milo levantó a Acuario con todo cuidado y lo depositó sobre el lecho, profundamente arrepentido de su arranque de cólera. A la primera provocación, cualquier tipo de disposición a la compostura se había esfumado de su mente, y ¿qué le había dicho acerca de la amistad? Camus nunca iba a perdonarle aquel comentario. “Y no me extraña. ¿Acaso yo se lo hubiera perdonado?”. Se incorporó para ir a buscar un sanador, cuando una mano helada le aferró dolorosamente la muñeca. Camus, incorporado en la cama, le miraba con los ojos entornados.
—¿A dónde crees que vas?— silbó Acuario, con un tono que a Milo le erizó el vello de la nuca.
—Necesitas ayuda, voy a buscar un…
—Estaré bien en un momento.
—Pero… —el frío se extendió por su brazo de forma insoportable—. ¡Camus, suéltame!
—¿Debería?— preguntó Camus, en tono amenazador—. Me has atacado, ¿Y ahora pretendes que te ponga la otra mejilla, Milo?
—No pretendo nada. Te he golpeado, es cierto, y lo siento. Tampoco querría haber dicho lo que he dicho; ha sido una crueldad, y puede que lo lamente toda mi vida, Camus. Pero si no me sueltas me defenderé, a pesar de todo.
—Ha sido una crueldad… —susurró Acuario— porque crees lo que has dicho; piensas que es cruel lanzar una verdad a la cara de una persona.
—No, yo no creo…
—Ahora no lo niegues. Ten el valor de mantener tu palabra, aunque sólo sea en esto.
—¿Qué quieres decir con eso?— se encrespó Milo—. ¡Mi palabra tiene el valor que…!
—Cuidado, Escorpión, mide lo que dices. ¿O pretendes hacer algún otro comentario hiriente y volver a golpearme para rematarlo?
Milo guardó silencio, rechinando los dientes. Estaba furioso, pero si seguía cayendo en las provocaciones del Aguador no sabía hasta dónde llegarían las cosas. Camus se estaba comportando de una manera muy extraña, y el Escorpión sintió miedo de lo que podía llegar a pasar si uno de los dos no ponía freno a aquella situación; el acuariano parecía incapaz de controlar su rencor, así que tendría que hacerlo él.
—Camus, esto está saliendo muy mal. Empecemos de nuevo esta conversación.
—Me parece bien— acordó Acuario, en voz baja.
—Escucha, sé que últimamente te he dejado de lado, pero en ningún momento he pretendido hacerte daño. Sólo es que con las desapariciones que ha habido en el Santuario, me siento… —el Escorpión se sentó en el borde de la cama, cabizbajo— me siento muy solo, Camus.
—Echas de menos a Saga.
—Hace mucho que le echo de menos —confesó Milo—, incluso desde antes de que se fuera.
—Estuvo bastante tiempo comportándose de forma extraña.
—Sí… como tú ahora, Camus. Me pregunto si tú también vas a desaparecer del Santuario.
—Lo que te preguntas es si voy a desaparecer de tu vida.
—Eso también.
Camus puso una mano en el hombro de Milo para hacerlo girar y enfrentarse a él.
—¿Qué puedo decirte? Las cosas no van bien últimamente. Tú buscas constantemente la compañía de Aioria, y yo no puedo negar que estoy más a gusto con Shaka que contigo.
—¡Por Hades, francés! ¿Necesitas ser tan crudo?
—Ya no somos niños, Milo, las verdades sólo tienen una forma, y en este caso la forma es ésta.
—¿Qué tratas de decirme? ¿Que tienes una relación con Shaka?
—¿Te molestaría?
—¿A ti qué te parece, estúpido?
—Me parece que tu orgullo se resentiría bastante si alguien se atreviera a dejar al divino Escorpio por otra persona…
—Sólo mi orgullo… qué mal me conoces, Camus, es increíble.
—No lo niegues. Otra cosa no la entendería.
—¿Cómo que no la entenderías? —Milo se irguió, tratando de reprimir la rabia— ¿Sabes o no sabes lo que es un compromiso? ¡Habla claro de una vez! ¿Significa algo para ti lo que hay entre tú y yo, o no? ¡Necesito saberlo, maldito seas!
—¡Tú… tú necesitas! —gritó Camus, incorporándose a su vez—. Tú necesitas, tú quieres, tú decides… ¡No sé si significa algo para mí o no, Milo, no lo sé porque sólo importa lo que tú quieres, lo que tú necesitas, y yo sólo estoy autorizado a dejarme llevar por tus deseos!
—¿A qué viene eso ahora? —protestó Milo, exasperado—. ¿Con qué nueva maquinación sales? ¡Cada día que pasa eres más retorcido!
—¿Retorcido? ¿Te pones a acusarme para cambiar de tema? ¡Milo, no eludas lo que te estoy diciendo!
—¡Es que no sé qué cojones quieres decir!
—¡Deja de maldecir y escucha, por una vez!
—Vale —el espartano volvió a sentarse, respirando hondo para serenarse—. Te escucho. Habla de una vez.
—Milo…—empezó Camus, luchando también por dominarse—. Siento que todo el control de esto lo tienes tú. Decidiste cuando empezar…
—¿Qué yo decidí qué? ¿Es que ya no te acuerdas de lo que tuve que esperar hasta que te dignaste aceptar…?
—¿Vas a escucharme, o no?
—¡Si lo que vas a decir son mentiras, no!
—Me escucharás, quieras o no.
Acuario se acercó a Milo, lo agarró por el pelo para echarle la cabeza hacia atrás y lo besó con rudeza, mordiéndole los labios hasta hacerle daño. Escorpio trató de apartarse, enfurecido, pero muy a su pesar sintió que el salvaje beso del Aguador le excitaba, y que éste lo notaba. Camus dejó escapar una risa gutural que hizo a Milo sentirse casi mareado de deseo.
—Camus, me vuelves loco… —murmuró, tratando de abrazar la cintura del Aguador para tenderlo sobre el lecho.
—¿Crees que ésta es la manera de arreglar un problema? —masculló Camus.
Milo se detuvo inmediatamente; dejó caer los brazos y apoyó la cabeza sobre el abdomen del Aguador, con un gemido de cansancio.
—No, Camus, no lo creo, pero si no era esto lo que querías, no entiendo porqué lo has empezado. No tengo ánimo para tus juegos, Aguador. Si no sabes lo que quieres, te invito por última vez a que te vayas.
—Pues yo sí lo creo, Milo.—susurró Camus, inclinándose para hablar justo en su oreja, lo que sacudió el cuerpo del Escorpión en cientos de escalofríos—. Creo que es aquí, en esta habitación, en esta cama, donde tú vas a cederme las riendas esta vez. Lo de la mesa puede esperar a cualquier otro día.
—Camus… —trató de hablar el espartano.
—Calla —ordenó el Aguador, besando la garganta de Milo.
—¡Camus! —exclamó de nuevo Escorpio, aunque esta vez sin esperar respuesta; notó cómo los labios del francés dibujaban una sonrisa contra su cuello.
—Esta noche eres mío, espartano.
—Siempre… lo soy…
—Sí, pero hoy me vas a obedecer en todo. —repuso Camus, mordisqueándole la piel bajo la barbilla hasta hacerle jadear.
—Lo que quieras, pero sigue…
—No has debido decir eso —contestó Acuario, apartándose.
Milo se tensó, creyendo que se trataba de un nuevo cambio de intenciones de su compañero, pero éste parecía haberse decidido por fin a llevar algo adelante aquella noche. Empezó a desvestir al Escorpión, apartando sus manos cuando éste trató de hacer lo propio con él.
—Estate quieto. No vas a hacer nada que yo no te pida.
El Escorpión obedeció, encantado de descubrir a un Camus tan dominante; sentía curiosidad por saber cuánto había aprendido el francés. Éste no tardó en demostrárselo, llenándole de caricias inesperadas, mordiéndole hasta arrancarle quejidos para después soplar suavemente sobre las magulladuras haciéndole estremecerse, pellizcándole hasta el límite del dolor para enseguida cubrirlo de besos.
Le hizo volverse de espaldas para levantar su espesa cabellera entre sus manos y succionar la piel de su nuca, y Milo perdió la noción del tiempo y sólo pudo atinar a repetir su nombre una y otra vez, incapaz de resistirse, viéndose rechazado cada vez que intentaba escapar a aquella dulce tortura devolviendo la caricia; cuando no pudo soportarlo más trató de volverse violentamente, pero Camus se lo impidió atrapándole contra las sábanas con todo su peso; y aunque lo sujetaba con rudeza, sus dedos se entrelazaban a los del Escorpión, y le acariciaba el dorso de las manos con los pulgares con tanta ternura que Milo dudó de si su corazón acabaría por estallar.
Abrazándolo estrechamente, Camus rodó sobre la cama hasta que los dos quedaron frente a frente; entrelazó los cabellos de ambos y los observó con un amago de sonrisa, como si se tratara del paisaje más impresionante jamás creado; pero cuando Milo quiso acariciarle el rostro, se apartó y apresó su mano entre las suyas para mordisquear con suavidad cada uno de sus dedos, mirando con insistencia a los ojos del Escorpión hasta hacerle ruborizar.
Se deslizó sobre él, aferrándole las muñecas y llevándoselas por encima de la cabeza, aprisionándolo, sometiéndolo con la mirada; Milo quiso incorporarse varias veces para besarlo, pero Camus se puso fuera de su alcance en cada ocasión, y sólo cuando el Escorpión dejó caer la cabeza y se dio por vencido el Aguador se inclinó para darle un beso largo y profundo que le dejó sin aliento. Milo forcejeó, necesitando más, necesitando hacer algo, cualquier cosa, pero una vez más se vio atrapado por la decisión de su compañero, que no le concedió tregua. Pasó la lengua por su torso, deteniéndose en los pezones y el ombligo hasta hacerle retorcerse, y acabó la caricia en su sexo, demorándose allí con diligencia solícita.
Milo aferró las sábanas entre los dedos, arqueando el cuello y apretando los dientes, incapaz de aguantar las sensaciones sin hacer nada a su vez; pero había acabado aceptando que ninguna iniciativa suya iba a ser tolerada, así que se limitó a entregarse por completo a lo que Camus le estaba haciendo, sin límites, sin pudor alguno, ondulándose, gimiendo, rogando por más; el acuariano detuvo un momento sus caricias, arrancándole una exclamación de protesta, y casi sin darse cuenta, Milo llevó una mano hasta su pelvis para conseguir aquello por lo que ya no podía seguir esperando. Camus se lo impidió, riéndose de él entre dientes.
—Vamos, pídeme que siga.
—Sigue…
—¿Por favor?
—Por favor… ¡Por favor, Camus…!
Y el Aguador le concedió su deseo. Milo se tensó, dejó de sentir nada que no fuera la boca de su amante, clamó su nombre hasta que creyó que lo desgastaría.
Luego, no hubo nada más que los ojos azul marino de Acuario mirándole mientras caía.
Milo yacía con los ojos entornados, medio dormido, con una mano apoyada blandamente en la nuca de Camus, que a su vez reposaba la cabeza sobre el pecho del Escorpión. Como desde muy lejos, sintió que el Aguador giraba hasta colocarse encima de él y encajaba las caderas entre sus piernas.
—Bien, es mi turno…
Cuando Milo entendió lo que Camus se proponía hacer, salió bruscamente del sopor.
—¡No, detente!
Camus acercó su rostro al del Escorpión, con la amenaza pintada en los ojos.
—Dame una sola razón —exigió.
—Yo… —Milo se sintió confuso, porque efectivamente no se le ocurrió ningún argumento— … no quiero que lo hagas, eso es todo.
—Lo siento, no me convences —repuso Camus con frialdad.
—¿Que no te convenzo? —se irritó el Escorpión—. ¡Camus, no tienes derecho a hacer lo que quieras conmigo! ¡Si te digo que no, es que no!
—¿Sabes? —una dura sonrisa sesgada se pintó en los labios del francés—. No te sienta bien ese aire de señorita ofendida…
Milo se revolvió para apartar a Camus, furioso por el insulto y dispuesto a desquitarse, pero la violencia con que Acuario respondió a sus esfuerzos le tomó completamente por sorpresa, dejándole a merced de un Camus descontrolado que trataba con el mismo afán de sujetarlo y golpearlo a un tiempo. Por un momento, al Escorpión no le pareció descabellado el sentir temor, aunque no hubiera podido precisar si se debía preocupar más por su vida o por la cordura del Aguador; se preguntó cómo había llegado a herir tanto a aquel hombre, cuando todo lo que hubiera querido era amarlo hasta la muerte y más allá.
—¡Camus… Camus, tranquilo! —intentó tomar entre las manos el rostro del francés para obligarle a mirarlo, pero éste le apartó los brazos con contundencia, llegando incluso a morderle en una muñeca en un gesto tan salvaje y tan inesperado que le arrancó un grito de dolor y sorpresa; Milo comprendió de repente que no conocía en absoluto a la persona que tenía al lado en ese momento, y sospechó que lo mismo le sucedía al propio Camus. — ¡Cálmate, por todos los faunos…!
—¡No quiero calmarme! —gritó el francés, pero se quedo inmóvil de todas formas; el Escorpión observó fascinado un poco de su propia sangre en los labios de su oponente—. ¿Cómo te atreves a decirme que me calme? Dime en cambio por qué no quieres que haga esto… ¡vamos, Milo, dímelo… atrévete a reconocerlo!
—¿A reconocer qué? ¿Qué, Camus? ¡No te entiendo, francés, nunca te entiendo, y ya estoy harto de tus…!
—¡CÁLLATE! —vociferó Camus, sin dejar lugar a réplica—. ¡Te comportas como si nadie en la vida te hubiera hecho esto, pero los dos sabemos que no es así! ¿Es que no se lo has permitido a Saga? ¿Es que no se lo has permitido a Aioria? Vamos, ¡contesta! ¡Contesta, maldito seas!
—Yo… —el Escorpión no se atrevió a responder nada, porque de repente supo en qué estaba pensando Camus y comprendió que no podía negar sus palabras, así como tampoco ofrecerle una explicación que no lo fuera a herir—. Sí, así es —reconoció, y sintió vergüenza al observar en los ojos del Aguador no sólo cólera, sino también dolor, un dolor mucho más profundo de lo que hubiera imaginado.
—¿Y por qué, Milo? ¡Sólo dime por qué! —la ira convirtió la voz de Camus en un susurro tan cortante como el filo de un sable—. Sólo… dime… porqué.
—Preguntas lo que ya sabes, francés —apuntó Milo, sencillamente.
—¡Francés! —Camus aferró el pelo de Milo y estiró dolorosamente—. ¡Sí, espartano, pregunto lo que ya sé! ¡Lo que me demuestras cada día, desgraciado! ¡Que no soy más que otro de tantos amantes a los que tomas cuando te apetece sin entregar nada por tu parte, porque no son nada más… no son nada más que basura! ¡Reconócelo, Milo! ¡Llámame basura con tus palabras, porque cada día lo haces con tus actos!
—¿Te has vuelto loco? —gritó el Escorpión, esforzándose por liberar su maltratado pelo de las manos convulsas de Camus—. Pero ¿Cómo puedes pensar así? ¡Yo nunca te he tratado…!
—¡…como a basura, Milo! Basura extranjera, ¡Basura… bárbara! Saga, Aioria, ellos sí están a tu altura y tienen todas las puertas abiertas porque son… griegos— le espetó la palabra con rabia, casi con asco—, pero yo no tengo el… el privilegio de poseer al espartano de pura sangre, porque el lugar donde nací sólo me hace digno de someterme a ti… y al parecer define con bastante precisión qué es lo único que puedo hacerte cuando tú te decides a permitirme hacerte algo— Camus se incorporó para mirar de hito en hito a su oponente—. Quédate tus limosnas, Milo, yo merezco algo más —concluyó, levantándose y haciendo ademán de abandonar la habitación, con los hombros algo más encorvados de lo habitual.
Milo, que conocía a la perfección la impotencia de verse rechazado por causas que se escapaban al propio control, se frotó el rostro con las manos y respiró hondo, intentando someter el orgullo que le incitaba a dejar que el Aguador se marchara si es que era tan imbécil como para no darse cuenta de lo que él sentía realmente
—Camus, espera —le pidió, y se dirigió hacia él con rapidez para rodearle con sus brazos desde atrás—. Créeme, te equivocas —aseguró, apoyando la cabeza en el hombro del otro—. Eres un estúpido… escucha —le hizo girar para mirarle directamente a los ojos—, escúchame bien: si alguien tiene derecho a… adentrarse en mí, en cualquier sentido que quieras darle a la expresión, ése eres tú, Camus, sólo…
El Escorpión guardó silencio, helado, al observar que una sonrisa carente por completo de humor se pintaba en el rostro del Aguador; el conocido dolor de saberse incapaz de hacerse entender por Camus se adueñó una vez más de él, haciéndole sentir muy cansado.
—De manera que sólo yo tengo ese derecho… tratas de someterme con tus bonitos argumentos envenenados hasta que te vuelvas a aburrir de mí; siempre lo haces. Bien, Milo, esta vez tus palabras te van a salir caras—. Camus empujó a su oponente hacia el suelo y se abrió hueco a la fuerza hasta acomodar las caderas entre sus muslos— Tienes una deuda conmigo, Escorpión, y por los dioses que aquí y ahora la vas a saldar.
—¿De esta forma…? —musitó Milo, tratando de abrirse paso hasta el corazón del francés, si es que tenía uno.
—De esta o de cualquier otra.
—Y dices que soy yo quien no se entrega… eres tú quien está ciego, sordo, tú eres el que te cierras a mí, Camus.
—¡Cállate!
—No te das cuenta de lo que siento por ti, ¿verdad?
—¡Silencio! —exigió Camus, besándolo con rudeza para acallarlo—. Guárdate tus mentiras, sólo quiero tomar lo que es mío, aunque tenga que hacerlo a la fuerza.
—¡Camus! —exasperado y apenado a un tiempo, Milo aferró la mandíbula del acuariano y lo forzó a mirarlo—. Escucha esto, y grábatelo bien en esa dura cabeza hueca con que los dioses decidieron maldecirte: hagas lo que hagas ahora, no vas a tomar nada que yo no quiera darte, porque no hay nada que desee negarte de mí, lo creas tú o no.
El Aguador rechinó los dientes en un gesto de cólera y levantó a la fuerza la pierna izquierda de Milo; éste bajó los párpados y se tensó en previsión de un dolor que sin embargo, tras largos segundos, no llegó; en cambio, fueron las caricias de la boca de Camus en su entrada las que sorprendieron a un agradablemente desconcertado Escorpión. El espartano levantó la cabeza y se incorporó a medias, no sabiendo muy bien si su intención era protestar por los incomprensibles cambios de humor de su compañero o simplemente no perderse nada de lo que Camus, contra todo pronóstico, le estaba haciendo; pero la visión de la fogosa cabellera de éste extendida sobre su propio torso le abrumó, obligándole a dejar caer de nuevo la cabeza con un gemido ronco. Una de las manos del Aguador acarició el vientre de Milo y se topó inesperadamente con la prueba de que sus caricias eran bien recibidas; Camus se irguió para mirar de hito en hito al Escorpión, con una expresión entre escandalizada y divertida.
—No es posible, ¿aún no te has saciado por hoy? Eres un pervertido.
—La culpa es tuya, me desquicias…
Los dedos de Camus, abriéndose paso sin previo aviso para explorar su interior, le hicieron callar; Milo apretó los puños, tenso. Para Acuario podía ser normal mostrarse furioso en un momento y totalmente relajado al siguiente, pero al Escorpión le resultaba muy difícil adaptarse a la movediza personalidad de su compañero, y todavía se sentía revuelto por lo que había pasado antes. Percibiendo su nerviosismo, Camus detuvo sus tentativas y las sustituyó tomando entre los labios el pene de Milo para llenarlo de caricias lentas y tiernas que poco a poco fueron sosegando su mente y excitando su cuerpo. La respiración de Escorpio se hizo cada vez más profunda y más rápida, y sólo cuando sus caderas parecieron querer cobrar vida propia y se acercaron al Aguador en una petición sin palabras, reanudaron los dedos de éste sus trabajos anteriores, siendo en esta ocasión completamente bienvenidos. Escorpio no tardó en sentirse incapaz de aguantar por más tiempo los sobresaltos y las sensaciones inesperadas que Camus le provocaba a cada segundo, así que alargó las manos para enredarlas en aquella melena que le volvía loco y guiar el rostro de su dueño hasta quedar frente a frente. Con cierta torpeza, pasó un brazo en torno al cuello de su compañero y se incorporó para ofrecerle un beso ansioso, mientras sin darse cuenta enlazaba las piernas con las suyas.
—Ahora… vamos, hazlo ya.
—Espera.
—No… no, no puedo… no quiero, no puedo…
—Aguarda, antes quiero mirarte.
Milo se resignó a esperar mientras Camus le observaba largamente hasta saciarse; el Aguador se permitió sentirse hipnotizado ante la belleza del cuerpo inquieto de su compañero, que a su vez le miraba desde debajo del flequillo pegado a la frente por el sudor, sus manos tensándose rítmicamente mientras se esforzaba por controlarse; Camus recorrió una y otra vez su silueta con los ojos, con una media sonrisa asomando por las comisuras, hasta que Milo, consumido todo su autocontrol, se abalanzó sobre su amante tratando de apresarlo. El acuariano se escabulló con agilidad, deslizándose hasta la espalda del Escorpión para morderle los hombros y el cuello antes de girar nuevamente y rodar hasta quedar tendido sobre él; Milo arqueó la espalda con un grito ahogado cuando Camus por fin se abrió paso hacia su interior.
Ni en un millón de años hubiera podido Milo imaginar que la sensación fuera a ser emocionalmente tan intensa. Se aferró con fuerza al cuello y la espalda de su amante, sintiéndose inusualmente frágil al rendirse de aquella manera; cedió todo el control a Camus, entregándose a él por completo, confiando en cualquier iniciativa que quisiera tomar, y deseó llorar, nacer o morir en aquel mismo instante, terminar el suplicio o tal vez hacer que durase para siempre. Sintió algo parecido a la desolación al adivinar que se acababa, y cerró los ojos intentando prolongarlo un momento más, aunque sólo fuera un segundo, pero no era posible, la batalla estaba perdida sin remedio: sensaciones y emociones se aliaban en su contra. Cuando Camus le susurró roncamente al oído: “Milo, tu es tout le mien” [3], el Escorpión no pudo seguir luchando y simplemente se dejó llevar por el éxtasis hasta que todo a su alrededor se volvió confuso y ya sólo existió Camus.
Por su parte, Acuario mantuvo el control con disciplina, sin querer perderse un solo detalle del rostro de Milo mientras éste llegaba al orgasmo, grabándoselo a fuego en la memoria y en el alma; pero la visión de la boca entreabierta del Escorpión, con la lengua apoyada blandamente sobre los dientes inferiores, la imagen de un destello turquesa asomándose apenas por entre sus párpados entornados, la escena del rubor conquistando sus pómulos, se cobraron su precio sobre el autocontrol del Aguador, que sin poder retrasarlo por más tiempo siguió a su amante a donde quiera que se hubiera precipitado, y también para él ya sólo existió Milo.
Tiempo más tarde, tal vez mucho o tal vez poco, Milo acariciaba la espalda convulsa de Camus, tratando de sosegarlo al tiempo que rememoraba en su cabeza y en su corazón lo sucedido. Nunca hubiera imaginado que pudiera ser tan hermoso entregarse al Undécimo Guardián; abrió la boca para decírselo, pero Camus, como presintiéndolo, rodó de costado y se apoyó sobre un brazo, incorporado a medias y estudiando con atención a Milo.
—Eres tan predecible…
El Escorpión frunció el ceño, confundido por aquel comentario. Acuario le cubrió los labios con sus dedos, impidiéndole hablar.
—Ah, Milo —prosiguió—, eres tan buen amante… pero a la vez tan fácil de manipular que llegas a aburrirme; tenía esta cuenta pendiente contigo, pero me alegro de haberla saldado y poder buscar nuevos…
—¿Qué estás diciendo? —le interrumpió el espartano, incrédulo—. Camus, ¿Qué me estás diciendo… qué ha significado esto para ti?
—¿Significado… esto? Vamos, Milo, no seas niño… —repuso Acuario, con expresión sorprendida—. Tanto para ti como para mí, esto no es más que un juego. No digo nada que no sepas ya…
El Escorpión se quedó mudo, sintiendo la escarcha adueñarse de él como si Camus le hubiera lanzado sus Rayos de la Aurora. Intentó decir algo, pero las palabras se atascaron en su garganta. El Aguador se acercó a él y depositó un leve beso en sus labios entumecidos.
—Gracias, espartano, ha sido… un gran placer.
Camus ya se había vestido y se disponía a marcharse cuando Milo recuperó el habla.
—¡Espera…! Camus, no comprendo tu actitud. ¿A qué ha venido entonces todo lo que has dicho antes…? Que necesitabas tomar el control… que sentías que no te valoraba porque no eres griego… ¿Por qué exigías todo eso, si en realidad no te importaba conseguirlo?
Acuario se volvió, ya en la puerta, para dedicarle a Milo una sonrisa fría que le paró el corazón por un instante.
—Pero sí me importaba: es mi manera de ganarte terreno, Escorpión. Eres un excelente amante, incansable como un sátiro y bello como los propios dioses, y… tan deliciosamente fácil de manejar… que no puedo resistirme; de vez en cuando me gusta comprobar que conservo el control sobre ti; hoy quería medir hasta qué punto llegaba ese control. Y confieso que los resultados han sido… mejores de lo que esperaba. Mucho mejores. Cuídate.
Y sin más, Camus salió del Octavo Templo, dejando a Milo desnudo y arrodillado en el suelo, mirando incrédulo la puerta por la que el acuariano acababa de marcharse. Había sido tan hermoso el sentirse tan vulnerable y abandonarse a la confianza que Camus le inspiraba… en aquel momento le había parecido que por primera vez en su vida todo estaba en su lugar, pero ahora ese recuerdo le asqueaba, su propia fragilidad le parecía repulsiva. El dolor más absoluto trató de clavar los dientes en el Escorpión, pero éste hizo un esfuerzo denodado por resistirlo hasta transmutarlo en la ira más desatada. Con un alarido de rabia, Milo golpeó el suelo y la puerta, resquebrajándolos, y acto seguido salió al exterior, temblando de cólera.
—¡Camus! —gritó, sabiendo que el Aguador no estaría lejos— Camus, ¡Te equivocas, cabrón! ¡Un ser tan patético y reprimido como tú no puede ni soñar en tener control sobre mí! ¡Te encontraré, mañana, o pasado, o cuando sea, y acabarás como siempre, de rodillas y pidiendo más, como la perra que eres! ¡CAMUS…! —las emociones contrastadas volvieron a robarle la voz, y Milo no pudo hacer otra cosa que golpear de nuevo el marco de la puerta, una y otra vez, hasta que sus puños desnudos sangraron y se quedó sin fuerzas para hacer nada más que apoyar la frente sobre una de las columnas de la entrada y dejarse resbalar hasta el suelo, con los dientes apretados por la humillación de haberse rendido y la agonía de verse traicionado.
Cerca de allí, camuflado entre los árboles que bajaban por la ladera hasta los barracones de los Escuderos, Camus sonreía en la oscuridad. “Tienes razón, Milo”, pensó, “acabaré de rodillas pidiendo más; y tú me lo darás, aunque sólo sea por venganza, porque en efecto eres fácil de manipular. De esta forma evito que el tedio te aparte de mí, de esta forma hago que sigas siendo mío una y otra vez”. La amargura y el cansancio se cernieron sobre él por un instante, y el Aguador se permitió desear que las cosas fueran de otra manera, más sencillas, más tiernas, como lo habían sido hacía un momento, cuando Milo se había entregado y Camus había deseado atenderlo con el cuidado más exquisito. Pero no era posible, sabía que el carácter voluble del Escorpión hacía precisas todas aquellas maquinaciones para seguir manteniendo su interés día tras día; aunque el acuariano había sentido una punzada de remordimientos al ver a Milo resbalar hacia el suelo a lo largo de la columna, la había acallado al recordarse a sí mismo que aquel dolor no era más que orgullo herido, y que esa era su única arma para retener al Escorpión. “Y sin embargo esto no puede durar para siempre; tendrá que acabar mal algún día. Así te conservo y así te pierdo, Milo…”.
Pero aquel era el precio por retener al Escorpión. Y Camus lo pagaba gustoso.
Se estiró con sensualidad, sin poder acallar un leve gemido de placer al recordar las sensaciones recién compartidas con Milo. Una sonrisa de triunfo distendió sus labios al recordar que pronto se repetirían.