De Ceres de Orión y Jocasta de Tebas...

"Walk away, if you want to,
Its ok, If you need to,
You can run but you can never hide,
From the shadow that's creepin' up inside you.
There's a magic running through your soul,
But you can't have it all..."
—El general del Kraken solicita una audiencia con usted, general de Leumnades.
Kaysha se encogió al escuchar las palabras de Diomedes, que con la misma disposición de siempre y sin cuestionar sus motivos para permanecer en un recinto que no era el suyo, le informaba de un acontecimiento que ya no podía ignorar. Con un pesar profundo aspiró aire y lo expulsó lentamente, cerró los ojos y se alistó la capa, para por último tomar el casco que reposaba sobre la mesa de ébano que constituía la marca distintiva del complejo del Pilar del Atlántico Norte. Al rozar con sus dedos la madera, las vetas de ésta centellearon, suceso que hizo que Kaysha se pusiera en guardia. La maldita captaba rastros del cosmos de Kanon entrelazados con el suyo y esa deducción no hizo sino empeorar el lastimoso estado anímico del portugués. Ignoró la tristeza que le embargaba: era hora de ponerse en marcha.
—Muchas gracias, Diomedes. ¿Tendrías la bondad de decirle que pase?
La falta de marcialidad no sorprendió al capitán de las tropas del Dragón Marino. Con un elegante movimiento, el tritón asintió y obedeció.
—Por supuesto, general. A sus órdenes, señor.
Kaysha lo vio desaparecer tras la puerta de doble hoja que Diomedes allegó sin terminar de cerrarla. Contó los pasos que retumbaban por el pasillo hasta que éstos alcanzaron la cifra de dieciséis, distancia exacta entre el salón principal y la entrada al Pilar, y destinó esos segundos y sus últimas fuerzas en tratar de tranquilizarse para acometer lo que sabía era una empresa casi imposible. Estaba herido de muerte y sólo una regeneración mental completa podría ayudarle, pero el destino de Kanon y de Atlantis estaba en sus manos y sólo su pericia podía evitar una catástrofe. Ya se ocuparía de su persona más tarde, si es que quedaba algo por recomponer.
—General del Antártico, soy Isaac del Kraken.
El marina observó con cierta curiosidad a su interlocutor, que se erguía frente a él, con la tiara en su mano derecha y la capa ondeando a su espalda. Había crecido mucho desde la primera vez que lo vio, y aunque la cicatriz sobre su cuenca vacía destacaba en el conjunto de su rostro, los rasgos del finlandés no eran en absoluto desagradables. Al contrario, la determinación que brillaba en su única esmeralda le recordaba a la de Kanon.
Otra vez Kanon.
—Lo sé, general del Ártico. Llámeme Kaysha.
El portugués lo invitó a pasar a uno de los recintos anexos a la Sala de Reuniones con un conato de expresión distendida en su deforme cara. Isaac se mostró reticente ante la familiaridad que el otro exhibía y así lo demostró, clavándose en el suelo. El mero hecho de no aceptar la propuesta de una charla relajada no consiguió sino indicar al multiforme que la entrevista sería difícil, por lo que trató de convencerle de la conveniencia de conversar en un lugar más íntimo.
—La sala tiene dispositivos anti—escucha, lo que vaya a decirme, general del Ártico, quedará entre usted y yo —le recordó Kaysha con un tono firme, sin dejar de mirarlo con sus acuosos ojos.
El joven finlandés se envaró, aferró con más fuerza aún su tiara y mostró su porte más severo.
—No apruebo que estés aquí.
La gelatinosa boca del marina se curvó en una sonrisa inexplicable, con su atemorizadora dentadura en forma de sierra brillando bajo los focos del Pilar.
—Lo imagino —volvió a tomar aire y de nuevo lo expulsó—. Pero el motivo de tu visita no es aprobar que yo esté aquí o en cualquier otro lugar de Atlantis, si no algo mucho más importante, tanto para tu futuro como para el mío. Corrígeme si estoy en un error.
El muchacho meneó la cabeza casi imperceptiblemente.
—¿Dónde está Kanon?
Kaysha fue consciente de la gravedad de su situación en el instante en que encaró al joven, incapaz de poder esconder su dolor. Su piel estaba empezando a agrietarse y eso significaba que todo su ser gritaba exigiendo la vuelta del Dragón de los Mares. Sabía que eso no sucedería, y que lo único que podría conservar del griego era el recuerdo de haberlo tenido dentro de él, las acometidas del otro contra su cuerpo, y el placer teñido de rabia cuando lo vio tomar una de las corrientes marinas que lo llevarían al Egeo. No tenía ganas de contestar y mucho menos de aguantar los reproches o desprecios que el Kraken tenía listos para dispararle sin contemplaciones, pero no le quedaba más remedio que realizar una última representación antes de ejecutar el plan que cambiaría su destino o el de Atlantis.
—Salió en misión de reconocimiento.
Sonrió de medio lado y la visión de sí mismo le resultó patética. Isaac elevó una ceja y cerró su mente alzando sus defensas psíquicas. La actitud de recelo que mostraba el finlandés reconfortó al general del Antártico, ya que a pesar de su inicial menosprecio al tutearlo, el joven reconocía que ante él se erguía un León, y como tal, continuaba siendo el rey de la selva, por muy amante del Dragón Marino que fuera. Y con Kanon o sin él, sus poderes podían conseguir lo que otros no serían capaces de alcanzar ni en lo más recóndito de su imaginación.
—¿Con la escama? —la voz de Isaac reflejó un tono de ironía mal disimulado.
Kaysha asintió sin amilanarse.
—No todos tenemos un kraken a nuestra disposición para protegernos de torbellinos y otras… contingencias —ironizó.
El general del Artico bufó molesto, exhibiendo una mueca de desprecio.
—¡Te he hecho una pregunta, Kaysha de Leumnades!
—Vayamos a un lugar más apartado —le contestó el otro, casi en susurros.
Tiró con suavidad del brazo del muchacho buscando ponerlo nervioso. Sabía que su presencia lo perturbaba, y que a pesar de estar revestido con el aura de la Justicia Perfecta, y como tal, la más inhumana de todas, Isaac seguía siendo un chiquillo en las lides de las relaciones personales. El nórdico no se negó, al contrario, imprimió velocidad a sus pasos, trasluciendo en su psique un detalle que sorprendió al multiforme.
Isaac sentía curiosidad.
—Sí —consiguió pronunciar sin tartamudeos tras cerrar la puerta con cuidado—. Se ha marchado.
El general del Kraken destiló ira por su único ojo, como un cíclope de reducidas formas ante el calvo aprendiz a Odiseo.
—¡Una deserción se pena con la muerte! —le espetó, aún de pie—. ¡No creo que sea necesario que te lo recuerde!
El portugués se dirigió al fondo de la salita y tomó asiento, acomodó su casco en una mesa auxiliar y se sirvió un poco de vodka. Ofreció una copa a Isaac y éste la aceptó sin dudar. Como venía siendo costumbre, el licor en los pueblos nórdicos era un pacto tácito de sinceridad: no aceptar la bebida implicaba desconfianza, y aunque ambos mantenían sus defensas en alto, el futuro del Panteón continuaba siendo lo más importante, su prioridad fundamental.
—Lo sé, general —apuró su bebida.
El joven finlandés vació su copa y volvió a encararle.
—¿Estabas aquí cuando se marchó?
—En efecto —la voz del marina se quebró; carraspeó, tomó aire y luego volvió a mirarle, sonriendo de medio lado—. Me despedí de él de esa forma que tú no apruebas.
—Es el Kraken el que no aprueba los sentimentalismos que esconden deserciones —replicó con rotundidad, lo que Kaysha interpretó como molestia e incomodidad—. En lo que a mí respecta, me da igual la forma en la que os hayáis dicho adiós.
La voz del muchacho sonó dura, amarga. Se removió en su asiento y jugueteó con la tiara, como si el niño que aún era quisiera emerger pero su avatar se lo impidiera.
—Yo no pienso darle caza.
Isaac sonrió, su rostro se salpicó de sadismo mezclado con una cierta alegría.
—Por supuesto, ¿cómo habrías de hacerlo, si una acusación por encubrimiento pende sobre tu cabeza? —contestó triunfal—. Con tu consentimiento has ayudado a Kanon a desertar. Así que —estiró la mano y llenó de nuevo los vasos, vaciando el suyo de un par de tragos y empujando el otro hacia el multiforme—, lo primero que haré será convocar al resto de generales, y una vez hecho esto, explicaré la situación y elegiremos a nuestro dirigente. Ya veremos qué hacemos contigo.
Kaysha se levantó, presa de una falsa indignación.
—¡Eso buscas! —elevó la voz de una forma tan teatral que hasta él mismo se quedó sorprendido de lo cínico que podía llegar a ser—. ¡Sustituirle en su puesto! ¡Ser nuestro general en jefe!
El joven asintió sin revelar ni un solo sentimiento en su mirada que no fuera la soberbia.
—Quiero demostrar que el Kraken puede llevar al Templo Marino a la gloria. Conseguir resultados que otros no fueron capaces de presentar ante nuestro dios.
— Tu sobriedad en palabras no me impresiona —susurró el portugués—. Kanon era el más inteligente, el más apasionado… ¡el mejor!
—¡El amor habla por tu boca! —gruñó el otro con evidente desdén—. ¡Tus palabras ya no tienen valor para el Santuario Marino! ¡Has antepuesto tus deseos al deber!
Kaysha alzó su cosmos buscando una brecha en aquella imagen tan comedida. La respuesta de Isaac no se hizo esperar: inflamó el suyo con una violencia inusitada, como si fueran dos bestias a punto de atacar. Se estudiaron durante un breve lapso de tiempo hasta que la calva cabeza del portugués asintió y rebajó la intensidad de su aura, sonriendo con tristeza.
—Qué sabrás tú, pobre ignorante —le replicó el multiforme, con su piel brillando producto del esfuerzo—. No tienes idea de lo que Kanon hizo por ti.
—Lo único que me interesa saber es que tu adorado Kanon usó el Templo Marino y los recursos de éste para proclamarse su general en jefe cuando ni siquiera había postulado para ser su defensor —masculló entre dientes—. ¡No merece mi respeto, y tampoco merece tu compasión! —le señaló con el dedo.
—¡Te salvó la vida! —finalizó el general de Leumnades.
La noticia cayó sobre el nórdico como un balde de agua fría. La determinación en su único ojo se borró para mutarse en duda.
—No trates de distraer mi atención —gruñó, mirándolo con furia.
—Base Polijarny —le recordó el otro—. Hace unos quince años.
Isaac guardó silencio unos segundos. Tomó aire y lo contuvo en sus pulmones, sin expulsarlo.
—Pierdes el tiempo si pretendes retorcer mis recuerdos —dijo el guerrero de los hielos con una sorprendente ironía—. Deberías preparar tu defensa ante el consejo de guerra al que te tendrás que enfrentar en vez de tratar de salvar su pellejo —apretó el vaso entre los dedos, congelando el cristal—. Eres patético, general del Antártico.
Las variaciones en su córtex indicaron a Kaysha que había conseguido mellar la concentración de su compañero con sólo mencionar un hecho que Isaac no sabía siquiera si era real o no. Era la ocasión idónea para contraatacar, barriéndole las defensas al joven o enfrentarse a un consejo de guerra.
—Le amé como tú amaste a tu maestro —musitó con toda la tranquilidad que pudo encontrar en su interior, levantándose—. Deberías comprenderme y si tu deseo es darle caza y captura, yo no me opondré. Pero no me pidas que te ayude, general. Puedo tener un millón de defectos pero soy coherente con lo que soy y lo que siento, algo que no sé si tú puedes decir sobre tu persona.
El marina se dirigió hacia la puerta sin esperar contestación, sabiendo que la baza que estaba jugando era altamente peligrosa. No era en absoluto recomendable que se abriera una brecha entre el finlandés y el propio Kaysha, ya que terminar enemistados tras aquella conversación repercutiría negativamente en el funcionamiento del Templo Marino, puesto que no habían renacido todos los generales. Sin embargo, ninguno de los dos parecía dispuesto a dar su brazo a torcer, y cabía la posibilidad de que Isaac se tomara la conversación como una ofensa directa. Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas, intentando controlar la orquesta de alaridos que reverberaban en su interior. No era el momento de flaquear, no todavía.
La partida estaba a punto de finalizar.
El general del Artico carraspeó y se removió en la silla, aún sentado. Por la fuerte carga emocional que el portugués fue capaz de capturar a través de su cosmos, la mente analítica del Kraken debía estar sopesando todas y cada una de las afirmaciones con su habitual frialdad —la que teóricamente le confería su signo—, desechando la información carente de contenido y almacenando la otra para juicio ulterior. No hablaba, y aunque los instantes se hicieron largos como condenas, Kaysha sabía que pronto conseguiría la respuesta que tanto ansiaba. El multiforme contó los segundos —en total seis—, hasta que captó una emoción nueva en la psique del otro que hizo saltar su estómago dentro de su cuerpo. Cuando Isaac volvió a hablar, Kaysha se giró, tratando de no suspirar de alivio.
—Si ha ido a ver a los caballeros de Atenea para formar parte de su ejército, tendrá que devolver la escama —su tono sonaba más humano, revelando un ligero matiz de nerviosismo.
—Así es —contestó con toda la calma que pudo encontrar.
—Y si no lo hace, no sólo será un desertor —añadió el Kraken—, sino un traidor al Templo Marino.
—Sí, tienes razón —el general del Antártico lo miró con un brillo de esperanza en los ojos.
—Es la única opción que nos deja —prosiguió hablando el nórdico—. De lo contrario, nos obligará a perseguirlo con el fin de ajusticiarlo, sin importar dónde se esconda.
Kaysha lo miró con gravedad.
—¿Por qué nos ha abandonado?
Kaysha tosió al escuchar por fin la pregunta que había estado flotando entre ambos durante toda la entrevista. Tomó aire y lo expulsó, mirándolo a los ojos sin ocultar el desgaste, la agonía de la realidad que estaba viviendo y, sobre todo, sus sentimientos.
—Por amor, esa palabra de la que siempre se burló y que subestimó hasta que germinó en su pecho. Lírico, muy lírico —bromeó—, dada su trayectoria.
El ataque surtió efecto. Isaac volvió a removerse en su asiento, carraspeando a continuación.
—Habrá una nueva guerra sagrada —anunció, desviando la mirada al suelo.
—Sólo si tú la promueves.
—¿No te molesta que nos haya utilizado? —lo encaró, con un ligero tono de reproche en su voz—. ¿Qué ni siquiera le importe lo más mínimo todo lo que deja atrás? —Isaac mantuvo la mirada y esta chispeó, arrojando nuevos datos sobre su estado psíquico y un inesperado giro a la conversación.
—Es algo que no puedo evitar, aunque te aseguro que puse todo de mi parte para que esta situación no llegara a darse, general —confesó Kaysha, entre hastiado y vencido—. Así que lo único que me queda es alejarme de este lugar lleno de recuerdos, enterrarme en mi pilar y esperar a que me llegue el momento de mi descanso. De mi muerte.
—Otras oportunidades habrá para ti. Aún eres joven —cortó el otro.
—No me interesan —sonrió el multiforme—. Cuando eres amado por un dios, el resto… carece de brillo. Espero tus noticias, Kraken.
Volvió a girarse, con clara intención de zanjar ya el asunto. Sin embargo, la psique del finlandés continuaba revelando una increíble cantidad de ondulaciones que lo único que indicaban a Kaysha era la colisión de emociones encontradas que el otro estaba experimentando.
—Isaac. Llámame Isaac.
Asintió al girarse. La inocencia que detectó en la ventana única al alma del finlandés le hizo comprender que la partida había finalizado, por lo que Kaysha se relajó y su piel volvió a cuartearse ante la mirada del muchacho. Era joven, demasiado joven para un puesto de tanta responsabilidad como aquel, aunque a Kanon eso jamás le detuvo, ya que lo veía como a una pieza más del engranaje a utilizar para alcanzar sus fines. Sin embargo, no era misión del multiforme decírselo, debía ser algo que el propio Kraken averiguara en su debido momento. La misión principal de Kaysha consistía en obtener tiempo: tiempo para sí mismo, tiempo para que el Templo Marino se repusiera de la derrota infligida por los guerreros de Atenea y tiempo para que Kanon consiguiera encontrar aquello que con tanto tesón se había lanzado a buscar, dejándolo atrás y renunciando a todos los planes que ambos habían forjado entre el pilar y la alcoba.
Kaysha le agradecía así el último y único acto de altruismo al general del Atlántico Norte. Quizás era un suicidio romántico, puesto que su posición quedaría gravemente comprometida si Kanon decidía reclamar la armadura de Géminis en detrimento de su hermano gemelo, pero no le importó. Había sido fiel a sí mismo, y esa era la meta que se había marcado una vez decidió entrevistarse con el joven finlandés.
Caminaron sin prisa por el pasillo principal del complejo; Isaac realizó varias preguntas, interesándose por la intendencia del Pilar y también por el nombre de los subalternos allí adscritos y lo que ocurriría con ellos en la reorganización que se debía acometer. Cuando ambos llegaron a la altura de la mesa de ébano, el portugués tragó saliva al ver que el otro se acercaba a ella, y su expresión mutó a la sorpresa más absoluta cuando los largos dedos del general del Kraken acariciaron la superficie pulida y ésta brilló.
Fue en ese justo instante cuando Kaysha alcanzó a ver en el rostro siempre serio del nórdico una gran cantidad de matices que antes le habían pasado desapercibidos. Y mientras el muchacho repasaba con las yemas de sus dedos el labrado de la mesa, el multiforme comprendió que sí él le había tendido una trampa emocional al general del Ártico, éste también era culpable de manipular psicológicamente a su compañero de las antípodas.
—Es preciosa, más que preciosa —dijo el muchacho, refiriéndose a la mesa—, perfecta.
El joven sonreía, la mesa reverberaba y reconocía el cosmos del griego engarzado con el del joven. Isaac alzó la mirada y se encontró con la del general del Antártico, que atónito descubría que los motivos para interpretar aquella charada eran tan cristalinos como el elemento que dominaba. Establecían así un pacto tácito de no agresión, puesto que Kaysha poseía ahora la certeza de que Isaac sabía que Kanon no era el adusto Dragón Marino, sino otro renegado como él, otro ladrón de armaduras en cierta manera, que buscaba un lugar al que pertenecer, un sitio en el que no era necesario competir por alcanzar el honor de portar una sagrada vestidura.
Quizás el plan no habría sido necesario, ya que Isaac siempre estuvo dispuesto a transigir si Kanon devolvía la escama. Y quizás, siempre quizás, Isaac había llegado a descubrir que tanto el propio Kaysha como Kanon eran los artífices reales del ardid que lo sacó del coma, una vez el Dragón lo encontró en Polijarny.
Pero ambos dejaron el tema de lado, como si fuera una caja de Pandora que desencadenaría los Mil Males si alguien la abría por error. Kaysha sonrió al reconocer en el otro la fina inteligencia y también el hecho de haberles engañado a los dos, puesto que mientras mantenía en su rostro la sonrisa negada en los caballeros de los Hielos, confesaba que era el Kraken el que les había delatado, revelándole al caballero de Atenea la auténtica identidad del marina. Así se cumplía la justicia más injusta. Y así, todos eran culpables, y la sombra de sus condenas crecía a medida que caminaban. Larga, espigada y con un seductor acento ático que posiblemente, jamás volverían a oír.
Al menos, en el pilar del Atlántico Norte.