De Ceres de Orión y Jocasta de Tebas...

Para Hakuchou. Por habernos mostrado un universo a explorar.
Atardecía cuando Camus de Acuario entró por fin a su Templo. Últimamente pasaba casi todo el tiempo en el campo de entrenamiento. “Y tampoco es que sea tan joven como para hacer este tipo de locuras”, se regañó a sí mismo, frotándose una muñeca dolorida por una mala caída en la arena.
Se dirigió al cuarto de baño quitándose la ropa, que dejó en el cesto de la colada, y se metió debajo del agua fría con un gesto de disgusto. A su parecer, en Grecia el agua siempre salía del grifo demasiado caliente; era como empaparse en sopa. Acabó la ducha tan rápido como pudo, se secó el cuerpo y envolvió en una toalla su larga melena. Tenía más calor que antes; en verano tendía a echar de menos Siberia.
“Debería cortarme el pelo”, se dijo mientras se ponía lo primero que encontraba en el armario y empezaba la fatigosa tarea de secar su larguísimo cabello. “Esto es un fastidio; cada día pierdo no sé cuánto tiempo haciendo esta estupidez. Además, llevar una melena por las caderas a mi edad no es precisamente serio. No sé por qué no me lo corto”.
Pero de nada servía negárselo a sí mismo: en su interior, conocía el motivo. Recordaba con vividez la visita a las ruinas de Troya, el viaje al Santuario, y su primer encuentro con el Caballero de Escorpio.
Su voz, hablando de Esparta y de sus guerreros de largos cabellos.
Y desde aquel día, el pelo de Camus no había vuelto a encontrarse con más tijeras que las imprescindibles para sanear las puntas y hacerlo crecer aún más, para indignación de su maestro.
Cosa que había reforzado todavía más la decisión del acuariano, naturalmente.
Aquella era su manera de mostrarse rebelde; sutilmente, con refinamiento. “Con cinismo”, se confesó, cepillándose el pelo y atándoselo bajo la nuca. “Incluso negándome a ver la realidad. Siempre me he obstinado en ignorar las verdaderas motivaciones de lo que hacía”.
Durante toda su vida, Camus había cargado con tantos prejuicios que, incapaz de perdonarse el más mínimo desliz, cometer cualquier fallo le aterraba, por lo que engañaba a propios y a extraños, incluyéndose a él mismo, con tal de negar impulsos y pensamientos que se le antojaban indignos. Sucios. Impropios.
Observó su propio rostro en el espejo.
“Imperdonables”.
Con un suspiro, salió del cuarto de baño y se sentó sobre la alfombra del pequeño salón, frente a la chimenea —único capricho de una vivienda por lo demás sobria—, rodeándose las piernas con los brazos y la barbilla apoyada en las rodillas, observando unas llamas imaginarias.
Estaba desvelado, a pesar del durísimo día de entrenamiento. Desde la vuelta del Hades no dormía bien; se esforzaba al máximo en consumir por completo sus fuerzas a lo largo de la jornada, pero ni siquiera el agotamiento le ayudaba a descansar. Últimamente todos sus ideales parecían haberse dado la vuelta, así que no era capaz de dejar de pensar; especialmente por las noches, que siempre pasaba solo.
Cuando había abierto los ojos, una vez liberado del monolito de piedra que los dioses habían decretado como prisión para los Dorados, había descubierto que cosas hasta entonces fundamentales para él habían dejado de importarle.
La mayor parte de las enseñanzas de Aristeo, por ejemplo.
Desde que tenía recuerdo había vivido sometido a la represión de un hombre despótico y lleno de obsesiones. Naturalmente, Camus se había saltado todas aquellas normas y restricciones cuando le había apetecido, pero nunca se había atrevido a afrontar la razón por la que decidía ignorar por completo sus preceptos vitales cada vez que se interponían entre él y sus deseos; pero desde su regreso de la muerte, una parte desconocida de sí mismo le había obligado a hacerlo, y la respuesta le había asustado.
Porque no le importaban en lo más mínimo.
No creía en ellos. Nunca lo había hecho, pero aún así los había adoptado como sus lemas de vida, los había proclamado en cada uno de sus actos, en cada uno de sus gestos, en cada una de sus palabras, echándoselos en cara a todos los demás, en especial a los que se consideraban superiores por ser griegos. En especial a Milo. Se defendía de su supuesto desprecio creyéndose mejor que ellos —que él— por pertenecer a una Casa fiel a unos ideales y unos votos que ni él mismo cumplía.
Y reconocer esto le aterraba. Había regresado a la vida, pero había dejado atrás todos los valores por los que creía que se definía, y de repente se había encontrado con que no tenía ni idea de quién era. Estaba desorientado. Por completo. Esbozó una sonrisa carente de humor en la oscuridad cada vez más espesa.
“He tenido que acercarme a la treintena y volver de la muerte para atreverme a madurar. ¿Qué diablos hiciste conmigo, maestro?”.
Inesperadamente, se dio cuenta de que envidiaba al Escorpión. Sus actos podían no ser siempre los más propios de un Caballero, pero mirándolo desde una óptica diferente a la de Aristeo, lo cierto era que nunca los negaba, nunca los ocultaba. Siempre era capaz de enfrentarse a sí mismo. Era, se dijo Camus, más íntegro que él.
“Y yo te condenaba por ello”.
Pero ya que estaba de confesiones, no le quedaba otro remedio que reconocer porqué lo condenaba en realidad. En el pasado, cuanto más había deseado al codiciable guardián de la Octava Casa, tanto más se había esforzado en transmutar ese deseo en desprecio, porque era más fácil sentenciarle a él que enfrentarse a la debilidad de su propia fe. Y luego había llegado la batalla contra los Caballeros de Bronce.
“Y yo huí. Como me he pasado haciendo toda mi vida. Antes que cambiar de ideales, preferí dejarme matar”.
En aquel momento había manejado las cosas como había considerado mejor para mantener en pie aquella gran mentira que era Camus de Acuario, sin preocuparse del dolor que podía causar a las dos personas que lo amaban y a las que obligó a ser partícipes de su propia muerte; un dolor tan profundo que acabó llevándoles a buscar consuelo el uno en los brazos del otro.
“De acuerdo, he perdido”, reconoció, con cierta ironía.
Apoyó la frente sobre las rodillas, frenando disciplinadamente la angustia que de repente quería adueñarse de él.
“De hecho, lo he perdido todo”.
Unos golpes en la puerta lo sobresaltaron; se planteó no abrir, pero no le pareció lo más adecuado. Últimamente empezaba a comportarse como un ermitaño; ya iba siendo hora de que volviera a cruzar más de tres palabras seguidas con el resto de la Orden. “En algún momento tendré que atreverme a mirarles a los ojos”, se dijo. Tenía que reconocerlo: su antiguo orgullo andaba más que maltrecho desde que su conciencia había tomado esa molesta costumbre de obligarle a ser sincero consigo mismo.
Se levantó con desgana y abrió la puerta, para encontrarse con una figura embozada en una capa carmesí. Dio un respingo; en el Santuario nadie vestía nunca de colores tan llamativos, salvo la única persona que podía presumir de llevar tal tonalidad en el estandarte de sus antepasados.
—¿Existe cobijo para el viajero en esta morada?
Camus respiró hondo para serenarse antes de devolver la fórmula oficial.
—Los hombres de buena fe son bienvenidos a mi casa… lo cual, bien mirado, debería significar que mi obligación es impedirte el paso; pero últimamente el protocolo del Santuario me resulta tedioso, así que eres bienvenido, Milo, tú y tus normalmente malos pensamientos.
Retrocedió para dejarle pasar, sonriendo ligeramente para hacer ver que sus palabras no eran en serio. Lo único que le faltaba era acabar la noche discutiendo con la persona en la que precisamente había estado pensando.
Milo le miró con ojos escrutadores, sin contestar a la broma. Aunque al escuchar las palabras lo primero que pasó por la cabeza de Milo fue abalanzarse sobre el francés para pegarle un puñetazo en el plexo solar y luego ver cómo se retorcía de dolor, reconoció que no era habitual que Camus de Acuario lo recibiera con un conato de sonrisa en los labios. Por tanto, no debía dejarse llevar por sus impulsos asesinos a pesar de saber que el guerrero de los Hielos tenía la habilidad de sacarlo de quicio, hiriéndole donde sabía que haría más daño.
Agradeció sin embargo el recibimiento con un leve movimiento de su cabeza. Aquella noche debía ser diferente al resto de las noches que ambos habían compartido, ya que iba vestido de espartano, y no de Escorpio, con el pelo completamente ensortijado y adornado con pequeños abalorios; la túnica, la capa roja y las sandalias propias de sus antecesores dorios.
Eso sólo podía significar que no había acudido a ver al caballero de Acuario para discutir, sino para otro fin.
Ante él, ante el ser más hermoso e inalcanzable de todos los que moraban en el recinto sagrado, Milo comprendió lo mucho que habían cambiado desde que se conocieron, hacía ya más de doce años. Ambos rozaban la treintena, de los adolescentes que se enamoraron nada más verse sólo quedaba un recuerdo amargo salpicado de infidelidades, reproches y un sinfín de discusiones que derivaban en batallas campales.
Por un segundo, Milo se preguntó si merecía la pena presentarse vestido de aquella manera ante él, la vestal que, aún después de tanto tiempo, poseía la capacidad de ponerlo nervioso solamente con una simple frase, pero decidió seguir adelante. ¿Qué otra opción le quedaba? Podía dar la vuelta, meterse en su templo y si los dioses eran generosos, dormir caliente con algún desconocido.
Hacía mucho tiempo que no se entregaba a placeres tan mundanos como aquellos.
Uno de los últimos había sido… Hyoga.
—Gracias por dejarme pasar, caballero de Acuario —contestó pausadamente, incluso con lentitud exagerada, quizás porque el motivo de su visita no era demasiado halagüeño. Necesitaba cerrar aquella herida, el círculo de sufrimiento en el que se había sumido desde que ordenó a Hyoga ir junto a Camus mientras él, Aioria y Mü se enfrentaban al espectro del Wyvern. Debía pasar página, olvidar todo lo acontecido entre los dos en la vida anterior.
Mirar hacia el futuro, algo que no sabía hacer porque nadie le había enseñado.
“Porque el amor me volvió vulnerable, Perséfone. Qué razón tenías. Y qué equivocada estabas”.
Así que franqueó el templo monópteros, se colocó ante su morador y le miró de la forma más sincera que podía mostrar. Exhibió la mirada de aquel que está cansado de peleas, de batallas que jamás fueron suyas, de reproches por una conducta a la que fue obligado a entregarse para resguardar su corazón y a la vez, su propia esencia.
La mirada de una víctima.
La mirada de un depredador.
Sus ojos desnudos desarmaron al francés por completo. En ese momento surgió la pregunta de porqué el espartano se había presentado en su Casa al caer la noche, vestido ritualmente y con cara de tener diez años más de los que realmente tenía.
Camus extendió una mano y la posó sobre el brazo del Escorpión.
—Me alegra verte, Milo —le dijo en voz baja.
No quiso preguntarle para qué había venido. La expresión de Milo no auguraba nada demasiado alegre, y Camus deseaba seguir en son de paz todo el tiempo posible, así que dio media vuelta y le señaló el sofá, invitándolo a sentarse.
—¿Has cenado? ¿Quieres tomar algo?
—Muchas gracias pero no tengo hambre —el espartano agradeció que Camus aceptara y utilizara las reglas de hospitalidad helenas, a pesar de lo mucho que él le había reprochado su ascendencia impura, no—griega. Le miró y se quitó el himatión, el manto que cubría su cuerpo, descubriendo una túnica de un color más claro, pero también carmesí. La fíbula, el broche que representaba al escorpión —regalo de Saga— estaba prendida en el hombro, y Milo se apresuró a esconderla bajo el pliegue de la tela.
Su cabello desprendía el característico olor a jazmín que tan bien le representaba.
Milo agachó la cabeza y miró a su interlocutor, deleitándose con la belleza arquetípica de efebo que aún conservaba. Camus era mayor que él pero aún así, no tenía aspecto de adulto, sino de eterno adolescente quebradizo y…
… destructor.
—Te estarás preguntando por qué estoy aquí vestido de esta guisa —prosiguió, sonriendo con esfuerzo—, y lo cierto es que he venido a comunicarte algo que llevo días pensando, pero que hasta hoy no he decidido. Me marcho del Santuario.
Sin darse cuenta, sus dedos apresaron la tela de su manto, maltratándola. Se imaginó una reacción por parte del otro, pero no intentó calibrar la magnitud de esta. Al fin y al cabo, pronto la conocería.
En toda su extensión.
Tomado por sorpresa, Camus palideció y se quedó rígido como si le acabaran de asestar un golpe mortal; le volvió la espalda a Milo a toda velocidad con la respiración hecha un nudo, tratando de ocultar las mil emociones que se le echaron encima de repente. Intentó disimular su reacción entrando a la cocina y manipulando a ciegas la tetera.
—No tenías por qué venir a contármelo con todo este aparato, Milo —se sorprendió de lo normal que sonó su voz; sonaba como si estuviera vivo—. De hecho no tenías por qué venir a contármelo.
“Todo. Dioses, me lo habéis quitado todo, ¿también su presencia?”.
Pensó que debería preguntarle a Milo cuándo. O porqué. O con quién. Pero no podía hablar; si abría la boca, saldrían de ella más ataques, y no quería enfrentarse al Escorpión, aunque dicho lo dicho no estaba seguro de poder evitar el conflicto. Se instó a conservar la calma, a dominar sus sentimientos, a tranquilizarse. Aristeo hubiera dicho…
Agarró la tetera y la estrelló contra la pared. Las tazas sobre la repisa salieron volando en dirección al salón, y Camus las siguió caminando como si no hubiera pasado nada para sentarse en el sofá.
Milo levantó una ceja de pura incredulidad. Su cosmos se había activado instintivamente al ver salir algo a toda velocidad por la puerta de la cocina, y poco faltó para que preparara la Aguja en busca de enemigos. Pero no. Era la porcelana del francés la que había terminado en el suelo, y éste la sorteaba con una naturalidad impropia de él.
—Lo siento pero no me queda té —fue el absurdo comentario de Camus—. ¿Te apetece alguna otra cosa mientras me cuentas tus planes?
El espartano se tensó, tragó saliva y luego intentó calmarse, sin conseguirlo. No quería discutir. Sólo había decidido ir a verle, hablar de lo que le ocurría, exponerle sus puntos de vista, explicarle sus planes y por último…
“No quiero irme, pero no me queda otra opción”.
—Más que té, prefiero vino. Y sobre lo que he venido a comunicarte, esta mañana estuve en reunión formal con Dohko y le pedí que me concediera un discípulo. Aunque tuve uno —habló, refiriéndose a Hyoga—, no tuve tiempo para entrenarlo bajo los emblemas de Escorpio, a pesar de mi juramento. Y ahora como tú estás en Acuario y eres su maestro legítimo, mantener esa idea no tiene demasiado sentido, por lo que supongo que pronto me asignarán al que será mi sucesor. Combatiré y cuando me venza, me marcharé lejos de aquí.
Lo soltó todo de golpe, casi sin tomar aire. Cuando por fin se encontró con el eco de su propia voz, se sintió extraño. Lo había dicho, se marchaba. Y no pensaba volver.
Miró a Camus y de repente un frío intenso le recorrió la espina dorsal.
—Necesitaba decírtelo en persona, no quería que te enteraras por los canales de información reglamentarios. Te lo debo, después de todos estos años. Después de todo lo vivido.
Se encogió de hombros, mientras su cosmos registraba cómo las paredes de Acuario se volvían extremadamente frías.
Sin expresión en el rostro, Camus se levantó del sofá y se dirigió al armario del fondo del salón para volver con una botella de retsina y dos copas; ofreció una de ellas a Milo y sirvió el vino, en silencio. Su cosmos ardía a su alrededor; siempre le había pasado, cuando las emociones le dominaban su aura se encendía por su cuenta, y ni los más severos castigos de Aristeo habían conseguido borrar aquel rasgo de vulnerabilidad en él. Escapaba a su voluntad.
Como todo en su vida, últimamente.
—No me debes nada —le espetó al Escorpión finalmente, con voz hueca—. Todos estos años son agua pasada. Tú…
“…tú te vas; me lo comunicas en persona, sí, pero ni siquiera me has preguntado mi opinión, así que ahora no me digas que lo que ha habido ha significado algo para ti”. Pero no pudo decirlo en voz alta; le resultó imposible hablar de la próxima partida del Escorpión, a riesgo de que se le rompiera la voz y Milo supiera lo mucho que aquello lo afectaba.
No tenía derecho a retenerle; y de hecho no podía culparle por querer marcharse, al fin y al cabo.
Una ligera brisa empezó a ir y venir por el salón; Camus la odió por delatar su ánimo alterado. Por fin se atrevió a mirar a Milo de frente.
—Me da la impresión de que has solicitado que tu… discípulo sea adulto. ¿Harás con él lo mismo que con Hyoga? Quiero decir, acostarte con él y luego rechazar seguir entrenándole.
Se maldijo a sí mismo en silencio por no ser capaz de contener su propio dolor, pero ya estaba dicho y no había remedio. Frente a él, Milo dejaba paso al Escorpión con la velocidad que le caracterizaba: se levantó indignado, con el ceño fruncido y una mueca de horror en el rostro. Dejó la copa en la mesa, y lo miró como quien mira a alguien que creía conocer y se da cuenta de lo equivocado que estaba.
—Para tu información, mi querido amigo, sí, he pedido un discípulo adulto, y para tu información —repitió, con un tonillo de reproche y de ira contenidos—, voy a enseñarle todo lo que tenga que ver con Escorpio: desde los ataques, las defensas, el mantenimiento del Templo, le instruiré en cultura griega, ya que he exigido que sea de origen heleno y sí, me lo voy a follar muchas veces. Porque es lo que todo el mundo espera, por lo que le oirás gritar desde aquí mi nombre un centenar de veces. Al millar no pienso llegar. No quiero quedarme tanto tiempo.
Se reprendió a sí mismo. “Genial. Esto es precisamente lo que yo no quería que sucediera” .
Agarró el manto con fuerza envolviéndose con él, y girando sobre sus talones, sorteó los restos de tazas y platos que reposaban en el suelo.
—No te molestes en acompañarme, ya sé donde está la salida.
Dejando caer la copa, Camus se levantó, rápido como un halcón, y se interpuso entre Milo y la puerta, agarrándole por el manto con furia. Lo miró directamente y se encontró con que no sabía qué decirle.
“Si, le oiré gritar tu nombre, pero no llegaré al centenar. Porque si oigo eso, cualquier mañana me encontrareis muerto en mi propia Casa”.
—¿Te decides? ¿Vienes, o te vas…? —habló sin pensar, sin saber qué decir, cualquier cosa con tal de retenerle, de hacerle cambiar de opinión—. No te ha gustado lo que te he dicho. Pues me parece estupendo, porque a mí tampoco me ha gustado lo que tú has venido a decirme. Así que si yo he aguantado aguanta tú también, como el espartano que tanto presumes de ser.
“No quiero que te vayas”, pensó, sin atreverse a decirlo.
Decírselo… ahora menos que nunca.
“Voy a terminar un día lo que empecé en Hades, maldito manipulador” fueron en cambio los pensamientos que se agolparon en la mente de Milo, cantando como un coro griego, acompañando los versos de la tragedia que estaba a punto de suceder; quiso salir con decencia, incluso con discreción pero al parecer Camus no deseaba finalizar la conversación de una forma civilizada. “Mejor, así te podré soltar todo lo que llevo dentro desde hace tanto tiempo”, se dijo el espartano, preparando una respuesta mordaz sobre lo de ir y venir, respuesta que no tuvo tiempo de proferir porque el francés volvió a hablar.
—¿Sólo has venido a decirme que te marchas? ¿O tu respeto por todo lo vivido alcanza también para explicarme por qué? —inquirió, mientras sus dedos convulsos estrechaban su agarre sobre el manto del griego haciendo que los pliegues resbalaran hasta dejar a la vista la fíbula con forma de Escorpión. Milo la recordaba bien. Era un regalo del erasta, del Saga que lo inició en las disciplinas dóricas, haciendo de él un guerrero.
“Un asesino”.
Milo no sabía por qué se la había puesto pero sí por qué la conservaba. Quizás, en su fuero interno, le gustaba recordar el día que perdió la poca inocencia que le quedaba y la revertió en resentimiento. La piedra, un rubí de gran valor, brillaba entre los dos, y el octavo custodio sintió la acuciante necesidad de tirar de su propia ropa, arrancándola de entre los dedos del otro.
—Mi vida está llena de sexo, como podrás comprobar. Es lo que se espera de mí, en el fondo. Dohko se rió cuando le dije lo del discípulo y me sugirió que viniera a contártelo en persona, y que cuando lo hiciera, volviera a verle. Ese viejo zorro me conoce mejor de lo que yo quisiera, supongo que su nivel empático le hace leer en las improntas de los cosmos. No lo sé. Y ya… ha dejado de importarme.
Su discurso consiguió hacerlo separarse del francés, pero la única opción para ganar espacio era volver al interior del templo. Y eso hizo, encararse al guardián del lugar, que mostraba el rostro esculpido y sus ojos carmesíes vomitando fuego, exhibiendo una estampa temible.
“Una estampa deseable como ninguna otra” .
Y así, viendo como los esfuerzos por mantener una conversación sin confrontaciones resultaban baldíos, Milo se tiró de los abalorios del cabello y los dejó caer en el suelo, mezclándolos con la porcelana rota. Camus los miró, desalentado; verlos caer le causó una pena más profunda de lo que esperaba: no era habitual, ni desde luego agradable, ver rendirse al Escorpión. Levantó de nuevo la vista hacia él, con la ira y el dolor pintados en los ojos, mientras la temperatura del salón descendía varios grados de golpe.
—¿De manera que esto es todo? —le espetó, con la voz alterada, señalando los añicos—. ¡Tus pedazos y los míos a punto de irse a la basura, tú dándote por vencido, y yo mirando cómo lo haces sin entender qué batalla es la que esperabas librar y ganar!
Se volvió abruptamente dándole la espalda, cercenando de sí mismo las ganas de matarlo. De llorar a sus pies.
De hacerle el amor.
El giro de Camus los dejó a ambos frente a la copa volcada junto al sofá, donde el vino derramado parecía sangre. Milo contempló el líquido carmesí resbalar y formar un charco en el suelo. Era denso, caía gota a gota y el Escorpión lo miró con ansia, sus ojos centellearon y su boca se secó. Recreó mentalmente el momento en que Atenea se acuchillaba ante los siete caballeros y no pudo evitar volver a sentir el odio fluir por sus venas.
Se abalanzó sobre él, harto de gritos, y cuando fue consciente de lo que estaba haciendo, sus manos rodeaban el cuello del otro. Tenía los ojos enrojecidos, como el vino, y los dientes apretados, dispuesto a terminar lo que una vez empezó.
Decidido a liberarse.
Al verse atacado por sorpresa, Camus arqueó la espalda instintivamente, pero se obligó a contener la necesidad de defenderse; al contrario, sólo cerró los ojos, dándose también por vencido. El que Milo hubiera acudido a su casa vestido de espartano simplemente para comunicarle que se marchaba, esperando al parecer que él lo aceptara de buen grado, para después arrancarse los símbolos de su orgullo patrio como señal de abandono, y finalmente acabar tratando de matarle, lo superaba por completo; de repente se sintió cansado de vivir, y el que Milo pusiera fin a su condena en aquel momento y de aquella manera le pareció lo adecuado. Así pues, retrocedió y dejó caer la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el hombro de su asesino, ofreciéndole el cuello, y le rodeó las manos con las suyas, instándole a apretar.
Fue en ese momento cuando todo se quebró. Las rodillas del griego, el orgullo patrio, la sagrada herencia, se doblaron, flaqueando todo su cuerpo. Resbaló, como si fuera una hoja muerta cayendo de un árbol enfermo hasta los pies del otro para arrancar en sollozos ahogados, los dientes clavándose en los labios hasta hacerlos sangrar.
—¿Es que… siempre tenemos…que terminar… así?
Asumiendo con esfuerzo que la hora de morir no le había llegado todavía, Camus se giró hacia él y se dejó caer sobre una rodilla, mareado. Tosió, tratando de recuperar el aliento, y observó al Escorpión, desolado por la estampa que presentaba. “Pareces… vencido. Pero yo no quiero vencerte, sino todo lo contrario”. Lo que realmente deseaba el acuariano era abrazarlo para recoger sus lágrimas y su sangre con los labios; pero no se atrevió. En lugar de ello extendió una mano para limpiarle la boca con los dedos, delicadamente, y con la otra le acarició el pelo con ternura, como si se tratara de un chiquillo.
—No lo sé, Milo —le respondió finalmente, la voz ronca arañándole la garganta irritada—. Sé que esperabas algo de mí al venir aquí hoy de esta forma, pero entiende que no… no puedo simplemente desearte buena suerte y quedarme mirando cómo te vas. Saber que te marchas… duele —susurró—. Lo último que hubiera querido es que nos despidiéramos de esta forma, pero al parecer cada palabra mía tiene el poder de hacerte daño; y no es lo que deseo, Milo, créeme, yo… yo…
Apresó con cuidado la barbilla del espartano para erguirle la cabeza y hacer que lo mirase, y con la otra mano le fue retirando de la cara los rizos que se le habían pegado a la piel por el sudor y las lágrimas.
“Dioses, Milo, ¿tienes idea de lo mucho que te quiero?” .
—… hubiera preferido que me mataras antes que volver a causarte dolor — concluyó finalmente.
Al griego le ardía el contacto de sus dedos, como si le estuviera bañando en mercurio al rojo blanco; soportó como pudo la insolencia del toque del francés en su cabello —¡su cabello!— y en su rostro.
No recordaba lo muchísimo que le gustaba que le acariciara la piel, que se asomara por la muralla helada que le recubría y mostrara atisbos de humanidad, una inocencia arrancada a la vez que la suya.
—No aguanto el estar aquí. No de la manera que hemos vuelto —trató de tragar saliva, recomponiéndose como pudo—. Te has escondido en el Templo, entrenando a horas diferentes a las mías, como si huyeras de mí. Y no puedo resistirlo más. Así que entrenaré a un discípulo y me marcharé. Pero antes, quisiera hablar de todo lo que sucedió desde la batalla contra los de bronce. Es algo que quiero aclarar, cerrar u olvidar.
“Pídeme que me quede, francés, y te juro que te obedeceré” .
Camus palideció ante la mención de la Guerra del Santuario; no se sentía preparado para hablar de lo que consideraba un secreto vergonzoso. Milo era certero incluso cuando no atacaba, y el normalmente templado Caballero de Acuario sintió auténtico pánico.
“Pero si no soy capaz de ser sincero ahora, ¿de qué habrán servido tantas noches de insomnio? ¿Para seguir siendo igual de cínico que antes, pero ahora además sabiéndolo?”.
—Creo que… —apoyó las manos en las rodillas y se incorporó despacio, haciendo una mueca de dolor al protestar sus músculos— estaremos más cómodos en el sofá que en el suelo.
Con un gesto de la mano indicó a Milo que tomara asiento, mientras él limpiaba el vino vertido antes de sentarse en la butaca frente a él. Suspiró, inclinando la cabeza.
—No huyo de ti. No entrenó a horas diferentes a las tuyas porque de hecho entreno todo el día. Es imposible no coincidir si…
Cerró la boca de golpe, porque Milo estaba en lo cierto; Camus bajaba a la arena cuando el griego estaba ausente, y salía a correr por los alrededores del Santuario a las horas que el Octavo Guardián solía estar en el coliseo.
“¿Mintiéndote otra vez, Acuario?”.
Maldiciendo la novedosa franqueza de su conciencia, sirvió nuevamente vino para ambos y tomó un sorbo; le supo amargo, salado como lágrimas, y se retiró la copa de los labios como si se hubiera abrasado.
—Tienes razón —reconoció, en voz baja—. Y no la tienes. No huyo de ti; sólo… me aparto de tu camino. Intento dejarte libre.
Balanceó la copa con suavidad, escrutando su contenido y evitando la mirada inquisitorial del Escorpión. Agradeció su silencio con un gesto de cabeza, y continuó.
—Cuando yo… falté, contigo estuvo mi discípulo, cosa que en realidad era casi inevitable. Después vinieron muchos más, según se cuenta, aunque de hecho eso me da igual porque no creo en la fidelidad más allá de la muerte. Sin embargo, desde que hemos vuelto, el trasiego de gente cerca de ti ha sido asombroso, Milo, aunque yo estaba por aquí también. Y…
Sus dedos se tensaron involuntariamente sobre el cristal. Camus respiró hondo unas cuantas veces, tragándose uno por uno los reproches y sarcasmos que acudían a su boca hasta que creyó que tendría que retirarse a vomitar antes de ser capaz de continuar hablando.
—… y me ha tocado aceptar que estás en tu derecho. Estuvimos juntos, sí, pero nunca hemos tenido un compromiso —dijo, y le sorprendió detectar tristeza en su propia voz—. Claro que aunque así hubiera sido, esas cosas suelen definirse con un “hasta que la muerte nos separe”, de modo que técnicamente tu opción de darlo por finalizado era válida. Y en realidad es una decisión por la que no puedo culparte —admitió roncamente—, pero no he tenido más remedio que apartarme de ti. Porque tú puedes estar con quien quieras, Milo, pero yo no puedo soportar verlo.
“No puedo soportar tenerte cerca y saber que no eres mío. Y que yo, no soy tuyo”, fue lo que quiso confesar. Pero no fue capaz.
Milo no pudo hablar, tampoco moverse. Estaba literalmente clavado en el sofá que Camus le había mostrado para estar más cómodos. De haber sido un asiento de fakir, el griego no habría notado la diferencia.
Porque las palabras eran como espinas, incrustándose lentamente, abriéndose paso por entre la carne. Camus era pragmático y lo demostraba hablando clara y pausadamente, realizando descansos entre las frases para que su interlocutor pudiera mascar el contenido y digerirlo, como una pasta venenosa, para al final, darle el golpe de gracia.
Dejó que terminara de hablar y luego depositó la copa, ya vacía, sobre la mesa. El vino ardía como lo hacía la información que el otro le acababa de dar: sin control, generándole un dolor casi insoportable.
—Hyoga vino a… retribuirme por no haberle matado. Me esforcé por hacerle entender que no me debía nada pero lo entrenaste bien, una vez decidió que aquello era lo correcto —deletreó casi con odio la palabra—, hasta que no consiguió meterme en la cama no paró. Le aprecio, en el fondo, es un buen muchacho pero él lo sabía tan bien como yo: nadie podía sustituirte.
Le miró con fiereza, indicándole que le dejara continuar.
—Y respecto a lo que había entre tú y yo… yo ni siquiera sé cuándo comenzó o cuando terminó. Mi vida está tan enlazada a la tuya, a tu casa, a tus emblemas y a tu armadura, que no sé dónde empieza Milo y termina Escorpio para continuar con Acuario y finalizar contigo. Quise traerte un regalo, una edición de las crónicas de Tucídides, pero luego me pareció poco acertado. Lo tengo en mi Templo; si alguna vez quieres ir a buscarlo, allí lo encontrarás.
Se levantó, acercándose a la botella para volver a servirse.
—Y si te decidieras a acercarte a mi casa, verías que todos los que llegan tienen el pelo largo, oscuro y liso. Los hago atárselo en una cola y les divido las cejas en dos. Al final, se van como vinieron. Puros. Castos.
Apretó la copa entre las manos, partiéndola en mil pedazos, clavándoselos en sus manos, en sus armas.
—Célibes.
Camus aspiró aire entre los dientes apretados al ver los cristales lacerando la piel y la carne de Milo. Con un alarde de voluntad apartó la demoledora confesión del Escorpión para más tarde y aferró sus muñecas, obligándole a la fuerza a abrir los dedos. Hizo un gesto de dolor empático al valorar los daños: todo el aspecto ofensivo de la técnica escorpina se centraba en las manos, y algunos cortes eran muy profundos. Invocó al hielo para insensibilizar las heridas y retiró los cristales uno por uno, meticulosamente. Quiso ir al botiquín a por vendas, y en ese momento se quedó hipnotizado por la sangre de Milo.
Roja como la propia esencia de Esparta. La misma Grecia hecha savia. Hecha vida. Hecha hombre.
Milo maldijo el momento en que clavó la copa en su mano, pero no se movió. Tampoco lo hizo cuando el otro se acercó y tomó sus manos entre las suyas, perfectas y blancas, e invocó sus poderes para insensibilizar los cortes. A Milo eso le daba igual; su veneno unido a su cosmos suturaría con la precisión de un cirujano, y de nuevo, solamente la cicatriz de su muñeca sería la única mácula que quedaría en su cuerpo. Pero Camus fue más allá; cuando el espartano vio al otro quedarse quieto, deseó marcharse, no volver a acercarse a aquella casa. Desaparecer, irse, desertar. Dejar la armadura.
Ignorar los latidos de su propio corazón, acelerados.
Pero oyó el gemido. El ronroneo. El sonido que indicaba el inicio del deseo, de la pasión desencadenada. Así que no se atrevió a moverse y aguardó, en alerta.
Y el francés, atrapado en algo similar a un trance y sin ser del todo consciente de lo que estaba haciendo, inclinó el rostro hacia las palmas abiertas del Escorpión hasta que el líquido carmesí se coló por entre sus labios abiertos, succionó y dio un sorbo, con los ojos entornados. Un sonido animal de satisfacción intentó abrirse paso por su garganta y le devolvió bruscamente a la realidad.
Espantado por su propia reacción, Camus se incorporó a toda velocidad, limpiándose los labios con el dorso de la mano, y dio media vuelta para ir al botiquín a por las vendas.
Milo tragó saliva al contemplar cómo Camus colocaba su divina boca sobre la herida y succionaba la sangre, deleitándose con el sabor metálico, realzado con las toxinas. Fue una comunión de apenas varios segundos que revelaron al Escorpión que no todo estaba perdido. Así que cuando el undécimo guardián se incorporó, limpiándose su propia sangre de la boca, Milo salió tras él, agarrándolo por un brazo, haciéndolo girar.
Pegó su cuerpo al del otro y lamió las manos y la cara, como si deseara purificar con la lengua lo que su propia sangre había manchado; con los ojos incendiados de lascivia lo miró, bajando las pocas defensas que le quedaban, pidiéndole una oportunidad de remendar todo el daño que le había hecho.
“Por favor… ven conmigo” .
—No me importa nadie, sólo tú. No me cures la mano. Cúrame el alma. Llénala. Porque sin ti está vacía.
Camus no se atrevía a creer lo que estaba escuchando; se quedó inmóvil, intentando asimilar el hecho de que estaba equivocado, de que el Escorpión no se había alejado de él porque hubiera decidido romper lo que quiera que les hubiera mantenido encadenados el uno al otro durante toda su existencia, sino porque pensaba que era el propio Camus quien había huido.
“¿De verdad somos tan rematadamente idiotas?”
El cuerpo de Milo estaba tan cerca del suyo que podía sentir el calor que desprendía incluso a través de la tela. Cobijó el codiciable rostro del espartano entre las palmas de las manos y por primera vez se atrevió a mirar al interior de sus ojos imposibles sin poner ninguna barrera.
Como nunca lo había hecho.
Lo besó con cierta incertidumbre, y lo que quería que fuera una caricia tierna se convirtió en algo tan pasional y descontrolado que lo dejó sin aliento. Jadeó.
—Creí… que te había… perdido… —consiguió articular.
—¿Cómo vas a perder algo que jamás dejó de ser tuyo? —contestó Milo, apenas sonriendo.
Un hilillo de saliva se partió, cayendo sobre el rostro del francés. El pecho de Milo subía y bajaba a causa de la impresión, del deseo irrefrenable. Allí estaban de nuevo, caminando uno alrededor del otro, sin atreverse a afrontar aquello que los separaba y que los unía en un círculo sin fin y que los arrastraba a un callejón sin salida.
Milo elevó la mano herida y acarició el mentón del caballero de Acuario con una devoción sin límites. Atreviéndose aún más, dibujó fascinado las cejas bífidas y una sonrisa de malicia se dibujó en su rostro. Era como tocar el pene del David de Miguel Ángel, tirar de la tela que cubría los senos de la Victoria de Samotracia para descubrirlos a la vista de todo el mundo. Un acto inmoral, una última herejía perpetrada en el singular rasgo del francés, profanado por sus armas, ahora manchadas de sangre. Camus parecía no darse cuenta del efecto que ejercía en el espartano, de lo mucho que éste necesitaba de él.
Y los dedos atrevidos terminaron en la nuca del espigado guerrero, acariciando la densa melena para finalmente, atrapar el cuello y atraer el cuerpo fibroso y codiciado, empujándolo hasta hacerlo chocar contra el de Milo, que se tensó al recibir la boca del otro temblando de ansia y de desesperación. Sabía que si terminaba en la cama con Camus de nuevo volverían al punto de partida por lo que sólo se deleitó en el beso ávido y egoísta, tanto como lo eran el uno con el otro.
Separarse fue un pequeño infierno pero la conversación esperaba. Ahora que Camus le miraba como Milo deseó ser mirado por él, era el momento.
Y no era conveniente aplazarla mucho más.
Camus aguantó las caricias de Milo con toda la compostura que fue capaz mientras la temperatura de la habitación seguía bajando poco a poco, hasta que cuando el Escorpión le tomó la revancha del beso y luego se apartó, la nieve empezó a caer por el salón. Los ojos de Milo demandaban —exigían— respuestas, y Camus sintió deseos de llorar.
En cuanto se hablara de la Batalla del Santuario, lo perdería. Lo perdería todo.
A traición, sus dedos se enlazaron convulsivamente con los del espartano; Camus maldijo el gesto pero no lo retiró, no queriendo herir a Milo.
Eso vendría más tarde.
—Quieres hablar. Sentémonos —sonrió débilmente—. Te ofrecería alguna cosa, pero no me queda más vajilla.
La expresión de Milo fue irónica, al igual que las palabras del francés. Asintió y concedió un último beso a los dedos largos y blancos del caballero de Acuario, separándose las falanges a continuación.
—Mejor será que nos vayamos a Escorpio. Así puedes continuar con la mía —bromeó.
Por algún motivo, Milo no deseaba permanecer ni un minuto más en el templo circular. Quizás fuera por todos los recuerdos dolorosos acumulados en su mente, o por el meteoro que amenazaba con cubrirlos.
—Y, de paso, podrás llenar Sagitario y Capricornio de nieve también. ¿Vamos?
Le tendió la mano como último acto; como si quisiera atraparlo para evitar que se esfumara ante él, o comprobar puerilmente que continuaba vivo. Porque ese era el mayor miedo que Milo atesoraba en su pecho: la pérdida del francés. Sólo escapando de Acuario conseguiría retenerle.
Comenzaron a caminar sincronizadamente y Milo respiró tranquilo. En Escorpio estaría a salvo.
O, al menos, eso esperaba.