Comentarios de la Alianza Tebana Versión en PDF Versión en Word

De Scarlet-D...

Wake up

 

Tiemblo. Mis dientes tiritan y muerden accidentalmente mis labios que no dejan de emitir vocalmente mi afligido sentir a manera de suaves gemiditos de los que cada lágrima que saboreo da combustible. Los escalofríos calan hasta los huesos. Todo duele más en el gélido ambiente que me rodea.

Mis ojos, cansados y adoloridos, se fijan en él con dedicación.

Siempre fue así. Realmente admirarlo ahora no es algo que resulte demasiado extraño; no luce tan distinto que como anoche.

Su expresión seria, sin emoción, distante y superior a todos aquellos que no podíamos evitar ser humanos.

Le molestaba tanto cuando yo inconscientemente sonreía al saludarlo; siempre fruncía el ceño notablemente y fijaba sus poco amistosos ojos zafiros en mis labios, que entonces temblarían y cambiarían curvatura hacia abajo, entristecidos por el rechazo a la alegría que me causaba su presencia.

No había ocasión en que no me dejara bien en claro que él no experimentaba lo mismo al verme.

Nada ha cambiado. Incluso cuando sus pulmones no se hallaban congelados y la tibia brisa le daba vida a su ahora inerte cuerpo, él no la aprovechaba. Si no fuera por la escarcha que cubre en una ligera capa húmeda y mortal su pálida piel, podría pretender que duerme, y que no sueña. Estoy seguro de que él nunca soñó.

En esos ratos nocturnos se ocupaba en invadir mi mente mientras yo intentaba descansar en una inconsciencia que no hacía nada porque cesara de tenerlo presente en mi cabeza. Amándolo, deseándolo, obsesionándome con lo más imposible que podría haber encontrado en esta vida que para él resultó demasiada poca cosa. La dejó orgulloso, con tal facilidad, y seguramente sin un solo remordimiento.

A él no le importarían las lágrimas que derramo incesantemente desde hace varios minutos atrás, lamentándome inconsolable por su culpa. No apreciaría el abrazo con el que intento insulsamente proporcionarle calor, cuando ya es demasiado tarde para que ese gesto logre alguna diferencia con lo que será mi destino.

Si pudiese abrir los ojos y verme, me creería estúpido, inmaduro. Un hombre como yo no debería llorar ante la muerte de alguien a quien nunca pareció importarle en lo más mínimo mi existencia.

Yo siempre albergué una esperanza. No fue así desde el principio. Si bien callado y tímido, adorable, la aversión que de mayor presentaba ante cualquier tipo de amabilidad que se le fuera ofrecida no me parecía justificable.

Aquel país helado lo cambió.

Quiero creer eso, y no pensar que fui yo. Tal noción me llevaría con él a la tumba. Por que... fui comprensiblemente insistente, ¿o no? Le permitía su distancia, apenas le daba indicios de mis sentimientos, y tras ver que ninguna pauta se me daba para seguir, simplemente callaba o cambiaba el tema.

Él era quien disfrutaba confundiéndome.

Me mandaba cartas. Generalmente serias dentro de la trivialidad de su contenido. Pero una de ellas, la que atesoro con más recelo en un cajón especial de mi vitrina, trajo para mí una desquiciada ilusión.

Que lo fuera a visitar. Que viajara inclementes kilómetros a Siberia, que prácticamente me congelara y casi extraviara al llegar. No parecía algo que él fuera capaz de pedir.

Me extrañaba entonces, o a esa idea me aferré.

Él la fortaleció; actuó completamente desigual a lo que me tenía acostumbrado a verlo. Ofreciéndome su abrigo, cediéndome un lugar al lado de la fogata que nunca se apagaba en esa pequeña cabaña, atendiéndome amablemente, sonriendo.

Me permitió un beso la primera noche. Me dejó abrazarlo en la segunda, y quedarme en su colchoneta donde el frío del ambiente fue vencido por nuestra cercanía.

Otro beso, desesperado y agridulce fue el que me separó de él, después del cual tuve que regresar a mi obligado hogar.

Me quedé con la eterna duda de si aquel dulce e inolvidable episodio había sido un sueño. Porque nunca más llegó otra carta, y cuando lo volví a ver años después no dio pista de recordarlo, de recordarme.

Sé que fingió cuando aparentemente desconcertado preguntó mi nombre, frente al resto de mis compañeros al ser recibido en el santuario luciendo la armadura más elegante de todas.

Me encogí de la vergüenza, temblé de dolor y enfurecí incontrolablemente gracias a su despreciativa actitud.

Cuando acudí a él, para hablar a solas, recibió mis llorosos reclamos con una sonrisa pequeña y burlona, y me calló repentinamente con un beso hipócrita, despidiéndome de su templo clamando que debía descansar.

Partí. Pero la ira no me dejó conciliar el sueño esa noche. Fue así que decidí retornar a la fuente de mi frustración y lo encontré no durmiendo como se suponía debía estarlo…

Era una estancia despejada, donde un balcón a ras del suelo permitía una mágica vista de la estrellada noche y un escape fácil al bosque aledaño. En un mueble de estilizadas formas se hallaba él, acostado de lado, sus largas piernas semiflexionadas, parcialmente descubiertas por la túnica que había quedado enrollada sobre sus rodillas.

Era una espigada y sensual figura que me daba la espalda, todavía sin ser consciente de mi llegada.

Yo tardé intencionalmente en hacerme notar, fascinado y curioso por las violentas sacudidas a las que sus hombros y espalda sucumbían, y los sollozantes pero quedos ruiditos que escapaban de los labios a los cuales cubría con una mano, infructuoso en la tarea de silenciar un llanto al que yo no pude imaginarle razón alguna de ser.

Me acerqué finalmente, rodeando el mueble hasta encontrarlo de frente, aunque la sublime imagen de su rostro se me era privada gracias a los largos y lacios cabellos que caían enmarcando su cabizbajo perfil, así como el abundante flequillo que ensombrecía sus distinguidas facciones.

Me preguntó a qué había regresado, sentándose y secando el rostro con el dorso de su mano, mostrando una mortificada arruga en su frente, y sonrojándose sutil y deliciosamente, claramente avergonzado de que yo, entre todas las posibles personas fuera quien lo sorprendiera en ese íntimo momento de debilidad.

Pero yo estaba demasiado impresionado como para disculparme por la intromisión. Yo quería saber con todas mis ansias qué era lo que había provocado ese llanto, qué podía conmoverlo a tal límite antes jamás por mi conocido.

‘Te amo’, fue mi única, veloz, segura y un tanto infantil respuesta. Él se carcajeó débilmente, alzando entonces su rostro en un gracioso movimiento con el que fijó sus misteriosas pupilas en la luna y luego en mis ojos, seguro comparándolos con las estrellas que resultaron mayormente de su gusto pues enseguida desvió la mirada de nuevo al firmamento, suspirando profundamente.

‘¿Qué quieres que haga con eso?’ me preguntó despacio. Casi le creí su inseguridad.

‘Quiero que me ames.’ Y si bien era ambicioso, era también sincero. Él lo entendía, y sonrió fugazmente, antes de extenderme una mano, que yo hesité por segundos en tomar, pero que no soltaría por el resto de la noche.

‘Lo haré. Solo esta noche. Será un sueño, no más.’ Claro, él era mi sueño.

Quise entender que me consideraba lo mismo, que había ansiado con idéntica locura el momento en que admitiríamos necesitarnos mutuamente. Que deseaba tanto como yo probar sus labios, intoxicarme en el aroma de sus cabellos mientras me saturaba con la exquisitez de su saliva.

La mano que yo tomaba celosamente fue la que me guió a recoger del todo esa suelta y delgada túnica que pobre obstáculo fue para mí. Desenvolví mi regalo con mesura, con lentitud en cada caricia, viéndome advertido de que ese evento sin igual nunca volvería a repetirse.

Era una tortura tener en eso en mente mientras conocía la completa belleza de su cuerpo, de la que jamás había dudado pero de todas formas me embelesaba, inevitablemente.

Lo que sentía fue estúpidamente quimérico. La tersura de su piel cambió la configuración de mis yemas dactilares; cualquier cosa que volvieran a tocar a partir de ese momento se sentiría áspera y desagradable en comparación a esa celestial suavidad.

Mis ojos al fin tendrían una visión real con la que convertir a los sueños que seguirían en algo más creíble. Quedaría marcado por ese momento hasta el resto de mis días. Y mientras me unía a él en una inverosímil fantasía que resultaría demasiado difícil para mis sentidos considerar en un futuro, cuando lo conmemorara, como real, solo me quedaba anhelar que él experimentara la misma sensación de concluido.

Pero a la vez, sabía que era consciente al igual que yo de que lo que completábamos esa noche era algo que había nacido y crecido sin remedio desde aquel soleado día en que nos conocimos siendo chiquillos; una de las contadas ocasiones en que abiertamente me sonrió.

Y era demasiado profundo como para que pudiésemos alcanzar a tocar con nuestras caricias, por más intensas que fueran. Teníamos que mostrar no solo la piel, sino el corazón. Y podía ahorrarme el preguntarle; sabía de antemano que él no estaba dispuesto a hacer tal cosa.

Nunca entendí porque tenía tanto miedo, porque le resultaba tan absurdo confiar en mí. Yo nunca le fallaría. Pero él nunca me dio la oportunidad de demostrárselo.

Al menos podía consolarme con la creencia de que él también añoraría mi presencia, como yo lo hice la mañana siguiente al no verlo a mi lado.

Estaba en su habitación. Sentí su cosmos una vez que me levanté para vestirme y buscarlo. Aquella era una puerta que sencillamente podría haber abierto, un leve empujón y lo tendría a mi vista.

Pero él me había advertido. Todo había sido un sueño, nada había pasado en realidad. Yo tendría que resignarme a recordarlo, a maldecirme por la estupidez de mi decisión, por la falta de valor y el exceso de egoísmo que no me dejó rechazarlo.

Pero tampoco tuve suficiente tiempo para ser carcomido por la culpabilidad.

Aquello sucedió apenas anoche. Y hoy desperté en la peor de las pesadillas.

¿Habría sido él conocedor de su trágico final?...

Tan joven, tan envidiablemente hermoso. Tan horrorosamente inmóvil entre mis temblorosos brazos. Sin ser capaz de rechazarme, o sonreír despectivamente ante el líquido caudal que deja a mis ojos dolorosamente irritados.

Podría aprovecharme. Sería como una última venganza ante la máscara de indiferencia que nunca se retiró, llevándose el secreto de su verdadera identidad consigo, sin dejar que nadie, ni siquiera yo lo conociera en realidad.

Y solo me bastaría inclinarme…

Pero no lo hago. No lo beso, como siento que sería la ideal y amarga despedida.

Dioses…él me odiaría si hiciera tal cosa. Faltaría a nuestro pacto, así que me conformo con posar mis dedos con ligereza sobre su entreabierta boca, que ninguna reacción muestra ante mi delicado toque.

Pero me confirman lo que hubiera preferido no vivir para atestiguar.

Se acabó. No hay más que sentir, no para mí, no hacia nadie. Mi corazón se ha detenido con el suyo. No hay más sofocante amor, no hay desprecio a su asesino, ni rencor hacia la vida. Las lágrimas no arden en la piel de mis mejillas, y los sollozos no se escuchan, ya no ahogan.

Es todo aburridamente simple, descolorido como su apagada belleza, que aun así no deja de hipnotizarme.

Y no es un sueño...

El pálido frío de sus exánimes labios lo demuestra al sentirse tan agudamente real.

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