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De Ceres de Orión y Jocasta de Tebas...

La sombra de una condena

CAPÍTULO 1

“Move yourself
You always live your life
Never thinking of the future…”

Su rostro se nubló con una mueca de fastidio al escuchar el sonido de las bisagras de la puerta principal. Sabía que debía haber enviado al jefe de mantenimiento un mensaje para subsanar aquella deficiencia, pero en aquel momento le pareció inútil.

La decisión estaba tomada.

Se acercó a uno de los estantes de su armario y de allí tomó una caja que contenía los pasadores de platino y oricalco utilizados por Peleo en sus bodas con Tetis. Los miró con una mezcla de nerviosismo y determinación, la misma que había mostrado cuando los descubrió en el recinto de Poseidón hacía ya mucho tiempo, y decidió llevárselos con él.

Le habían dado buena suerte.

Depositándolos en la bolsa con cuidado, Kanon contuvo la respiración al detectar la presencia de su compañero en la puerta del dormitorio. Silencioso y poseedor de un sigilo tal que pareciera que sus pies estuvieran hechos de algodón, el general del Atlántico Norte no tuvo necesidad de darse la vuelta, puesto que el multiforme había llegado a su altura.

—No quise dar importancia a los rumores que corrían de boca en boca —dijo Kaysha con un purísimo acento griego— sobre nuestro general en jefe, pero los tritones tenían razón. El Dragón Marino ya lo ha dispuesto todo para abandonar su Pilar.

Kanon apoyó las manos sobre el colchón donde solían hacer el amor, rehuyendo el contacto visual. Exhaló el aire contenido en sus pulmones con lentitud, maldiciendo a los dioses por no haber sido más cauto a la hora de preparar su partida. A buen seguro Diomedes había sido el encargado de esparcir a los cuatro vientos su inminente marcha.

Poco importaba ya, a aquellas alturas.

—¿No pensabas despedirte de mí? —la voz sonaba firme a pesar de lo cargadas de emoción que estaban sus palabras—. ¿Tan mal te he servido para que te marches así?

Kanon tragó saliva, intentando no caer en la sutil trampa que el general del Antártico estaba tendiendo ante él. Sabía que el entrenamiento del multiforme le obligaba a exterminar cualquier tipo de sentimentalismo, por lo que comprendió que el otro estaba utilizando sus terroríficos poderes mentales para conseguir sus fines.

Potenciando la culpabilidad en su adversario.

—No seas melodramático —sonrió el ático, restándole importancia a la situación—. Aunque tu Pilar no está de camino al lugar adonde me dirijo, tenía la intención de despedirme de ti— le contestó con calma estudiada—. Así que no es necesario montar ningún tipo de escena.

Kaysha lo tomó del brazo y le obligó a girarse, situándose frente a él.

—¿Y qué me dices del resto? ¿Tan precioso es tu tiempo como para malgastarlo con los que fueron tus compañeros? —preguntó, furioso—. ¿Con los que fueron tus peones?

El aspecto que Kaysha había elegido para presentarse ante su amante y superior era, como siempre, delicioso. Su rostro de efebo no correspondía con la dureza de sus palabras ni con la gravedad de su voz.

—Los dos sabemos que lo mejor para el Templo Marino es que me marche.

—Lo mejor para tus planes, querrás decir —espetó el marina.

Kanon se soltó y continuó con lo que estaba haciendo, sin inmutarse.

—Ya sabes lo que soy, un dragón —le miró a los azules ojos con ira contenida—. Así que no esperes actos de altruismo por mi parte.

—Pues lo mínimo que deberías hacer —replicó el multiforme—, ahora que estamos todos, es presentar tus respetos a los que murieron por ti, Dragón de los Mares; pedir perdón y mostrar humildad —su voz no flaqueaba, pero dejaba traslucir el resentimiento que llevaban implícitas las palabras—. Si no lo haces, se te acusará de deserción y no podrás volver a Atlantis.

El griego no le contestó. Mantuvo su mirada fija en la del otro, hasta que este se separó de él, meneando la cabeza con gesto triste.

—Mi decisión es firme, Kaysha.

—Y te marchas así, por la puerta de atrás. Igual que entraste.

Kaysha apretó los puños, bufando mientras contemplaba a su general en jefe. El ático guardó silencio, ya que cualquier cosa que saliera por su boca sería tomada como una provocación, y no deseaba un enfrentamiento verbal con su compañero.

Le debía demasiado como para terminar de esa forma.

—Quizás no sea la manera más idónea pero quisiera explicarte por qué...

—¿Explicaciones? —cortó el portugués, con una mueca agria—. No me hagas reír, general. No he venido a tu Pilar a buscar las excusas con las que sé que finalizarás esta historia, este capítulo que ardes en deseos de cerrar. Soy un estorbo para ti, como todos los demás generales.

—¡Fuiste mi compañero más leal! —contestó el otro con furia—. Si tuviera que rendir cuentas a alguien, sería a ti, Kaysha de Leumnades.

—¡Guárdatelas! —voceó indignado—. ¡No las quiero!

El Dragón de los Mares lo tomó por el mentón y sonrió, acercando su rostro al del otro, deseando besarlo. Kaysha no había elegido aquella apariencia por casualidad. Era la del muchacho que yació con él en Sunión, cuando Kanon aún estaba encerrado allí.

—Eso haré… más tarde.

Lo tomó entre sus brazos y apartó la bolsa para a continuación tumbarlo sobre la cama. La boca deseable del multiforme se curvó en una sonrisa de satisfacción, y sus piernas se enroscaron en las del general del Océano del Atlántico Norte, dispuesto a llegar hasta el final, si era necesario. Kanon lo besó violentamente, mordiéndole los labios, acariciando sus prietos muslos con frenesí.

—Nos estamos engañando —susurró al oído del otro—. Me acostaré contigo y luego me marcharé.

La lengua del portugués lamió los labios del griego, y sus azules ojos lo miraron con avidez.

—El resto de generales aún no te han perdonado que abandonaras el Templo y a nuestro Dios en la batalla contra las huestes de Atenea pero lo harán, mi señor —rodó junto a Kanon, colocándose sobre él—, sé que lo harán. Eres el Dragón de los Mares. ¡Nuestro líder! —se restregó contra la entrepierna del otro, excitándole—. El mejor líder que hemos tenido nunca. ¡Tuvimos el mundo a nuestros pies! ¡La diosa a nuestra merced!

Kanon gimió ante la caricia placentera y decidida de su compañero. Quiso detenerlo, explicarle todo lo que pasaba por su mente, la sucesión de números primos que se partía sin remedio cuando pensaba en el dos, los sueños y los deseos que tenían que ver con Atenas, pero no era dueño de sus propios actos cuando Kaysha y él terminaban en la cama.

El multiforme sabía adaptarse a sus gustos sexuales con una facilidad asombrosa.

—Ese tiempo… finalizó —consiguió articular.

El general del Antártico se elevó, mirándolo desde la altura que le confería su posición, colocándose a horcajadas sobre el cuerpo del otro.

—No te vayas, general.

El Dragón tragó saliva, al escuchar la voz lastimera del marina. Lo observaba con dulzura, con devoción, con la mirada de aquél que sabe que hace lo correcto, sin importar las consecuencias. Era un ser completamente diabólico, al manejar tan diestramente sentimientos como la culpabilidad y la lástima.

—Me gusta cómo suena mi rango robado en tu boca, Kaysha —le acarició los muslos, dibujándoselos con sus largos dedos—, pero tanto tú como yo sabemos que nunca fui el Dragón de los Mares, como tampoco fui Géminis. Soy el general de ninguna parte. Una constante en mi vida.

El otro colocó sus manos a los lados de la cabeza del ático, volviendo a besarlo.

—Aquí tienes poder y gloria, un ejército que ya murió por ti y que volvería a hacerlo —musitó, lamiendo su cuello—. ¿Qué crees que encontrarás ahí fuera?

—Respuestas —respondió el griego, agarrándole por las nalgas.

—No son respuestas lo que buscas —gruñó el portugués, separándose de nuevo—. A mí no puedes engañarme. ¡Le buscas a él! —gritó, escupiéndole la verdad mientras le señalaba con el dedo.

Kanon se quedó completamente quieto, mirándole con un intento de sonrisa —conato más bien—, revelando la auténtica realidad de sus emociones.

—Tienes razón —se acarició la cicatriz encajada entre sus dos estrellas principales, la que señalaba el corazón del Dragón—. A ti no puedo mentirte. Necesito verle —finalizó, indicándole que se bajara de su vientre.

—No, por favor, general, no te vayas —gimió, acercando su bellísimo rostro de efebo a la cara del otro—. ¡No me abandones! —Kaysha se abrazó a él, impidiéndole el movimiento. Kanon jadeó de impotencia; no quería enfrentarse a él, no después de todo lo que habían vivido juntos. Sin embargo, el multiforme no era idiota, si el Dragón Marino cedía, la situación se iría degradando hasta convertirse en insostenible y el griego terminaría por hastiarse si el otro lo retenía contra su propia voluntad.

—Sabes que debo irme —Kanon trató de zafarse del abrazo, sin conseguirlo.

—¿Qué tiene él que no tenga yo? —preguntó el general del Océano Antártico, en tono de súplica—. ¿Es por su aspecto? Puedo imitarlo, bien lo sabes. ¿Por sus ataques? Los míos son mucho más rápidos. ¿Por su verborrea?

—¡No lo sé, Kaysha! —Kanon se removió bajo las piernas del portugués y se liberó del abrazo, sentándose en la cama— . Quisiera hacerme entender pero ni yo mismo sé lo que pasa por mi cabeza.

—¡Él se lleva el amor que debió ser mío! —Notó como su rostro se enrojecía de rabia, aborreciendo la verdad que había salido por su boca.

Kanon apretó los puños y le miró de manera fulminante. El multiforme no se amilanó. Su cuerpo se iluminó con una luz blanquecina, y de donde nacía rubio cabello, una melena frondosa ocupó su lugar. Creció, su pecho se ensanchó, sus piernas se alargaron. Sus ojos se rasgaron y tiñeron de turquesa. Sus labios se perfilaron y se curvaron en una sonrisa seductora.

Por un momento, a Kanon se le heló la sangre de lo mucho que se parecía al original.

El falso Milo se despojó de la túnica y se acarició el pecho, incitándole a tocarlo. El ático tomó aire, su rostro no se inmutó aunque todas las fibras de su cuerpo le exigían que lo colocara debajo de él y le hiciera gritar su nombre allí, en el Pilar del Atlántico Norte, mientras Kanon tomaba posesión de lo que debía ser suyo.

Pero no podía hacerlo.

—No, no sigas —logró pronunciar el griego, impresionado por la transformación—. Es a Milo a quien necesito, pero no de esta… manera —el Dragón de los Mares elevó la mano y la colocó sobre la vestidura del otro, cubriéndolo con cuidado para levantarse de la cama. Al sentir el contacto de su señor, Kaysha bufó.

—No te clavará las catorce esta vez, no habrá “muerte o locura” —le observó con los ojos inyectados en sangre, de nuevo desnudo—. Te mirará con su aire de suficiencia, luego alzará una ceja y por último —recreaba las frases con gestos, imitando aún más la apariencia del Escorpión—, te dará una patada en ese culo heleno tuyo y no te quedará más remedio que volver a Atlantis a reponerte de la vergüenza y yo, general —recalcó la palabra, deleitándose con ella—, aprovecharé entonces para subir a la superficie y arrancarle el corazón.

Kanon se quedó petrificado. La imitación era perfecta excepto por un detalle: sus ojos no chisporroteaban. Estaban muertos, sin vida. Eran los ojos que se suponía debía mostrar un asesino.

Por eso Kanon sabía que no había marcha atrás.

Sin dudarlo se colocó la ropa y cerró la bolsa de viaje, listo para emprender su camino.

—No serán sus espartanas patadas lo que vaya a detenerme.

Kaysha meneó la cabeza, decidido a no dejarse ganar. Se levantó y dejó que la túnica resbalara hasta alcanzar el suelo, revelando detalles propios del cuerpo del Milo auténtico. Incluso lucía el tatuaje de un escorpión con las pinzas abiertas en uno de sus costados.

—Hazme el amor, Kanon, caballero de Géminis. Tómame.

El otro se quedó quieto unos instantes, con el corazón desbocado al escuchar la voz, grave aunque musical de aquel que tanto le enseñó en tan poco tiempo. Claudicó finalmente, y acercándose al multiforme, lo tomó por los hombros y asintió.

—Te lo haré —dijo—, te lo haré una vez más, pero sólo a ti. Y quiero que sea con tu auténtico rostro.

Kaysha, aún transformado en Milo abrió la boca, sorprendido. Jamás hubiera esperado algo así de Kanon, amante de la belleza. Meneó la cabeza, la oscura melena ondeando, negándose en redondo.

—Ya sabes que no sé pedir las cosas —reconoció el ático—, así que no lo hagamos más difícil de lo que es. Quiero hacerlo contigo.

—Tengo aspecto de monstruo.

—No me importa tu aspecto. ¿O es que no te habías dado cuenta?

El multiforme tiritó; su cuerpo se encogió, su cabeza se volvió casi calva. Ante su señor, el Dragón de los Mares, el general de Océano Antártico se sintió ínfimo, más desnudo de lo que ya estaba. Pero Kanon le resto importancia a su presencia física, estrechó su cuerpo entre sus brazos poderosos y lo besó, con el ímpetu que era característico en él, contrastando con lo áspero de su tono, sonriendo al separarse las bocas.

—Nunca te reconocí lo mucho que hiciste por mí. Eres el mejor compañero que he tenido nunca. Gracias por todo, Kaysha de Leumnades.

El multiforme gimió, estremeciéndose su deforme complexión, para empujarlo, odiándolo desde lo más hondo de su ser. Lo miró con rabia y con deseo, temblando su labio inferior como si fuera gelatina.

—Puedes guardarte todos tus agradecimientos, Kanon. No he estado contigo todos estos años por gratitud, aunque poco te interesara lo que yo haya sentido. Me pagabas con sexo, buen sexo, el mejor sexo —repitió la palabra con cadencia enfermiza, arrastrando cada una de las sílabas—, el sexo que sólo un mentalista es capaz de realizar, como si fuera una kata más, pragmáticamente. Como todo lo que haces —le reprochó.

Kanon lo agarró por el cuello y lo volvió a besar, mordiéndole, clavándose los dientes en forma de sierra en sus propios labios.

—Ódiame, Kaysha; hazlo por los dos. Aborréceme a mí y a mis manipulaciones —lo dejó sobre la cama y se quitó la ropa, mostrando su creciente virilidad—. Porque sólo te he utilizado, sólo he sido capaz de tomar lo que necesitaba sin pensar en las consecuencias —jadeaba por la impresión, regalándole caricias de fuego—. Jamás me interesó conocer tus auténticos sentimientos. Sólo fue sexo. Una —le separó las piernas— necesidad.

—Mientes, general —gimió al contacto de la boca del otro—. No era necesidad. Era algo más profundo.

No se equivocaba. Kanon se sumergió entre sus piernas, besándolo con la pasión propia de un dragón, el egoísmo hecho carne.

—Te robaré el último retazo de piedad que te quede —el ímpetu de sus besos arrancaba jadeos y quejidos de la garganta del multiforme—. Te convertiré en mi sucesor.

Kaysha clavó la cabeza en el colchón, abandonándose a las placenteras artes de aquel que consideraba su dueño, y Kanon le hizo el amor por primera y única vez, llevándose consigo la poca inocencia que le quedaba, llevándose lo más limpio y honesto del multiforme, con lo único que lo hacía humano. Firmaron un último pacto, una alianza implícita que los reconocía como iguales, y cuando Kanon llegó al orgasmo usó el Puño Diabólico para mostrarle a su compañero, a su amigo, lo importante que había sido en su vida. Bajó sus defensas a propósito, inundándole de recuerdos, de sentimientos de gratitud, lealtad y de cariño. De un afecto escondido, protegido por la coraza del Dragón Marino.

Concediéndole el mayor de los placeres.

Condenándole a la peor de las penas.

Kaysha se quedó boca arriba, tratando de controlar los espasmos de su cuerpo, jadeando descontroladamente. Kanon se levantó y se limpió, para traer una toalla húmeda y recorrer el esquelético cuerpo del otro, que trató de cubrirse, sin conseguirlo. Y durante el tiempo que el ático destinó a repasar con el paño la rugosa piel del general del Antártico, ambos fueron conscientes de lo mucho que habían vivido juntos y lo dolorosa que era la separación.

Sin mediar palabra, el Dragón Marino dejó al otro en la cama y se dirigió a la ducha, lavándose y vistiéndose a continuación. Cuando abandonó el cuarto de baño, pensó que Kaysha se habría ido pero se equivocó. Allí estaba, con su rostro grisáceo, sus ojos carentes de pestañas, su calva cabeza, y cubierto por la Escama mirándolo fijamente. Kanon lo sorteó y cruzó la sala principal de su Pilar, con la bolsa al hombro, listo para afrontar su destino.

—Es un asesino —musitó el marina, contemplando cómo el otro se alejaba, dejándolo atrás— ¡Destrozó a los otros y lo hará contigo también!

El griego alcanzó la puerta principal y se giró, mirándole con semblante triste y asintiendo.

—Entonces, recoge mis pedazos, recomponme, y me uniré a ti para no dejarte jamás.

—¡No me esperes esta vez! ¡No iré a buscarte! —gritó, con los puños apretados, cortándose los labios con el filo de sus dientes de sierra.

El ático se giró, para contemplar sus dominios por última vez.

—¡Maldito seas, Kanon!

Levantó el brazo y llamó a su avatar metálico, que acudió presto a la orden de su amo y lo vistió, confiriéndole un aspecto impresionante. Kaysha le miraba desde el terrado donde se sustentaba el Pilar del Atlántico Norte, que observaba la escena inerte, teñido de rojo, como si jamás hubiera soportado ataque alguno. El griego elevó su cosmos hasta alcanzar la velocidad de la luz y se elevó, dejando una estela dorada tras de sí. Se dirigía, como si de un cometa se tratase, hacia el pozo marino que comunicaba Atlantis con las Islas Cícladas, justamente a la isla de Thera. No miró atrás, allí dejaba mucho, pero mucho más deseaba encontrar en su nuevo viaje.

Quizás el otro le rechazara o tratara de matarle cuando averiguara el porqué de su decisión de instalarse en Atenas. Pero todas las preguntas alcanzarían respuestas cuando Kanon estuviera ante él.

Era su destino.

Era su condena.

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